Próximo a cumplir 107 años de su redacción, una de las encíclicas a la que los cristianos debimos fijar especial atención, además de la significación que contiene por su autor SAN PIO X, último papa santo que tuvimos, he decidido colocarla en "elquijotesiglo21.blogspot.com.ar en 5 partes y hacerles llegar sugiriendo su lectura, dado que a mas de una centuria anticipaba la malicie contenida en el PROGRESISMO que hoy nos agobia.
CARTA ENCÍCLICA
PASCENDI
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO X
PASCENDI
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO X
SOBRE LAS DOCTRINAS DE LOS MODERNISTAS
INTRODUCCIÓN
Al oficio de apacentar la grey del Señor que
nos ha sido confiada de lo alto, Jesucristo señaló como primer deber el de
guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto
frente a las novedades profanas del lenguaje como a las contradicciones de una
falsa ciencia. No ha existido época alguna en la que no haya sido necesaria a
la grey cristiana esa vigilancia de su Pastor supremo; porque jamás han
faltado, suscitados por el enemigo del género humano, «hombres de lenguaje
perverso»(1), «decidores de novedades y seductores»(2), «sujetos al error
y que arrastran al error»(3).
Gravedad de los errores modernistas
1. Pero es preciso reconocer que en estos
últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de
la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de
perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y
hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo.
Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más
sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho
uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de
nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación
el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de
errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de
grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo
enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.
Hablamos, venerables hermanos, de un gran
número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de
sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto
de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo
contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en
los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio
de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange
asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo,
sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega
temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.
2. Tales hombres se extrañan de verse
colocados por Nos entre los enemigos de la Iglesia. Pero no se extrañará de
ello nadie que, prescindiendo de las intenciones, reservadas al juicio de
Dios, conozca sus doctrinas y su manera de hablar y obrar. Son seguramente
enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijere que
ésta no los ha tenido peores. Porque, en efecto, como ya hemos dicho, ellos
traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros
días, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus
mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable
cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado la segur
no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto
es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de
vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en
tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan
su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper. Y mientras persiguen por
mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida.
Amalgamando en sus personas al racionalista y al católico, lo hacen con
habilidad tan refinada, que fácilmente sorprenden a los incautos. Por otra
parte, por su gran temeridad, no hay linaje de consecuencias que les haga
retroceder o, más bien, que no sostengan con obstinación y audacia. Juntan a
esto, y es lo más a propósito para engañar, una vida llena de actividad,
constancia y ardor singulares hacia todo género de estudios, aspirando a
granjearse la estimación pública por sus costumbres, con frecuencia
intachables. Por fin, y esto parece quitar toda esperanza de remedio, sus
doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte, que desprecian toda
autoridad y no soportan corrección alguna; y atrincherándose en una
conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la
verdad lo que sólo es obra de la tenacidad y del orgullo.
A la verdad, Nos habíamos esperado que algún
día volverían sobre sí, y por esa razón habíamos empleado con ellos,
primero, la dulzura como con hijos, después la severidad y, por último,
aunque muy contra nuestra voluntad, las reprensiones públicas. Pero no
ignoráis, venerables hermanos, la esterilidad de nuestros esfuerzos:
inclinaron un momento la cabeza para erguirla en seguida con mayor orgullo.
Ahora bien: si sólo se tratara de ellos, podríamos Nos tal vez disimular;
pero se trata de la religión católica y de su seguridad. Basta, pues, de
silencio; prolongarlo sería un crimen. Tiempo es de arrancar la máscara a
esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad.
3. Y como una táctica de los modernistas
(así se les llama vulgarmente, y con mucha razón), táctica, a la verdad, la
más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo
metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y
esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e
indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y
consistentes; ante todo, importa presentar en este lugar esas mismas doctrinas
en un conjunto, y hacer ver el enlace lógico que las une entre sí,
reservándonos indicar después las causas de los errores y prescribir los
remedios más adecuados para cortar el mal.
I. EXPOSICIÓN DE LAS DOCTRINAS
MODERNISTAS
Para mayor claridad en materia tan compleja,
preciso es advertir ante todo que cada modernista presenta y reúne en sí
mismo variedad de personajes, mezclando, por decirlo así, al filósofo, al
creyente, al apologista, al reformador; personajes todos que conviene
distinguir singularmente si se quiere conocer a fondo su sistema y penetrar en
los principios y consecuencias de sus doctrinas.
