3.11. Albert Camus

En el desmedrado infierno
de la existencia pequeño burguesa, el “héroe” de este relato, Meursault,
se ha convertido en un pequeño “hombre sin cualidades”; arrastrado sin
percatarse de ello por la corriente de las cosas; su jefe quiere
mandarlo a París, pero sólo sostiene: “Le dije que sí, pero que en el
fondo me daba lo mismo. Entonces me preguntó si no me interesaba un
cambio de vida. Yo le respondí que no se cambia nunca de vida, que en
todo caso todas son por el estilo y que la mía aquí no me desagradaba
nada... Por la tarde vino a buscarme María y me preguntó su quería
casarme con ella. Le dije que me daba igual y que podríamos hacerlo si
ella quería. Entonces quiso saber si yo lo quería, a lo que contesté,
como ya había hecho otra vez, que eso no significaba nada, pero que
desde luego no la quería. Entonces, ¿por qué te ibas a casar conmigo?,
dijo. Yo le expliqué que eso no tenía ninguna importancia y que si
quería podíamos casarnos...”. En esta perspectiva, el suicidio fue para
Albert Camus el único problema verdaderamente serio. Esto por cuanto el
hombre llama al mundo para darle sentido, pero su llamada choca contra
un sentimiento irracional que tienta al suicidio. Concluye Albert Camus:
“La única rebelión coherente es entonces el suicidio”. Precisa Albert
Camus: “La conciencia nace con la rebelión… La rebelión humana termina
en revolución metafísica… La rebelión metafísica es el movimiento por el
cual un hombre se alza contra su situación y la creación entera. Es
metafísica porque discute los fines del hombre y de la creación… La
rebelión fractura al ser y le ayuda a desbordarse… Yo me rebelo, luego
nosotros somos”. Advierte asimismo que “si no se cree en nada, si nada
tiene sentido y no podemos afirmar valor alguno, todo es posible y nada
tiene importancia… En este “todo está permitido” comienza verdaderamente
la historia del nihilismo contemporáneo”. Por consiguiente, Albert
Camus consigna que la “inmanencia, sin duda, no es ateísmo provisional” y
sentencia: “La revolución del siglo XX mata lo que queda de Dios en los
principios mismos y consagra el nihilismo histórico”.