Populismo de laboratorio: el caso Podemos

Decía Clemenceau que la guerra es demasiado seria como para dejarla en manos de los militares. Si retomamos la expresión, hoy podríamos decir que el populismo es demasiado serio como para dejarlo en manos de los politólogos. El caso del partido “Podemos” es un ejemplo.   

Podemos se aupó sobre una gran ola de descontento: la generada por la crisis económica de 2008, que tuvo su expresión simbólica en el movimiento de los “indignados” que ocuparon la Puerta del Sol en mayo 2011. Fundado en 2014 por un grupo de politólogos y militantes de extrema izquierda, el nuevo partido alcanzó un éxito fulgurante que se explica, entre otras razones, por su hábil uso del factor populista: la idea de la gente corriente contra las élites, el pueblo contra “la casta”. Un discurso impulsado por el hartazgo con los viejos partidos, por un entorno mediático favorable y por un uso inteligente de las redes sociales. Podemos pasó de la nada a ocupar la tercera posición en el escenario político español.


Normalmente se califica a Podemos de “partido antisistema”. Pero hay razones para pensar todo lo contrario: que se trata de un partido plenamente sistémico. Podemos no es la obra de unos intelectuales en pugna transgresora contra la cultura hegemónica, sino todo lo contrario. Podemos es el resultado de una hegemonía cultural de izquierda que lleva medio siglo, en España y fuera de ella, enseñoreándose de todos los aparatos de producción y reproducción de lo social, con el beneplácito del capitalismo más depredador y sus políticas neoliberales.
En el corpus teórico de Podemos confluyen los siguientes elementos:
  • La tradición comunista reformulada, en sus aspectos estratégicos, por las teorías de Gramsci sobre la importancia del poder cultural en la construcción de hegemonía.
  • La “corrección política” elaborada en los campus americanos, sobre la base de la french theory, la deconstrucción y los estudios culturales.
  • Un antifascismo de opereta, como fantasía épica para los hijos de clase media nacidos tras la transición política.
  • Una afinidad sentimental con los populismos de izquierda latinoamericanos: bolivarismo, indigenismo, etcétera.
  • Un aporte profesoral de “republicanismo ilustrado”, que en la práctica poco se diferenciaría de la socialdemocracia escandinava.
  • La teoría populista de Ernesto Laclau. Éste es el componente que aquí nos interesa.
Populismo cool
La aventura podemita es el mayor intento producido hasta la fecha de aplicar las teorías del profesor Ernesto Laclau. O sea, un populismo de laboratorio.
Recordemos brevemente: para Laclau el pueblo es una “construcción discursiva” y no una realidad a priori – ya sea cultural histórica o étnica–. El pueblo, por lo tanto, hay que “construirlo”,  y ello a través de “cadenas de demandas” que se articulan según una “lógica de equivalencia”, con el objetivo final de apoderarse de la hegemonía. Pero Laclau es postmarxista. Los actores hegemónicos en esta lucha no serán los obreros, sino los elementos extranjeros al sistema, los “oprimidos”, todo eso que Laclau llama “lo heterogéneo”. “La extensión de la categoría de lumpen-proletariado – señala el profesor argentino–  manifiesta aquí todas sus potencialidades”.[1] Chantal Mouffe precisa que esos actores serán “las mujeres, los trabajadores, los negros, los gays, los ecologistas y  los nuevos movimientos sociales”.[2] Por lo tanto no se trata aquí de renegar de  la ideología liberal y democrática, sino al contrario, de “profundizar en ella y expandirla hacia una democracia radicalizada y plural”.[3]
Todo este lenguaje nos es familiar. No está lejos de las teorizaciones posmodernistas sobre las “minorías visibles” como agentes de transformación social. Un enfoque liberal-libertario inherente a la lógica capitalista, con las “nuevas clases creativas” – los burgueses-bohemios, los inmigrantes y las minorías variopintas– exaltadas como fuerzas productivas a escala mundial.[4] El uso por Laclau y Mouffe del término “heterogeneidad” nos aproxima a ese mundo de la “diversidad”, el fetiche favorito de las narrativas mundialistas. Lo que no es muy original, si tenemos en cuenta que ya en los años 1980 el Partido Socialista francés había optado por dirigirse de forma preferente a las minorías. Un giro liberal cuya culminación es el Informe del Thank Tank Terra Nova en 2011, que identificaba la base electoral de la izquierda en los jóvenes urbanitas y las minorías sociales, no en las clases trabajadoras.  
