OPINIÓN:
Desde
hace mucho el magisterio vive en un conflicto casi permanente. Los maestros
tienen razón: se les paga muy poco y no se llenan sus necesidades en cuanto a
elementos de enseñanza, útiles, ilustraciones, edificios escolares. Toda la
gente los apoya; los políticos los defienden; los gobiernos reconocen sus
razones. Pero seguimos igual no más. Van a la huelga y podría pensarse que los
padres -y en especial las madres- harán una movilización clamorosa para que se
solucione el conflicto, evitar el paro, que se reanuden las clases, que los
hijos aprendan, se eduquen, se preparen para la vida. Pero no pasa nada. Sí: es
cierto que muchas madres se preocupan, pero porque les interesa el comedor
escolar y porque no tienen dónde
dejarlos mientras ellas atienden sus ocupaciones. Nada más. ¿La educación, la
instrucción, la formación laboral? No; poco o nada preocupan. Se considera que
hay cosas mucho más importantes de saber que el teorema de Pitágoras, que las
cantidades fraccionarias, que las ecuaciones con dos incógnitas, que la
superficie de la provincia, que la altura del Aconcagua, que las gimnospermas y
las angiospermas, que los prolegómenos revolucionarios de 1810, que...
En cambio, en otros tiempos, estos temas sí
interesaban. Se consideraba que una persona debía estar enterada no sólo de las
ciencias naturales y de las ciencias matemáticas sino también de la música, la
literatura, por lo menos del dibujo a falta de otras artes plásticas. Se
esperaba que un individuo “con sexto grado aprobado” (sexto que se hizo séptimo
y ahora noveno pero sin esperanzas de profundizar el aprendizaje) supiera, por
lo menos, darse a entender correctamente por escrito. Ahora eso no se pretende
ni de los bachilleres. ¡Qué digo de los bachilleres!: nadie espera que escriban
correctamente ni los altos magistrados de los tres poderes del Estado, que dan
lástima por las notas que subscriben –“la culpa es de los dactilógrafos”-sin
siquiera advertir los horrendos crímenes que perpetran contra la razón y la
lengua, no hablemos del buen gusto.
Bueno. Y si una madre ve que se desenvuelven
satisfactoriamente en la sociedad y triunfan en la vida individuos
semianalfabetos y que no tienen idea de lo que en algún tiempo se llamó “cultura
general”, ¿por qué ha de pensarse que se preocupen por darles a sus hijos más
escuela, más pulimento, mayores conocimientos? Por eso vemos que el magisterio
va a la huelga y a la gente no se le mueve un pelo; pareciera una cuestión
ajena, que nada tiene que ver con nuestras necesidades y con nuestras
inquietudes concretas.
Este es un aspecto. Hay otro más grave y más
afligente. Antes en las escuelas se enseñaba religión (precisamente al lado de
los templos surgían las escuelas y las universidades) y por lo tanto las normas
morales que aparecen como consecuencia de los dogmas religiosos. Luego se abandona
la religión, pero se aspira a que se sigan impartiendo conceptos morales; en la
escuela debe enseñarse, por lo menos, a “portarse bien”. Pero en los tiempos
actuales, extendido el concepto de que la verdad no existe o, lo que es lo
mismo, que hay multitud de verdades, que hay verdades para todo, ¿qué significado
tiene eso de portarse bien? ¿Qué es
lo bien, qué es lo mal, y quien es el maestro autorizado a
determinarlo? ¿Se debe decir la verdad? ¿Por qué, si mentir es mucho más útil y
casi siempre más divertido? No debe robarse, porque el robo perjudica a
alguien, y en especial al conjunto de la sociedad cuando se roban dineros
públicos. Perjudica moralmente, sí, pero ¿perjudica económicamente? Las coimas
pagadas por grandes empresas que moverán enormes capitales, ¿no son acaso bien
vistas por una sociedad ávida de negocios redituables, cuánto más lucrativos
mejor? ¿Los índices económicos no subsanan improlijidades?
Puede decirse que no es así. El maestro tiene la
obligación de mostrar que es malo aquello que el Código Penal condena. Condena
el código, pero los jueces no. Siendo la coima, el cohecho, el soborno, el
delito más frecuente en la sociedad actual, tanto en el orden público como en
el privado, ¿cuántos coimeros conocemos que hayan sido condenados por la
justicia? Y también sucede al revés: un alto funcionario en una lejana
provincia -sorprendido in fraganti- fue condenado judicialmente por enriquecimiento
ilícito; y a pesar de la condena de los jueces volvió a presentarse a elecciones
y el pueblo le otorgó la mayoría. Quiere decir que el pueblo, la sociedad, los
votantes, el soberano, aprueban conductas reñidas con normas morales, normas
que al pasar de moda quedaron obsoletas, prácticamente derogadas.
En otros tiempos los maestros enseñaban que había que
huir de los vicios. Y que uno de los vicios más notables era el juego. Como no
podía eliminárselo por lo menos se lo confinaba en ámbitos alejados de las
poblaciones y reducido a ciertos círculos, por lo menos a los mayores de edad.
Hoy la timba invade todo los hogares a través de la televisión. ¿Van a
convencer los maestros a sus alumnos que es malo el juego? Y si la sociedad no
sólo acepta sino que promueve este hábito, ¿por qué no otros que son igualmente
enajenantes de la voluntad?
¿Podrán los maestros dar este nuevo rumbo a su
enseñanza? Lo dudo, porque si uno conociera las técnicas para triunfar en el
moderno mundo de la corrupción y del consumo, ¿para qué se va a conchabar en el
magisterio? Bueno: que aprendan la teoría para enseñarla a los demás, aunque no
conozcan la práctica.
DR.
JORGE B. LOBO ARAGÓN
