viernes, 9 de mayo de 2014

La resurrección del comisario político

La resurrección del comisario político

mayo 9, 2014
Por
Jose Luis Milia 
“No me vengan con que nuestros tribunales, en su trabajo, se han de atener exclusivamente a normas escritas ya existentes… estamos creando un Derecho nuevo y normas éticas nuevas”.

Nikolai Vasilievich Krylenko, Comisario de Justicia Popular de la U.R.S.S.

Krylenko- un estalinista iluminado primero por la propaganda soviética y finalmente por los fogonazos de los fusiles que lo ejecutaron- creía fervientemente que las consideraciones políticas, más que la culpabilidad penal o la inocencia, eran las que debían guiar la aplicación de la pena. Es seguro que en los minutos de vida que le quedaban frente al pelotón el camarada Krylenko no imaginó que, sesenta y cinco años después de su ejecución, en la Argentina un grupo de “hombres de leyes” de reivindicarían sus teorías.
Estos fulanos puestos por el poder político para “administrar justicia” han reivindicado a Krylenko y creen, por fe o por cuenta bancaria, que para llevar adelante los juicios de “lesa humanidad” es improcedente atenerse “a normas escritas ya existentes”, por lo tanto, desde el momento en que el presidente de la CSJN, Dr. Lorenzetti, afirmó que los juicios de “lesa humanidad” son una “política de estado”, esta definición fue la señal de largada para que los discípulos de Krylenko pudieran pasar por sobre la Constitución y el Código Penal. A partir de ahí, cualquier burrada jurídica de los tribunales que tuvieran que juzgar a estos procesados “especiales”, por arbitraria que fuera, sería válida aunque esto obligara a dejar de lado conceptos alguna vez muy caros al derecho penal argentino: la presunción de inocencia, la idoneidad de los testigos, y en especial el principio legal de que hacen falta pruebas más allá de las dudas razonables para condenar.
Hasta ahí la teoría, “aggiornada” del camarada Krylenko que, vista en perspectiva, no era totalmente útil para esta época ya que no se podía usar los métodos complementarios a la misma que permitían obtener rápidamente una confesión antes de condenar; métodos por demás persuasivos ideados por un coetáneo de Krylenko, Feliks Dzerzhinsky. De cualquier manera esto no tendría importancia, sobraba y sobra aún, tiempo para la venganza, porque si de algo estaban seguros tanto los amanuenses de la corte como los integrantes de los TOF -todos seguidores de Krylenko- era que a partir del primer juicio jamás iba a salir de allí un inocente.
La compra de declaraciones fraudulentas, el alquiler de testigos falsos, la utilización de mentiras rebuscadas que una vez puestas al aire eran creídas sin dudar por un pueblo adocenado, sustituyeron con creces las duchas de agua fría, el torno sin anestesia en los dientes y los cachiporrazos del camarada Dzerzhinsky.
La prueba piloto de la efectividad de estos manejos “judiciales” y de la utilización ad nauseam de pruebas fabricadas y mentiras en cadena sería el paradigmático caso del Padre von Wernich y su acusador arrepentido, Julio Alberto Emmed.
Julio Alberto Emmed era un agente de la Policía Bonaerense que se hallaba preso, condenado por robo calificado, privación ilegal de la libertad y uso indebido de uniforme, y que tenía como antecedente el haber sido en su momento chofer del Comisario Etchecolatz. Mientras cumplía su condena en Caseros contactó a los integrantes de la CONADEP Susana Lía Aguad y Raúl Aragón que una vez escuchado su relato le ofrecieron libertad, dinero y protección si declaraba contra el P. von Wernich, cosa que, ante las promesas recibidas, hizo sin ningún tipo de escrúpulos. Cuando pasado el tiempo, Aragón y Aguad no cumplieron la parte económica del trato, Emmed decidió contar la verdad, primero, ante el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y luego en el juicio a las Juntas Militares, ambas veces bajo juramento. Allí declaró que había mentido a pedido del Dr. Aragón. Fue devuelto a la cárcel y cuando consiguió la libertad un oportuno balazo en la cabeza le evitó dar más explicaciones de por que había mentido.
A Emmed siguieron otros- no muchos a decir verdad- que a cambio de algunos denarios estaban dispuestos a recitar el guión que la CONADEP, el CELS o la APDH les escribiera. Como estos “defensores” de los derechos humanos eran más bien avaros y generalmente incumplían sus tratos económicos, sus títeres “arrepentidos” se veían obligados a echarse atrás en sus declaraciones -Vaello, Farías, Ingino y dos o tres más son ejemplos de “arreglos fracasados”- lo que hizo que una vez largada la temporada de caza de uniformados a partir de 2003 se dieran cuenta que contratar presuntos “represores” como “ortibas” no era buen negocio y optaron por apalabrar testigos ad hoc entre la gente del palo. Gente que treinta años después de sus ordalías reales o fingidas recordaban perfectamente modismos, timbres de voz y dichos a través de las capuchas embreadas con que sus opresores les tapaban las cabezas.
Mucho se ha escrito ya sobre la farsa que se repite con odio y sin originalidad en cada juicio político contra los integrantes de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. Esto, contado como fábula podría considerarse como una pieza de humor negro si no fuera que detrás de cada uno de estos tribunales de la abominación y la discordia unos seres rapaces, mediocres y malvados se arrogan las funciones de jueces, jurados y verdugos y manejan como señores de horca y cuchillo la libertad y la vida de aquellos que cometieron el crimen- porque estos juicios solo tienen como fin considerar esto como falta inconcebible – de haber luchado por la Patria.