El Memorando de Entendimiento con Irán ya es ley. Con su aprobación
parlamentaria (estrictamente hablando, es una ratificación) pasó a ser
un Tratado Bilateral Argentino-Iraní sobre el Caso AMIA.
Del vendaval enfurecido de oposiciones que produjo quedó sólo el
recuerdo. Un desagradable recuerdo de gritos, improperios, insultos,
agresiones personales y falsedades. Quedó también la cerrada y muy
sugestiva negativa a dialogar, serena y profesionalmente, de todos sus
protagonistas, especialmente de quienes se oponían al Tratado, incluidos
los tres juristas contratados por la DAIA y la AMIA.
Una vez más y lamentablemente, la gritería propia de barras brava desorbitados y el silencio de la ormetà reemplazaron a la razón y al debate civilizado.
Especialmente el tratamiento del acuerdo en las comisiones y en el
plenario, tanto del Senado como de Diputados, nos dejó un resabio amargo
y una herida en nuestro orgullo nacional por tantos insultos y gritos
destemplados, y por tan pocos argumentos serios, jurídicos y políticos.
El “Callate atorranta” de un prominente oficialista, el “Sos un
cagón” que recibió como respuesta de una distinguida dama de la
oposición, y el “Timerman lee como el culo” de un diputado, ex
secretario de Estado y ex gobernador de Buenos Aires, mostraron una de
las facetas más dolorosas de nuestra decadencia nacional: la grotesca.
Pero tal vez peor que eso fue ver al jefe de la primer minoría de la
Cámara de Diputados, jurista conocido y ex presidente de la Cámara Penal
Federal que juzgó y condenó a la Junta Militar, gritando con gestos y
actitud descontrolados: “La culpa la tiene Irán porque se niega a
enviarnos a los acusados para ser indagados acá”. El citado diputado,
jurista, etc., parece ignorar nuestra propia ley de extradición, la Nº
24.767, que exige pruebas para extraditar a alguien y, si las hubiere,
permite al imputado elegir ser juzgado en su propio país y por sus
jueces nacionales. Parece ignorar, también, que en la causa AMIA no hay
una mísera prueba que haga sospechar la culpabilidad de los iraníes
requeridos, y que la acusación contra ellos se basa sólo en un
impresentable informe secreto de inteligencia de la CIA y el Mossad,
aceptado como palabra santa por los Dres. Canicoba Corral y Nisman.
Ante ello, cabe preguntarle al diputado-jurista-camarista si conoce
el expediente de la AMIA, si ha leído aunque sea unas pocas de sus más
de un millón de fojas. Temo que la respuesta sea: NO. En cambio, no cabe
preguntarle si conoce la ley 24.767 porque sería ofenderlo ya que la
ley se reputa conocida por todos, con mayor razón aún por un jurista de
su talla.
Sin embargo, insisto, parece ignorar todo: la causa AMIA y la ley de extradición.
Lamentable.
El pacto de “omertà”
A los grotescos insultos comentado más arriba y a la decepcionante
actuación del jurista y presidente del bloque radical, se suma la
confirmación de una vieja sospecha: la DAIA y la AMIA responden
incondicionalmente a las directivas emanadas de Tel Aviv. Son su brazo
derecho “nativo” o, si se quiere, su “quinta columna”.
La DAIA y la AMIA son instituciones argentinas por cuanto todos o
casi todos sus miembros nacieron en nuestro suelo, y ambas están
constituidas según nuestras leyes y fueron inscriptas en la Inspección
General de Justicia. Pero no son autónomas, y menos independientes. En
realidad, tienen una dependencia objetiva y muy firme respecto de un
estado extranjero, como es Israel: obedecen y cumplen sus inapelables
directivas políticas. Ello quedó dramáticamente al descubierto en los
primeros días después de conocerse el Memorando de Entendimiento con
Irán.
En ese momento liminar, la AMIA y la DAIA, en reunión conjunta,
adoptaron la única postura sensata y cuerda posible: una expectante
espera hasta ver los primeros frutos del acuerdo, sin dejar de exponer
sus lógicas sospechas, dudas y temores.
Mientras que Israel, en forma airada y admonitoria, como si la
Argentina fuera una inmensa DAIA-AMIA de tres millones de kilómetros
cuadrados y 41 millones de habitantes, atacó duramente lo hecho por
nuestro gobierno y, en su exasperación y mal acostumbramiento, pretendió
vanamente pedir explicaciones a nuestro embajador en Tel Aviv.
