Destrucción de valores: Gramsci y la “violencia de género”
por José Benegas • • 3 Comentarios
Argentina
es un país gobernado desde hace 12 años por un grupo que, desde el
vamos, tenía en su haber la desaparición de mil millones de dólares de
una provincia. Un gobernador que llegó a la presidencia favorecido por
un presidente provisorio (Duhalde) para evitar la llegada de Carlos
Menem a su tercera presidencia, había sacado fuera del país ese dinero y
nunca más se supo de él. Llegó a presidente con el 22% de los votos
después de que Menem renunciara a participar en la segunda vuelta
electoral.
El gobierno de Kirchner, seguido después del de su mujer, se
dedicó a construir un imperio propio alrededor del Estado. Administró el
país como si fuera un botín. Para eso se alió a la primitiva izquierda
violenta del peronismo, reavivando juicios de derechos humanos, a costa
de tirar por la borda todo tipo de garantías constitucionales. También
fue apoyado en eso por todo el país “bienpensante”, porque el valor
máximo de la corrección política era estar contra Menem y Kirchner
ofrecía la vuelta al estatismo más acérrimo. Practicó una receta
estrictamente populista para acrecentar su poder. Es decir, la
explotación de cualquier debilidad para legitimar el poder absoluto y la
expoliación masiva en favor de su grupo.
Parte importante del método político kirchnerista ha sido favorecer
al delito. No solo el propio, sino el común. Instalar jueces que
propician que los delincuentes son víctimas de la sociedad y que luchar
contra el delito es luchar contra los pobres. Suena absurdo para
cualquiera, pero esto que acabo de decir es bastante textual, no se
trata de una exageración. Toda protesta por el delito callejero era
tomada por un gran aparato de propaganda como fascismo. El kirchnerismo
fue la primera banda política en tener su propia agrupación de
delincuentes en las cárceles, llamada “Vatayón militante”, así, con V.
Esto último es también parte de una metodología gramsciana de
destrucción de valores (incluida la V). No porque detrás haya una utopía
socialista, sino el interés de una banda por tener todo el poder y el
control y quedarse con los recursos. Nada tiene que valer, porque el
individuo debe ser sometido a unas condiciones en las que no pueda
confiar en su propio juicio. Eso lo hace fácil de manejar.
Otra parte de la metodología es la creación y utilización del mito,
al que llaman “relato”. Los “derechos humanos” son el mito que
incorporaron, bajo el cual justificaron todo tipo de defraudaciones al
fisco. Convirtieron a las Madres de Plaza de Mayo en una empresa
constructora de viviendas y produjeron un desfalco de unos trescientos
millones de dólares. Bonafini al identificarse con los derechos humanos
era intocable. Podía emitir cheques sin fondos que los jueces no se
atrevían a tocarla. Ésa era justo el tipo de impunidad que Kirchner vio
que podría lograr subiéndose a la ola izquierdista. Para Kirchner la
“ideología” era una cobertura para robar, como lo es para todos sus
seguidores hoy, ninguno de los cuales hace referencia a ideas, sino sólo
conflictos donde ellos son buenos y quienes se oponen son malos. Es
decir, populismo.
Los medios fueron controlados mediante la pauta oficial, las amenazas
y el uso de los organismos de inteligencia. Durante los primeros años
del kirchnerismo la política fue prohibida de hecho en la televisión
abierta y ya promediando su mandato, también en la televisión por cable.
La información se despolitizó como en los años de gobiernos militares.
Solo después de romperse la relación de la banda de Kirchner con el
grupo Clarín, volvió de a poco el periodismo. A partir de ahí, Kirchner
comenzó un plan de conquista cultural comprando personajes de la
farándula para que lo defendieran de cualquier cosa, e incorporando
jóvenes sin escrúpulos con grandes sueldos para realizar trabajos
partidarios con dinero del estado. Armó su propio sistema de propaganda
para reemplazar a Clarín. Su propósito fundamental era denostar a los
adversarios para mantener al país en conflicto permanente. A esto le
llamó la propaganda “revalorizar a la política”, aunque era precisamente
lo contrario a lo que habían hecho. Retiraron la política y después la
reemplazaron por grupos de fanáticos que carecen de opinión propia o de
ideas. Nada más toman partido en el momento que se los indica el poder,
contra aquellos que les indica el poder.
Volviendo a la seguridad, el índice de delitos creció
exponencialmente. La policía fue instruida para no recibir denuncias de
modo de manejar las estadísticas. La sociedad así se mantenía
atemorizada y anulada políticamente y entretenida con los conflictos
preparados por el estado. Todo fue reemplazado por peleas de la
farándula decadente.