4. Comencemos ya por el filósofo. Los
modernistas establecen, como base de su filosofía religiosa, la doctrina
comúnmente llamada agnosticismo. La razón humana, encerrada rigurosamente en
el círculo de los fenómenos, es decir, de las cosas que aparecen, y tales ni
más ni menos como aparecen, no posee facultad ni derecho de franquear los
límites de aquéllas. Por lo tanto, es incapaz de elevarse hasta Dios, ni
aun para conocer su existencia, de algún modo, por medio de las criaturas:
tal es su doctrina. De donde infieren dos cosas: que Dios no puede ser objeto
directo de la ciencia; y, por lo que a la historia pertenece, que Dios de
ningún modo puede ser sujeto de la historia.
Después de esto, ¿que será de la teología
natural, de los motivos de credibilidad, de la revelación externa? No es difícil
comprenderlo. Suprimen pura y simplemente todo esto para reservarlo al
intelectualismo, sistema que, según ellos, excita compasiva sonrisa y está
sepultado hace largo tiempo.
Nada les detiene, ni aun las condenaciones de
la Iglesia contra errores tan monstruosos. Porque el concilio Vaticano
decretó lo que sigue: «Si alguno dijere que la luz natural de la razón
humana es incapaz de conocer con certeza, por medio de las cosas creadas, el
único y verdadera Dios, nuestro Creador y Señor, sea excomulgado»(4).
Igualmente: «Si alguno dijere no ser posible o conveniente que el hombre sea
instruido, mediante la revelación divina, sobre Dios y sobre el culto a él
debido, sea excomulgado»(5). Y por último: «Si alguno dijere que la
revelación divina no puede hacerse creíble por signos exteriores, y que, en
consecuencia, sólo por la experiencia individual o por una inspiración
privada deben ser movidos los hombres a la fe, sea excomulgado»(6).
Ahora, de qué manera los modernistas pasan del
agnosticismo, que no es sino ignorancia, al ateísmo científico e histórico,
cuyo carácter total es, por lo contrario, la negación; y, en consecuencia,
por qué derecho de raciocinio, desde ignorar si Dios ha intervenido en la
historia del género humano hacen el tránsito a explicar esa misma historia
con independencia de Dios, de quien se juzga que no ha tenido, en efecto,
parte en el proceso histórico de la humanidad, conózcalo quien pueda. Y es
indudable que los modernistas tienen como ya establecida y fija una cosa, a
saber: que la ciencia debe ser atea, y lo mismo la historia; en la esfera de
una y otra no admiten sino fenómenos: Dios y lo divino quedan desterrados.
Pronto veremos las consecuencias de doctrina
tan absurda fluyen con respecto a la sagrada persona del Salvador, a los
misterios de su vida y muerte, de su resurrección y ascensión gloriosa.
5. Agnosticismo este que no es sino el aspecto
negativo de la doctrina de los modernistas; el positivo está constituido por
la llamada inmanencia vital.
El tránsito del uno al otro es como sigue:
natural o sobrenatural, la religión, como todo hecho, exige una explicación.
Pues bien: una vez repudiada la teología natural y cerrado, en consecuencia,
todo acceso a la revelación al desechar los motivos de credibilidad; más
aún, abolida por completo toda revelación externa, resulta claro que no
puede buscarse fuera del hombre la explicación apetecida, y debe hallarse en
lo interior del hombre; pero como la religión es una forma de la vida, la
explicación ha de hallarse exclusivamente en la vida misma del hombre. Por
tal procedimiento se llega a establecer el principio de la inmanencia
religiosa. En efecto, todo fenómeno vital —y
ya queda dicho que tal es la religión—
reconoce por primer estimulante cierto impulso o indigencia, y por primera
manifestación, ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento. Por esta
razón, siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la
fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo
engendrado por la indigencia de lo divino. Por otra parte, como esa indigencia
de lo divino no se siente sino en conjuntos determinados y favorables, no
puede pertenecer de suyo a la esfera de la conciencia; al principio yace
sepultada bajo la conciencia, o, para emplear un vocablo tomado de la filosofía
moderna, en la subconsciencia, donde también su raíz permanece escondida e
inaccesible.
¿Quiere ahora saberse en qué forma esa
indigencia de lo divino, cuando el hombre llegue a sentirla, logra por fin
convertirse en religión? Responden los modernistas: la ciencia y la historia
están encerradas entre dos límites: uno exterior, el mundo visible; otro
interior, la conciencia. Llegadas a uno de éstos, imposible es que pasen
adelante la ciencia y la historia; más allá está lo incognoscible. Frente
ya a este incognoscible, tanto al que está fuera del hombre, más allá de la
naturaleza visible, como al que está en el hombre mismo, en las profundidades
de la subconsciencia, la indigencia de lo divino, sin juicio alguno previo (lo
cual es puro fideísmo) suscita en el alma, naturalmente inclinada a la
religión, cierto sentimiento especial, que tiene por distintivo el envolver
en sí mismo la propia realidad de Dios, bajo el doble concepto de objeto y de
causa íntima del sentimiento, y el unir en cierta manera al hombre con Dios.
