Obediencia ciega
¿camino de santidad?
– Por Augusto TorchSon
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Con bastante poco criterio se utilizan
frecuentemente frases descontextualizadas que se pretenden transformar en
axiomas. Así por ejemplo se sostiene que: “todo
es relativo como enseño Einstein”, cuando la teoría de la relatividad se
refiere exclusivamente a cuestiones relacionadas con la física, y en una burda
extrapolación se aplica por ejemplo para hablar sobre el indiferentismo religioso, tan
promocionado hoy por las más altas jerarquías eclesiásticas. Y así con el erróneo concepto
popularizado en el posconcilio de “sana
laicidad”, los enemigos de Cristo, lograron imponer la falsa idea de la “necesidad”
de separación de la Iglesia Católica de la vida social y política de los Estados,
desconociendo que Cristo dijo de sí mismo “Yo
soy Rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo…”(Jn.XVIII,37); y en
razón de la Unión Hipostática, la doble naturaleza de Nuestro Salvador, le
confiere asimismo tanto el reinado sobre el orden sobrenatural, como el natural.
Por eso nos sorprendimos grandemente, cuando el Obispo de Roma en las profanas Jornadas Mundiales de
la Juventud 2014 en las playas de Río dijo: “La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve
beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna
posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la
sociedad…”(aquí);
consecuentemente nos preguntamos cómo podemos pretender que las leyes que se
promulguen no sean inicuas si desde la más alta jerarquía eclesiástica se
promueve la separación del Iglesia del Estado, que como consecuencia lógica
conlleva al abandono de la concepción cristiana de la legislación.
El
argumento pueril de considerar que quien ocupa el sillón petrino (hoy
más bien
una sofá cualquiera de un club de barrio), no puede equivocarse
gravemente, implica
desconocer la libertad de las personas en la toma de decisiones. Y
respecto a las elecciones permitidas o realizadas según designio divino,
no podemos
olvidar que Jesús nos advirtió sobre la cizaña que crece junto al trigo y así también dijo respecto a
Judas: “¿No soy Yo el que escogí a
vosotros Doce, y con todo esto, uno de vosotros es un demonio?” (Jn. VI,71).
Dicho sea de paso, la misericordia del dios musulmán difícilmente
puede ser considerada similar a la del Dios verdadero, cuando esta falsa deidad
según el Corán, invita constantemente al asesinato de “infieles”(no musulmanes)
y hoy se observa con terrible crudeza la encarnizada matanza de cristianos a
manos de estos fanáticos.
Pero volviendo a los nuevos axiomas, resulta
necesario exigir que se contextualicen las frases con las que pareciera se pretende
imponer la fe del carbonero al decir por ejemplo: “el que obedece no se equivoca”, ya que es necesario saber no solo a
quién se obedece, sino también QUE se obedece. Y ante estas propuestas que en
el nombre de la “tolerancia” obstaculizan el buen combate para que se reconozca
la Reyecía de Cristo, se hace indispensable el análisis sobre cuándo se debe
obedecer. Cuando expresamente se traicionan los mandatos divinos, no podemos
escudarnos en la obediencia para desobedecer la Ley Superior. Si tuviéramos que
atenernos a tales sujeciones humanas, ¿cómo entenderíamos la debida resistencia
a la perfidia judaica que condenó a su propio Mesías, si ésta provino nada
menos que del Sumo Sacerdote Caifás? Así por ejemplo, San Pablo al referirse a
la conducta que deben observar los obispos, advirtió sobre quienes “profesan
conocer a Dios, más lo niegan con las obras, siendo abominables y rebeldes, e
incapaces para toda obra buena” (Tit. I,16).
El
argumento pueril de considerar que quien ocupa el sillón petrino (hoy
más bien
una sofá cualquiera de un club de barrio), no puede equivocarse
gravemente, implica
desconocer la libertad de las personas en la toma de decisiones. Y
respecto a las elecciones permitidas o realizadas según designio divino,
no podemos
olvidar que Jesús nos advirtió sobre la cizaña que crece junto al trigo y así también dijo respecto a
Judas: “¿No soy Yo el que escogí a
vosotros Doce, y con todo esto, uno de vosotros es un demonio?” (Jn. VI,71).
Ante esta situación, se hace necesario
discernir sobre la conveniencia de obedecer cuando el riesgo es nada menos que
el de la pérdida de la fe. Y tristemente, ante la falta absoluta de
conocimiento de las cosas que son indispensables saber por parte de los
católicos para su salvación; la promoción de graves errores doctrinales, no
solo pasan desapercibidos, sino que además se ven como grandes actos de
humildad y misericordia. Por este motivo es necesario objetar aún al mismo Obispo
de Roma, Francisco, cuando sostuvo que los luteranos no son secta y les pidió
perdón por los católicos que los obstaculizaron en su proselitismo para quitar
a los católicos su fe, como lo hizo con los Pentecostales en Caserta; o nos dé
un catálogo de felicidad, que omite la más mínima mención a nuestro Creador. Esto
sin dejar de recordar que expuso en su exhortación apostólica Evangelii gaudium
que “la alianza del pueblo judío con
Dios jamás ha sido revocada” a pesar
de lo enseñado dogmáticamente en el Concilio de Florencia y por el Papa Eugenio
III, que la alianza mosaica fue “revocada y abrogada”; y
cuando escribe al referirse a los musulmanes que “confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios
único misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final”, desafortunada
frase que puede llevar a la errónea consideración que la concepción de Dios en
ambas religiones es idéntica, y nosotros, a diferencia de ellos, adoramos
al Dios Uno Y Trino.
Dicho sea de paso, la misericordia del dios musulmán difícilmente
puede ser considerada similar a la del Dios verdadero, cuando esta falsa deidad
según el Corán, invita constantemente al asesinato de “infieles”(no musulmanes)
y hoy se observa con terrible crudeza la encarnizada matanza de cristianos a
manos de estos fanáticos.
Corre sin embargo, para refutar el error expresado en ambos casos, el de judíos
y musulmanes, la bíblica objeción expresada en los Evangelios con toda
claridad: “Quien cree en Él no es
juzgado, pero quien no cree, ya tiene sobre sí la condena, por lo mismo que no
cree en el nombre del Hijo unigénito
de Dios”. Y aunque Francisco haya sostenido lo contrario, nosotros
sí creemos en un Dios “Católico” y en una sola Iglesia igualmente
Católica, fuera de la cual no hay salvación, y no en “unidades diversificantes”
con quienes están apartados de la misma.
San Atanasio, excomulgado por el Papa Liberio
que había caído en la herejía arriana, sostuvo: “Los católicos que se mantienen
fieles a la Tradición aún si ellos son reducidos a un manojo, ellos son la
verdadera Iglesia de Jesucristo” y en igual sentido podemos afirmar que
no son cismáticos quienes como San Pedro creemos que “es necesario obedecer a Dios
antes que a los hombres”(Hch. V,29).
Augusto
TorchSon
Nacionalismo Católico San Juan Bautista


