LA LEY SUPREMA DE LA IGLESIA ES LA SALVACION DE LAS ALMAS
«salus animarum, suprema Ecclesiae lex»: «la ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas».
Este es el principio que debe estar presente tanto en la promulgación
como en la interpretación y aplicación de las leyes canónicas.
La
salvación del alma está por encima de la obediencia a Bergoglio, de la
obediencia a la Jerarquía que lo apoya, de lo que el Sínodo promulgue o
prohíba, de lo que los hombres decidan en la nueva estructura de iglesia
que se han inventado en el Vaticano. ¡Salvar el alma! ¡Es el fin de la
Iglesia Católica! ¡Es el fin que tiene todo hombre en su vida terrenal!
Se
está en la Iglesia para salvar el alma no para vivir una vida social,
política, económica, humana, cultural, natural…. No se está en la
Iglesia para obedecer la mente del hombre, sino para obedecer la Mente
de Cristo. Y quien no dé esa Mente con sus normas canónicas o
litúrgicas, no se le da la obediencia a esa persona, así lo llamen Papa,
así sea Jerarquía en la Iglesia, así se reúnan para hablar -en un
Sínodo- de lo que no tienen que hablar.
Muchos
dicen: obedece a Bergoglio porque ha sido elegido por los Cardenales. Y
si es hereje, que los mismos Cardenales oficialmente lo declaren
hereje; pero hasta que no se dé eso, hay que someterse a ese hombre, hay
que ver su elección como legítima.
Así
piensan muchos en la Iglesia. Y es gente muy intelectual, que necesita
apoyarse en una ley canónica, en una razón, para poder creer y actuar.
Son gente que todo lo mide con su mente humana: es el racionalismo, que
es una blasfemia contra el Espíritu Santo.
Muchos
proclaman que la anulación de Bergoglio es como la anulación de un
matrimonio: es la Jerarquía de la Iglesia la que decide eso, la que lo
anuncia, la que muestra el camino. Si ellos callan, entonces todos a
obedecer a Bergoglio. Y esto es un error en el entendimiento humano. ¡Un
grave error!
No
se pueden equiparar las dos cosas. Porque entre el matrimonio y Dios se
da una autoridad que tiene las llaves del Reino y que decide si ese
matrimonio es nulo o no. Pero entre un Papa y Dios no cabe autoridad. El
Papa está por encima de toda autoridad, no sólo en la Iglesia, sino
entre los hombres. El Papa está por encima de todo juicio humano. Y, por
eso, no es posible la equiparación.
Cuando
un hombre, que no es Papa, se sienta en el Trono de Pedro como Papa,
ya la misma Iglesia ha puesto la ley que regula este caso, que es la
Bula Cum ex Apostolatus Officio del Papa Pablo IV. Sólo hay que obedecer
a esta Bula para anular a Bergoglio. Y esto lo puede hacer cada alma en
la Iglesia, sin esperar algo oficial, porque la salvación del alma es
antes que la obediencia a un hereje: «Si alguien os predica otro Evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema» (Gal 1, 8).
«vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos»
(1 Cor 5, 13b). ¿Cómo se extirpa el mal de tener un falso Papa en la
Iglesia Católica? ¿Esperando una resolución oficial de alguna Alta
Jerarquía de la Iglesia? ¿Va a llegar eso, en algún momento? ¿Esperar
eso es vivir una ilusión o vivir la realidad?
«no
os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea
fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con estos,
ni comer» (1 Cor 5, 11b). Bergoglio es idólatra: no cree en el Dios católico. Bergoglio es ladrón: ha usurpado la Silla de Pedro. Bergoglio es avaro: obra el comunismo en su ministerio sacerdotal. Bergoglio es fornicario: fornica con la mente del demonio y pare la idea masónica en la Iglesia. Bergoglio es borracho: está sediento de la gloria del mundo. Bergoglio es maldiciente:
su palabra protestante es una maldición para toda la Iglesia. Entonces,
hay que concluir: con Bergoglio no hay que mezclarse; con él, ni comer:
ni asistir a una misa suya. No se puede partir el pan junto a él. No se
puede concelebrar con él. ¡No se puede!
¿Hay
que esperar a una alta Jerarquía para poder cumplir el Evangelio, que
es el Derecho Divino en la Iglesia? ¿Hay que estar obedeciendo a
Bergoglio, mientras llena nuestra cabeza de inmundicia, sólo porque está
sentado en la Silla que no le corresponde, y porque la Jerarquía calla?
Para el que tenga dos dedos de frente, para el que tenga un poco de
sentido común, las razones que dan los intelectuales para seguir
acatando las órdenes de un hereje, no tienen ningún sentido.
Esto
es la sencilla Palabra de Dios que, actualmente, nadie sigue en la
Iglesia. No les interesa esta Palabra porque viven de su negocio.
