Por
Antonio Caponnetto
El riesgo
de lo demasiado humano
Si en la historia de la
Iglesia han existido casos de pontífices abdicantes -algunos de
ellos, incluso, formalmente elevados a los altares, sin que la tal dimisión, al
parecer, resultara obstáculo-; y si el mismo Derecho Canónico prevé la
posibilidad de tan excepcional resolución, lo primero que con cierta simplicidad
podría decirse es que la
Iglesia seguirá su curso bajo un nuevo Papa, próximo a
elegirse; y que nosotros, los fieles de a pie, continuaremos aportando lo
nuestro hasta que Dios nos llame. No habría lugar para la aflicción o el
enojo.
Pero no estamos seguros de que corresponda tanta simpleza de análisis.
Por lo pronto, por el texto mismo en que Benedicto explica su actitud. Nos duele
como propio el abatimiento que confiesa. Sangra nuestra misma herida al saberlo
preso de la infirmitas. Desvélanos el
mismo insomnio ante la encrucijada y la peripecia, y nos admira que aún
así,ofrezca sus últimas fuerzas para servir a la Iglesia con la oración y la clausura.
Pero todo esto es demasiado humano, y si se nos permite la franqueza, podría
resultar más cálculo que pálpito, más desconfianza en la fragilidad de los años
que abandono confiado a la Divina Providencia.
Tal vez, incluso, podría resultar demasiado común y corriente para tratarse del
Vicario de Cristo. O excesivamente ordinario para quien sabe que la silla
petrina antes tiene la forma de una cruz testa al piso que la de una mecedora.
Importa nada lo que piense el mundo, pero
importa todo no pensar u obrar como el mundo.
Acaso por esta distinción que enunciamos se explique que dos voceros de
la nadería progresista pudieron traducir a términos inequívocamente modernos y
mundanos cuanto ocurre. Mejía, hablando de stress; y Bergoglio celebrando el “gesto
revolucionario”, ante quienes, hasta ahora, lo acusaban de conservador a
Benedicto XVI. Si el uno psicologiza y el otro ideologiza lo sucedido, no es
únicamente por las sendas y burdas deformaciones doctrinales que padecen, sino
por la naturaleza misma del hecho que, como decimos, trasunta una cierta
perspectiva demasiado humana. Es un trono bendito el que se está abandonando. No
puede ser considerado como una jubilación por invalidez. Tampoco como quien
declara clausa una oficina el último día hábil de mes, en el horario de cierre,
tras una despedida con aplausos y emociones a
granel.
Extraños
encomios a la debilidad
El segundo factor que conspira contra la llaneza del análisis es la larga
serie de conjeturas que se han echado al ruedo, sin que puedan ser sofrenadas
con alguna prueba contundente en sentido contrario.Diríase que a dos campos se
acomodan las tales hipótesis.
En uno surge la inevitable posibilidad de una oscura maquinación
palaciega que haya forzado la dimisión. Sobran las razones para pensarlo, pues
en todos estos años los sectores progresistas no han hecho otra cosa más que
pedirle al Papa la caducidad de su mandato. El tenebroso manifiesto de Hans Küng
y los suyos, lanzado formalmente hacia el 2010,ha visto sus cláusulas cumplidas
con esta penosa noticia anunciada en la festividad de la Virgen de Lourdes. ¿Era inevitable
entregarles tamaño trofeo al coro enorme de tránsfugas que no cesan de festejar
lo acontecido? ¿No había, no hay,entre la grey y los egregios, fuerzas
suficientes para evitar el atropello? ¿No se supone, por sobre todo,que el
heredero de Cefas, el fiel y rudo Pescador de Galilea, debe conducir
la Barca tanto
más cuanto las tempestades del mundo lo sacuden “por cuestiones de gran relieve
para la vida de la fe”, como reza el mismo y doliente texto del desistimiento?