A este sentimiento llaman fe los modernistas: tal es para ellos el principio
de la religión.
6. Pero no se detiene aquí la filosofía o,
por mejor decir, el delirio modernista. Pues en ese sentimiento los
modernistas no sólo encuentran la fe, sino que con la fe y en la misma fe,
según ellos la entienden, afirman que se verifica la revelación. Y, en
efecto, ¿qué más puede pedirse para la revelación? ¿No es ya una
revelación, o al menos un principio de ella, ese sentimiento que aparece en
la conciencia, y Dios mismo, que en ese preciso sentimiento religioso se
manifiesta al alma aunque todavía de un modo confuso? Pero, añaden aún:
desde el momento en que Dios es a un tiempo causa y objeto de la fe, tenemos
ya que aquella revelación versa sobre Dios y procede de Dios; luego tiene a
Dios como revelador y como revelado. De aquí, venerables hermanos, aquella
afirmación tan absurda de los modernistas de que toda religión es a la vez
natural y sobrenatural, según los diversos puntos de vista. De aquí la
indistinta significación de conciencia y revelación. De aquí, por fin, la
ley que erige a la conciencia religiosa en regla universal, totalmente igual a
la revelación, y a la que todos deben someterse, hasta la autoridad suprema
de la Iglesia, ya la doctrinal, ya la preceptiva en lo sagrado y en lo
disciplinar.
7. Sin embargo, en todo este proceso, de donde,
en sentir de los modernistas, se originan la fe y la revelación, a una cosa
ha de atenderse con sumo cuidado, por su importancia no pequeña, vistas las
consecuencias histórico-críticas que de allí, según ellos, se derivan.
Porque lo incognoscible, de que hablan, no se
presenta a la fe como algo aislado o singular, sino, por lo contrario, con
íntima dependencia de algún fenómeno, que, aunque pertenece al campo de la
ciencia y de la historia, de algún modo sale fuera de sus límites; ya sea
ese fenómeno un hecho de la naturaleza, que envuelve en sí algún misterio,
ya un hombre singular cuya naturaleza, acciones y palabras no pueden
explicarse por las leyes comunes de la historia. En este caso, la fe, atraída
por lo incognoscible, que se presenta junto con el fenómeno, abarca a éste
todo entero y le comunica, en cierto modo, su propia vida. Síguense dos
consecuencias. En primer lugar, se produce cierta transfiguración del
fenómeno, esto es, en cuanto es levantado por la fe sobre sus propias
condiciones, con lo cual queda hecho materia más apta para recibir la forma
de lo divino, que la fe ha de dar; en segundo lugar, una como desfiguración —llámese
así—
del fenómeno, pues la fe le atribuye lo que en realidad no tiene, al haberle
sustraído a las condiciones de lugar y tiempo; lo que acontece, sobre todo,
cuando se trata de fenómenos del tiempo pasado, y tanto más cuanto más
antiguos fueren. De ambas cosas sacan, a su vez, los modernistas, dos leyes,
que, juntas con la tercera sacada del agnosticismo, forman las bases de la
crítica histórica. Un ejemplo lo aclarará: lo tomamos de la persona de
Cristo. En la persona de Cristo, dicen, la ciencia y la historia ven sólo un
hombre. Por lo tanto, en virtud de la primera ley, sacada del agnosticismo, es
preciso borrar de su historia cuanto presente carácter divino. Por la segunda
ley, la persona histórica de Cristo fue transfigurada por la fe; es
necesario, pues, quitarle cuanto la levanta sobre las condiciones históricas.
Finalmente, por la tercera, la misma persona de Cristo fue desfigurada por la
fe; luego se ha de prescindir en ella de las palabras, actos y todo cuanto, en
fin, no corresponda a su naturaleza, estado, educación, lugar y tiempo en que
vivió.
Extraña manera, sin duda, de raciocinar; pero
tal es la crítica modernista.
8. En consecuencia, el sentimiento religioso,
que brota por vital inmanencia de los senos de la subconsciencia, es el germen
de toda religión y la razón asimismo de todo cuanto en cada una haya habido
o habrá. Oscuro y casi informe en un principio, tal sentimiento, poco a poco
y bajo el influjo oculto de aquel arcano principio que lo produjo, se
robusteció a la par del progreso de la vida humana, de la que es —ya
lo dijimos—
una de sus formas. Tenemos así explicado el origen de toda relígión, aun de
la sobrenatural: no son sino aquel puro desarrollo del sentimiento religioso.
Y nadie piense que la católica quedará exceptuada: queda al nivel de las
demás en todo. Tuvo su origen en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima
naturaleza, cual jamás hubo ni habrá, en virtud del desarrollo de la
inmanencia vital, y no de otra manera.