Conviene recordar que, desde que se produjeron ambos atentados, el
gobierno de Israel fue quien indicó en forma imperativa las
investigaciones que debían hacerse y las que no podían intentarse
siquiera. Por ejemplo, nunca permitió que se siguiera la pista o
hipótesis de una explosión interna en los dos edificios siniestrados. Y,
cuando la Corte Suprema, presidida por el Dr. Julio Nazareno, anunció
en 1997 (época de Menem) que investigaría esa posibilidad (la de una
explosión interna) en el caso de la Embajada, el entonces embajador
israelí señor Avirán amenazó públicamente por televisión a los jueces de
la Corte con pedirles juicio político porque, adujo, esa investigación
sería un acto de “antisemitismo”… Desde ese día, la causa del atentado
contra la Embajada de Israel duerme en algún cajón de la Corte Suprema…
de la actual, también.
Y bien, 24 horas después de que la AMIA y la DAIA hubieron adoptado
esa actitud sensata y cuerda de esperar los frutos antes de opinar, se
conoció la intransigente y furiosa oposición de Israel al Memorando.
Entonces vimos, sorprendidos, que ambas instituciones comunitarias,
formadas por argentinos e inscriptas en nuestra Inspección General de
Justicia como asociaciones argentinas, giraron la mirilla de sus cañones
en 180 grados y, también ellas, dispararon ciegamente contra el acuerdo
con Irán.
Lo más significativo es que la prensa adicta a Israel y a la DAIA y
la AMIA (o sea, toda o casi toda la “independiente”) siguió también las
directivas emanadas de Tel Aviv. Desde entonces es imposible entablar
diálogo alguno con ellos. Ni con los dirigentes de la comunidad judía,
ni con la prensa “independiente” adicta a ellos, y ni siquiera con los
tres juristas contratados por la DAIA y la AMIA. No se puede dialogar
nada con nadie.
Al parecer, reitero, el más estricto pacto de omertà los
obliga a todos ellos a guardar un sepulcral silencio, y a no
contaminarse con los “antisemitas” (¡!) ni arriesgarse a un debate
abierto con quienes no “gozan” de la confianza de Israel.
La obediencia ciega y sorda en la época de Menem se llamó “relaciones
carnales”. Hoy se llama “búsqueda de la verdad y de la justicia”… pero
según las necesidades, conveniencias y directivas de Tel Aviv.
Algo ha cambiado para que no cambie nada.
El rumbo perdido
Otro síntoma que desnudó el debate suscitado por el acuerdo con Irán
es el llamativo, quizás inconsciente, deslizamiento de varios
legisladores y dirigentes que se proclaman peronistas, hacia posiciones
antagónicas con las pregonadas y practicadas siempre por el fundador y
conductor del peronismo, el general Perón. Me refiero especialmente a
posiciones en materia de política internacional, o de relaciones
exteriores, que son pilares básicos del pensamiento político de Perón.
Quizás el afán de diferenciarse y oponerse al gobierno de la Sra. de
Kirchner y sus frecuentes dislates y atropellos, objetivo con el que
coincidimos muchos, está llevando a tales dirigentes a mimetizarse con
los opositores al peronismo como tal, no sólo al desvarío kirchnerista.
Para decirlo con palabras de la jerga política partidaria, no siempre
moderada, por oponerse a los gorilas de izquierda, se están sumando a
los gorilas de derecha.
No otra conclusión se puede sacar de las afirmaciones de varios
dirigentes y legisladores peronistas que son, no por casualidad, los
únicos de ese signo que gozan del favor de los medios “independientes”
para expresar sus ideas. Y ya se sabe que, quienes no aparecen en
letras de molde ni hablan por televisión y radio, simplemente no
existen. De ese modo, los grandes medios “independientes” y los
oficialistas generosamente subvencionados son los que, en general,
eligen a los candidatos peronistas, a los modernos voceros del
pensamiento político de Perón, mejor dicho, del pensamiento que quieren
endosarle a Perón y al peronismo.
El ejemplo arquetípico de ello, y el más preocupante, lo constituyen
las afirmaciones de tales dirigentes sobre los cambios que podría traer
el Tratado con Irán en lo que ellos llaman el alineamiento internacional
de nuestro país.
Un dirigente de extracción peronista, que ha sido alto funcionario
económico de gobiernos diversos, abrió el tema al afirmar que “el
Memorando con Irán podría significar un nuevo alineamiento de nuestro
país”. ¿Con quién estábamos alineados, o deseamos estarlo?