En toda esa atmósfera cultural, Podemos está como pez en el agua. El barómetro poselectoral del CIS de abril 2016 revelaba que, en las elecciones del 20 de diciembre 2015, Podemos era el favorito para los españoles que declaraban rentas familiares de más de 1.800 euros: médicos, profesores y otros profesionales liberales con rentas medias y altas. “Podemos – señala el profesor Fernando Vallespín – se convirtió así en el partido preferido de los privilegiados del espacio ideológico progresista. Ni siquiera consiguieron convertirse en un partido “de clases”, como sí quedó configurado el PSOE después de su aparición. Podemos era ante todo voto joven y urbanita y de estudios superiores”.[5]
“Todavía hay gente que no entiende – twitteaba en 2014 Juan Carlos Monedero, líder de Podemos – que hoy en una revolución, Lenin escucharía hip hop, el Che estaría en los medios y Marx sería un hacker”. La portavoz parlamentaria Irene Montero decía en 2016 que “Podemos debe ser una fábrica de amor para hacer frente al poder restaurador de las élites”. Love is in the air. Un pequeño detalle: Podemos nació en 2014 en Lavapiés, un barrio gentrificado del centro de Madrid que fue elegido en 2018 por la revista Time Out como el barrio más cool del mundo.[6]

Cadena de equivalencias fallida
Cinco años después de su fundación, Podemos se desgarra en disputas internas y está a la baja en los sondeos. Peor aún: este partido ha generado un fuerte sentimiento de repulsión en buena parte de la población española. Algo imperdonable para un partido que quería funcionar como “agregador” de una cadena de equivalencias que le llevaría a la gloria.
¿Es posible explicarlo en la jerga de Laclau? Recordemos el invento: las cadenas de equivalencias, los significantes vacíos, los puntos nodales, el lazo libidinal con el líder, la dislocación discursiva, el pueblo como metáfora, la importancia de los afectos, etcétera, etcétera.  ¿Qué se hizo de todo ello?
Observemos de cerca la famosa cadena de equivalencias. Simplemente, Podemos eligió mal los eslabones. “La corrupción”, “la precariedad”, “el paro”, “no nos representan”… todos esos eslóganes fueron amarrados por unos puntos nodales –“la casta”, “la gente”, “la decencia”, “la trama”– que, en su vaguedad, pronto cayeron en descrédito. Los significantes vacíos – “el pueblo”, “la patria”, “la nueva política” – no llegaron a cuajar, cuando resultó que, con Podemos en las instituciones, la nueva política se parecía a la vieja, la patria se podía trocear en patrias más pequeñas y el “pueblo” consistía en una cabalgata de independentistas, burgueses-bohemios, feministas radicales, minorías étnicas, LGTBIQ, ecologistas, agraviados y perroflautas. En un análisis preciso, el periodista Esteban Hernández señala que Podemos “no ha sabido identificar ni utilizar las variables que han hecho triunfar a estos movimientos (los populistas) en esta época”.[7] El populismo es ante todo una rebelión contra la globalización. O para ser más precisos: es una rebelión contra algunas consecuencias que la globalización tiene para el pueblo. ¿Y qué le dice Podemos al pueblo que sufre las consecuencias de la globalización?
