Panorama político nacional de los últimos siete días Humos de fin de ciclo
Unos meses antes de morir en España, el pensador favorito de la señora de Kirchner, Ernesto Laclau, reflexionaba sobre la re-reelección de la Presidente: “Una democracia (…) en América Latina se basa en la reelección indefinida (…) una vez que se construye la posibilidad de cambio en torno a cierto nombre, si ese nombre desaparece, el sistema se vuelve vulnerable”.
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Un hecho cierto: en octubre de 2015 el apellido
Kirchner no figurará entre los candidatos a la presidencia.
Faltan 12 meses para las próximas, decisivas elecciones presidenciales.
Esto se puede describir como “todavía un año” o “apenas un año”, según
sea la perspectiva del observador, pero, en cualquier caso, ese es el
tiempo.
Resulta interesante observar como experimenta el núcleo duro del
gobierno el declive fatal que la Constitución le impone a su ciclo.
Con una costosa broma, los muchachos de La Cámpora – los mosqueteros K-
expropiaron simbólicamente el diario Clarín y confesaron, con sus
fingidas ediciones fechadas el 11 de diciembre de 2015, que se saben
derrotados. Eso sí: describieron ese escenario de caída como un triunfo
de los fondos buitre. El vencido no es el kirchnerismo, sino la patria.
Para el círculo rojo presidencial, todos los adversarios representan a
“la antipatria”, al enemigo.
Se sabe, ese adversario es pérfido, insidioso y plural: está afuera y
adentro, en Oriente y en el Norte, demanda dólares,”encanuta” autos o
soja, aumenta los precios o los deprime, declara desacatos, da consejos
desde alguna embajada o publica noticias desalentadoras en sus medios.
La Presidente da pelea en múltiples frentes. Da por sentado que ceder a
los reclamos o consejos de racionalización del gobierno equivale a
retroceder frente a esas fuerzas adversarias que define como
“destituyentes”. Para ella los pedidos de mayor racionalidad oficial
son eufemismos para debilitarla durante la transición, por eso juzga
cualquier muestra de debilidad frente a ellos como sinónimo de
capitulación. Esclavo de la lógica confrontacionista e intransigente que
le resultó redituable durante varios años, el vértice kirchnerista se
ve sometido a un dilema que sólo le permite elegir entre dos modalidades
de derrota: o retrocede haciendo concesiones a la presión adversa o
retrocede dándole batalla. Opta por la última y está incluso dispuesto a
disfrazar de guerra las concesiones: habrá que esperar a después de
enero para ver cómo se explica épicamente una negociación con los
malvados holdouts.
Pero, aunque triunfe en alguna escaramuza (de hecho, conserva legiones
parlamentarias que todavía levantan la mano cuando se los reclama y
consiguen aprobar leyes y códigos antes de que cante un gallo), en la
Casa Rosada prevalece la oscura certidumbre de que no puede ganar la
guerra contra el tiempo: en octubre de 2015 se vota y en diciembre
“sanseacabó”, como diría Kirchner junior.
Es la conciencia de que esa guerra está perdida lo que infunde frenesí e
hiperactividad al oficialismo.
Eso, y el registro minucioso del tránsito discreto pero inexorable desde
la disciplina a la deserción en lo que han sido sus propias filas.
Que quien fue un año atrás su principal candidato legislativo en la
provincia de Buenos Aires esté tramitando el pase a las filas de quien
lo derrotó (y sepultó simultáneamente las ilusiones re-reeleccionistas)
es un trago muy amargo.
No es el único, por cierto. Después de que ella denunció públicamente en
dos ocasiones que intereses externos (islamistas fanáticos y “el
Norte”) pretenden destituirla o atentar contra ella (“hacerle algo”), el
estado mayor del peronismo –gobernadores, intendentes, jefes políticos
territoriales- se calló unánimemente la boca, como si no hubiera
registrado tales palabras. Indudablemente la Presidente escuchó (e
interpretó cabalmente) ese estentóreo silencio: los cronopios peronistas
aplican su célebre recomendación sobre el comportamiento en las
ceremonias fúnebres.
Es el fatal declive de la transición y el tic tac del debilitamiento
cotidiano lo que impulsa a la Casa Rosada a sobreactuar sus ademanes de
autoridad. ¿La ejecución pública de Fábrega no fue suficiente? ¡Vamos
por Clarín!¡A la carga, Barracas!
La decisión de irse nuevamente al humo sobre el grupo periodístico que
conduce Héctor Magnetto e impulsar intempestivamente y por decreto su
desguace, con indiferencia de que estuviese en trámite su
reorganización voluntaria en el marco de la Ley de Medios (y de que el
gobierno se abstenga de ese celo, o recelo, con otros grupos en trance
de reestructuración) parece otra señal de la patética necesidad de darse
humos de fortaleza donde sólo hay creciente debilidad y capricho.
Es, asimismo, una reacción frente a la opinión pública. Hasta la derrota
electoral del año último, el oficialismo se sentía legitimado para
actuar contra todo aquello que sentía como un límite invocando el 54
por ciento obtenido en las urnas en 2011. Ese argumento quedó disuelto
en los comicios de 2013. Es, además, un argumento chueco: una mayoría
circunstancial no da derecho a cualquier cosa.
Por otra parte, como ha señalado el politólogo y economista francés
Pierre Rosanvallon, “el principio de base de la democracia es la
legitimación del poder por el pueblo por las elecciones, pero sólo se
vota cada dos, cuatro o cinco años; entonces, hay un principio fundante,
pero también el riesgo de una dimensión intermitente de la
democracia.(…) ¿Cómo vive la democracia de manera permanente? Por la
manifestación de las exigencias, los reclamos de que el poder no
traicione sus promesas (…): no se puede hablar de democracia, pues, sin
hablar de ese otro costado que es el conjunto de desafíos y puestas a
prueba, exigencias y contrapoderes de la actividad democrática
cotidiana…"
La prensa independiente es el más notorio de esos contrapoderes, pero no
el único: los gobiernos son interpelados por los ciudadanos y también
por las instituciones, las costumbres, las corporaciones…y los mercados.
Debe rendir examen en todos esos escenarios. Y no sólo cada tantos
años.
Cuando aprobó la constitucionalidad de la Ley de Medios, la Corte
Suprema instruyó sobre su aplicación: "debe respetarse la igualdad de
trato tanto en la adjudicación como en la revocación de licencias, no
discriminar sobre la base de opiniones disidentes, ajustarse a los
requerimientos del debido proceso en todas sus decisiones”. A la luz de
ese antecedente, es más que probable que la nueva ofensiva contra Clarín
(inaugurada bizarramente con la estudiantina de La Cámpora) rebote en
el ámbito de la Justicia. ¿Se lo interpretará como otra manifestación
del complot universal? ¿Veremos entonces otra marcha sobre Tribunales?
¿Se repetirán contra magistrados criollos las acusaciones y
discriminaciones descerrajadas contra el juez neoyorquino Thomas Poole
Griesa?
Con ademanes no se logra detener el reloj. Nadie la talla contra el
tiempo, o contra el destino, como prescribe el tango “Adiós muchachos”.
Jorge Raventos

