HACIA UNA MEMORIA SIN RENCORES
Heridas del pasado
Cuando un gobierno
transforma la historia en instrumento para implementar una política hegemónica
y generar divisiones, inocula el odio en corazones jóvenes que, por ser el
futuro, están habilitados para la reconciliación
Por Elisa
Goyenechea | Para LA NACION
La memoria y la
sanación de las heridas del pasado se han vuelto una cuestión grave y
apremiante para los argentinos. Grave, porque de la aceptación de los hechos
penosos pretéritos y de la reconciliación entre compatriotas depende nuestra
identidad como nación. Esto significa poder dar una respuesta, parcial y
tentativa, a la cuestión de quiénes somos, y narrarlo en una historia con
sentido. Apremiante, porque si esa apropiación de un pasado común y
significativo no se desea ni se cumple, lo que está en juego es el
estancamiento en el pasado violento, la perniciosa prolongación en el tiempo de
una herida que no cierra y, en consecuencia, la petrificación de las energías
renovadoras y creativas que nos impulsan hacia el futuro.
Desde el punto de
vista individual, la memoria y la identidad personal son las dos caras de un
mismo fenómeno. Cuando Henri Bergson cuestionó lo que él consideraba un
concepto inmóvil y estancado del yo como sustancia, enseñó que una conciencia
sin memoria es sinónimo de inconsciencia. Su contribución fue señalar que
acrecentamos y dotamos progresivamente de densidad a nuestro yo a medida que
transcurre el tiempo. Si vivir consiste en envejecer, la memoria configura un
pasado, el nuestro, del que nos apropiamos porque, en la evocación, lo traemos
a la conciencia presente. Esta operación se intensifica con el correr de los
años, genera sentido y, en gran medida, responde a la cuestión de quiénes
somos. En consecuencia, la capacidad de evocar y traer a nuestra presencia,
hoy, los hechos de la niñez o la juventud genera identidad porque
"produce" pasado.
Hannah Arendt, cuya
presencia en el juicio contra Adolf Eichmann resultó en el controversial
concepto de la banalidad del mal, les concedió a la memoria y a la imaginación
una relevancia sin par en la tarea de aceptar y hacer propio un pasado
doloroso. Como otros pensadores que discutieron los ideales de la modernidad,
Arendt impugnó el optimismo del concepto moderno de historia como entidad
autorregulada por leyes, ciega a las acciones espontáneas de los hombres. En su
lugar, elevó la historia (story) como crónica y narración interminable. He
empleado las palabras crónica y narración para evitar el término relato, que
hoy, y con razón, tiene mala prensa.
Precisamente, porque
la historia no está "hecha", es decir, no hay un titiritero tras la
escena manejando los hilos de las marionetas; es que el analista o el
historiador puede mirar atrás y, pertrechado de documentación, afán de
imparcialidad y actitud crítica, descubrir que la historia tiene su propia
"lógica". La historia "se está haciendo" porque es la trama
y la red de acciones y padecimientos humanos susceptibles de ser contados en
una crónica. Se trata, podríamos decir un poco escenográficamente, del gran drama
entretejido de acciones y pasiones humanas. Para que ese caos de
acontecimientos que conforman el "pasado" constituya una historia
significativa que tenga espacio para todos los agentes y los sufrientes, es
imprescindible que el narrador tenga la voluntad de imparcialidad, o la mirada
limpia, concedida por el tiempo transcurrido.
Arendt distingue
entre el actor y el espectador. Quien está intensamente comprometido en la
praxis y en el logro de los fines de su propio bando está inhabilitado para la
crónica desinteresada. Asimismo, no se puede hacer historia del presente. El
espacio que se extiende entre el observador y los hechos es imprescindible,
porque el transcurrir del tiempo concede el foco adecuado para mirar las cosas
"a la distancia". Esta actitud que la pensadora le atribuye al
historiador (pero que se le puede exigir al analista político, al docente e
incluso al ciudadano común) lo libera del apremio por la praxis y del aguijoneo
de los afectos, como la ira o el resentimiento, que compelen a la acción.
Si hay deseo y
voluntad para comprender los hechos ingratos del pasado y reconciliarnos con el
espacio público -la patria, que no está hecha a nuestra medida y antojo, sino
que compartimos con otros-, entonces la crónica no será funcional al partido de
turno (el revisionismo barato). Arendt excluye de la "polución"
política tanto a las universidades (públicas y privadas) como a las
instituciones de administración de la justicia. No se debe transformar a la
historia en apéndice instrumental del Estado (que, en realidad, es del
gobierno, o del partido o del caudillo).
Cuando la historia es
editada para fines como la implementación de la política hegemónica y la
división de los conciudadanos en bandos irreconciliables, o cuando la
perversión del revisionismo llega a absurdos tales como poner en paralelo la
figura del San Martín con la de Néstor Kirchner, el futuro es oscuro y, en el
mejor de los casos, incierto.
Para nuestra
desgracia, no se escuchan suficientes voces que proclamen la injusticia de
estos procedimientos que, lejos de desear y procurar la pacificación de la
sociedad y la reconciliación entre compatriotas (que exige un mea culpa
precisamente porque se trata de agentes y de sufrientes), persisten en abonar
la fragmentación envenenando las mentes y los corazones de los jóvenes. Cuando
el gobierno monopoliza las instituciones del Estado, politiza -en el peor
sentido del término- toda praxis y todo discurso, es decir, los convierte en
funcionales a sus intereses sectarios y penetra en todas las actividades,
primero las públicas y, eventualmente, las privadas.
Cuando la historia se
convierte en relato, es decir, en construcción sesgada y adaptada a intereses
de bando, la imparcialidad del historiador muda en visión filistea y la
convierte en herramienta ideológica. En estas circunstancias, el avance del
"relato único" en la currícula de Ciencias Sociales en las escuelas
suscita escándalo e indignación, menos por la visión tuerta de los hechos que
por el daño imperdonable en niños y jóvenes. Se trata de una estrategia
ponzoñosa que pretende inocular el odio y el rencor en corazones limpios que,
precisamente porque son el futuro, están habilitados para la reconciliación.
Están lo suficientemente distanciados de los hechos como para ponerlos a distancia,
comprender los sufrimientos de ambos lados y empezar de nuevo. Esto no
significa olvidar, pero sí exige una historia que haga justicia a todos, porque
ni el mundo ni la crónica están hecha a la medida de uno, ni adaptados a los
caprichos de algunos.
Hannah Arendt, que
fue testigo de las prácticas fascistas y totalitarias en la construcción de un
relato antojadizo y del adoctrinamiento de las mentes nuevas, advirtió sobre
las prácticas de los gobiernos que, con el pretexto noble del Estado educador,
esterilizan de raíz la única savia regeneradora de los cuerpos políticos: los
jóvenes. Si el milagro del "segundo nacimiento" irrumpe en la escena
pública con la permanente aparición de las nuevas generaciones, ellos son la
esperanza de innovación, creatividad y cambio. ¿Por qué entregarles en custodia
un mundo atravesado por el rencor, por qué persistir sistemáticamente en el
recelo hacia el distinto, que, por distinto, es enemigo? ¿Por qué permitimos
que la promesa del cambio y de la renovación se trunque gratuitamente?
Thomas Jefferson
creía que el despotismo electivo era aún más temible que la tiranía. En una
carta que en 1787 le escribió al coronel Edward Carrington, señaló: "Si
alguna vez nuestro pueblo se vuelve desatento en asuntos públicos, usted y yo,
y el Congreso, y las asambleas, los jueces y los gobernadores, todos, nos
volveremos lobos".