¿Coopera a contrarrestar este “eclipse del sentido de lo sagrado”, y
estas divisiones “que desfiguran el rostro de la Iglesia y ponen en peligro su
unidad”, males ambos de los que habló el pasado Miércoles de Ceniza, el que se
presente el mismo Santo Padre eclipsado o doblegado por los achaques de un
tiempo convulso y de una ancianidad avanzada? ¿Guarda congruencia tamaño
reconocimiento, con lo dicho dos años atrás a Peter Seewald, cuando desde las
páginas de la obra Luz del mundo
sostuvo que "no se puede escapar en el momento de peligro y decir: que se ocupe
otro”? ¿Hay acaso peligro mayor que constatar el eclipse del sentido de lo
sagrado?
Se equivocan quienes deifican al Papa -quienquiera sea- o quienes lo
suponen nimbado de los atributos de los antiguos titanes. Se equivocan además
quienes lo conciben al modo de un soberano hiératico, cuyo ánimo sería tan
inconmovible y rígido como ciertos barrocos oropeles. Y rechazo grande sentimos
por cuantos reclaman duro calvario al Pontífice desde el carnaval en que
habitan. Los corajudos en pellejo ajeno nunca sirvieron de mucho. Pero vaya si
yerran cuantos lo pretenden o justifican como al uomo qualunque, desvinculando su
persona, necesariamente frágil,al igual que la de todos nosotros, de la misión
que le cabe, necesariamente férrea y acerada, como la de ninguno de nosotros.
Por algo decía el monje San Norberto de Magdeburgo, que “la silla de Pedro exige
la conducta de Pedro”. El Papa no tiene dos naturalezas, como Aquél de quien es
vicario. Pero tal vicaría, libremente aceptada,lo obliga al heroísmo.Al heroísmo
cristiano, entiéndase; no al del Olimpo o el Walhalla. A un heroísmo que no busca el protagonismo o el resplandor
personal, pero sí el de la
Divina Persona,cuyos nudos le tocó atar y
desatar en la tierra. No somos niños para ilusionarnos con un pontífice repartiendo tiarazos al
galope. Pero dado que no la calma sino la tempestad arrecia -intensa y dañina,
como pocas veces- tampoco puede ser lo más aconsejable andar desmontando la
cabalgadura.
Desconcierta un poco, en consecuencia, este elogio de la debilidad o de
la rendición que algunos plantean. No nos resulta posible imaginar a un Cristo
que se pone tres caídas como plazo máximo para subir al Gólgota.Y si amamos
estremecidos aquellas desplomaduras gloriosas, es porque de todas ellas, el
Caído, recuperó la vertical del cielo. Ha sido el Padre Diego de Jesús, en su
notable libro Mito, plegaria y
misterio,el que nos recordó un texto de Lewis, según el cual, “Dios es más
que un dios; no menos”. Y comentándolo acota: “el majestuoso Logos eterno, al
ingresar a nuestro opaco mundo fáctico, lo hace sin dejar colgada su divinidad
en el perchero del zaguán trinitario”. Los intérpretes de esta renuncia petrina
como el triunfo de la relativización del Pontificado,de la kénosis del vicario
para que sólo quede la guía de Jesús, parecería que quieren dejar colgada la
irrepetible y singularísima y exigente majestad de la vicaría en algún perchero
sin brillo de los despachos vaticanos.
Lo
estratégico por encima de lo
sobrenatural
En el otro campo se mueven las conjeturas de quienes ven tras la renuncia
una cuidada estrategia ajedrecística para asegurar la
continuidad de “la misma línea”, pero en manos de un joven y vigoroso timonel.
Estamos escuchando demasiado esta especie, con tanto desagrado como la de los
apologistas de la responsabilidad petrina reducida no más que a la de ese hombre que cruza la calle, del que
hablara Merleau Ponty.