Es
todo muy sencillo. Pero nadie toma en cuenta esta verdad. Están
esperando que alguien de la Iglesia lo haga para que oficialmente no
haya que dar la obediencia a Bergoglio. Y este es el error. Están
esperando una ley canónica, un escrito oficial de algo que ya se sabe,
que ya es ley por Derecho Divino. ¡Y esperan en vano! ¡Y esperan sin
fruto! ¡Y esperan con el peligro de la condenación de sus almas por
estar obedeciendo a un hombre que no es Papa!
Hoy
día, se niega a Dios el Derecho de poner y quitar Su Papa; de dar y
recoger las Llaves del Reino; de hablar directamente con sus almas, sin
intermediarios; de guiar a Su Iglesia sin una cabeza visible, sólo con
Su Cabeza Invisible, que es Cristo. Se niega el Derecho Divino.
Se
niega la ley Eterna y se hace caso sólo a las diferentes leyes
eclesiásticas, humanas, litúrgicas, que los hombres ponen. Se quiere
medir la Gracia con la cabeza del hombre, acotándola con sus leyes,
normas y disciplinas. Y eso lleva a ponerse el hombre por encima de la
ley de la Gracia, en la propia Iglesia de Jesucristo. Eso lleva a
reescribir la Mente de Dios.
No
se resuelven los problemas de la Iglesia con datos estrictamente
jurídicos, porque toda ley tiene que servir al Derecho Divino, al orden
pensado y querido por Dios en Su Iglesia, que es un orden espiritual, no
material, no humano, porque la Iglesia es el Reino del Espíritu, no es
un Estado, no es una sociedad humana. Es el Cuerpo Místico de Cristo, en
que el alma es la principal en esa sociedad espiritual. No es el común,
no es la comunidad de fieles los importantes en la Iglesia. No se hacen
leyes para un común, para un pueblo, sino para el alma, para cada alma.
Muchos
no han comprendido para qué sirve el derecho canónico. Y están en la
Iglesia atados a esas leyes, a esas normas, a esas disciplinas, sin la
libertad que da el Espíritu para discernirlo todo.
El
fin de la Iglesia es salvar las almas. Es un fin divino. Y, por tanto,
todo el derecho canónico se fundamenta, no en la sociedad: no es allí
donde está la sociedad, allí hay un derecho, una ley; sino que se
fundamenta en el alma: allí donde hay un alma que salvar, allí se da la
ley de la gracia, allí hay una ley, que debe ser un medio –no un fin-
para salvarla: hay que salvarla, hay que ponerla un camino espiritual
que la lleve a salvarse y a santificarse. Y, por tanto, toda norma
positiva nunca debe esclavizar a las almas para conseguir este fin
divino. Si las leyes canónicas no son un medio para cumplir este fin,
entonces no sirven para nada en la Iglesia. Son un tropiezo. ¡Y un claro
tropiezo!
En
la Iglesia, el alma no se puede esclavizar al juicio de los Cardenales
que eligieron a Bergoglio en un Cónclave. No se puede decir: hasta que
la misma Iglesia no diga que esa elección fue nula, hay que tenerla por
válida, porque esa elección se hizo de acuerdo a las normas existentes
en la Iglesia.
Este
es el punto en que muchos intelectuales, mucha Jerarquía, se quedan.
Han dogmatizado la ley de los hombres, la obra de los hombres: lo que
hicieron esos Cardenales al elegir a Bergoglio. No son capaces de ver
que esa elección fue nula, no por ley canónica, sino por ley de la
gracia. No atienden al derecho que tiene Dios de decir: no os doy otro
Papa. Esto, los intelectuales, no saben verlo. Y, por eso, exigen
obediencia a un hombre que no es Papa por derecho divino, iure divino.
Es sólo papa por derecho humano, por elección humana, según unas leyes
establecidas. Pero es el papa de los hombres, no es el Papa elegido por
Dios para Su Iglesia. Es un falso papa, para una falsa iglesia, para una
falsa estructura externa, al cual no es posible la obediencia, porque
en la Iglesia hay que guardar los principios del Derecho Divino si se
quiere seguir siendo Iglesia. Esto cuesta entenderlo a los
intelectuales, a los que bucean en las leyes canónicas para creer o no
creer que Bergoglio es Papa.
El
fundamento del derecho canónico se busca en la misma naturaleza de la
Iglesia: en Pedro. La Iglesia está fundamentada en Pedro, que es la Voz
de Cristo en la Iglesia, Su Vicario. Y, por tanto, la Iglesia tiene a
Pedro como camino de salvación. Se quita a Pedro, inmediatamente, no hay
camino de salvación en la Iglesia.
La
Iglesia es Pedro, no es el conjunto de Apóstoles, de Obispos, de
fieles. No es la sinodalidad lo que hace ser Iglesia. Es el Papado la
esencia de la Iglesia. Es el ejercicio del Papado. Por eso, Benedicto
XVI se ha convertido en un Papa inútil, no sirve a Cristo para llevar a
las almas hacia la salvación: le han sido arrebatadas las Llaves del
Reino de Dios. Es un Papa que ya no puede atar y desatar en la Iglesia.
Es lo que Conchita dijo: es un Papa que no cuenta. Es inútil sin las
Llaves del Reino.
