viernes, 10 de octubre de 2014

OTRA MÁS QUE NOS REGALA

OTRA MÁS QUE NOS REGALA

 
Por si no bastara con el Sínodo, y en una escalada verborrágica urticante ya de más, Francisco entrega el estrambote, la clave hermenéutica de aquel terrible «no existe un Dios católico» confiado hace un año a su amigazo marxista Eugenio Scalfari para su ulterior divulgación orbital. 
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Ahora abundó, en el marco de sus acostumbradas homilías semi-pías (esas piezas de la más ostensible vaguedad doctrinal que pronuncia innecesariamente cada mañana), que
Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: son personas, no son una idea en el aire… ¡Este Dios spray non existe! ¡Existen las personas!
Cualquiera que contextualice el discurso en el pontificado en curso entenderá que la inmediata afirmación trinitaria o la aclaración «existen las personas» no arregla nada. Ni sirve pedirles a los presentes que «¡no se escandalicen!», salvo con una obvia intención antifrástica. Este hombre pretende lanzar la piedra y detenerla a la mitad de su recorrido. Y esto no es posible, máxime cuando no queda apenas vidrio sano a causa de otras afines bromas ya ensayadas.Todo consuena  rigurosamente. Si Bergoglio se atreve a escupir al cielo, tal como lo demuestra en ocasiones como ésta, ¿qué mucho que escupa en el plato del que come, cada vez que denigra a la Iglesia en su historia y en sus hábitos? ¿Por qué no será capaz, como el Viejo Vizcacha, de escupirles el asado a los demás para comérselo todo él, como consta en los casos de sañuda persecución emprendida contra las poquísimas órdenes religiosas y diócesis aún florecientes en medio del erial postconciliar?
«Dios no existe: lo dije, lo dije», podría monologar en lo escondido de sus aposentos este sujeto de quien permanecerá insoluble el problema de la legitimidad de su elección -problema que, después de conocerse el libro de Antonio Socci, divide a canonistas y suscita fuertes discusiones. La pregunta a esta altura es si no cabe sugerir la vacancia de la Sede ante un caso notorio de demencia, cualquiera sea la etiología de la misma, si psíquica o pneumática.
El caso es que, sea en el fragor de las tormentas que en la placidez de un manso crepúsculo, en cualquier momento del doliente día del católico que asiste a los horrores que vierte Roma sobre el mundo, los oídos logran captar los acentos de una catilinaria sideral que avisan sobre la Mano pronta a caer: quousque tandem abutere, Francisce, patientia nostra? Y no hay blasfemia de Bergoglio que logre ahogarla.