miércoles, 13 de febrero de 2013

A LOS JUECES: FUE UNA GUERRA


Estimados:

                 En "El Tribuno" de Salta a partir de un artículo de Mauricio Ortín- "Fue una guerra"-  se ha suscitado una interesante polémica sobre el tema. Agradecería la divulgación de este mail pues es necesario instaurar este tema a nivel nacional.
                Recordemos que años atrás estábamos a la defensiva en este tema y solo pocas voces y publicaciones- La Historia Paralela, El Informador Público, PyD, etc.; Carlos Manuel Acuña, Márquez, Ortín, Laje Arrigoni y unos pocos más- se hacían oír defendiendo a nuestros soldados y hoy nuestra prédica es escuchada cada vez más. Nos queda ganar el espacio joven pero podemos decir que hemos empezado nuestra ofensiva. Para que esta dure y se afiance es menester que todos nos prestemos a esta lucha divulgando lo que realmente pasó.

JOSE MILIA

SEÑORES JUECES: FUE UNA GUERRA

En relación al debate suscitado en El Tribuno (Salta) acerca de “si fue o no fue una guerra” lo ocurrido en la Argentina durante los años setenta, los que suscriben, ciudadanos de 50 para arriba, porque la vivimos, no necesitamos que un fiscal, juez o quien fuere nos cuente qué fue lo que sucedió. Fue una guerra, por donde se la mire; sin embargo, no son pocos los que opinan, difunden y hacen bandera con lo contrario. Ahora bien, una cosa es que sean ciudadanos comunes los que dicen tal cosa y otra muy distinta es que sean los jueces y fiscales federales los que admiten semejante distorsión de los hechos.
Ello así, porque la adulteración de la historia no es gratis; tiene consecuencias directas sobre la libertad, el honor y los bienes de los individuos. Para los jueces y fiscales federales que llevan adelante los juicios de “lesa humanidad”, en contra de lo evidente, los militares, policías y civiles acusados no fueron enviados por el poder político a combatir en una guerra. Para estos magistrados lo que sucedió es que sin mediar razón alguna y de un día para el otro, todos los militares (menos el general Balza) se transformaron en locos genocidas. Tan es así, que los que asesinaron a Aramburu, Rucci, Alonso; Vandor; Salustro; Viola; Sacheri; Genta y cientos más son tratados como héroes por la Justicia. Más aún, su testimonio es “palabra santa”.
Señores fiscales y jueces federales, ustedes, más que el Gobierno nacional y provincial, son los principales responsables de esta persecución ignominiosa a argentinos inocentes. Ustedes lo saben. Nosotros, que también lo sabemos, nos encargaremos de que lo sepan nuestros hijos. En la Argentina no hay jueces; lo que hay es un conjunto de individuos.
 Mario Marcelo Gómez,
Carlos Luque Colombres,
siguen firmas.



El terror y la virtud

01:31 MAURICIO ORTIN

¿Democratizar la Justicia?
Desde que en la Revolución Francesa, Robespierre, el ejecutor del terror revolucionario (guillotina mediante) pronunciara su célebre sentencia, “el terror, sin virtud, es desastroso; la virtud, sin terror, es impotente”, la izquierda, según quiénes sean los que lo practican, ha distinguido dos tipos de terrorismo. Cuando se trata del propio, éste adquiere mágicamente las características de inevitable, revolucionario y hasta higiénico. Por el contrario, cuando se trata del ajeno, es inhumano, genocida, fascista y de derecha. Es que ser de izquierda, para el marxista-leninista, es ser una persona virtuosa al que todo le está permitido en función de que, como Mesías, viene a instalar el nuevo hombre y el nuevo mundo. Ser de derecha, en cambio (los que no pertenecen a la izquierda), es oponerse al progreso y destino de la historia. De allí que, para la izquierda, el terrorismo y todo lo que provenga de la derecha no tiene justificación alguna.
Lenin, el político comunista más importante de la historia, fue también uno de los más grandes maestros del terror “virtuoso”. En la guerra civil rusa, entre otros muchos de parecido tenor, emitió un bando terrorista en el que autorizaba la requisa de armas a las familias campesinas. La pena por encontrar alguna, que no hubiera sido denunciada oportunamente, era el ahorcamiento del hijo mayor. Era un puro, un incorruptible, un sacerdote de la revolución convencido de que estaba haciendo lo mejor. Su sucesor, Stalin, también hizo lo que estuvo a su alcance para el “progreso” de la humanidad (asesinó a unos veinte millones de civiles).
El marxismo-leninismo es una teoría política que afirma la necesidad de tomar el poder con el objetivo principal de eliminar una clase social, la burguesa. Así, hacer la revolución es perpetrar un genocidio por el “bien” de la humanidad. El hecho de que la promesa de semejante crimen sea manifiesto y hasta mostrado como deseable, dice mucho de la impunidad con la que se creen investidos los “ terroristas virtuosos”. Este y no otro es el “justificativo” ideológico-moral que permite a la gente izquierda no sufrir conciencia de culpa por los cientos de millones de atroces crímenes perpetrados, por las dictaduras comunistas.
Si matar en nombre de la revolución no produce arrepentimiento ni remordimientos, ¿por qué habría de hacerlo, mentir? Me refiero a algunos encumbrados izquierdistas que, en los '70, repitieron hasta el hartazgo de que “fue una guerra” y hoy lo niegan. Será que mienten y no se les cae la cara de vergenza de puro “virtuosos” que son.
Hay quienes sostienen que “no fue una guerra” porque les parece atroz que desde el Estado se secuestraba “en horas de la madrugada, por bandas anónimas, a ciudadanos indefensos” o porque no “es una acción de guerra torturar y matar cuando no se puede oponer resistencia”. Esto - que sin duda sucedió durante el gobierno peronista y la dictadura militar y fue perpetrado, también, por el ERP y Montoneros- no es lo ajeno, sino lo propio de la guerra. Tampoco es lo más horrendo. Hay cosas peores. Mucho más cruel es tirar una bomba atómica sobre una ciudad y matar a cientos de miles de seres humanos o exterminar a seis millones de personas cuyo único “delito” fue el de existir. Luego, siguiendo aquel razonamiento negacionista debiéramos concluir que la Segunda Guerra Mundial no fue una guerra.
Aquel razonamiento sostiene que con una sociedad civil cómplice la dictadura quemó libros y desapareció personas. Es decir, que todos los argentinos somos culpables de la represión. De los que empezaron con el terror no se dice nada en contra. Al parecer, nunca se les pasó por la cabeza que si no hubiera habido subversión, tampoco hubiera existido la represión.
Lo más curioso es que los inquisidores de izquierda “buchonean” para los jueces para que condenen, por “apología del delito”, a aquellos que opinen “que fue una guerra”.
Con ellos, Mussolini, el patriarca de los escraches, estaría en su salsa