Jesús
puso Su Iglesia en Pedro, en su persona humana. Y le dio todo lo
necesario para que las almas, en la obediencia a Pedro, encontraran el
camino de salvación en Cristo.
Dios
salva a las almas en Pedro, no fuera de Pedro. Si los hombres anulan a
Pedro –como hicieron al imponer la renuncia al Papa Benedicto XVI-, Dios
se retira de todos los hombres, de toda la Jerarquía eclesiástica, y
éstos, se quedan sólo en la estructura externa, que han creado, se
quedan con sus magníficas leyes, sin la Gracia del Papado, -que es
fundamental en la Iglesia-, para guiar una nueva iglesia, que no es la
Iglesia de Pedro, y que es incapaz de llevar a la salvación.
Dios
es el que legisla su Iglesia, no son los hombres. Es el Derecho Divino
la garantía de rectitud y de elasticidad, de justicia y de equidad, para
el derecho canónico. No es el conjunto de normas canónicas ni
litúrgicas. Si no se atiende a este Derecho Divino, entonces los hombres
no ven el camino de lo sobrenatural, de la Gracia, en las normas
jurídicas. Y hacen de lo jurídico un dogma. La Gracia está por encima de
toda norma positiva. Cuando no se atiende a este punto, entonces viene
la crisis que trae el positivismo jurídico. Viene el aceptar a un
hombre, que no es Papa, porque así las normas de la Iglesia lo han
establecido. Esto es lo que muchos están predicando.
Obedezco
a Bergoglio porque ha sido elegido Papa en un Cónclave, según el
derecho canónico. Esta obediencia es ponerse por encima del Derecho
Divino. Este seguir lo que el Cónclave ha elegido, según sus leyes
canónicas, es anular la ley de la Gracia. Se sigue el juicio de unos
hombres, pero no el Juicio de Dios. Se está diciendo que los Cardenales
no pueden poner a un falso Papa, sino que siempre van a poner a un Papa
legítimo y, por tanto, hay que someterse a eso, hay que obedecer, guste o
no guste. En el fondo, están legitimando el pecado con sus normas
jurídicas. Es lo que hicieron en la elección de Bergoglio.
Todos
sabían que Benedicto XVI seguía siendo Papa. Y pusieron otro Papa,
yendo en contra del dogma del Papado. Pusieron un pecado para que todos
obedezcan a ese pecado en la Iglesia. Legitimaron el pecado de muchos
como norma en la Iglesia. Esta es la abominación que se da en la Iglesia
desde hace más de 18 meses.
¿Qué
fue la comunión en la mano? Lo mismo: una abominación. Legitimar el
pecado de sacrilegio con una norma litúrgica, que no tiene fuerza de ley
en la Iglesia, porque sólo hay que aplicarla en casos excepcionales; y
muchos sacerdotes imponen a sus fieles comulgar en la mano: están
mandado obrar un pecado. Y los fieles, por su ignorancia en la vida
espiritual, por su falsa obediencia a la Jerarquía, hacen caso de un
mandato humano, de una norma litúrgica que no obliga a nada ni a nadie.
Hacen caso y lo toman como un mandato divino. Y se crean un
oscurecimiento de su conciencia. Ya la conciencia no ve el mal de
comulgar en la mano. Lo ve como algo que Dios quiere: y eso es una
abominación. Se anula el Derecho Divino: el orden que Dios ha puesto en
la Eucaristía.
Así
es con Bergoglio. Lo mismo que con la comunión en la mano. La elección
de Bergoglio como Papa no obliga a nada ni a nadie en la Iglesia, porque
no se puede poner dos Papas en la Iglesia. No se puede ir en contra del
dogma del Papado. Benedicto XVI sigue siendo Papa porque no ha
renunciado al Papado, sino al ejercicio del ministerio. Es el Papa al
que hay que someterse en la Iglesia para seguir siendo Iglesia, la
Iglesia de Pedro, la verdadera, la católica, la que no cambia por los
cambios de los tiempos, la invencible. A Bergoglio no hay que someterse
en nada, porque no es Papa: es un falsario.
Pero
la blasfemia de muchos consisten en esto: una vez que prueban que
Benedicto XVI sigue siendo el Papa legítimo y, por tanto, Bergoglio no
puede ser Papa; en vez de someterse a esta verdad, eligen la ley
canónica que elevó a Bergoglio a la Silla de Pedro. Eligen el juicio
humano, lo que los hombres han decidido al margen de la Voluntad de
Dios, y así cometen un triple pecado: de apostasía de la fe, de herejía y
de cisma.
En
esta blasfemia caen muchos por su racionalismo: todo lo quieren medir
con sus leyes, con sus filosofías, con sus teologías. Y no se puede
medir la mente de Dios ni lo que es la Iglesia con la mente del hombre,
con una ley jurídica.
La
salvación del alma tiene que estar por encima de lo que se decida en el
Sínodo. Ese Sínodo es el cisma oficialmente declarado: se va a
legitimar el pecado.
