Por Jorge Fontevecchia
MACRI Y DE LA SOTA VS. SCIOLI, quien trata de sumar a Cristina mientras ella lo aborrece. El año 2015 ya comenzó.
¿Seguirá todo igual en 2015? La pregunta se refiere a lo
esencial de la política argentina, a lo que con mínimas excepciones se
viene repitiendo desde hace décadas, más allá de los nombres de los
presidentes. A que el peronismo aglutine en un mismo partido a sectores
que expresan ideologías casi opuestas y, más allá de las disputas, todos
se mantengan juntos para garantizarse la continuidad en el poder.
La hipótesis que tiene más consenso es que sí. Que cuando se acerque
2015 y el kirchnerismo vea que no tiene candidato propio con
posibilidades de triunfo, aceptará a Scioli como un mal menor, quien a
la vez será aceptado por el peronismo no kirchnerista como prenda de
unión. Porque si se profundiza lo suficiente, las diferencias son más
estéticas que ideológicas. Y en el fondo, ni Kirchner era de izquierda,
ni Scioli es de centro ni De la Sota es de derecha, sino que cada uno es
la combinación entre el espacio que quedó libre para ocupar y las
tendencias del momento.
Otra hipótesis es que la década menemista extremó tanto la veta de
conservadorismo popular que habita al peronismo, sumado al desenlace
disruptivo de la crisis de 2002, que se terminó de romper la fractura
que ya se había comenzado a gestar en los 70 con los cambios expresados
por la Juventud Peronista, más de clase media, menos obrera y más
ilustrada. Que el kirchnerismo es el ascenso al poder de aquella rama
que por una cuestión generacional precisaba tiempo para alcanzar su
madurez y hoy, ya adulta y desarrollada, no se va a resignar con volver a
diluirse en la hibridez. Y que enfrentados a no tener un candidato
propio triunfador para 2015, preferirán perder la presidencia con un
candidato propio, manteniendo coherencia y suficientes legisladores,
para desde la oposición controlar a un gobierno de otro signo y
construir su regreso triunfal en 2019. Esta hipótesis necesariamente
divide al peronismo en dos partidos y cambia la matriz del sistema
político argentino.
Si un próximo gobierno no kirchnerista no pudiera mantener el nivel
de consumo de la población y no encontrara la forma de continuar o
sustituir los subsidios con alguna compensación alternativa, como un
boom de inversiones lo suficientemente grande como para que derramara
prosperidad también en las clases bajas, la protesta social sería
incontrolable en una sociedad muy entrenada en oponerse a cualquier
ajuste. Y le sería muy cómodo al kirchnerismo ser el principal partido
de oposición en el Congreso y condicionar a quien gobierne.
Que alguien como Scioli, que proviene de una familia filo radical,
que no es peronista de esencia como sí lo fue Kirchner y lo son Menem o
De la Sota, pueda ser la prenda de unión del peronismo mostraría la
necesidad de encontrar un tercero, mediador de sectores excluyentes
entre sí.
Pero resultaría paradójico que tanta intensidad militante del
kirchnerismo durante doce años en el poder deviniera en Scioli
presidente. Y que no se hayan producido cambios estructurales en algunos
campos de las ideas que resulten más o menos duraderos,
independientemente de las personas.
Tensando la polaridad, aunque fuera imaginaria, entre derecha e
izquierda, o conservadorismo y tradicionalismo, o revisionismo y
rebeldía, Macri sorprendió esta semana al declarar que está dispuesto a
ir a una interna con De la Sota (aunque por ahora éste lo rechace como
si se tratara del abrazo del oso) para dirimir quién será el candidato
opositor a presidente para 2015. Además, chicaneó a Scioli para que se
definiera sobre si es oficialista u opositor.
Desde la oposición y también desde el no kirchnerismo (Scioli), es
lógico que se haya colocado mucho énfasis en los nombres de los
candidatos. Y que desde el kirchnerismo se minimice el tema porque, al
no poder ser Cristina reelecta en 2015, la falta de un candidato
puramente kirchnerista con posibilidades de triunfo se hace evidente.
Pero, quizá, detrás de los nombres se esté librando una batalla más
profunda, por ideas que perduren independientemente de quienes
gobiernen, la famosa batalla cultural. Y que después de 12 años de
kirchnerismo y del estrés postraumático de la crisis de 2002, el país y
su sociedad se hayan corrido unos grados hacia algún lado, como sucede
con las placas en los terremotos. El nombre de ese lado tampoco sería lo
más importante (izquierda, rebeldía, revisionismo, etc.), sino las
ideas que cristalizaría, como por ejemplo mayor intervención del Estado
en la economía o el asistencialismo en algunos casos universal. Hasta
hace algunos años, la mayoría de la clase media estaba en contra de
otorgarles una remuneración a adultos que no realizaran ninguna
contraprestación o que se le concediera una jubilación similar a quien
aportó que a quien nunca aportó.
Hoy es difícil imaginar un próximo gobierno eliminando la asignación
universal por hijo, promoviendo el regreso de las AFJP o la
reprivatización de YPF. También es cierto que el menemismo dejó su
huella y nadie imaginaría hoy los teléfonos nuevamente estatales.
El tiempo dirá si el kirchnerismo es la etapa actual del peronismo,
como lo fue el menemismo en los 90, a la que sucederá otra diferente,
pero siempre de un peronismo unido, o es el comienzo de otra fase no ya
del peronismo, sino de la política argentina en su conjunto con el
peronismo dividido.
“El peronismo será revolucionario o no será nada”, decía Eva Perón, y
“cuanto más de izquierda, más peronismo será”, escribió el columnista
del diario Tiempo Demetrio Iramain.
Uno solo revolucionario, uno solo conservador popular o dos peronismos, ésa será la cuestión.