Tu, was du musst,
Sieg oder Stirb,
Und lass Gott
Die Entscheidung

(Inscrito en una estela funeraria alemana)



La Primera Guerra Mundial produjo una excelente literatura, mucho mejor que la Segunda, y en Alemania ocasionó la aparición del genio olímpico y frío de Ernst Jünger, con su muy conocida novela Tormentas de acero, que en realidad es un diario llevado con la fría distancia de entomólogo que le caracteriza. Como todo lo que sale de la pluma del gran anarca, tiene algo de sobrehumano, de impasible; parece escrito por un hombre de mármol para lectores de acero. Muy otra, sin embargo, es la experiencia literaria que nos llega a través de Walter Flex, caído en combate en 1917, o del narrador que es el objeto de este artículo, Ernst von Salomon, autor de Los proscritos (Die Geächteten, Unitall, 2011), una novela clave para entender el período que va de 1918 a 1923 y que, frente a la musa fría de Jünger, rebosa humanidad, pasión, locura y excelentes escenas de combate, de conspiración y de cárcel. Si una obra de arte ha sabido reflejar el mundo de los militantes políticos del período de entreguerras, esa es Los proscritos.


Si el lector quiere hacerse una idea de la historia, imagínese una mezcla de un Bildungsroman al estilo del Demian de Hesse, entreverado con las pasiones irracionales de Demonios de Dostoievski, con el aderezo de la prosa cortante y exacta de Stendhal y con escenas de batalla que no desmerecen del mejor Tolstói o del propio Jünger: de todo eso hay en Los proscritos, una obra maestra a la que lo políticamente correcto ha desterrado de las bibliotecas y los manuales de literatura, pero que nadie que desee conocer el espíritu de la época puede dejar de leer. Además es extraordinariamente entretenida y mantiene un ritmo narrativo muy ágil, que será clave para convertir a su autor en un competente guionista de cine años después. Sin duda, si alguna vez llegan tiempos mejores, Los proscritos tendrá su película. De momento, permanece en la semioscuridad, en los estantes de la literatura maldita, como la colosal novela de Rebatet Les deux étendards.
Von Salomon (1902-1972) fue demasiado joven como para participar en la Gran Guerra, y la Revolución de Noviembre le sorprende de cadete, episodio con el que se inicia Los proscritos, durante el poco glorioso derrumbe de la monarquía guillermina y el amotinamiento de los marineros de Kiel. La revolución se presenta al desconcertado adolescente como una posible forma de redimir a su patria de la derrota. Después de un inicial rechazo, trata de incorporarse a ella, impresionado por la masa, por el enjambre móvil de la gente de a pie, unida en una corriente imparable, contra la que no valen alambradas ni piquetes de soldados. El seis de enero de 1919 el joven cadete asiste al momento decisivo de la revolución alemana: las masas toman Berlín y esperan una acción de sus dirigentes, una orden que no llega mientras los teóricos socialistas discuten y discuten y discuten, justo al contrario de lo que hicieron los bolcheviques poco más de un año antes en Petrogrado. "Han querido algo grande y no han hecho nada". Como temía el cabo Hoffmann al ver fluir la riada humana por las avenidas de Berlín, iban a dejar pasar el momento irrepetible. Pero es que aquello no era el pueblo, era la masa, la humanidad sin organizar, sin identidad, capaz de destruir el orden en un motín, pero incapaz de construir algo perdurable sin la férrea dirección de una élite revolucionaria. Y el marxismo, en Alemania, fue siempre cosa de burócratas y profesores.