¡Estupor causa oír tan gran atrevimiento en
hacer tales afirmaciones, tamaña blasfemia! ¡Y, sin embargo, venerables
hermanos, no son los incrédulos sólo los que tan atrevidamente hablan así;
católicos hay, más aún, muchos entre los sacerdotes, que claramente publican
tales cosas y tales delirios presumen restaurar la Iglesia! No se trata ya del
antiguo error que ponía en la naturaleza humana cierto derecho al orden
sobrenatural. Se ha ido mucho más adelante, a saber: hasta afirmar que
nuestra santísima religión, lo mismo en Cristo que en nosotros, es un fruto
propio y espontáneo de la naturaleza. Nada, en verdad, más propio para
destruir todo el orden sobrenatural.
Por lo tanto, el concilio Vaticano, con
perfecto derecho, decretó: «Si alguno dijere que el hombre no puede ser
elevado por Dios a un conocimiento y perfección que supere a la naturaleza,
sino que puede y debe finalmente llegar por sí mismo, mediante un continuo
progreso, a la posesión de toda verdad y de todo bien, sea excomulgado»(7).
9. No hemos visto hasta aquí, venerables
hermanos, que den cabida alguna a la inteligencia; pero, según la doctrina de
los modernistas, tiene también su parte en el acto de fe, y así conviene
notar de qué modo.
En aquel sentimiento, dicen, del que repetidas
veces hemos hablado, porque es sentimiento y no conocimiento, Dios,
ciertamente, se presenta al hombre; pero, como es sentimiento y no
conocimiento, se presenta tan confusa e implicadamente que apenas o de ningún
modo se distingue del sujeto que cree. Es preciso, pues, que el sentimiento se
ilumine con alguna luz para que así Dios resalte y se distinga. Esto
pertenece a la inteligencia, cuyo oficio propio es el pensar y analizar, y que
sirve al hombre para traducir, primero en representaciones y después en
palabras, los fenómenos vitales que en él se producen. De aquí la
expresión tan vulgar ya entre los modernistas: «el hombre religioso debe pensar
su fe».
La inteligencia, pues, superponiéndose a tal
sentimiento, se inclina hacia él, y trabaja sobre él como un pintor que, en
un cuadro viejo, vuelve a señalar y a hacer que resalten las líneas del
antiguo dibujo: casi de este modo lo explica uno de los maestros modernistas.
En este proceso la mente obra de dos modos: primero, con un acto natural y
espontáneo traduce las cosas en una aserción simple y vulgar; después,
refleja y profundamente, o como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta
lo pensado con sentencias secundarias, derivadas de aquella primera fórmula
tan sencilla, pero ya más limadas y más precisas. Estas fórmulas secundarias,
una vez sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formarán el
dogma.
10. Ya hemos llegado en la doctrina modernista
a uno de los puntos principales, al origen y naturaleza del dogma. Este,
según ellos, tiene su origen en aquellas primitivas fórmulas simples que son
necesarias en cierto modo a la fe, porque la revelación, para existir, supone
en la conciencia alguna noticia manifiesta de Dios. Mas parecen afirmar que el
dogma mismo está contenido propiamente en las fórmulas secundarias.
Para entender su naturaleza es preciso, ante
todo, inquirir qué relación existe entre las fórmulas religiosas y el
sentimiento religioso del ánimo. No será difícil descubrirlo si se tiene en
cuenta que el fin de tales fórmulas no es otro que proporcionar al creyente
el modo de darse razón de su fe. Por lo tanto, son intermedias entre el
creyente y su fe: con relación a la fe, son signos inadecuados de su objeto,
vulgarmente llamados símbolos; con relación al creyente, son meros
instrumentos. Mas no se sigue en modo alguno que pueda deducirse que encierren
una verdad absoluta; pues, como símbolos, son imágenes de la verdad, y, por
lo tanto, han de acomodarse al sentimiento religioso, en cuanto éste se
refiere al hombre; como instrumentos, son vehículos de la verdad y, en
consecuencia, tendrán que acomodarse, a su vez, al hombre en cuanto se
relaciona con el sentimiento religioso. Mas el objeto del sentimiento
religioso, por hallarse contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos,
que pueden aparecer sucesivamente, ora uno, ora otro. A su vez, el hombre, al
creer, puede estar en condiciones que pueden ser muy diversas. Por lo tanto,
las fórmulas que llamamos dogma se hallarán expuestas a las mismas
vicisitudes, y, por consiguiente, sujetas a mutación. Así queda expedito el
camino hacia la evolución íntima del dogma.
¡Cúmulo, en verdad, infinito de sofismas, con
que se resquebraja y se destruye toda la religión!
11. No sólo puede desenvolverse y cambiar el
dogma, sino que debe; tal es la tesis fundamental de los modernistas, que, por
otra parte, fluye de sus principios.
