EL BUEN “TOTALITARISMO”
UN ERROR “TOTALITARIO”
EX ABRUPTO DE BERNANOS
EL CARDENAL, EL FUERO Y LA FALANGE
CLARIDAD DE JOSE ANTONIO
FRANCO Y LA DEMOCRACIA
EX ABRUPTO DE BERNANOS
Es, sencillamente, que no hay ídolo totalitario en Burgos. Es que lo de España constituye, radicalmente, otra cosa. Y claro que a otra cosa corresponde otra calificación.
Aquí, una vez más, la imprecisión de la palabra nos roba la exactitud de la entraña. El adjetivo totalitario es de por sí, indiferente: puede infundírsele sentido vitando o sentido loable.
Lo de totalitario suena algunas veces —pocas veces—, en lenguas representativas del Estado español. Pero ¿quiere ello decir, como en otras partes, que el Estado absorba y suplante al individuo, a la familia, a la corporación? ¿Quiere ello decir que el Estado se proclame fuente única del derecho? De ninguna manera. Eso, que es lo condenable del totalitarismo, ni se postula ni se practica en el Estado español.
Palabras decisivas del Fuero del Trabajo, del programa de Falange, de José Antonio Primo de Rivera, del generalísimo Franco, evidencian esta verdad.
Es lamentable —y convendría evitar radicalmente— el uso de términos que dan pie a confusión. Pero es indispensable —para el que quiera entender y juzgar rectamente— traspasar la corteza del vocablo y adueñarse de la medula del pensamiento.
EL CARDENAL, EL FUERO Y LA FALANGE
¿No hemos visto la censura enderezada al movimiento español y al
cardenal Goma, por haber éste dado testimonio del respeto que el nuevo
Estado mostraba para sus orientaciones doctrinales?
Pues el cardenal Goma, en su magnífica pastoral de febrero de este
año —o sea en plena guerra, y sin otro oportunismo que el de la
intrépida verdad—, condena rotundamente el totalitarismo reprobable,
denunciándolo en otros Estados entonces en bélica alianza con el
movimiento español:
“Se proclama hoy un principio que es incompatible con nuestra doctrina: “Todo para el Estado; nada contra ni fuera del Estado”. No. La persona humana tiene derechos inalienables que el Estado no puede desconocer.
El catolicismo “es el que salva la trascendencia del bien común,
amenazada por el trabajo tenaz del nacionalismo exagerado y del Estado
absolutista; al tiempo que salva la libertad individual, que tiende a
ser absorbida por el despotismo de las dictaduras”.
El catolicismo “admite una trascendencia del Estado, que puede
condicionar, amparar, fomentar y dirigir toda actividad del orden
temporal en cuanto lo requiera el bien común; pero declara intangibles
las instituciones de orden natural, cuyos derechos pueden ser superiores
y anteriores a los del Estado, como la familia, o independientes del
Estado, como la legítima libertad de asociación”.
Esta clara y granítica doctrina, que es la católica, es profesada
abiertamente por el nuevo Estado español. Al emplearse, pues, la palabra
totalitario, se le da, ciertamente, otro sentido.
Veamos, por primer ejemplo, la cláusula inicial del Fuero del
Trabajo —código defensor del obrero, que nada tiene que Pedirle a lo más
avanzado de que aquí nos queramos gloriar—:
“Renovando la tradición católica, de justicia Social y de alto
sentido humano, que informó nuestra legislación del Imperio, el Estado
—Nacional en cuanto es instrumento totalitario al servicio de la
integridad patria, y Sindicalista en cuanto representa una reacción
contra el capitalismo liberal y el materialismo marxista—, emprende la
tarea de realizar, con aire militar, constructivo y gravemente
religioso, la Revolución que España tiene pendiente, y que ha de
devolver a los españoles, de una ves para siempre, la Patria, el Pan y
la Justicia”.
Aquí se ve por una parte, la profesión católica que excluye toda
estado-latría. Por otra parte, que lo de totalitario aparece para
indicar que no se trata de un Estado faccional o sectario, sino entero,
completo, “Nacional, en cuanto es instrumento totalitario al servicio de integridad patria”.
