LOS NARCOS
Reflexiones
por María Herminia Grande
Violencia y desamparo
Enero nos acostumbraba a recibir noticias vinculadas a trágicos
accidentes. En la historia argentina reciente, los eneros estuvieron
atravesados por distintas noticias. La Tablada, la asunción de Duhalde
como corolario de la semana de los 4 presidentes, anuncios económicos
como los de Erman González, el asesinato del gobernador Soria,
Cabezas... Este enero empieza con la noticia de distintas violencias.
Raúl Bragos, vecino solidario que intentó impedir un asalto y recibió
un balazo fulminante. La otra cara de esta noticia es lo acontecido en
Gualeguay, donde una adolescente de 17 años noqueó a otra de 15, la
paliza fenomenal fue filmada, subida a youtube. No sólo nadie intervino a
la hora de parar esta pelea, habiendo espectadores; sino que cuando la
menor de 15 yacía inconsciente en el suelo, ni los autos que pasaban,
ni los peatones, ni los compinches de la agresora, se avinieron a
socorrerla.
Luego de los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre en Rosario, donde
varios supermercados de origen oriental fueron saqueados y destruidos;
ante la inminente llegada del 31 no fueron pocos los pequeños negocios
de barrios “más desprotegidos” cuyos dueños montaron un sistema de
defensa cercando con electricidad el predio. Si es necesaria la
aclaración, cualquier persona que intentara traspasar la puerta, se
electrocutaba.
Ha perdido el estatus de noticia por la reiteración, las salvajes
golpizas que padece siempre alguien a la salida de un boliche bailable.
Su difusión depende del involucrado. También dejaron de ser noticia, en
el escalón de la violencia, los ajustes de cuenta. Pareciera que estas
tres palabras se asocian más a una cuestión numérica perdiéndose de
vista que tras un ajuste de cuenta hay muerte.
Existe otro tipo de violencia que nos atraviesa livianamente, salvo a
los afectos cercanos. Tiene que ver con los desaparecidos de esta
democracia. Hombres y mujeres desaparecen en medio de la gente. Y nunca
más se sabe nada de ellos. Y a veces ocurre que ante la denuncia y
búsqueda de parte de los familiares, se encuentran a otras personas, en
realidad sus cadáveres, ignorándose de quienes se trata. Lejos, muy
lejos quedó la conmoción que causaba ver a niños y mayores comer de la
basura o durmiendo en la calle.
La reacción de Raúl Bragos en contraposición a la indiferencia, apatía,
dado que no me atrevo a pensar en el goce de quienes no impidieron la
pelea que terminó con una adolescente inconsciente en Gualeguay,
pareciera ser una cuestión generacional. Raúl tenía 54 años. La
Argentina de Brago era la de una educación inclusiva, con familias
constituidas en valores. Esa Argentina también tuvo mojones de
violencia. Violencia identificada, muchas veces sitiada. La Argentina de
los adolescentes de Gualeguay pareciera estar atravesada por un proceso
de descomposición social. Decía días atrás de la necesidad imperiosa de
un pacto social. Pacto Social que implica ponerse de acuerdo en cuáles
serán las normas que posibiliten la convivencia. Convivencia
indispensable para que una sociedad sea vivible. Hace tiempo que la
violencia viene atropellando a la sociedad argentina. Camina firme. Se
ensancha. Al no encontrar quien le haga frente, se expande. ¿Qué o
quienes deben hacerle frente? Sencillamente, las instituciones y la
convicción ciudadana de que la misma no debe existir. Una sociedad que
prohíja la corrupción, la impunidad y el individualismo, ha roto su
Pacto Social.
Dado que hoy la violencia está, sería interesante –al menos- que
sirviese para visualizar el problema. Si hay algo que la violencia
posibilita es mostrar como nada el impacto desgarrante de sus secuelas.
La dirigencia en sí, especialmente la política, tiene la obligación de
mirarla, porque tiene la obligación de frenarla. Días atrás, el padre
Siñeriz recordaba al entonces Monseñor Eduardo Mirás, cuando en la
Misa del Jubileo de los Trabajadores de 1 de mayo de 2000 dijo: “el
problema de la pobreza en Argentina es la riqueza”. Me atrevo a pensar
que la dirección de esas palabras indicaba la injusticia de la pésima
distribución de la riqueza…
Siento una profunda preocupación por la desidia, especialmente del
sector político, a la hora de abordar decididamente estos temas. Hoy
pareciese que dependemos de la fuerza o debilidad, del cansancio o del
hartazgo de luchadores anónimos, cuyos nombres algunos conocemos, otros
no. La madre del dolor Viviam Perrone, se cansó. Mónica Nizzardo, de
Salvemos al fútbol de la violencia, se hartó. ¿Qué nos sucedería si se
cansan los Abel Albino, las Margarita Barrientos, los Juan Carr, las
Susana Trimarco, los “Padres” Pepe¨?
Favaloro bajó sus brazos
Quiero advertir otra enorme preocupación en un año electoral. En las
grandes ciudades, como Rosario, los dirigentes políticos encontrarán en
la geografía de muchos barrios no ya un adversario político, sino un
brutal enemigo político. Me refiero a los narcos que dominan esos
territorios.