Pues tienen por una doctrina de las más
capitales en su sistema y que infieren del principio de la inmanencia vital,
que las fórmulas religiosas, para que sean verdaderamente religiosas, y no
meras especulaciones del entendimiento, han de ser vitales y han de vivir la
vida misma del sentimiento religioso. Ello no se ha de entender como si esas
fórmulas, sobre todo si son puramente imaginativas, hayan sido inventadas
para reemplazar al sentimiento religioso, pues su origen, número y, hasta
cierto punto, su calidad misma, importan muy poco; lo que importa es que el
sentimiento religioso, después de haberlas modificado convenientemente, si lo
necesitan, se las asimile vitalmente. Es tanto como decir que es preciso que
el corazón acepte y sancione la fórmula primitiva y que asimismo sea
dirigido el trabajo del corazón, con que se engendran las fórmulas
secundarias. De donde proviene que dichas fórmulas, para que sean vitales,
deben ser y quedar asimiladas al creyente y a su fe. Y cuando, por cualquier
motivo, cese esta adaptación, pierden su contenido primitivo, y no habrá
otro remedio que cambiarlas.
Dado el carácter tan precario e inestable de
las fórmulas dogmáticas se comprende bien que los modernistas las
menosprecien y tengan por cosa de risa; mientras, por lo contrario, nada
nombran y enlazan sino el sentimiento religioso, la vida religiosa. Por eso
censuran audazmente a la Iglesia como si equivocara el camino, porque no
distingue en modo alguno entre la significación material de las fórmulas y
el impulso religioso y moral, y porque adhiriéndose, tan tenaz como
estérilmente, a fórmulas desprovistas de contenido, es ella la que permite
que la misma religión se arruine.
Ciegos, ciertamente, y conductores de ciegos,
que, inflados con el soberbio nombre de ciencia, llevan su locura hasta
pervertir el eterno concepto de la verdad, a la par que la genuina naturaleza
del sentimiento religioso: para ello han fabricado un sistema «en el cual, bajo
el impulso de un amor audaz y desenfrenado de novedades, no buscan dónde
ciertamente se halla la verdad y, despreciando las santas y apostólicas
tradiciones, abrazan otras doctrinas vanas, fútiles, inciertas y no aprobadas
por la Iglesia, sobre las cuales —hombres
vanísimos—
pretenden fundar y afirmar la misma verdad(8). Tal es, venerables
hermanos, el modernista como filósofo.
12. Si, pasando al creyente, se desea saber en
qué se distingue, en el mismo modernista, el creyente del filósofo, es
necesario advertir una cosa, y es que el filósofo admite, sí, la realidad de
lo divino como objeto de la fe; pero esta realidad no la encuentra sino en el
alma misma del creyente, en cuanto es objeto de su sentimiento y de su
afirmación: por lo tanto, no sale del mundo de los fenómenos. Si aquella
realidad existe en sí fuera del sentimiento y de la afirmación dichos, es
cosa que el filósofo pasa por alto y desprecia. Para el modernista creyente,
por lo contrario, es firme y cierto que la realidad de lo divino existe en sí
misma con entera independencia del creyente. Y si se pregunta en qué se
apoya, finalmente, esta certeza del creyente, responden los modernistas: en la
experiencia singular de cada hombre.
13. Con cuya afirmación, mientras se separan
de los racionalistas, caen en la opinión de los protestantes y
seudomísticos.
Véase, pues, su explicación. En el
sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón; merced
a la cual, y sin necesidad de medio alguno, alcanza el hombre la realidad de
Dios, y tal persuasión de la existencia de Dios y de su acción, dentro y
fuera del ser humano, que supera con mucho a toda persuasión científica. Lo
cual es una verdadera experiencia, y superior a cualquiera otra racional; y si
alguno, como acaece con los racionalistas, la niega, es simplemente, dicen,
porque rehúsa colocarse en las condiciones morales requeridas para que
aquélla se produzca. Y tal experiencia es la que hace verdadera y propiamente
creyente al que la ha conseguido.
¡Cuánto dista todo esto de los principios
católicos! Semejantes quimeras las vimos ya reprobadas por el concilio
Vaticano.
Cómo franquean la puerta del ateísmo, una vez
admitidas juntamente con los otros errores mencionados, lo diremos más
adelante. Desde luego, es bueno advertir que de esta doctrina de la
experiencia, unida a la otra del simbolismo, se infiere la verdad de toda
religión, sin exceptuar el paganismo. Pues qué, ¿no se encuentran en todas
las religiones experiencias de este género? Muchos lo afirman. Luego ¿con
qué derecho los modernistas negarán la verdad de la experiencia que afirma
el turco, y atribuirán sólo a los católicos las experiencias verdaderas?