Haría falta la capacidad y la ciencia de Malachi Martin para descifrar
esta segunda clave de la renuncia pontificia. Y aunque las novelas del célebre
irlandés poseen entramados auténticos y veraces, aquí la crasa realidad
sobrepuja cualquier legítima figura literaria. A fe nuestra hemos de sostener
que no vemos en la personalidad del Papa Benedicto XVI ningún rasgo dominante
que lo acerque al perfil de un diestro maniobrador de poderes. Antes bien, sus
fragilidades y defectos, con repercusiones incluso en el delicado terreno de la
integridad doctrinal, más resultan ser la consecuencia de una inhabilidad para
el gobierno, que de una destreza para hacerse continuar. Se lo ve tan
honorablemente ajeno a la problemática del poder, diría Guardini, como puede
estarlo un hombre de contemplación y de seriedad en el
estudio.
Pero aún así, y si fuera cierta esta maniobra sucesoria tramada con un
puñado de seguidores,el Santo Padre no puede ignorar que su retiro desata
entonces algunos de los demonios de la democratización de la Iglesia, convirtiendo un
sitial tradicionalmente monárquico en un puesto sujeto al voto arreglado. Una
especie de fraude patriótico,
reemplazando los atrios de Balvanera o Pompeya por los corrillos de Roma, de
donde nunca se dijo que el humo de Satán se retirara. No queremos que suba Pío
XIII por haber ganado las internas,
tras estudiada táctica de Ratzinger. Queremos que El Espíritu Santo impere,
sane, salve y vivifique.
Algunos entendidos, que no es nuestro caso,han hecho notar que uno es el poder del orden y otro el poder de jurisdicción; y que si el ordinis potestas fuera indeleble, y por
tanto inabdicable,como todo lo indica, tendríamos, tras el próximo cónclave, el
caso potencialmente anómalo de un doble pontificado virtual. Si el sucesor de
Benedicto lo hereda espiritualmente, será una cosa. Si lo contraría, la
bicefalidad se hará notoria, siquiera por tácito contraste. Otra vez los
interrogantes nos asaltan: ¿Era necesario, en medio de tamaña crisis eclesial,
como pocas veces grave y confusa, someter a la Esposa y a sus hijos a tamaño
estremecimiento? ¿O es que el verdadero nombre de la crisis -y ahora se nos
revela- es el estremecimiento de la Esposa, que no puede evitar siquiera
su Pastor Universal? ¿O es que el otro nombre de la crisis, no menos
intranquilizante, es que, a fuer de habituamiento, los bautizados crean que ella
no existe y que sólo es un exageración de algunos
tradicionalistas?
No ha dicho
aún las últimas palabras
Conocido y útil es el principio que nos dice:interius non iudicat Ecclesia. Nadie
sino Dios puede saber y pesar con justicia lo que acontece en el alma atribulada
del Cardenal Ratzinger. Que se bajó de la Cruz, no podría decirse sin liviandad
manifiesta. Su cuerpo y su alma, hace largo tiempo, que semejan la convexidad y
la concavidad del Leño. Pero que la llevó hasta el final, tampoco podríamos
decirlo; entre otras cosas, porque aún no ha sucedido ese
final.
En efecto,mientras trazamos estas líneas, el Papa sigue hablando como
tal; y parece querer decirnos cosas que antes no había dicho.El 14 de febrero,
en el Aula Paulo VI, improvisó una jugosísima charla ante el clero de Roma, cuyo
núcleo central fue el Concilio Vaticano II. Daría la misma para un análisis
aparte, si estuviéramos en condiciones de hacerlo. Porque, por un lado,
describió y ratificó su entusiasmo puesto desde el principio en aquella
discutida asamblea.Entusiasmo provocado por objetables razones, digamos de paso.
Por otro, desenmascaró valientemente la
maniobra periodística iniciada conjuntamente con el Concilio para
desnaturalizarlo y tergiversarlo, hasta el punto de que “el
Concilio virtual era más fuerte que el Concilio real”. Pero a modo de corolario,
selló sus palabras diciendo: “Me parece que después de cincuenta años, vemos cómo este Concilio virtual
se rompe, se pierde y aparece el Concilio auténtico, con toda su fuerza
espiritual”.