Más o menos, le dice lo mismo que le dicen los neoliberales: que la culpa es suya. En palabras de Esteban Hernández: “su respuesta parte del mismo lugar que la neoliberal, aunque elija un desarrollo distinto. Éstos decían a esa gente que siente miedo, que teme por su futuro y que cada vez tiene menos esperanza, que hay un mundo de oportunidades enormes ahí fuera y que si no saben sumarse a él es responsabilidad suya: que no se forman, no se actualizan, no se reinventan, han quedado obsoletos. La izquierda les dice que si las cosas van mal es por su culpa, porque se han quedado anclados en el pasado del hombre blanco de mediana edad, y que son un conjunto de sexistas, homófobos y en el fondo racistas, y que si les va mal mejor para todos”.[8]  Con su seguidismo borreguil de los histerismos culturales anglosajones, Podemos se alienó a trabajadores que tienen problemas más prosaicos, tales como la precariedad en el empleo, las deslocalizaciones, la migración de repoblación y, de forma creciente, la culpabilización de los hombres por la ideología de género.
La estrategia de comunicación del partido tampoco resultó afortunada. Su “uso de los afectos” – los corazones, las fábricas de amor, la ternura con los débiles y la sonrisa de un pueblo – escenificó el paso de lo sublime a lo ridículo. Y para rematar la faena, el “vínculo libidinal” entre la masa y el líder se fue al garete cuando el líder (que no se resignaba a su papel de “significante vacío”) puso a su novia de lugarteniente y se compró una mansión, lejos de la plebe populista y de la convivencia multicultural tan predicada por su partido.
Construir pueblo, deconstruir la nación
Podemos ha dirigido su artillería contra un escenario que para ellos representa el cúmulo de los horrores: la identificación entre el pueblo y la nación. La posibilidad de que el pueblo se reconozca en la forma-nación existente es la pesadilla a evitar a toda costa. El objetivo del populismo de izquierdas es dividir la nación, segmentarla en antagonismos irreconciliables, disolverla en heterogeneidades ¿A qué se debe tanta aversión?
Dejando aparte el motivo más aparente – el resabio marxista contra la nación como “superestructura opresora” – existe otra razón de fondo, que Laclau desarrolla de forma alambicada. Como sabemos, para el teórico argentino – y en esto se diferencia del marxismo –  nunca podrá alcanzarse un estado de cierre o “plenitud social”. La idea de una totalidad social reconciliada consigo misma le es extraña, algo en lo que se advierte la influencia de Lacan.  Al igual que la psique humana está marcada por una fisura/escisión constitutiva, lo social también está atravesado por múltiples fisuras que nunca alcanzarán su punto de sutura, su momento de cierre. El populismo crece en esa atmósfera de heterogeneidad y disenso crónico. No obstante, el populismo no renuncia al sueño de esa totalidad o plenitud mítica (aunque sepa que alcanzarla es imposible) porque eso es precisamente lo que permite mantener viva la llama populista. Por eso la “construcción del pueblo” se organiza en cadenas de demandas cuya virtualidad consiste en permanecer insatisfechas, sólo así pueden ser politizadas, sólo así son investidas de sentido político. Porque si las demandas pudiesen ser satisfechas – por los mecanismos institucionales, jurídicos y organizativos de la nación – ya no podrían llevar agua al molino populista. La retórica populista quedaría reducida a una trivial demagogia.[9] Para evitarlo, el objetivo del populismo es centrar la atención no en las “demandas democráticas” – aquellas que pueden ser satisfechas por la nación–, sino en las “demandas populares”: aquellas que nunca pueden satisfacerse. “Nuestro trabajo consiste en organizar la insatisfacción”, decía Henry Ford al referirse a la sociedad de consumo. El populismo de izquierdas es una pasión triste, un eterno resentimiento, un bucle melancólico que sólo medra en la frustración de demandas insatisfechas.
