domingo, 10 de agosto de 2014

Obediencia ciega ¿camino de santidad?

Obediencia ciega

¿camino de santidad?

 – Por Augusto TorchSon

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  Con bastante poco criterio se utilizan frecuentemente frases descontextualizadas que se pretenden transformar en axiomas. Así por ejemplo se sostiene que: “todo es relativo como enseño Einstein”, cuando la teoría de la relatividad se refiere exclusivamente a cuestiones relacionadas con la física, y en una burda extrapolación se aplica por ejemplo para hablar sobre el indiferentismo religioso, tan promocionado hoy por las más altas jerarquías eclesiásticas. Y así con el erróneo concepto popularizado en el posconcilio de “sana laicidad”, los enemigos de Cristo, lograron imponer la falsa idea de la “necesidad” de separación de la Iglesia Católica de la vida social y política de los Estados, desconociendo que Cristo dijo de sí mismo “Yo soy Rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo…”(Jn.XVIII,37); y en razón de la Unión Hipostática, la doble naturaleza de Nuestro Salvador, le confiere asimismo tanto el reinado sobre el orden sobrenatural, como el natural. Por eso nos sorprendimos grandemente, cuando el Obispo de Roma en las profanas Jornadas Mundiales de la Juventud 2014 en las playas de Río dijo: “La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad…”(aquí); consecuentemente nos preguntamos cómo podemos pretender que las leyes que se promulguen no sean inicuas si desde la más alta jerarquía eclesiástica se promueve la separación del Iglesia del Estado, que como consecuencia lógica conlleva al abandono de la concepción cristiana de la legislación.
  Pero volviendo a los nuevos axiomas, resulta necesario exigir que se contextualicen las frases con las que pareciera se pretende imponer la fe del carbonero al decir por ejemplo: “el que obedece no se equivoca”, ya que es necesario saber no solo a quién se obedece, sino también QUE se obedece. Y ante estas propuestas que en el nombre de la “tolerancia” obstaculizan el buen combate para que se reconozca la Reyecía de Cristo, se hace indispensable el análisis sobre cuándo se debe obedecer. Cuando expresamente se traicionan los mandatos divinos, no podemos escudarnos en la obediencia para desobedecer la Ley Superior. Si tuviéramos que atenernos a tales sujeciones humanas, ¿cómo entenderíamos la debida resistencia a la perfidia judaica que condenó a su propio Mesías, si ésta provino nada menos que del Sumo Sacerdote Caifás? Así por ejemplo, San Pablo al referirse a la conducta que deben observar los obispos, advirtió sobre quienes “profesan conocer a Dios, más lo niegan con las obras, siendo abominables y rebeldes, e incapaces para toda obra buena” (Tit. I,16).
  El argumento pueril de considerar que quien ocupa el sillón petrino (hoy más bien una sofá cualquiera de un club de barrio), no puede equivocarse gravemente, implica desconocer la libertad de las personas en la toma de decisiones. Y respecto a las elecciones permitidas o realizadas según designio divino, no podemos olvidar que Jesús nos advirtió sobre la cizaña que crece  junto al trigo y así también dijo respecto a Judas: “¿No soy Yo el que escogí  a vosotros Doce, y con todo esto, uno de vosotros es un demonio?” (Jn. VI,71).
  Ante esta situación, se hace necesario discernir sobre la conveniencia de obedecer cuando el riesgo es nada menos que el de la pérdida de la fe. Y tristemente, ante la falta absoluta de conocimiento de las cosas que son indispensables saber por parte de los católicos para su salvación; la promoción de graves errores doctrinales, no solo pasan desapercibidos, sino que además se ven como grandes actos de humildad y misericordia. Por este motivo es necesario objetar aún al mismo Obispo de Roma, Francisco, cuando sostuvo que los luteranos no son secta y les pidió perdón por los católicos que los obstaculizaron en su proselitismo para quitar a los católicos su fe, como lo hizo con los Pentecostales en Caserta; o nos dé un catálogo de felicidad, que omite la más mínima mención a nuestro Creador. Esto sin dejar de recordar que expuso en su exhortación apostólica Evangelii gaudium que “la alianza del pueblo judío con Dios  jamás ha sido revocada” a pesar de lo enseñado dogmáticamente en el Concilio de Florencia y por el Papa Eugenio III, que la alianza mosaica fue “revocada y abrogada”; y cuando escribe al referirse a los musulmanes que “confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final”, desafortunada frase que puede llevar a la errónea consideración que la concepción de Dios en ambas religiones es idéntica, y nosotros, a diferencia de ellos, adoramos al Dios Uno Y Trino. 
  Dicho sea de paso, la misericordia del dios musulmán difícilmente puede ser considerada similar a la del Dios verdadero, cuando esta falsa deidad según el Corán, invita constantemente al asesinato de “infieles”(no musulmanes) y hoy se observa con terrible crudeza la encarnizada matanza de cristianos a manos de estos fanáticos.
 Corre sin embargo, para refutar el error expresado en ambos casos, el de judíos y musulmanes, la bíblica objeción expresada en los Evangelios con toda claridad: “Quien cree en Él no es juzgado, pero quien no cree, ya tiene sobre sí la condena, por lo mismo que no cree en el nombre del Hijo unigénito de Dios”. Y aunque Francisco haya sostenido lo contrario, nosotros sí creemos en un Dios “Católico” y en una sola Iglesia igualmente Católica, fuera de la cual no hay salvación, y no en “unidades diversificantes” con quienes están apartados de la misma. 
  San Atanasio, excomulgado por el Papa Liberio que había caído en la herejía arriana, sostuvo: “Los católicos que se mantienen fieles a la Tradición aún si ellos son reducidos a un manojo, ellos son la verdadera Iglesia de Jesucristo” y en igual sentido podemos afirmar que no son cismáticos quienes como San Pedro creemos que es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”(Hch. V,29).
Augusto TorchSon

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