INTERESANTE ANÁLISIS SOBRE LA RENUNCIA DE BENEDICTO XVI
Visto en Ex Orbe
Una de las aberraciones más notables del post-concilio fue imponer las modernidades conciliares a golpe de antigua obediencia ‘perinde ac cadáver’. Fue
así como se impuso todo, desde la liturgia revolucionada a las
tendencias innovacionistas y las iniciativas pan-aperturistas. Lo
patético fue que se logró, que se consiguió que los
timoratos obedientes hicieran lo que que les mandaban los despóticos
revolucionarios. Actualmente, con variantes, sucede lo mismo.
Yo discuto que, a estas alturas y con
todo lo sucedido, se entienda que bondad sea igual que necia obediencia,
no acepto el silogismo de que el bueno es el obediente ciego. Insisto
firmemente porque me es evidente que hay un error de principio y
cuestiono que lo que se manda sea bueno. También me resisto a la
dictadura del mal menor, otro paradigma que suele estar en juego habitualmente.
Que el Papa renuncie, no es bueno. Aunque
tenga razones, a pesar de ellas. El ministerio singular del Papa no se
puede sujetar a los modos y maneras del mundo. Si lo hace, como lo está
haciendo, el resultado es el error de interpretación con la consiguiente
errónea apreciación que hace la gente, el vulgo católico y la plebe
pagana, que es, más o menos, de este tenor: Si el Papa dimite porque
está viejo y enfermo, como cualquier hombre, es que el Papa es como
cualquiera, y de hecho es un hombre cualquiera, que se merece y tiene
derecho a su descanso, como anciano cansado que es, y es muy
humano garantizarle su resposo y sus cuidados, como un enfermo
cualquiera, como él mismo es. El problema es que no lo es, que no es un
hombre cualquiera, ni se debería esperar de él que se comportara como un
hombre cualquiera. El triple exámen del “…’Simón, hijo de Jonás, ¿me amas…me amas más que estos?…”
(Jn 21, 15-19) no es un Evangelio fácil de vivir y protagonizar, pero
el ministerio único del Sucesor de Pedro lo exige, lo requiere. Dejar el
ministerio (con su gracia aneja) podría suponer el desprecio del
ministerio (y de su gracia). También su desvalorización.
Acepto que no haya sido imprevisto,
acepto que estuviera en la intención del Cardenal Ratzinger que aceptó
ser (que quiso ser) Benedicto XVI, pero, entonces, pienso que no debería
haber asumido tal elección para tal ministerio, ya que sus predecesores
no lo hicieron con esa salvedad implícita (si la hubiera habido).
En la rica simbología de la eclesiología
antigua se insistía en el desposorio y maridaje del obispo con su
iglesia, su diócesis. En el caso del Pontificado Romano, la acentuación
del vínculo era más grave y profunda porque su ministerio lo enlaza con
la Iglesia Universal. ¿Puede, según ese concepto, disolverse el
vínculo que ata al Obispo de la Urbe con todo el Orbe? ¿Dispensa la
debilidad física de la obligación moral y espiritual? ¿Se puede hacer
bajo consideraciones como las expuestas por el Papa Benedicto?
Si se pudiera hacer sin más, otros los
habrían hecho antes. La excepción que se enseña, única, parece confirmar
la regla, aunque el código vea y prevea. Pero, más allá del caso
canónico regulado en un cánon del códex, el asunto implica cuestiones
tan graves y excepcionales que opino que es aberrante asumirlo con
normalidad impasible y obsequioso contento.
Por eso no aplaudo. Ni me río. Al
contrario, me entristezco por la Iglesia, por el Papa, por los católicos
ensayados que tocan palmas. Y por los católicos conscientes (no digo
perfectos, recalco) que sufrimos una decepción más. Muy dolorosa.
Uno de los comentaristas del articulete
anterior ha escrito que la renuncia de Benedicto XVI le ha recordado la
escena de la deposición de la tiara de Pablo VI. A mí también, ayer tuve
una imagen y otra superpuestas, como si se hubiera consumado un acto
más en la devaluación premeditada del Papado.
Es obvio que Benedicto XVI, aunque haya actuado con recta intención, deja esta hipoteca (otra más) a su sucesor.
Oremus et ad invicem