Esa expresión está calcada del espléndido programa de la Falange:
veintiséis puntos incisivos, intrépidos, generosos, cristianamente
radicales, como el espíritu del admirable fundador, José Antonio Primo
de Rivera:
“Nuestro Estado será un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria.
“Todos los españoles participarán en él al través de su función
familiar, municipal y sindical. Nadie participará al través de los
partidos políticos”. (Punto 6).
Y el punto 7 empieza así: “La dignidad humana, la integridad del hombre y su libertad, son valores eternos e intangibles”.
Pues claro se ve que un Estado que de tal modo exalta y reverencia
la dignidad y libertad de la persona humana, y que quiere, con
inspiración genuinamente democrática, que“todos los españoles” participen
en él —no a través de los partidos artificiales que parten y disgregan,
sino a través de las agrupaciones naturales que unen y solidarizan—, no
es un Estado tiránico.
No es un Estado que se cree dios, sino que se confiesa una cosa humilde: “instrumento”. Instrumento puesto “al servicio” de
algo superior: “de la integridad patria”. Esta integridad, esta
totalidad —enemiga del regionalismo separatista, enemiga de la escisión y
lucha de clases, enemiga de lo parcial y faccional de los partidos—, es
la que explica el adjetivo:“instrumento totalitario”.
CLARIDAD DE JOSE ANTONIO
En los estupendos discursos de José Antonio —recogidos en elegante
volumen de las Ediciones Jerarquía (Santander, junio de 1938)—, salen a
cada paso expresiones y referencias que desnudan su pensamiento sobre
esta cuestión.
Hablando del comunismo ruso, “que es nuestra amenazadora
invasión bárbara”, repasa los remedios ensayados, y, nombrando
expresamente a Italia y Alemania, dice:
“Otra pretendida solución” —nótese bien: pretendida solución—, “son
los Estados totalitarios. Pero los Estados totalitarios no existen. Hay
naciones que han encontrado dictadores geniales, que han servido para
sustituir al Estado: pero eso es inimitable…”
Y más
“Cuando el mundo se desquicia, no se puede remediar con parches técnicos: necesita todo un nuevo orden. Y este orden ha de arrancar, otra vez, del individuo.
“Óiganlo los que nos acusan de profesar el panteísmo estatal:
nosotros consideramos al individuo como unidad fundamental, porque este
es el sentido de España, que siempre ha considerado al hombre como
portador de valores eternos. El hombre tiene que ser libre, pero no
existe la libertad sino dentro de un orden”. (Conferencia en Valladolid, 3 marzo 1935).
En otra ocasión habla de “los Estados totales, los Estados absolutos”, para afirmar:
“Su violento esfuerzo puede sostenerse por la tensión genial de
unos cuantos hombres, pero en el alma de esos hombres, late
de seguro, una vocación de interinidad”; ellos saben que aquello sólo puede ser provisional y transitorio, “que a la larga se llegará a formas más maduras” en que no se anule a la persona, “sino
en que vuelva a hermanarse el individuo y su contorno, por la
reconstrucción de esos valores orgánicos, libres y eternos que se llaman
el individuo, portador de un alma, la familia, el sindicato, el
municipio: unidades naturales de convivencia”.
Y añade, categórico: “Tal misión es la que ha sido reservada a España y a nuestra generación”. (Discurso en Madrid, 17 noviembre 1935).
Trátase, pues, de una cosa diferente, que no imita ni acepta el
totalitarismo italiano o alemán, sino que pugna por la reconstrucción de
los “valores orgánicos, libres y eternos”.
Y ya el año anterior había dicho José Antonio, tajantemente, hablando en Valladolid (4 marzo 1934):
“Todos saben que mienten cuando dicen de nosotros que somos una copia del fascismo italiano”.
