miércoles, 27 de febrero de 2019

El perro, pegaba onda.





El perro, pegaba onda. Por Miguel De Lorenzo

Habitante de un espacio con algo de sobrenatural, H. Verbitsky, ostenta el raro   privilegio de haber representado  el bien y la justicia en la tierra argentina, incapaz de alterar, ni por un instante,  el soberano juicio de la verdad.
Néstor, que como nadie apreciaba la justicia,  enseguida advirtió sus virtudes, y ahí nomás le otorgó la orden de la bola negra, inédita prerrogativa para un hombre común, pero no tanto para Horacio, que trasciende la humana naturaleza.
La redonda negrura reemplazo a la mayoría de las antiguas instituciones de la república, digamos justicia, inteligencia, congreso etc.,  caídas en desuso, y luego abolidas desde que Horacio con  mano maestra, subía o bajaba el pulgar a determinada persona o grupo.


Pero Néstor no fue el primero en darse cuenta. Un sagaz oficial de la aeronáutica había percibido los dones y la simpatía envolvente del personaje y pegó onda con él. Ahí nomás, en plena  dictadura cruel, lo puso a trabajar para la fuerza, sin que nadie lo molestara. Perspicaces, otros  militares  lo convocaron, y pidieron sus concejos, fue así que  el periodista, terrorista, escritor, durante la dictadura,  los colmó de sabiduría  y  redactó para ellos iluminados discursos en favor del bien común, de la patria, de la concordia.

Atraído por esos ideales, no vaciló en incorporarse a cierta organización filantrópica. En efecto, fue en montoneros donde, gracias a su accionar discreto, y en ocasiones evasivo, que evitó un montón de pérdidas humanas y hasta materiales. Por esa  idea  de preservación  de bienes aceptó otra misión distinta, pero de parejo mérito, fue el mensajero que llevó sobre sus hombros, en inéditos recorridos, pesadas valijas con dinero, destinadas y  distribuidas,  entre  los más necesitados de América.

Un conocido de Horacio decía que algo no funciona bien en una sociedad que necesita héroes. Puede ser, pero nos  preguntamos qué haríamos nosotros sin esta suerte de héroe que sin fatiga, inexorablemente, nos muestra donde está el mal.

Para la fundación Ford,  aliada si las hay, de las causas nobles sobre la tierra y alrededores, no podía pasar inadvertida semejante figura y enseguida lo adoptó como propio.

Algunas cosas se han dicho del perro, muchas otras, muchas más, se callan se disimulan, se ocultan. Vaya alguno a saber si  por vergüenza, por complicidad, por miedo o acaso por aversión.  Los siquiatras hablan de que con los años las conductas se cristalizan y que por ejemplo,  los que dedicaron tiempo a difamar,  seguirán haciéndolo hasta el final.   En estos días el perro  denunció a un fiscal, pero el trámite dejó al descubierto  un toque decadentista. Dado que no pudo sostener las afirmaciones ni un par de días. No conocemos al fiscal, daría la impresión que él tampoco, porque  después dijo que había estado mal informado. Podríamos concluir que los perros también envejecen, aunque como suele suceder, el daño estaba hecho.

Curioso,  a Verbitsky nunca siquiera lo rozó la justicia de los militares, ni ninguna otra,    -aun suponiendo que exista alguna – ni durante la cruel dictadura, ni durante el espanto democrático. Suelen ser las ventajas  de los ambidextros, interesantes personajes que sin dificultad y a demanda, pueden escribir con ambas manos, sin que los demás apenas puedan advertir  cuál de las dos fue la que  utilizó.