El populismo requiere utilizar el resentimiento. El Estado es el que
pone fin a las “injusticias sociales”. Entonces mientras a un argentino
se lo puede matar en la calle en nombre de la lucha de clases, nadie
puede decirle a otro cosas discriminatorias como hacer alusión a su
peso, estatura etc. El gobierno administrativamente sanciona toda
discriminación de modo estricto, reitero, mientras avala los crímenes.
La razón es que la discriminación alude a actividades antipáticas de la
población pacífica, donde el gobierno puede meterse para dividir. No
produce ningún efecto en el comportamiento antipático, no es lo que le
interesa. Sino mantener disciplinada a la sociedad y acostumbrada a que
el gobierno produce las consignas y la sociedad obedece.
La introducción ha sido larga para llegar a la cuestión del título,
la llamada “violencia de género”. La ley en cuestión fue sancionada en
el año 2009, pero en plena campaña electoral de este año 2015, el estado
ha iniciado una campaña para que en todos los programas de televisión y
radio se convierta en el monotema la llamada “violencia de género” y el
“femicidio”. Cualquiera diría siguiendo los medios argentinos que de
repente los hombres se han puesto a matar mujeres y de modo no menos
repentino, al gobierno le empiezan a importar los crímenes. Pero en
realidad es todo lo contrario.
Primera aclaración. El Código Penal argentino sanciona al homicidio,
como no podía ser de otra manera. El homicidio no hace ninguna
referencia de género, es sólo el idioma castellano. Se sancionan del
mismo modo las muertes de varones y mujeres. En segundo lugar, uno de
los agravantes del homicidio es la “alevosía”, es decir la debilidad de
la víctima aprovechada por el victimario. No importa si uno u otro son
varón y mujer. La alevosía incluye cualquier evidente desproporción. Con
ello abarca también el delito contra los niños.
La introducción del género es una forma de colectivizar la
responsabilidad e introducir la idea de que lo importante no es matar
sino a quién matar. A su vez expandir la noción de que los hombres matan
a las mujeres y no que determinados individuos son responsables de
actos criminales y como tales deben ser castigados. La responsabilidad
se diluye en un conflicto político general. Así como cuando matan a
alguien en la calle para robarle el reloj, se trata del ejercicio de la
lucha de clases, cuando un hombre mata a una mujer, se trata del
conflicto entre el género masculino, contra el femenino. Se expande una
culpa general, quién no se adose a la campaña también entra en el sector
de los sospechosos. Hay que obedecer, seguir las consignas oficiales y
la de cualquiera que grite desigualdad, de otro modo uno se coloca en el
lugar de “feminicida”.
A su vez cuando empieza a importar si el muerto es varón (instrumento
de la lucha de clases) o mujer (víctima de todo el genero masculino),
el homicidio en si pierde valor. Se lo reemplaza por una lucha igual de
inventada que la de clases para promover el resentimiento y el poder del
estado. Se reemplaza el problema de justicia que hay detrás del crimen,
por el problema de “igualdad de género” que hay en el programa político
oficial. La destrucción de la justicia como valor que da más
protagonista al tirano como protector.
La ley en sí mezcla los delitos cometidos contra la mujer, que ya
tenían recepción legal, con la igualación forzada, la creación de
organismos culpabilizadores que no tienen nada que ver con la lucha
contra el crimen y el otorgamiento de poder a la mujer que es
estigmatizada como débil, con independencia del pensamiento retrógrado,
para que pueda utilizar al estado cada vez que se vea contradicha o
enfrentada sin violencia por un hombre. Los hombres matan a las mujeres
porque no hay igualdad, ése es el mensaje.
La sociedad rendida no enfrenta nada de esto. El plan es muy
eficiente en la destrucción de valores y el sembrar divisiones creando
pequeños déspotas que le van indicando a los demás cómo deben pensar o
comportarse. A su vez la educación enseña a alejarse de las
abstracciones y los significados de las cosas. Parece dar lo mismo
luchar contra la violencia familiar de cualquier tipo, que convertirlo
en una lucha de géneros. Todo tiene que dar lo mismo para que la oveja
en lugar de sentirse esclava se sienta protegida. Quién lo denuncie
contará con poco respaldo. Mi problema es que no lo puedo evitar.
Todo delito debe ser combatido sin convertirlo en instrumento de
objetivos políticos. Esa no es una lucha colectivista, es la protección
del individuo, contra la agresión de otro individuo o de un grupo.
Artículo del número 7 de www.cronicasinconexas.com