Ahora es en Madrid, el 29 de octubre de 1933. Discurso de
fundación de la Falange. He aquí unos párrafos a cuyo término José
Antonio habla, para lo español, de “Estado totalitario”. Por su
contexto se ve, de modo fulgurante y decisivo, cómo tal expresión no
tiene en sus labios el sentido reprobable de absolutismo o estadolatría,
sino el sentido de totalidad e integridad, por oposición a cuanto
implique fraccionamiento, parcialidad, escisión de la patria.
”Nuestro movimiento por nada atará sus destinos al interés de grupo
o al interés de clase que anida bajo la división superficial de
derechas e izquierdas.
“La Patria es una unidad total, en que se integran todos los
individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la
clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una
síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que
cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día y
el Estado que cree, sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio
de una unidad indiscutible: de esa unidad permanente, de esa unidad
irrevocable que se llama Patria”.
¿Qué quiere la Falange?
“He aquí lo que exige nuestro sentido total de la Patria y del Estado que ha de servirla:
“Que todos los pueblos de España, por diversos que sean, se sientan armonizados en una irrevocable unidad de destino…
“Queremos que España recobre resueltamente el sentido universal de su cultura y de su historia…
“Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad
profunda del hombre. Porque sólo se respeta la libertad del hombre
cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores
eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz
de salvarse y de condenarse. Sólo cuando al hombre se le considera así,
se puede decir que se respeta de veras su libertad, y más todavía si esa
libertad se conjuga como nosotros pretendemos, en un sistema de
autoridad, de jerarquía y de orden…
“Queremos que no se canten derechos individuales de los que no
pueden cumplirse nunca en casa de los famélicos, sino que se dé a todo
hombre, a todo miembro de la comunidad política, por el hecho de serlo,
la manera de ganarse con su trabajo una vida humana, justa y digna”.
”En una comunidad tal como la que nosotros apetecemos, sépase desde ahora, no debe haber convidados ni debe haber zánganos”…
”Queremos que el espíritu religioso, clave de los mejores
arcos de nuestra Historia, sea respetado y amparado como merece, sin que
por esto el Estado se inmiscuya en funciones que no le son propias; ni
comparta —como lo hacía tal vez por otros intereses que los de la verdadera religión—, funciones que sí le corresponde realizar por sí mismo”.
Tras de enumerar estos magníficos objetivos, concluye, con su radiosa valentía habitual, José Antonio:
“Pero nuestro movimiento no estaría del todo entendido si se
creyera que es una manera de pensar tan sólo; no es una manera de
pensar: es una manera de ser…
“Tenemos que adoptar, ante la vida entera, en cada uno de
nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa. Esa actitud es
el espíritu de servicio y de sacrificio, el sentido ascético y militar
de la vida.
“Así, pues, no imagine nadie que aquí se recluta para ofrecer
prebendas; no imagine nadie que aquí nos reunimos para defender
privilegios. Yo quisiera que este micrófono que tengo delante llevara mi
voz hasta los últimos rincones de los hogares obreros, para decirles:
sí, nosotros llevamos corbata; sí, de nosotros podréis decir que somos
señoritos. Pero traemos el espíritu de lucha precisamente por aquello
que no nos interesa como señoritos; y venimos a luchar porque a muchos
de nuestras clases se les impon- gan sacrificios duros y justos, y
venimos a luchar porque un Estado totalitario alcance con sus bienes lo
mismo a los poderosos que a los humildes”.
Patente está que lo de “Estado totalitario” tiene aquí una
acepción generosa —hermanada con la libertad y la justicia—, sin el más
leve parentesco con la deificación del Estado.
FRANCO Y LA DEMOCRACIA
Rebuscando en las declaraciones de Franco para hallar alguna en que
salga a relucir la palabreja que estudiamos, encuentro (octubre de
1936):
“España se organizará dentro de un amplio concepto totalitario,
a través de aquellas instituciones naturales que aseguren su
nacionalidad, unidad y continuidad”.
Bien se advierte el sentido, coincidente con el de citas anteriores. Y lo comprueba el contexto.