Es difícil ver los bienes que se han seguido
de esta supuesta irrupción del Concilio auténtico, cuando es el mismo Papa el
que se despide retratando con agobio que la la cizaña ocupa mayor lugar que el
trigo dentro de la
Iglesia. Y cuando con una lucidez llamativa
reconoce ésto, que no debemos perder de vista como objeto de
reflexión:
“En retrospectiva, creo que fue muy bueno comenzar por la liturgia[en el
Concilio]. Así se mostraba la primacía de Dios, la primacía de la adoración
[...]. Luego estaban los principios: la inteligibilidad, para no estar
encerrados en un idioma que no se conoce y no se habla; y la participación
activa. Por desgracia, estos principios a veces se malinterpretaron. La inteligibilidad no quiere decir
trivialidad, ya que los grandes textos de la liturgia - aún cuando estén,
gracias a Dios, en la lengua materna - no son fácilmente inteligibles; necesitan
una formación permanente del cristiano para que crezca y entre más profundamente
en el misterio, y así pueda entender”.
Si el sucesor recoge este breve programa: no al falso participacionismo
litúrgico y a la trivialización de la inteligibilidad mistérica, no será en
balde su legado. Pero si esto se pensó desde siempre,¿por qué no se fue más
categórico para impedir el conjunto de “calamidades,
problemas y miserias”, como llama el mismo Santo Padre en su coloquio,a los
efectos de ese predominio del “Concilio virtual”? ¿Por qué no se tiene en cuenta
la posibilidad de que tales males no hayan sido sólo ni principalmente causados
por los medios distorsionadores, sino por algunos de los mismos padres
conciliares y del apartamiento de la ortodoxia?
Te
acordarás del Viento ingobernable
Lo que juzgamos aquí, con amor filial y respeto de súbditos, son hechos;
tomando la palabra juicio, principalmente en su acepción lógica. Y ese
enjuiciamiento lógico de lo que sucede nos embarga de inquietud y de
perplejidad. Hubiéramos anhelado
que ciertos y valiosos pasos que se dieron bajo el pontificado de Benedicto XVI
para hacer respetar la
Tradición, hubieran sido completados y conducidos a su
plenitud. Hubiéramos deseado, simétricamente, que aquellos otros pasos
vacilantes o erráticos o desencaminados, se revirtieran definitivamente. Sobre
todo, porque no fueron leves esos pasos torcidos, y un fruto al menos de los
mismos hoy se torna patente. Pues
es muy raro que la renuncia de un Papa sea más llorada en el Estado de Israel
que entre el clero católico. Ahora sólo queda confiar en el Paráclito. Confiar y
rezar intensamente; y pedir perdón por nuestros pecados, sin excluir el que
podría constituir el no haber hecho lo suficiente para que las fuerzas del
Pontífice no llegaran a esta extenuación.
A falta de mejores acentos, golpeados por la tristeza doblemente
cuaresmal del momento, nos alimenta en algo la esperanza, el canto dedicado a Pedro del inolvidable fraile Antonio
Vallejo:
“No siempre
navegaba
según su
arbitrio:alguna vez, un viento
de incierto
origen y de humor venático,
lo arrastró
a imprevisible derrotero[...].
Siendo
viejo,
a punto, ya,
de coronar la suma
autoridad
con el honor supremo,
se acordará
del Viento ingobernable[...].
Lo sentirá
cimbrar; y oirá un revuelo
de águilas y
de togas; y la infame
algazara del
circo.En el recuerdo
adorable,
también oirá, concreta,
clara, la
obscura frase del Maestro:
-En verdad, en verdad te
digo,Cefas:
cuando más joven, eras tu muy
dueño
de ceñirte y de andar por
dondequiera;
extenderás, un día, siendo
viejo,
tu diestra y tu
siniestra;
y otro, no tú, te habrá ceñido
y puesto
donde tú no
quisieras.”
Dios le dé a Benedicto, “siendo viejo”, y a su sucesor,siendo quien
fuere, la gracia de no desertar del Viento, ni del Duc in altum, ni de la pesca milagrosa.
La gracia de no ser dueño de “andar por donde quiera”, sino de preferir la
diestra y la siniestra ceñidas al Madero, para salvar con sangre el honor de
la
Verdad.