Aunque, cierto, no las niegan; más aún, los unos veladamente y los otros sin
rebozo, tienen por verdaderas todas las religiones. Y es manifiesto que no
pueden opinar de otra suerte, pues establecidos sus principios, ¿por qué
causa argüirían de falsedad a una religión cualquiera? No por otra,
ciertamente, que por la falsedad del sentimiento religioso o de la fórmula
brotada del entendimiento. Mas el sentimiento religioso es siempre y en todas
partes el mismo, aunque en ocasiones tal vez menos perfecto; cuanto a la
fórmula del entendimiento, lo único que se exige para su verdad es que
responda al sentimiento religioso y al hombre creyente, cualquiera que sea la
capacidad de su ingenio. Todo lo más que en esta oposición de religiones
podrían acaso defender los modernistas es que la católica, por tener más
vida, posee más verdad, y que es más digna del nombre cristiano porque
responde con mayor plenitud a los orígenes del cristianismo.
Nadie, puestas las precedentes premisas,
considerará absurda ninguna de estas conclusiones. Lo que produce profundo estupor
es que católicos, que sacerdotes a quienes horrorizan, según Nos queremos
pensar, tales monstruosidades, se conduzcan, sin embargo, como si de lleno las
aprobasen; pues tales son las alabanzas que prodigan a los mantenedores de
esos errores, tales los honores que públicamente les tributan, que hacen
creer fácilmente que lo que pretenden honrar no son las personas, merecedoras
acaso de alguna consideración, sino más bien los errores que a las claras
profesan y que se empeñan con todas veras en esparcir entre el vulgo.
14. Otro punto hay en esta cuestión de
doctrina en abierta contradicción con la verdad católica.
Pues el principio de la experiencia se aplica
también a la tradición sostenida hasta aquí por la Iglesia, destruyéndola
completamente. A la verdad, por tradición entienden los modernistas cierta
comunicación de alguna experiencia original que se hace a otros mediante la
predicación y en virtud de la fórmula intelectual; a la cual fórmula
atribuyen, además de su fuerza representativa, como dicen, cierto poder
sugestivo que se ejerce, ora en el creyente mismo para despertar en él el
sentimiento religioso, tal vez dormido, y restaurar la experiencia que alguna
vez tuvo; ora sobre los que no creen aún, para crear por vez primera en ellos
el sentimiento religioso y producir la experiencia. Así es como la
experiencia religiosa se va propagando extensamente por los pueblos; no sólo
por la predicación en los existentes, más aún en los venideros, tanto por
libros cuanto por la transmisión oral de unos a otros.
Pero esta comunicación de experiencias a veces
se arraiga y reflorece; a veces envejece al punto y muere. El que reflorezca
es para los modernistas un argumento de verdad, ya que toman indistintamente
la verdad y la vida. De lo cual colegiremos de nuevo que todas las religiones
existentes son verdaderas, pues de otro modo no vivirían.
15. Con lo expuesto hasta aquí, venerables
hermanos, tenemos bastante y sobrado para formarnos cabal idea de las
relaciones que establecen los modernistas entre la fe y la ciencia, bajo la cual
comprenden también la historia.
Ante todo, se ha de asentar que la materia de
una está fuera de la materia de la otra y separada de ella. Pues la fe versa
únicamente sobre un objeto que la ciencia declara serle incognoscible; de
aquí un campo completamente diverso: la ciencia trata de los fenómenos, en
los que no hay lugar para la fe; ésta, por lo contrario, se ocupa enteramente
de lo divino, que la ciencia desconoce por completo. De donde se saca en
conclusión que no hay conflictos posibles entre la ciencia y la fe; porque si
cada una se encierra en su esfera, nunca podrán encontrarse ni, por lo tanto,
contradecirse.
Si tal vez se objeta a eso que hay en la
naturaleza visible ciertas cosas que incumben también a la fe, como la vida
humana de Jesucristo, ellos lo negarán. Pues aunque esas cosas se cuenten
entre los fenómenos, mas en cuanto las penetra la vida de la fe, y en la
manera arriba dicha, la fe las transfigura y desfigura, son arrancadas del
mundo sensible y convertidas en materia del orden divino. Así, al que
todavía preguntase más, si Jesucristo ha obrado verdaderos milagros y
verdaderamente profetizado lo futuro; si verdaderamente resucitó y subió a
los cielos: no, contestará la ciencia agnóstica; sí, dirá la fe. Aquí,
con todo, no hay contradicción alguna: la negación es del filósofo, que
habla a los filósofos y que no mira a Jesucristo sino según la realidad
histórica; la afirmación es del creyente, que se dirige a creyentes y que
considera la vida de Jesucristo como vivida de nuevo por la fe y en la fe.
