Y seguirán muriendo
No es genocidio, no exageremos. Exagerar no es de hombres veraces
pero digamos de una vez por todas y repitámoslo cuantas veces sea
necesario que lo que hoy sucede en la República -organizado por el
gobierno y amañado por esa entelequia que algunos aún llaman justicia
argentina- es simplemente la venganza más rastrera que un grupo de
cobardes -por acción, pero hay otros, muchos, que son culpables por
omisión- pueda haber imaginado jamás y que, por su naturaleza, es
variada en su infamia pues esperaron que aquellos que los habían
derrotados envejecieran, que quienes “administran” las instituciones que
los enviaron al combate se vendieran por miserables canonjías y que
finalmente, para que el ultraje fuera mayor, amañaran la Constitución y
las leyes para que, fechoría jurídica mediante, le hicieran creer al
pueblo, ese mismo pueblo cobarde que en aquel entonces pedía cadalsos en
la principales plazas del país y hoy se come cualquier verdura podrida
que le vendan, que ellos si se manejan con la “legalidad”.
A hoy -son las 16:22 horas del 20 de junio de 2014- ya han sido
ejecutados doscientos cuarenta y uno de estos condenados a muerte; pero
dentro de una hora, un día o unos pocos días…, solo Dios lo sabe, esta
cantidad sin duda alguna se seguirá incrementando por las mismas causas
de siempre: falta de asistencia médica, excesiva distancia a los centros
médicos de alta complejidad y carencia de una contención psicológica
para detenidos de esta edad y condición.
Pero también se seguirán repitiendo las condiciones en que mueren.
Salvo los pocos que han tenido la suerte de acceder a la prisión
domiciliaria -tipo de prisión a la que por ley todo argentino mayor de
setenta años tiene derecho- la mayoría ha muerto en la más absurda
soledad, con medicamentos retaceados, privados de los alimentos que sus
enfermedades requerían o como producto de los accidentes -nunca
atendidos- que normalmente aquejan a los hombres mayores de edad.
Para mayor vergüenza de la sociedad, si es que la vergüenza ante la
iniquidad fuera una virtud argentina, estos condenados a muerte tienen
sus “amos”. Son los jueces que los han procesado y que se comportan con
ellos como señores de horca y cuchillo, son los que dan las órdenes que
restringen la prisión domiciliaria, los desplazamientos a hospitales,
los que por principio dudan de las enfermedades de estos presos y los
abandonan a su agonía hasta que la evidencia de la muerte los pone en el
brete de justificar lo injustificable.
Estos hombres, que por definición de los carcamales de la Corte
Suprema son producto de una política de estado que se ha llevado puesta
Constitución y leyes, y que saben que morirán en los penales federales
son los Presos Políticos de la Argentina. Presos de la revancha montada
por logreros y cobardes, son también quienes -y eso y el orgullo que
ello conlleva nadie se los podrá quitar jamás- derrotaron a la
subversión marxista que pretendía para la Argentina un destino cubano.
Hoy es 20 de junio, un día como hoy moría Manuel José Joaquín del
Corazón de Jesús Belgrano, Soldado y patriota en condiciones de
abandono, pobreza y enfermedad tal como mueren hoy nuestros soldados.
Triste es la Nación que les da este destino a los hijos que le ofrecen su vida.
