VIAJE AL NOROESTE ARGENTINO
A
comienzos de 1950 Ernesto Guevara hijo estaba exultante. Había aprobado
seis materias de su carrera y sentía que había cubierto las
expectativas. Eso le proporcionaba no solo satisfacción sino también una
gran confianza, es decir, seguridad en sí mismo y en su porvenir. Por
esa razón decidió festejar la “hazaña” y fiel a su estilo, lo hizo a su
manera.
Desde
hacía algún tiempo, el inquieto muchacho venía programando un viaje al
noroeste argentino, la milenaria región en la que en tiempos remotos
habían florecido avanzadas culturas aborígenes, subyugadas primero por
el poderoso imperio incaico y luego por los temerarios conquistadores
españoles, testigo de épicos enfrentamientos y violentos desenlaces y
uno de los principales escenarios de las guerras de la Independencia y
las contiendas civiles.
Uno
podría pensar que eso era lo que había llevado a Ernesto a escoger ese
destino, con su magnífica geografía, su cultura, su tradición y su
historia, pero no fue así para nada. Pese a su avidez de aventuras y
conocimiento, desdeñó lugares maravillosos, sitios prácticamente
desconocidos por sus compatriotas y solo puso interés en cubrir las
distancias a la mayor velocidad posible y detenerse a observar, aunque
no demasiado, los grandes contrastes sociales, humanos y económicos que
dominaban aquella lejana porción del territorio nacional.



