16. A pesar de eso, se engañaría muy mucho el
que creyese que podía opinar que la fe y la ciencia por ninguna razón se
subordinan la una a la otra; de la ciencia sí se podría juzgar de ese modo
recta y verdaderamente; mas no de la fe, que, no sólo por una, sino por tres
razones está sometida a la ciencia. Pues, en primer lugar, conviene notar que
todo cuanto incluye cualquier hecho religioso, quitada su realidad divina y la
experiencia que de ella tiene el creyente, todo lo demás, y principalmente
las fórmulas religiosas, no sale de la esfera de los fenómenos, y por eso
cae bajo el dominio de la ciencia. Séale lícito al creyente, si le agrada,
salir del mundo; pero, no obstante, mientras en él viva, jamás escapará,
quiéralo o no, de las leyes, observación y fallos de la ciencia y de la
historia.
Además, aunque se ha dicho que Dios es objeto
de sola la fe, esto se entiende tratándose de la realidad divina y no de la
idea de Dios. Esta se halla sujeta a la ciencia, la cual, filosofando en el
orden que se dice lógico, se eleva también a todo lo que es absoluto e
ideal. Por lo tanto, la filosofía o la ciencia tienen el derecho de investigar
sobre la idea de Dios, de dirigirla en su desenvolvimiento y librarla de todo
lo extraño que pueda mezclarse; de aquí el axioma de los modernistas: «la
evolución religiosa ha de ajustarse a la moral y a la intelectual»; esto es,
como ha dicho uno de sus maestros, «ha de subordinarse a ellas».
Añádase, en fin, que el hombre no sufre en
sí la dualidad; por lo cual el creyente experimenta una interna necesidad que
le obliga a armonizar la fe con la ciencia, de modo que no disienta de la idea
general que la ciencia da de este mundo universo. De lo que se concluye que la
ciencia es totalmente independiente de la fe; pero que ésta, por el
contrario, aunque se pregone como extraña a la ciencia, debe sometérsele.
Todo lo cual, venerables hermanos, es
enteramente contrario a lo que Pío IX, nuestro predecesor, enseñaba cuando
dijo: «Es propio de la filosofía, en lo que atañe a la religión, no
dominar, sino servir; no prescribir lo que se ha de creer, sino abrazarlo con
racional homenaje; no escudriñar la profundidad de los misterios de Dios,
sino reverenciarlos pía y humildemente»(9). Los modernistas invierten
sencillamente los términos: a los cuales, por consiguiente, puede aplicarse
lo que ya Gregorio IX, también predecesor nuestro, escribía de ciertos
teólogos de su tiempo: «Algunos entre vosotros, hinchados como odres por el
espíritu de la vanidad, se empeñan en traspasar con profanas novedades los
términos que fijaron los Padres, inclinando la inteligencia de las páginas
sagradas... a la doctrina de la filosofía racional, no fiara algún provecho
de los oyentes, sino para ostentación de la ciencia... Estos mismos,
seducidos por varias y extrañas doctrinas, hacen de la cabeza cola, y fuerzan
a la reina a servir a la esclava»(10).
17. Y todo esto, en verdad, se hará más
patente al que considera la conducta de los modernistas, que se acomoda
totalmente a sus enseñanzas. Pues muchos de sus escritos y dichos parecen
contrarios, de suerte que cualquiera fácilmente reputaría a sus autores como
dudosos e inseguros. Pero lo hacen de propósito y con toda consideración,
por el principio que sostienen sobre la separación mutua de la fe y de la
ciencia. De aquí que tropecemos en sus libros con cosas que los católicos
aprueban completamente; mientras que en la siguiente página hay otras que se
dirían dictadas por un racionalista. Por consiguiente, cuando escriben de
historia no hacen mención de la divinidad de Cristo; pero predicando en los
templos la confiesan firmísimamente. Del mismo modo, en las explicaciones de
historia no hablan de concilios ni Padres; mas, si enseñan el catecismo,
citan honrosamente a unos y otros. De aquí que distingan también la
exégesis teológica y pastoral de la científica e histórica.
Igualmente, apoyándose en el principio de que
la ciencia de ningún modo depende de la fe, al disertar acerca de la filosofía,
historia y crítica, muestran de mil maneras su desprecio de los maestros
católicos, Santos Padres, concilios ecuménicos y Magisterio eclesiástico,
sin horrorizarse de seguir las huellas de Lutero(11); y si de ello se les
reprende, quejánse de que se les quita la libertad.