Estar alineado es seguir la estrategia internacional de otro país y
servir a sus ingereses, que no necesariamente son los nuestros, al
contrario, y siempre nos hemos alineado detrás de una potencia que, en
realidad, nos ha alienado. En nuestra historia sólo nos hemos alineados
(y alienados) con Gran Bretaña y con EE. UU. ¿Eso es lo que desean
mantener ahora? Peor. Hoy se nos exige alinearnos con la dupla
EE.UU.-Israel, una alianza agresora en vías de disolverse, que pronto
perderá buena parte de su poder en Medio Oriente y en el mundo. ¿A esa
decadente alianza desean mantenernos alineados y alienados hoy los
adversarios del Tratado con Irán?
De ahí en más, varios encumbrados peronistas han repetido el mismo
concepto. Todos expresaron el temor de que la restauración de relaciones
diplomáticas normales con los iraníes nos vaya a alejar de la “alianza”
o del “espacio” “occidental”. A Dios gracias, ya no se animan a
hablar de la “civilización occidental y cristiana”, debido al desastre
actual de Europa que ha desnudado que de cristiana tiene poco y nada, y
apenas si le queda algún vestigio de civilización.
Conviene recordar que el postulado fundamental de Perón en cuanto a
política internacional nunca fue de alineamiento con nadie. En 1945, y
ante la división y repartija impúdica del mundo entre los dos imperios,
EE. UU. y la URSS, Perón creó la doctrina de la Tercera Posición (única
en todo el planeta en ese momento), que ratificó expresamente en su
regreso al hogar nacional en 1972 y, en forma particular, en su
histórico mensaje a la Asamblea Legislativa del 1º de mayo de 1974.
La Tercera Posición, como doctrina de política internacional
peronista, se mantuvo vigente hasta la implosión de la Unión Soviética
en 1991 y la transformación de hecho de EE. UU. en la superpotencia con
aspiraciones de hegemonía planetaria por un siglo más (aquel
sueño-fantasía de “A new [North] american Century”).
Muy pronto, los norteamericanos y el planeta todo comprobaron que, en
lugar de un mundo monopolar o unipolar, se estaba conformando a pasos
acelerados uno multipolar. En él vivimos hoy, y seguiremos viviendo en
el futuro previsible.
Por otro lado, la Tercera Posición significaba, en su esencia, que
propugnábamos una política exterior independiente de ambas
superpotencias. Al desaparecer la bipolaridad, para dar paso a la
multipolaridad, el principio básico de una política exterior
independiente de las grandes potencias no cambió en nada, salvo en el
nombre coyuntural que tuvo entre 1945 y 1991. Hoy sigue vigente en su
esencia, en ese principio básico de independencia.
A ello se agrega otro viejo postulado peronista: la integración regional.
A diferencia del alineamiento con una potencia –con cualquiera que
sea- que significa ponerse al servicio de sus objetivos e intereses
nacionales y no de los nuestros, la integración es unir esfuerzos entre
pares, para potenciar las posibilidades comunes de desarrollo y aumentar
el poder nacional de cada uno.
En 1952/1953 el proyecto de intregración regional fue el ABC, la
unión de la Argentina, Brasil y Chile, que impulsó Perón y fracasó por
la negativa de Brasil. Hoy es el Mercosur y la Unasur, al margen de
algunos trasnochados intentos, caribeños o no, de teñir esos proyectos
patrióticos con matices ideológicos o personales, que siempre son
espurios en casos como éste.
De modo que la única política exterior peronista (y, desde ya,
verdaderamente argentina) actual es una cada vez mayor integración con
Sudamérica (el tiempo dirá si es posible ampliarla a Iberoamérica) que
nos garantice el desarrollo pleno de nuestras potencialidades nacionales
y la independencia, es decir el no alineamiento, frente a las
superpotencias que ya están delineadas en el nuevo tablero
internacional.
Independencia y no alineamiento no significan ruptura de relaciones
ni enemistad con nadie. Al contrario, la buena vecindad con el mundo
todo es lo que necesitamos como nación.
Nadie debe pretender aislarnos de una u otra región o país, ni en
Medio Oriente ni en ningún otro lugar. Quien desee crearnos enemigos o
separarnos de otros países, ése es nuestro enemigo.
Quien crea que nuestro ideal es alinearnos con la estrategia de
alguna potencia, ése no es peronista, o al menos no predica el
peronismo.
Por los frutos los conoceréis, nos enseñó el Maestro. Una higuera que da peras no es una higuera, aunque pretenda serlo.