Papa Francisco: el verdadero poder es el servicio
(ArgentinosAlerta.org) El Papa Francisco hizo hoy un llamado a
todos los líderes del ámbito económico, político y social a defender la creación
y a evitar que la muerte se extienda en el mundo, porque "odio, la envidia,
la soberbia ensucian la vida".
“Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de
responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y
mujeres de buena voluntad: seamos custodios de la creación, del designio de
Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente”,
dijo.
“No dejemos que los signos de destrucción y de muerte
acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para custodiar, también tenemos
que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia
ensucian la vida”, agregó en un discurso pronunciado en italiano.
El pontífice explicó que custodiar quiere decir vigilar sobre
los propios sentimientos y el corazón, porque ahí es de donde salen las
intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. “No debemos
tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura”, indicó.
En dos ocasiones Bergoglio pidió no temer a la bondad y a
la ternura, sólo en ese momento los fieles lo interrumpieron con aplausos.
Describió a San José, del cual este día la Iglesia católica
celebra la fiesta, como un “custodio” que sabe escuchar a Dios, se deja guiar
por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que
se le han confiado.
Según el Papa él sabe cómo leer con realismo los
acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más
sensatas.
Advirtió que la vocación de custodiar no sólo atañe a
los cristianos sino que es una obligación de toda la humanidad: custodiar a la
gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los
niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la
periferia de nuestro corazón.
“Es preocuparse uno del otro en la familia: los
cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y
con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres”,
explicó.
“Es vivir con sinceridad las amistades, que son un
recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo,
todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos
afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios”, apuntó.
Sostuvo que cuando el hombre falla en esta responsabilidad y
cuando no se preocupa por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno
la destrucción y el corazón se queda árido.
Por desgracia, afirmó, en todas las épocas de la historia
existen “Herodes” que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el
rostro del hombre y de la mujer.
Pidió nunca olvidar que el verdadero poder es el servicio y
que, también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese
servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz.
“Debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de
fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de
Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más
pobres, los más débiles, los más pequeños”, estableció.
Por esto el Papa debe pensar en el hambriento, el sediento, el
forastero, el desnudo, el enfermo, el encarcelado. “Sólo el que sirve con
amor sabe custodiar”, apuntó.
“Custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente
a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el
obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados,
para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios
nos ha dado”, dijo.
Saludo a delegaciones oficiales de todo el mundo
Al finalizar la celebración, el líder católico ingresó a la
Basílica vaticana donde dejó sus vestiduras y quedó sólo con la sotana blanca.
Se dirigió frente al altar mayor del templo y allí fue estrechando la mano a los
funcionarios.
El Papa Francisco saludó uno por uno a los líderes de las
132 delegaciones oficiales de todo el mundo que viajaron a Roma para asistir
a la misa de inicio de su pontificado en la Plaza de San Pedro del Vaticano.
La primera fue la presidente de Argentina, Cristina
Fernández de Kirchner, quien intercambió unas palabras con Jorge Mario
Bergoglio; siguió el presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano y
el primer ministro Mario Monti.
“Es un Papa argentino pero de origen italiano, existe
una relación muy fuerte entre nuestro país y la Argentina, este Papa lo hará
seguramente más fuerte”, dijo a Notimex el alcalde de Roma, Gianni Alemanno, al
finalizar la misa.
Saludo telefónico a argentinos reunidos en Plaza de Mayo
En una sorpresiva comunicación telefónica con los jóvenes
reunidos en vigilia esta madrugada en la Plaza de Mayo en Buenos Aires, a pocas
horas de la Misa de inauguración de se pontificado, el Papa Francisco les pidió
que se cuiden los unos a los otros.
En su llamada, alrededor de la las 3:30 a.m. hora local,
el Santo Padre les pidió “un favor: cuidémonos los unos a los otros. Cuidense
entre ustedes, no se hagan daño. Cuiden la vida, cuiden la familia, cuiden la
naturaleza, cuiden a los niños, cuiden a los viejos”.
El Papa también les exhortó a “que no haya odio, que no haya
peleas. Dejen de lado la envidia, no le ‘saquen el cuero’ a nadie, dialoguen”.
“Que entre ustedes, este deseo de cuidarse vaya creciendo en el corazón”, pidió.
Francisco también agradeció las oraciones de los jóvenes
reunidos en Buenos Aires. “Sé que están rezando, gracias por las oraciones, las
necesito mucho”, aseguró. “Gracias por haberse reunido a rezar. Es tan lindo
rezar, porque es mirar hacia el cielo, mirar a nuestro corazón y saber que
tenemos un padre bueno que es Dios”.
El Papa también los llamó a acercarse a Dios, pues Él “es
bueno, Dios siempre perdona, Dios comprende. No le tengan miedo, Dios es Padre,
acérquense a él”.
“Y por favor, no se olviden de este Obispo que está lejos pero
los quiere mucho, recen por mí”.
Homilía completa
Queridos hermanos y hermanas
Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de
comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la
Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de
significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos
cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.
Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los
presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos.
Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y
otras comunidades religiosas.
Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno,
a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.
Hemos escuchado en el Evangelio que “José hizo lo que el ángel
del Señor le había mandado, y recibió a su mujer” (Mt 1,24). En estas palabras
se encierra ya la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio.
Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a
la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: “Al igual que cuidó
amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo,
también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen
Santa es figura y modelo” (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).
¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad,
en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun
cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en
el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y
amor.
Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos
de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas
temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y
en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana
en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.
¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús,
de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos,
disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a
David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa
construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es
Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su
Espíritu.
Y José es “custodio” porque sabe escuchar a Dios, se deja
guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas
que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está
atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas.
En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de
Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de
la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar
a los demás, salvaguardar la creación.
Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros,
los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente
humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la
creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san
Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el
entorno en el que vivimos.
Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada
uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más
frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón.
Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se
guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el
tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres.
Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco
protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está
confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a
todos. Sed custodios de los dones de Dios.
Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no
nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la
destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de
la historia existen “Herodes” que traman planes de muerte, destruyen y
desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.
Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de
responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y
mujeres de buena voluntad: seamos “custodios” de la creación, del designio de
Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no
dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este
mundo nuestro.
Pero, para “custodiar”, también tenemos que cuidar de nosotros
mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida.
Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro
corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que
construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni
siquiera de la ternura.
Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse,
el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios,
san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma
se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien
todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de
compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la
bondad, de la ternura.
Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del
ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un
poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se
trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple
invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.
Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que
también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio
que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio
humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para
custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la
humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso
que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al
sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt
25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.
En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que
“apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza” (Rm 4,18). Apoyado en la
esperanza, contra toda esperanza.
También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver
la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación,
cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un
resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza.
Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como
Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios,
que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.
Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación,
custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros
mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar,
pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la
esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.
Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los
Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo
acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Orad por mí. Amen