En todo este esquema la nación es un estorbo. El patriotismo es todo lo contrario de una pasión triste. La nación es un orden vertical, una mirada hacia lo alto, un vínculo que no nos invita a pedir y a reclamar, sino a darlo todo. Julius Evola habría dicho que cumple una función anagógica. La nación es sed de comunidad, aspira a reconciliar diferencias, nos liga a los que nos han precedido y a los que vendrán. La nación nos hace experimentar aquí y ahora – siquiera fugazmente – ese ideal de plenitud que sabemos imposible. Esta pulsión holista es la peor pesadilla del populismo de izquierda. Porque éste se basa en la división de la nación, en la destrucción de su naturaleza inclusiva, en la disociación entre la nación y el pueblo. “El populismo – dice Laclau –  exige la división dicotómica de la sociedad en dos campos, uno de los cuales se presenta como la parte que pretende ser el todo; esta dicotomía implica una división antagónica del campo social”.[10] La plebe populista aspira a devenir pueblo hegemónico y a ocupar el centro del tablero. Sobre las ruinas, si es preciso, de la nación existente. Y con la promesa implícita de construir otra nación: la suya.[11]
Construir pueblo, deconstruir la nación. En ese contexto las palabras “pueblo” y “patria” se convierten en significantes vacíos, y para ello hay que vaciarlas de todo residuo anterior.  Para Podemos las nociones de “patria española” y de “pueblo español” quedan arrumbadas al desván de la historia. La idea de patria se “resignifica” en “gente” (“mi patria es la gente”) o en cuestiones socieconómicas (la patria es “la sanidad”, los “servicios públicos”, etcétera). La palabra “pueblo” se resignifica en una caravana de minorías e indignad@s. Claro que todas estas piruetas retóricas tienen un objetivo: evitar la palabra “España”, palabra maldita en el imaginario sentimental de la izquierda radical y sus confluencias.
En este contexto, es coherente que Podemos se alíe con todos los micro-nacionalismos que buscan desagregar la nación española. Una batalla cultural que no precisa de mucha imaginación. Basta con sumarse al leit-motiv desarrollado por la progresía española durante medio siglo: España=Franco. La figura del caudillo se proyecta sobre toda la historia anterior hasta los Reyes Católicos. Desde sus fortalezas mediáticas, institucionales y faranduleras, la mitología progre aporta narrativas sobre fondo añejo de leyendas negras, criminalizaciones del pasado e idílicas figuraciones de paraísos multiculturales, que España, como unidad política, habría venido a arruinar. En este como en otros temas, los de Podemos navegan con el viento en popa.
Pero parece que las cosas no funcionan como estaba previsto. Las metáforas no acabaron de cuajar. Las minorías y los indignad@s no llegaron a hacerse con el control del significante “pueblo”. El estallido de la crisis catalana, en otoño de 2017, terminó de desbaratarlo todo. Hacia la balcanización de España
En su embestida contra la nación, el populismo de izquierdas echa mano del arsenal de la deconstrucción: la realidad nacional es un fantasma, una perversión excluyente, un “esencialismo”; algo a evitar sin duda. Pero entonces, ¿por qué tanta complacencia con los micro-nacionalismos periféricos?  ¿Acaso éstos no invocan la intangibilidad histórica y metafísica de sus pequeñas patrias? Esta contradicción de Podemos se agrava, en el caso de Cataluña, por su colaboración con un nacionalismo impulsado, en última instancia, por la insolidaridad económica hacia el resto de España. Algo insostenible desde un enfoque coherente de izquierdas. “Aunque se presente como un irredentismo cultural – escribe el sociólogo francés Christophe Guilluy – el separatismo de los catalanes responde, ante todo, a una reacción de las regiones ricas frente a la crisis económica y el hundimiento de las clases medias españolas (…) se trata de un fenómeno fundamentalmente impulsado por la ideología liberal-libertaria característica de las nuevas burguesías (…) las clases dominantes utilizan aquí un sentimiento nacionalista real para imponer un modelo neoliberal que, in fine, redundará en perjuicio de las clases populares en España pero también en Cataluña”.[12]
Como compañero de viaje de este nacionalismo de tenderos (¡España nos roba!) Podemos se alejó de los trabajadores del resto de España. A partir de octubre 2017, tras el intento de golpe de Estado en Cataluña, la indefinición sobre este tema –  con algodonosas invocaciones al diálogo y a la necesidad de “seducir” a los catalanes– se dio de bruces con un escenario en el que gran parte del pueblo español pide posiciones claras. Para rematar la faena, la alianza de Podemos con  las “confluencias” regionales degeneró en un caótico ejército de Pancho Villa. De nuevo salió a relucir la atávica animadversión de la extrema izquierda española a la bandera de España, a la historia de España, a la idea de nación española, de pueblo español. Diríase que, de cara al porvenir, Podemos no tiene otro proyecto que la balcanización de España…
Con lo que el populismo de izquierdas se dio de bruces con esa dimensión de entramados simbólicos que está encastrada en la historia, en la psique colectiva, y que tiene tanto que ver con los hábitos de repetición, con la pulsión de muerte…
El “factor español” había sido evacuado demasiado alegremente de la ecuación.
