5 de octubre de 1975: el fin del relato setentista – Por Agustín Laje
Por Agustín Laje (*)
Hace exactamente 39 años, el 5 de octubre de 1975, la organización
terrorista Montoneros llevó adelante un operativo de dimensiones
formidables en la provincia de Formosa.
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El plan incluyó la participación
de aproximadamente 100 terroristas (entre combatientes y periféricos),
numeroso material bélico (fusiles, ametralladoras, escopetas, granadas
de mano, armas de puño, etc.), 19 vehículos terrestres y dos aviones: un
Boeing 737 secuestrado durante pleno vuelo rumbo a Corrientes que fue
desviado a Formosa, y un Cessna 182 de cuatro plazas.
El objetivo central del ataque fue el Regimiento de Infantería de
Monte 29 y el armamento que allí se guardaba. Se buscaba, además, dar un
salto cualitativo: demostrar que “la orga” estaba bien encaminada en el
trayecto que conducía a la profesionalización de un Ejército. En
efecto, Montoneros quería su propio Ejército, y qué mejor manera de
probar la existencia del mismo que con el enfrentamiento armado contra
otro Ejército (el argentino). No es azaroso, en este sentido, que este
episodio haya sido probablemente el primero en el que Montoneros utilizó
su uniforme militar: pantalón azul y camisa celeste, campera azul y
birrete azul.
Pero los terroristas montoneros jamás esperaron que los soldados
conscriptos del cuartel resistieran de la forma en que lo hicieron. La
mayoría de ellos, jóvenes de apenas 18 a 21 años, provenientes de clases
humildes, se encontraban durmiendo la siesta algunos y otros en las
duchas cuando el ataque montonero inició, no obstante lo cual se
dispusieron a repeler la ofensiva hasta perder sus vidas.
La soberbia de Montoneros, esa soberbia que tan bien describió Pablo
Giussani como “soberbia armada”, les hizo creer a los terroristas que
los soldados conscriptos no eran portadores de ideales y que, por tanto,
no resistirían el ataque o, aún más, que se plegarían a él. Y es que
Montoneros se veía a sí mismo como una vanguardia iluminada, portadora
de la más alta misión de liberar a las “clases explotadas”. La verdad
era muy distinta: se trataba de una organización compuesta por clases
medias y medias altas que jamás tuvieron llegada a las clases que decían
representar en su lucha revolucionaria.
El enfrentamiento fue relatado por los propios montoneros, poco después, en su revista Evita Montonera:
“El fuego fue impresionante. Para tener una idea aproximada de lo que
fue su intensidad hay que computar entre ambos bandos alrededor de
sesenta personas haciendo fuego simultáneamente con FAL, pistolas
ametralladoras, la ametralladora pesada MAG, granadas y armas cortas”.
El saldo del combate fue la muerte de 10 soldados, 1 sargento, 1
subteniente y 12 guerrilleros. Además, 16 soldados fueron heridos de
gravedad, lo mismo que 2 oficiales y suboficiales, y 2 guerrilleros.
El hecho en cuestión, narrado en este artículo de forma harto
resumida, es deliberadamente ocultado por la historieta de los años ’70
que ha vendido el kirchnerismo en complicidad con las mal llamadas
“organizaciones de Derechos Humanos” (cuya definición del derecho humano
está atravesada por criterios ideológicos) por una razón bien
específica: y es que las características propias de este episodio de
nuestra historia reciente conlleva una serie de componentes que bastan
para tirar por la borda toda la fábula setentista que se edificó con
fines políticos, económicos, revanchistas e ideológicos.
1) El ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29 demuestra
que la Argentina vivía por entonces una verdadera “guerra
revolucionaria” que estaba pasando de una fase estrictamente “terrorista
urbana”, a una fase de enfrentamientos directos a través del choque de
aparatos militares.
Montoneros hizo uso de su uniforme de guerra y empleó armamento
pesado (como la ametralladora MAG); en sus publicaciones, como la citada
Evita Montonera, definían como “guerra revolucionaria” el proceso que habían desencadenado en la Argentina.
2) La fecha del ataque (5 de octubre de 1975) demuestra que las
organizaciones guerrilleras, lejos de poseer ideales democráticos, se
propusieron derrumbar el régimen democrático con el objeto de instalar
un régimen dictatorial de corte marxista-leninista. En efecto, cuando el
ataque aconteció, no gobernaba Videla sino el peronismo.
3) La magnitud operativa del ataque demuestra la excepcional
capacidad militar de la organización terrorista Montoneros, la que hoy
es minimizada por los historietistas del setentismo a los efectos de no
ahondar y encubrir sus responsabilidades históricas.
Vale recordar, en este sentido, que apenas dos meses antes, en agosto
de 1975, Montoneros construyó un túnel subterráneo que pasaba debajo de
la pista del aeropuerto de Tucumán, colocando allí 5 kg de TNT, 60 kg
de diatemón y 95 kg de Amonita con detonador a distancia. Hicieron que
todo ello volara en mil pedazos justo cuando un C-130 de la Fuerza Aérea
con 114 gendarmes a bordo se disponía a despegar. Ejemplos como este
sobran, y sirven para poner de relieve el verdadero poder de fuego de
Montoneros.
4) Como se dijo, Montoneros estaba compuesto por jóvenes
provenientes de las clases medias y medias altas. Si quisiéramos
efectuar una lectura de clase, típica del marxismo, podría concluirse
del hecho de Formosa que jóvenes pertenecientes a la burguesía acabaron
con la vida de jóvenes que provenían de los estratos más bajos de la
sociedad. El soldado Sosa por ejemplo, muerto por los guerrilleros, era
obrero metalúrgico. En tanto que su atacante, el montonero Juan
Sebastián Hernández, era socio del Jockey Club de Rosario. El soldado
Luna, muerto también por los guerrilleros, provenía de una familia
sumamente humilde y era analfabeto. En tanto que el montonero Mayol,
entregador del cuartel, provenía de una familia que pertenecía al
aristocrático Club del Orden.
5) Hoy se dice que Montoneros fue la expresión de una “juventud
idealista” –esa juventud que hoy pretende encarnar, cuarenta años
después, La Cámpora– que “soñaba con un mundo mejor”. Pero al Regimiento
de Infantería de Monte 29 no entraron con libros sino con fusiles; no
fueron a dialogar sino a matar.
Hay una distinción fundamental entre el “idealismo” y el
“fundamentalismo”. Y es que para el primero, las ideas se concretan con
arreglo al diálogo democrático; para el segundo, en cambio, las ideas se
concretan con arreglo al medio que sea más eficaz, independientemente
de cualquier consideración ética. Los jóvenes montoneros no eran
idealistas, sino fundamentalistas.
Hoy 9 de octubre de 2014, en Plaza San Martín (Buenos Aires), a las
19 horas, se homenajeará a todas las víctimas del terrorismo que han
sido deliberadamente borradas de la memoria por una visión sesgada e
ideologizada de nuestro pasado reciente.
Concurrir y difundir es un deber que todos tenemos para con las víctimas.
(*) Agustín Laje es autor del libro “Los mitos setentistas” y
co-autor del libro “Cuando el relato es una FARSA”. Además, dirige el
Centro de Estudios LIBRE.
@agustinlaje | agustin_laje@hotmail.com
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La Prensa Popular | Edición 323 | Jueves 9 de Octubre de 2014
