Siempre rápidos para respaldar consignas masificadas y engañosas, de
esas que ofrecen una estudiada apariencia de justicia pero promueven
exactamente lo contrario, los obispos argentinos y la Acción Católica,
entre otros, «manifestaron su apoyo a la movilización contra la violencia de género» (fuente aquí) que se realizó en simultáneo en unas cuantas ciudades del país, extendiéndose a Uruguay y Chile.
Cavar, no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza, podrían
argüir nuestros medrosos mitrados frente a las crecientes y universales
dificultades por sobrevivir, creyendo justificar así este inverecundo
apetito presencial en los mitines del enemigo. Habrá que atribuirlo a
humana debilidad no provista del sobrehumano auxilio: al fin de cuentas,
ya desde la conocida fábula platónica sabemos que Penía (la pobreza)
fue a aparearse con Poros (el recurso, la oportunidad), y que de esta
unión nacería Eros, aquel dios que, siempre pobre como su madre,
comparte con su padre la aptitud de estar continuamente al acecho y
urdiendo alguna trama. Así, la inclemencia de las circunstancias a las
que la Iglesia ha sido arrojada tras el triunfo de la Revolución moderna
parece apremiar a sus jerarcas en pos de las más ignobles coyundas
-ignobles que arrastran siempre más bajo a sus actores (que bien puso
Cervantes entre irónico paréntesis, al referirse al pobre honrado,
aquella nota: «si es que puede ser honrado el pobre»). Y pese a
que sus cálculos y maquinaciones le han permitido a la Iglesia de
Laodicea poner a salvo el pellejo, e incluso llegar a afirmar que «yo
soy rico, me he enriquecido y no tengo necesidad de nada» (Ap 3,17),
consta que se ha quedado doblemente pobre por no querer ser rica en Dios
-lo que, y siempre en referencia al ejemplo de Platón, nos ofrece
alguna pista para entender el visible repudio de Agape por Eros de parte
de nuestros prelados, cada vez menos honrados y más pobres a instancias
de sus rebuscas y celestinazgos. Hubiera hecho falta reforzar la
vigilancia y el compromiso con la Verdad para mantener alta la frente en
lo más recio del temporal.
El caso es que la convocatoria constituye, a todas luces, la enésima
engañifa de los amañadores de la opinión pública para alcanzar sus
abominables objetivos: hacer cumplir a rajatabla la recientemente
promulgada Ley 26.485,
que -a juzgar por sus expresiones, reiteradas hasta el cansancio- se
manifiesta rebosante de intenciones de eliminar toda distinción entre el
hombre y la mujer, equiparando minuciosa y obsesivamente la actuación
social de uno y otra -e instando así a una nivelación ontológica de
ambos sexos, ahora "géneros", en una nueva embestida contra el orden
natural. Ni decir que «vulnerar el derecho al aborto» se inscribe, para
esta ley, entre los delitos de «violencia contra la libertad
reproductiva». Para avanzar, pues, un poco más en el despropósito
emprendido se recurre sin el menor escrúpulo a la figura de la "mujer
golpeada" (drama dolorosamente real, pero no menos real, en nuestros
días de locura colectiva, que aquel del hombre violentado
psicológicamente por su cónyuge, para no referirnos a la violencia
abrumadoramente superior que sufren los bebés abortados, por quienes no
se orquesta ninguna marcha). Gracias a esta ley, la mujer que sufra una
cachetada de parte de su marido puede dar con él en los tribunales, y
aquellos conflictos que acaso pudieran sanarse con un poco de tiempo y
paciencia y buena disposición de ambas partes quedan irremisiblemente
abiertos, con jugoso lucro de los leguleyos intervinientes. Y la figura
paterna y la institución familiar reciben un nuevo empellón hacia el
abismo.
Cuando hace unos meses se quiso proyectar en los cines argentinos una
película que exponía el drama de aquellos padres que no pueden ver a sus
hijos a causa de la mala voluntad de sus ex-cónyuges, la misma acabó
siendo censurada: se dio el sugestivo caso de que el mismo Instituto
Nacional de Cine y Artes Ausiovisuales -que había subsidiado el filme
quizá sin apercibirse del todo de su contenido- acabó por retirarlo de
circulación al tiempo de su estreno. Que se alzan una multitud de
intereses para que el caos social siga profundizándose resulta obvio al
considerar la cruda arbitrariedad de la legislación que aborda estos
asuntos. Así, frente a una falsa denuncia de la mujer no hay defensa
posible: ni siquiera está prevista una pena para aquella que denuncia en
falso. Y de las causas por "violencia de género" puede esperarse
una celeridad que ninguna otra está en condiciones de activar. En el
vídeo que reproducimos a continuación lo dice sin sonrojarse una
psicóloga y columnista de televisión, una entre tantas beneficiarias de
esta funesta industria: «al revés de lo que sucede habitualmente, que
cualquier ciudadano es inocente hasta tanto no se demuestre lo
contrario, yo creo que en las situaciones de violencia de género, por la
dimensión del problema, debe invertirse la carga de la prueba. Es
decir, si yo digo que él es culpable, él es culpable hasta que demuestre su inocencia».
Con esto nos basta para notar el tenor de las consignas que son capaces
de defender los obispos olvidados de sus deberes de estado, hundidos
todos en el viscoso escenario de la pública confesión. Confusión, si no,
alentada desde el primer momento con ese indefectible don que tienen
los medios propagandísticos hodiernos de componer mal sus neologismos
más convocantes («femicidio», tan semánticamente manco como «homofobia»),
y de agitar a las turbas solicitando la adhesión de los famosos a unas
causas de las que ni unos ni otros reconocen las connotaciones más
inmediatas. En esta infame bacanal colectiva contra la "violencia de
género" faltaba sólo la extraviada de la presidenta bregando por la abolición del piropo,
que a su generalizante y flaco seso sólo puede resultar «grosero, soez y
bajo» sin excepción, así a la cortejada se le compare la sonrisa con el
fulgor de la luna o, saqueándole el numen a Bécquer, se la apostrofe:
«¡poesía eres tú!». El calibre del desquicio nos autoriza a temer que en
el futuro próximo las cabezas de nuestros prójimos se lancen a rodar
hombros abajo, y que éstos continúen su marcha sin advertir el
menoscabo.
«Ni una menos»: tal el slogan elegido para azuzar a los tontos, pasible de parafrasearse en el no menos utópico «ni uno más»
que aplicaríamos a los obispos: ni un prelado más que abra la boca en
público sin haber estudiado su catecismo, ni un obispo más que corra a
hacerse el simpático con los amos del mundo, ni uno más que desampare a
sus ovejas y corderos para integrarse al coro de los aduladores del
Anticristo. Queremos verlos blandir el báculo contra los lobos, para que
ni uno másentre los consagrados a esta sí oportuna violencia "degénere"
en esa universal degeneración del juicio y de los hábitos que ha
esparcido sobre la faz del mundo una multitud de hombres feminoides y de
hembras machorras, de curas laicos y de laicos doblemente tales. Que no
repartan la lana y las carnes de su rebaño con el enemigo. Que no deba
seguir diciéndose de ellos, como el Señor lo advierte a propósito de
aquella «sal que no sala» (Mt 5,13), que ya no sirven para nada.