Por Flavio Infante
No será quizás un nuevo Teodosio, pero las
palabras del presidente ruso Vladimir Putin en el foro internacional Club
Valdai -el pasado 19 de setiembre, ante politólogos de su nación y extranjeros-
dejan el ánimo renovado (el texto completo en inglés, aquí . De sobra nos
consta a todos que si la religión, por ventura, aparece hoy en el discurso de
algún estadista, es a los fines de estrecharle aún más el cerco, de avanzar un
paso más en la separación de la Iglesia y el Estado y en la restricción de toda
manifestación pública del culto.
Fue san Gregorio VII quien empleó el símil de
los dos ojos para referirse a las dos espadas: el poder secular y el sacro, que
deben -como los órganos de la vista- iluminar y conducir al fin último
sobrenatural a los hombres que están bajo su jurisdicción. Gobernantes
apóstatas y papa "rotario de honor" urgen, por ello mismo, el recurso
discrecional al colirio ofrecido por el ángel de Laodicea. Bienvenido pues este
adarme, si no de religiosidad explícita, al menos de sentido común que nos
llega desde el remoto Novgorod, aquella región que el propio Putin llamó el
«centro espiritual, ya que no geográfico, de Rusia». Bienvenida la sensatez de
quien dirige la única nación que puede acaso detener la expansión degenerativa
de Occidente, fijándole unas fronteras al «mundo unipolar» y fundando la
resistencia sobre premisas veraces. Enhorabuena que haya un gobernante que
recuerde que no vivimos en un mundo de puros contemporáneos, sino que contamos
también con antepasados y descendientes. He aquí una traducción parcial del
texto en cuestión:
Necesitamos hoy nuevas estrategias para
preservar nuestra identidad en un mundo de rápidos cambios, un mundo que devino
más abierto, transparente e interdependiente. Para nosotros (y estoy hablando
sobre los rusos y Rusia), cuestiones como quiénes somos y qué queremos ser son
cada vez más relevantes en nuestra sociedad. Hemos dejado atrás la ideología
soviética, y no habrá retorno. Partidarios de un conservadurismo básico que
idealizan la Rusia anterior a 1917 parecen estar igualmente lejos de la
realidad, del mismo modo que los adeptos a un extremo liberalismo al estilo
occidental.
Es evidente que es imposible ir hacia
adelante sin una autodeterminación espiritual, cultural y nacional. Sin éstas
no seremos capaces de resistir los retos internos y externos, ni podremos
sobrellevar las competencias globales. Y hoy vemos un nuevo giro en estas
competencias. El mundo se está volviendo más rígido, y a menudo renuncia no
sólo al derecho internacional, sino incluso a la elemental decencia.
Entendemos también que la identidad y la idea
nacional no pueden ser impuestas desde arriba, no pueden fundarse en un
monopolio ideológico. Una construcción tal es muy inestable y vulnerable;
conocemos esto por experiencia personal. Esto no tiene futuro en el mundo
moderno. Necesitamos creatividad histórica, una síntesis de las mejores ideas y
prácticas nacionales, una comprensión de nuestras tradiciones culturales,
espirituales y políticas desde diferentes puntos de vista, y comprender que la
identidad nacional no es algo rígido que perdurará por siempre, sino más bien
un organismo viviente.
Otro serio desafío para la identidad de Rusia
está relacionado con los eventos que tienen lugar en el mundo. Acá se
encuentran la política extranjera y el aspecto moral. Podemos apreciar cómo
muchas de las naciones euro-atlánticas están rechazando sus raíces, incluyendo
los valores cristianos que constituyen el fundamento de la civilización
occidental. Están negando los principios morales y toda identidad tradicional:
nacional, cultural, religiosa e incluso sexual. Están implementando políticas
que equiparan las familias numerosas con las parejas del mismo sexo, la fe en
Dios con la fe en Satanás.
Los excesos de la corrección política alcanzaron
un punto tal que la gente habla en serio acerca de registrar partidos políticos
cuya aspiración es promover la pedofilia. La gente en muchas naciones europeas
se siente avergonzada o temerosa de hablar de su filiación religiosa. Las
fiestas religiosas son abolidas o bien toman un nombre distinto; su significado
permanece oculto, tanto como su origen moral. Y se está tratando de exportar
agresivamente este modelo a todo el mundo. Estoy convencido de que esto abre un
camino directo a la degradación y al primitivismo, acabando en una profunda
crisis demográfica y moral.
¿Qué otra cosa mejor que la pérdida de la
capacidad de reproducirse puede ofrecer el testimonio de la crisis moral que
enfrenta una sociedad humana? Hoy día casi todas las naciones desarrolladas
están incapacitadas para perpetuarse, incluso con la ayuda de la inmigración.
Sin los valores incorporados del cristianismo y de las otras religiones
históricas, sin las normas de moralidad que tomaron forma a lo largo de
milenios, los pueblos perderán inevitablemente su dignidad humana.
Al mismo tiempo, notamos intentos por hacer
revivir de alguna manera un modelo estandarizado de mundo unipolar y de ofuscar
las instituciones de derecho internacional y la soberanía nacional. Un tal
mundo unipolar y estandarizado no requiere Estados soberanos: requiere
vasallos. En un sentido histórico, esto equivale al reniego de la propia
identidad, a la diversidad del mundo donada por Dios.
En la memoria de santa Teresa del Niño Jesús,
gústanos recordar aquellas palabras que le atribuyen como pronunciadas en su
lecho de muerte, y que bien podríamos hacer nuestra jaculatoria: “¡cuánto
quisiera vivir en los días del Anticristo, para poder combatirlo con la verdad!”
Visto en: http://in-exspectatione.blogspot.com.ar/
Nacionalismo Católico San Juan Bautista

