El poder se consolida
y avanza en la medida que va encontrando avales tácitos
y explícitos que se lo permiten. Cuando la sociedad por
acción u omisión va firmando cheques en blanco, pues el
sistema acelera el proceso y se fortalece día a día. Esto
ocurre solo cuando las respuestas de la sociedad se convierten
en permanentemente funcionales.
Pero también se refuerza esa idea por la cual cuando
cada uno de los actores, se somete mansamente a la letra
fría del guión sin más, pues los gobiernos siguen avanzando
y lo hacen a todo ritmo.
Mucho de eso está pasando en estos tiempos. Por
diferentes motivos, y con el poder va consiguiendo, secuencialmente,
paso a paso, cada uno de los objetivos que se propone,
y lo consigue en base a una dinámica poco novedosa pero
muy pragmática, la de generar temor en la sociedad.
Es evidente que no
pueden conseguir respetabilidad, ese atributo tan ansiado
por muchos pero que tanto merito real implica lograrlo,
y mediante el cual los ciudadanos se sumarían a ideas y
proyectos de un modo activo, voluntario, con plena satisfacción
y evidente entusiasmo.
Asumiendo sus limitaciones y escasos talentos, acuden
al mecanismo más bajo, antiguo, pero efectivo, el de construir
temor, el de producir miedo, ese que paraliza y que hace
obedecer sin ninguna resistencia.
Bajo esta dinámica, todos, desde su lugar, parecen
ser el blanco de la estrategia elegida. Nadie puede quedar
afuera y en ese juego, el poder hace mucho esfuerzo por
profesionalizarse y perfeccionar herramientas.
Primero empieza por
lo más simple. Intenta comprar voluntades, o tal vez sería
mejor decir, utilizando el término adecuado, que pretende
alquilar voluntades abonando su canon periódicamente para
conseguirlo.
Con
esos ciudadanos, utiliza el más lineal de los instrumentos,
el dinero, ese que permite quebrar voluntades, por el solo
hecho de recibir algo a cambio. Esta modalidad es magistralmente
exitosa, ya que establece un vínculo perverso pero altamente
efectivo de dependencia sostenida.
Los sectores más vulnerables son los primeros en
caer en esta redada. Son los que precisan sobrevivir y no
han encontrado aun el modo de lograrlo. La pobreza es el
primer escalón al que se acude bajo esta dinámica, con diferentes
formas que comparten la esencia central. Ayuda social, dádivas,
subsidios, cualquier forma de asignación de dinero, directo
o indirecto, sirve para que este sector de la sociedad actúe
en consecuencia y se someta a los mandatos del poder, sin
ningún argumento que modere su impacto.
Si no cumplen al pie de la letra
su parte del trato, serán abandonados, y el gobierno dejará
de darles, lo que discrecionalmente les otorga cotidianamente.
El temor a perder esa ayuda económica, hace que esa parte
de la sociedad canjee dignidad por dinero sin pensarlo demasiado.
Pero a medida que se
avanza en esta estrategia, se van encontrando con sectores
más duros, que oponen algún tipo de escollo, que tienen
mayor reservar moral y allí apelan a otras refinadas herramientas,
mas retorcidas y sofisticadas, pero no por ello, menos efectivas.
A los medios de comunicación
en general y a los periodistas en particular, los dominan
con la pauta oficial. Un par de anuncios por acá, otros
por allá y ya está, automáticamente se alinean y se avienen
a decir lo necesario.
Lo hacen ya sea porque reciben favores económicos
y eso los convence de que el gobierno dice la verdad siempre,
y que hasta tienen enemigos comunes, o bien, cuando funciona
la autocensura, esa variante de sobreactuada lealtad, de
no morder a la mano del que les da de comer.
Sin justificarlo, se
puede entender que los sectores asalariados, los más débiles
desde lo económico, acepten someterse a cambio de supervivencia,
aunque eso no los exime de la indignidad de hacerlo.
Pero llama mucho más
la atención como gente que no precisa el dinero para su
sostenimiento vital, y que inclusive ha construido grandes
empresas, se someta linealmente, casi del mismo modo que
el resto de la comunidad.
Resulta difícil entender la falta de coraje en general,
pero mucho más la de los que más tienen. Es cierto que los
gobiernos, se han especializado en encontrar nuevos modos
de atemorizar, de intimidar, pero se supone que este grupo
de ciudadanos debería tener más anticuerpos para oponerse.
Amenazas de mostrar
trapos sucios, probables inspecciones de organismos estatales,
algún incremento de tributos siempre inminente, cuando no
operativos de prensa en proceso, o simple condena social
organizada, las herramientas son múltiples y siempre existe
la posibilidad de incorporar nuevos instrumentos que se
agreguen al arsenal habitual de rutina.
Los empresarios, los hombres
de negocios, también son objeto de esta disputa de poder,
en el que los gobiernos se han propuesto amedrentarlos como
uno más, aunque en estos casos con métodos diferentes.
Bajo ese paraguas de
temor, muchos de ellos terminan claudicando, se ocultan,
buscan perfil bajo, sacrifican ganancias y resignan negocios
solo para no ser el nuevo blanco de los ataques.
Inclusive a veces son
tentados por el poder de turno para ser parte de algunos
proyectos y recibir su tajada redoblando la apuesta para
asociarlos y tenerlos del mismo lado. De ese modo se asegura
el poder, que nadie podrá arrepentirse pronto, al menos
no mientras el nuevo negocio funcione.
Algunos pocos, han empezado
a mostrar el camino. Solo se consigue vencer al poder, cuando
se deja de respetarlo como tal, cuando se aparta esta idea
de tenerle miedo crónico y temor visceral, y se comprende
que arrodillándose solo se posterga el final, pero no se
cambia su rumbo.
Por ahora estamos en el proceso de acrecentamiento
de ese poder que solo los consolida cada vez más, y recorriendo
ese temible círculo vicioso de tener más votos y apoyo popular,
más adeptos y prisioneros del sistema, para seguir haciendo
lo mismo con altos índices de resignación social. En fin,
en estos tiempos solo vemos la indignidad de un proceso
de intimidación eficaz y humillación permanente.
Alberto
Medina Méndez
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