“Esperanza frente al peligro de cisma”. Mons. Livieres
(Mons. Rogelio Livieres, ex obispo de Ciudad del Este)
En la Misa de Apertura del Sínodo Extraordinario sobre la Familia
el Papa Francisco llamó a los Obispos a colaborar con el plan de Dios y
formar así un pueblo santo.
PRESIONE "MAS INFORMACION" A SU IZQUIERDA PARA LEER EL ARTICULO
Ofrezco estas reflexiones con el deseo de
servir al Papa de la mejor manera que puedo.
La Iglesia, fundada sobre la roca de Pedro, espera del Sínodo la
promoción de la familia cristiana. Pero lo que la Biblia llama «el
mundo» tiene una expectativa muy distinta: los medios de prensa
vociferan cada día para que la Iglesia «se ponga al día». Un eufemismo
para exigir que bendiga, y no condene, los desvíos morales cada día más
frecuentes –entre otras razones, por la promoción sistemática desde la
prensa y la industria del entretenimiento.
La Iglesia sin embargo no fue establecida para sancionar lo que el
mundo pretende, sino para enseñarnos lo que Dios quiere de nosotros y
acompañarnos en el camino de la santidad. Porque es en la voluntad de
Dios, que todo lo sabe y no puede engañarse ni engañarnos, donde
nosotros encontramos la verdadera paz y felicidad. Ni la doctrina de la
fe ni la práctica pastoral –consecuencia de esa doctrina– son el
resultado de consensos de curas, aunque sean cardenales u obispos.
Ya desde los primeros tiempos del cristianismo los Apóstoles y sus
sucesores fueron presionados por poderosas élites religiosas y políticas
para que tergiversaran la verdad y la misión evangélica que habían
recibido de Cristo. Pero en vez de inclinarse ante otros dioses nos
dejaron un testimonio de fidelidad incondicional a la verdad derramando
su sangre. Porque «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29).
Estos días me consuela pensar en el ejemplo de san Atanasio. Fue
expulsado de su Diócesis no una sino cinco veces, debido a las
maquinaciones de sus hermanos obispos arrianos con los que no estaba «en
comunión», precisamente porque quería promover «la fe católica y apostólica», como dice la Plegaria Eucarística I, o Canon Romano.
Bendecir y aceptar «lo que todo el mundo quiere» no es ni
misericordia ni amor pastoral. Más bien, es pereza y comodidad, porque
estaríamos renunciando a evangelizar y educar. Y respetos humanos,
porque nos importaría más el qué dirán que increpar proféticamente en la
obediencia a Dios. Ya san Benito resumía, en otra época también signada
por mucha confusión, el principio de vida eterna de la obediencia: «mi
palabra se dirige ahora a ti, quienquiera que seas, para que renuncies a
tus propias voluntades y tomes las preclaras y fortísimas armas de la
obediencia…», «…así volverás por el trabajo de la obediencia a Aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia» (Regla, Prólogo).
Dentro de la Iglesia, y últimamente desde algunas de sus más altas
esferas, «soplan vientos nuevos» que no son del Espíritu Santo. El
mismísimo cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la
Fe, entre otros, ha criticado la pretensión utópica de hacer cambios de
fondo en la práctica pastoral sin por ello afectar la doctrina católica
sobre la familia. Sin juzgar sus intenciones, que presumo las mejores, y
con la tristeza de tener que mencionarlos por nombre, ya que son de
público conocimiento, el cardenal Kasper y la revista jesuita Civiltà
Cattolica son activos propulsores que lideran esta confusión. Lo que
antes estaba prohibido como una grave desobediencia contra la ley de
Dios ahora podría quedar bendecido en nombre de su misericordia.
Justifican lo injustificable por medio de sutiles interpretaciones de
textos y hechos históricos. Pero los que realmente conocen de estas
materias han reducido a polvo estos sofismas. No olvidemos lo que nos
aseguró el Señor: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mateo 24:35).
Aprovechemos la extraordinaria oportunidad que nos ofrece el Sínodo
para reafirmar de modo positivo lo que la Iglesia siempre y en todas
partes ha creído sobre la familia y ha puesto en práctica en su
disciplina. Esto nos exige, al mismo tiempo, defender la verdad frente a
los que están dividiendo y confundiendo al Pueblo de Dios. La situación
es gravísima y no soy yo el primero en advertir que desgraciadamente
estamos frente al peligro de un gran cisma. Exactamente lo que el Señor y
su Santísima Madre nos han prevenido en apariciones reconocidas y
aprobadas por la autoridad de la Iglesia.
Frente a los que están queriendo «dibujar» consensos y manipular
estadísticas, como si el Pueblo de Dios estuviera pidiendo lo que en
realidad se le quiere gravar por la fuerza de una autoridad abusiva,
recordemos que la Iglesia no vive ni se define a partir de las opiniones
de los hombres y el cambio de los tiempos sino de toda palabra que sale
de la boca de Dios. La historia de cómo se terminó imponiendo a todo un
pueblo católico el cisma de la Iglesia de Inglaterra, junto con el
testimonio martirial de san Juan Fischer y santo Tomás Moro, son una
lección que hoy vale mucho profundizar.
Roguemos por el Papa, por los Cardenales y los Obispos, para que
todos estemos dispuestos incluso a derramar la sangre en la defensa y
promoción de la familia contra las tormentas del engaño y la idolatría
de la libertad sexual del hombre frente a Dios. No nos dejemos engañar
ni apartar de la fe y de la práctica moral que Jesucristo nos enseñó.
Sabemos que el mundo odió a nuestro Señor. El servidor no puede ser más
que su amo. El mundo nos perseguirá, incluso invocando falsamente el
nombre de Dios. Y a los eclesiásticos que hablen como el mundo quiere,
los aplaudirá y los amará, «porque son de los suyos», no de Dios.
Fuente:
