El vómito del perro y la cerda recién lavada
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Nuestra
Señora llora sobre el mundo actual como otrora Jesucristo lloró sobre
Jerusalén. No faltan motivos. Si tomamos en consideración la multitud de
pecados que se cometen, ya sea individualmente o a través de los
gobiernos, de las legislaciones, en los actos judiciales, y aún
internamente en la Iglesia por representantes altamente calificados.
Presenciamos
un proceso acelerado, no sólo de descristianización de la sociedad,
sino de imposición de falsos valores paganos. La consecuente
persecución, aún en estado incipiente pero que va creciendo, se dirige
contra quienes quieran permanecer fieles a las enseñanzas auténticamente
católicas. Médicos y enfermeras son obligados a colaborar en la
práctica del aborto y de operaciones contra la naturaleza; jueces y
notarios son obligados por la ley a ratificar divorcios o pseudo
casamientos; profesores obligados a enseñar a sus alumnos doctrinas y
prácticas que pervierten sus mentes infantiles; y muchas otras cosas.
Ante
tanta presiones y amenazas, muchos cristianos temen, tiemblan, y acaban
apostatando. Les falta la valentía de los mártires y la intrepidez de
los confesores de la fe. Sobre todo, les falta pedir a Nuestra Señora la
gracia de la perseverancia, pues, si lo hicieren, ésta no les será
negada. Tal vez sea esta apostasía el aspecto más sombrío y dilacerante
de la actual paganización y la que más hace llorar a la Santísima
virgen. Aún más cuando no se trata sólo de individuos dispersos, sino de
toda una civilización que opta por el abandono de la ley de Cristo.
El
apóstol San Pedro, consciente de las obligaciones inherentes a su
elevado munus de Papa, el primero de la Historia, advertía ya en aquella
época sobre los terribles males de la apostasía. Sus palabras
candentes, quiso dejarlas registradas en una de sus epístolas:
“Si
alguien se aleja de los vicios del mundo, por medio del conocimiento
del Señor y Salvador Jesucristo, y después se deja enredar y dominar de
nuevo por esos vicios, su estado final llega a ser peor que el primero.
“Más
le hubiera valido no conocer el camino de la justicia que, después de
haberlo conocido, apartarse del santo mandamiento que le fue
transmitido.
“En él se cumple lo que dice justamente el proverbio:
El perro volvió a comer lo que había vomitado, Proverbios 26, 11 y este
otro: “La puerca recién lavada se revuelca en el barro”. (II San Pedro
2, 20-22)
Revista Catolicismo, Brasil