Confesando, en fin, que la fe ha de
subordinarse a la ciencia, a menudo y abiertamente censuran a la Iglesia,
porque tercamente se niega a someter y acomodar sus dogmas a las opiniones
filosóficas; por lo tanto, desterrada con este fin la teología antigua,
pretenden introducir otra nueva que obedezca a los delirios de los filósofos.
a) La fe
18. Aquí ya, venerables hermanos, se nos abre
la puerta para examinar a los modernistas en el campo teológico. Mas, porque
es materia muy escabrosa, la reduciremos a pocas palabras.
Se trata, pues, de conciliar la fe con la
ciencia, y eso de tal suerte que la una se sujete a la
otra. En este género, el teólogo modernista usa de los mismos principios
que, según vimos, usaba el filósofo, y los adapta al creyente; a saber: los
principios de la inmanencia y el simbolismo. Simplicísimo es el
procedimiento. El filósofo afirma: el principio de la fe es inmanente; el
creyente añade: ese principio es Dios; concluye el teólogo: luego Dios es
inmanente en el hombre. He aquí la inmanencia teológica. De la misma suerte
es cierto para el filósofo que las representaciones del objeto de la fe son
sólo simbólicas; para el creyente lo es igualmente que el objeto de la fe es
Dios en sí: el teólogo, por tanto, infiere: las representaciones de la
realidad divina son simbólicas. He aquí el simbolismo teológico.
Errores, en verdad grandísimos; y cuán
perniciosos sean ambos, se descubrirá al verse sus consecuencias. Pues,
comenzando desde luego por el simbolismo, como los símbolos son tales
respecto del objeto, a la vez que instrumentos respecto del creyente, ha de
precaverse éste ante todo, dicen, de adherirse más de lo conveniente a la
fórmula, en cuanto fórmula, usando de ella únicamente para unirse a la
verdad absoluta, que la fórmula descubre y encubre juntamente, empeñándose
luego en expresarlas, pero sin conseguirlo jamás. A esto añaden, además,
que semejantes fórmulas debe emplearlas el creyente en cuanto le ayuden, pues
se le han dado para su comodidad y no como impedimento; eso sí, respetando el
honor que, según la consideración social, se debe a las fórmulas que ya el
magisterio público juzgó idóneas para expresar la conciencia común y en
tanto que el mismo magisterio no hubiese declarado otra cosa distinta.
Qné opinan realmente los modernistas sobre la
inmanencia, difícil es decirlo: no todos sienten una misma cosa. Unos la ponen
en que Dios, por su acción, está más íntimamente presente al hombre que
éste a sí mismo; lo cual nada tiene de reprensible si se entendiera
rectamente. Otros, en que la acción de Dios es una misma cosa con la acción de la
naturaleza, como la de la causa primera con la de la segunda; lo cual, en
verdad, destruye el orden sobrenatural. Por último, hay quienes la explican
de suerte que den sospecha de significación panteísta, lo cual concuerda
mejor con el resto de su doctrina.
19. A este postulado de la inmanencia se junta
otro que podemos llamar de permanencia divina: difieren entre sí, casi del
mismo modo que difiere la experiencia privada de la experiencia transmitida
por tradición. Aclarémoslo con un ejemplo sacado de la Iglesia y de los
sacramentos. La Iglesia, dicen, y los sacramentos no se ha de creer, en modo
alguno, que fueran instituidos por Cristo. Lo prohíbe el agnosticismo, que en
Cristo no reconoce sino a un hombre, cuya conciencia religiosa se formó, como
en los otros hombres, poco a poco; lo prohíbe la ley de inmanencia, que
rechaza las que ellos llaman externas aplicaciones; lo prohíbe también la
ley de la evolución, que pide, a fin de que los gérmenes se desarrollen,
determinado tiempo y cierta serie de circunstancias consecutivas; finalmente,
lo prohíbe la historia, que enseña cómo fue en realidad el verdadero curso
de los hechos. Sin embargo, debe mantenerse que la Iglesia y los sacramentos
fueron instituidos mediatamente por Cristo. Pero ¿de qué modo? Todas las
conciencias cristianas estaban en cierta manera incluidas virtualmente, como
la planta en la semilla, en la ciencia de Cristo. Y como los gérmenes viven
la vida de la simiente, así hay que decir que todos los cristianos viven la
vida de Cristo. Mas la vida de Cristo, según la fe, es divina: luego
también la vida de los cristianos. Si, pues, esta vida, en el transcurso de
las edades, dio principio a la Iglesia y a los sacramentos, con toda razón se
dirá que semejante principio proviene de Cristo y es divino. Así, cabalmente
concluyen que son divinas las Sagradas Escrituras y divinos los dogmas.
A esto, poco más o menos, se reduce, en
realidad, la teología de los modernistas: pequeño caudal, sin duda, pero
sobreabundante si se mantiene que la ciencia debe ser siempre y en todo
obedecida.
Cada uno verá por sí fácilmente la
aplicación de esta doctrina a todo lo demás que hemos de decir.