¡ SON LOS LOS DOGMAS DE LA FE, ESTÚPIDO!
[Un gran artículo que da en la Diana de todo lo que está pasando ante nuestros ojos, sin reacción de obispos, teólogos y canonistas. Lo peor es que esta falta de reacción de personas corrompidas es el argumento mayor para seguir diciendo ¡Sin novedad señora baronesa!]
¡¡MALDITOS DOGMAS!!
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La
verdad es que si no fuera por los dogmas que han quedado fijados por la
Iglesia Católica a lo largo de los siglos, algunos estarían
obligándonos desde hace tiempo a estar arrodillados ante Mahoma, Buda y
todos los Dioses del Olimpo. Los dogmas están ante nosotros, definidos
por la Iglesia a partir de la Revelación y por tanto, son parte esencial
de la Enseñanza Divina a los hombres. Claro que si se empieza a no
creer en la Revelación, se acaba pensando irremediablemente que tampoco
es creíble lo que deriva de Ella. Los enemigos de los dogmas, siempre
han atacado a los contrarios llamándolos dogmáticos,
apelativo que para ellos es el insulto mayor que pueda hacerse, una vez
que ha salido todo el mundo del armario y no se puede llamar a nadie
mariquita o mariposón, sin peligro de que te metan en la cárcel. Señalar
a alguien como dogmático o acusarle de que está encerrado en los dogmas, es para ellos una afrenta o un agravio capaz de mermar las fuerzas del peor enemigo.
Oigo
muchas veces ahora hablar en contra de los dogmas de la Iglesia. Hasta
hace poco, venía al convento un panadero que por lo visto se empapaba de
programas de televisión mientras horneaba los panes, y se despachaba a
gusto con el hermano portero sobre la necesidad de superar estas cosas del pasado,
que ya no se estilan. Lo decía con tal prosopopeya y engolamiento, que
el pobre hermano tenía que sufrir pacientemente los minutos que duraba
la disertación del citado ignorante.
Lo
mismo ocurre con algunos de mis novicios, que dogmatizan
inconscientemente sobre la necesidad de que no haya dogmas y se quedan
tan panchos. Vuelven de la universidad o de sus reuniones catequéticas,
siempre con el mismo sonsonete. Y no digamos cuando vuelven de algún
cursillo sobre teología.
Mi
capacidad de reir con estas gentes ante tamaños disparates es infinita,
y ni siquiera me preocupo de hacerles ver su error, ya que sería
inútil, dado que proviene de cerebros tan escasos de materia como
abundantes en criterios televisivos, lo cual ya de por sí hace imposible
la tarea.
Sin embargo, esta mañana me he desayunado el picatoste escuchando a algunos monjes comentar que el Santo Padre ha dicho que la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma.
No puede ser verdad, me he dicho a mí mismo. Y he de reconocer que esto
ya no me ha dado ninguna risa. Porque las barbaridades dichas por el
panadero pueden pasar, las dichas por los jovenzuelos novicios mal
formados, también. Pero dichas por el Sumo Pontífice, adquieren un tono
de preocupación, inquietud e intranquilidad, que raya en lo trágico.
¡Quién me iba a decir a mí que escucharía estas palabras de labios de un Pontífice, antes de morirme!
Porque
lo que reflejan estas consideraciones hechas (además) a un periodista
-otra vez las declaraciones a los periodistas-, llevan una carga
malévola y malintencionada de la que no puede salir nada nuevo. Y si me
lo permiten, retrata de arriba abajo al que las pronuncia. Porque se
supone que el que las perpetra es justamente el encargado de guardar los
dogmas como algo intocable. Pero no. Hay que reinterpretarlos, o sea,
hay que darles la vuelta, manipularlos, sobarlos, zarandearlos y
torcerlos. Dios sabe cuál podrá ser el resultado final, pero desde
luego no será nada bueno.
La insistencia machacona en que este Sínodo de la Anti-Familia es pastoral (ya
estamos como en el Concilio Vaticano II), no puede presagiar buenos
resultados. No hay más que ver los reportajes aparentemente ingenuos que
ya van surcando internet, con las primeras declaraciones de unos, con
las exposiciones iniciales de otros y las chorradas de una experta
española declarando que todo va muy bien y que promete. Me llama la
atención que todavía no haya sacado la cabeza el cardenal Kasper, pero
tal cosa está prevista, para que veamos que también hay muchos otros
cardenales que piensan así. Y no sólo él. Bueno, por lo visto así piensa
también el Santo Padre, sin lugar a dudas.
Así
las cosas, queda declarada la guerra a los dogmas, esas malditas
verdades que quisieron imponernos en otros tiempos, pero que ahora vamos
a reinterpretar, renovando los lenguajes de la fe. Obsérvese el palabro que se utilizará para encandilarnos cuando salgamos del armario de los dichosos dogmas.
Y como tampoco creen en el pecado, lo minimizan considerando que la Eucaristía es para los imperfectos,
no para los que hacen todo bien. O sea, la Eucaristía es para los que
pecan, no para los que están en gracia de Dios. Otra chocarrería de Su
Santidad, dicha ya hace tiempo y repetida ahora por todos los bobos y
majaderos eclesiales.
Eso sí. Todo esto se ha montado para ayudar y acompañar a
estas pobres gentes que pecan y que no se quieren bajar del burro. Y
tenemos que abrir nuestros ojos a la realidad, por supuesto. Como si la
Iglesia nunca hubiera ayudado a los que de buena fe se sienten agobiados
por situaciones penosas. Ahora todo es distinto a los tiempos
anteriores: ahora es cuando se comprende a los pecadores, ahora es
cuando la misericordia ha hecho su aparición, ahora es cuando la verdad
va a estar fuera de la hornacina de los dogmas estables y tiesos, para
encontrarla a cada paso en el peregrinar del amor fraterno.
Menos mal que el Cardenal Maradiaga (otra vez ante los focos), nos ha tranquilizado diciendo que el Espíritu Santo no está de vacaciones ni durmiendo la siesta,
lo cual es un mensaje para que veamos que realmente lo que salga de ahí
será obra del Espíritu Santo. Pobre del que lo ponga en duda. Pero me
gustaría que Su Eminencia no fuera tan gracioso y tan superficial.
Mientras
rezaba Tercia en el Coro, he pedido a nuestro Señor por su Iglesia. Y
cuando he celebrado la Santa Misa y he llegado al lugar en que se pide
por la Iglesia Santa y Católica quam pacificare, custodire, adunare et regere digneris toto orbe terrarum, una cum famulo tuo Papa nostro…, no he podido evitar que se me saltaran las lágrimas.