Respetándose las “instituciones naturales” —primera cosa que incomoda a los déspotas—, se quiere un régimen “en cuyo armonioso funcionamiento han de desenvolverse todas las capacidades y energías de la Patria”. Aquí está la preocupación de totalidad, alerta, asimismo, ante los amagos separatistas:
“La personalidad de las regiones será respetada en sus
peculiaridades, respondiendo a la vieja tradición nacional en sus
momentos de máximo esplendor, pero sin que ello suponga merma o
menoscabo de la más absoluta unidad nacional”.
Pero dentro de este “concepto totalitario”, de unión y continuidad hispánica, habrá“amplias libertades” para “asociaciones e individuos”, y la democracia asegurará su célula más genuino: “El
municipio español, de abolengo histórico, se revestirá de todo el vigor
que precisa para el cumplimiento de su misión celular como entidad
pública”.
Y además:
“Fracasado el sufragio inorgánico, que se malversó, primero,
por acción de los caciques nacionales y locales, y más tarde, por la
opresión tiránica del sindicato puesto al servicio de intereses
políticos, la voluntad nacional se manifestará oportunamente a través de
aquellos órganos técnicos y corporaciones que, enraizados en la entraña
misma del país, representen de manera auténtica sus ideales y
necesidades”.
No se desdeña, sino se estima y respeta, la voluntad nacional: por eso se quiere que su expresión sea autenticidad y no farsa.
Por eso decía el Generalísimo, en el segundo aniversario de su jefatura (octubre de 1938):
“Clara y terminante es nuestra doctrina, pero carecería de
valor si no estuviera avalada por el pueblo y refrendada por una
juventud heroica que la siente y la mantiene… Esta doctrina nacional no
es caprichosa. Otras veces dije que es la esencia de nuestras
tradiciones, el sentido espiritual de nuestra historia y la concepción
católica de la reforma social, que anidan en los corazones de toda
nuestra España”.
Doctrina, pues, no caprichosa ni importada ni impuesta, sino brotada de los limpios hontanares de la estirpe, “avalada por el pueblo” y viviente en los corazones hispanos.
Porque Franco —lo dijo en otra ocasión— quiere “un Estado para el pueblo, no un pueblo para el Estado”.
Todo lo cual concuerda con la declaración hecha por el propio Generalísimo —en entrevista para “La Prensa”,
de Buenos Aires—, de su rotunda confianza en que los pueblos de
América, superadas posibles incomprensiones del momento, verán en el
ejemplo español“cómo se llega a la verdadera democracia sin verbalismos engañosos y sin explotación de ruines”.
“Verdadera democracia”: he aquí este ideal, proclamado a boca llena por Franco. No le tiene él miedo ni aversión a la profanada palabra.
Verdadera democracia: que no se identifica —claro está— con el mero
sufragio inorgánico ni con cualquiera otra fórmula externa o mendaz,
sino con el aliento profundo, humano, cristianísimo e hispanísimo que
respeta la dignidad de la persona, escucha y sirve al pueblo, impulsa la
integral elevación de las postergadas mayorías, y busca y facilita la
colaboración de todos en la empresa del bien común.
CONCLUSIÓN
Queda evidente e indiscutible para toda persona de capacidad y buena fe; que cuando en la España Nueva se habla de totalitarismo, no se entiende ni aplaude con ello ningún género de opresión, absolutismo o esta-dolatría.
Yo deploro —y evito en lo que alcanzo, y querría que todos
evitaran—, el uso de palabras que se presten a confusión o equívoco;
pero hay que examinar honradamente lo que de veras quiere significarse, y
no irse a ciegas tras el puro ruido del vocablo.
La reprobación, en suma, para el totalitarismo reprobable, no alcanza, ni en la doctrina ni en la práctica, al nuevo Estado español.
Creerlo totalitario, en el mal sentido que habitualmente se da al término, es un error totalitario.
Octubre de 1939.
Alfonso Junco
EL DIFICIL PARAISO
EL DIFICIL PARAISO
Publicado por Padre Manuel en Fundación San Vicente Ferrer