¿Dónde estaba el pueblo? ¿Dónde, Alemania? En el ejército que regresa del frente, entre los combatientes, los Frontkämpfer, que no figuran en los soviets de soldados sin soldados de Turingia y de los que se burla el autor. Mientras, en Weimar, protegiendo a la asamblea constituyente, el joven voluntario acampa con los recién creados Cuerpos Francos (Freikorps). ¿Está allí la patria, en esa asamblea de orondos juristas y próceres? Alemania ardía oscuramente en algunos cerebros audaces, pero, sobre todo, Alemania estaba en la fronteras que la paz de Versalles ponía en peligro. Y allá va la generación perdida alemana, mucho más heroica e interesante que la yanqui, a combatir en la Alta Silesia, en Annaberg, o en el Báltico, hasta las puertas de Riga, en esa gesta donde se fogueará von Salomon y que tan bien recreó Dominique Venner. Si el lector es aficionado a la literatura bélica, le recomiendo que no se pierda estas páginas de Los proscritos, con toda su hermosa violencia.
Acabada la aventura báltica, regreso a la Alemania del caos y las revueltas que van desde el 9 de noviembre de 1918 hasta el 9 de noviembre de 1923. Nuestro protagonista se mete en pleno torbellino: está a punto de morir linchado por los rojos durante el Putsch de Kapp, donde comprueba que los aristócratas guillerminos, die alte Herren, no son enemigo para las masas proletarias. Sin embargo, se perderá el golpe de Munich al estar cumpliendo pena de presidio por el asesinato de Walther Rathenau. Por la novela pasan fulgurantes todos los protagonistas de la militancia nacional y revolucionaria de aquel tiempo: Schlageter, Ehrhardt y, sobre todo, Erwin Kern, el modelo del militante nacionalista alemán, que no duda en adoptar el terrorismo como método de acción directa y de jugarse la vida en el empeño. Si la primera parte del ciclo narrativo esta dedicado a los Freikorps, la segunda describe la acción terrorista de la Organización Cónsul, famosa por los asesinatos de Matthias Erzberger y Walther Rathenau, personaje este último odiado y admirado a un tiempo, en cuyo atentado von Salomon fue cómplice. En un medio paranoico y exaltado, al que exacerban la hiperinflación, la ocupación francesa el Ruhr y el separatismo renano, la reacción de los jóvenes nacionalistas no se hará esperar. Los miembros de la Organización Cónsul aceptan convertirse en criminales, con la muerte y la cárcel libremente asumidas, y quedar fuera de la ley con todas las consecuencias para cumplir con su destino, igual que los islandeses de las sagas nórdicas.
Y la tercera parte del ciclo es una dura recreación de la vida en la cárcel, donde la desesperación, el autoanálisis y las mínimas batallas del recluso dominan el espíritu del protagonista. Al salir de la prisión, durante el breve y próspero período de Stresemann, las cosas no son mejores; se asombra del aspecto maquinal de los viandantes, de su automatismo: "lo que me heló de espanto fueron los hombres. ¡No tenían rostro! Mejor dicho, tenían todos el mismo rostro... Andaban con estolidez, sin alegría y sin expresión, como máquinas, dando señales de vida, pero sin vitalidad". ¿Es esa la libertad del hombre moderno? No será la única vez que von Salomon salga de las cárceles: será detenido al llegar Hitler al poder y de nuevo pasará un año encerrado bajo la ocupación aliada, pese a no haber militado nunca en el partido nazi. Igual que Jünger, Ehrhardt, Rossbach y tantos otros miembros de los Cuerpos Francos y de la Revolución Conservadora, sus relaciones con el nazismo fueron conflictivas, sobre todo porque la mujer de von Salomon era judía y el autor nunca ocultó una cierta inclinación por los comunistas, cosa que se puede comprobar en Los proscritos con las figuras del cabo Schmitz, que milita en el Frente Rojo, o Edi, su amigo de prisión. Su desprecio por los americanos tampoco le valió muchos amigos después de 1945. 
Como resumen de sus andanzas juveniles, von Salomon no tiene sino una sola explicación: "Sabía que no nos habíamos equivocado. Vivimos como nos impulsaba el espíritu de la época ... Habíamos vivido peligrosamente porque el tiempo era peligroso, y como la época era caótica todo lo que pensamos, hicimos o creímos fue siempre caótico". Quizás aquí se encuentra la gran diferencia entre los dos mejores artistas de la Revolución Conservadora: en Jünger todo es orden; incluso en el caos hay un pathos de la distancia apolíneo, goethiano. En von Salomon es la vida inmediata, dionisíaca y nietzscheana la que siempre desborda cualquier orden.