Cuadratura de los círculos
Al escorarse hacia la extrema izquierda, Podemos perdió su atractivo populista. Conscientes del problema, algunos intelectuales podemitas empezaron a promover una aproximación hacia el mainstream progresista. En esta línea, el intento más socorrido es el de establecer un continuum entre el populismo de izquierda y un republicanismo cívico que se inspira en los ideales de la Ilustración.
¿Es posible un “Populismo ilustrado”? Este enfoque ha sido defendido, entre otros, por el filósofo Carlos Fernández Liria. En su obra “En defensa del populismo” Liria defiende la necesidad de “no regalar” a la derecha los ideales de la Ilustración: la democracia liberal, la separación de poderes, el pluralismo político, todo eso que el marxismo despreciaba como “libertades burguesas”. De lo que se trata aquí es de reivindicar sin complejos el carácter “de izquierda” de todas esas conquistas de la razón.
Lo curioso de este argumento es que viene a confirmar (seguramente sin proponérselo) una tesis del filósofo francés Jean-Claude Michéa: la izquierda tiene su origen histórico no en el mundo obrero y el primer socialismo, sino en la burguesía liberal e ilustrada del siglo XIX. Sólo a comienzos del siglo XX – a raíz del affaire Dreyffus – la izquierda estableció una alianza de circunstancia con el socialismo; un equívoco que llegó a su fin a partir de 1968, cuando la izquierda abandonó a los trabajadores y volvió a sus orígenes liberales.[13] Pero sigamos con la hipótesis del “populismo ilustrado”.
El relato – que intentamos simplificar al máximo ­–  dice más o menos lo siguiente: la historia es una lucha entre el Progreso y la Reacción, un combate épico entre Ormuz y Arimán, en el que hay momentos de luz –1968 es el último gran ejemplo – y otros muchos de penosa oscuridad (aquí entran las inevitables elucubraciones freudo-lacanianas sobre el lado tortuoso de la psique humana). Pero a pesar de los pesares, el progreso y la razón avanzan; en el siglo XVIII surgió la Ilustración y todo debía avanzar hacia un mundo mejor, cuando de pronto ¡sorpresa! surgió el monstruo: el capitalismo. Eso no estaba previsto y la Ilustración (aparentemente) no tenía nada que ver en el asunto. Adam Smith, Montesquieu, Locke, Quesnay, Mandeville, Kant, los teóricos del laissez faire y del “dulce comercio” no tenían nada que ver con el libre mercado, ni con la construcción filosófica del homo oeconomicus.[14] Pero sigamos.
Tras la aparición del capitalismo se produjo una reacción que salió torcida: el marxismo, que fracasó en su aplicación real. Superada esa fase, frente a la implacable victoria del capitalismo se impone recuperar la claridad de los ideales ilustrados. En este punto, el relato se aliña con una serie de declaraciones bienintencionadas – “frenar la dictadura de los mercados”, “salvar la democracia”, “retornar a la sensatez keynesiana” – con las que es difícil no estar de acuerdo. El populismo de izquierdas vendría así a salvar los muebles, al tiempo que, en un ejercicio de realismo, integra el pesimismo de Freud y Lacan sobre la naturaleza humana (las llamadas “malas noticias”) para domar la “pulsión de muerte” a través de la razón. Se añaden algunos guiños al cristianismo progresista. Todo muy bonito. Pero dejando aparte que se escamotean cuestiones teóricas de fondo – tales como una crítica pertinente a la modernidad, a la sociedad de consumo y a las condiciones culturales de la globalización – la cuestión que se plantea es la siguiente. ¿Es todo esto realmente populismo? ¿En qué se diferencia de una reedición progre de la vieja socialdemocracia?[15]
En realidad, para los intelectuales podemitas el populismo es un lastre. Por mucho que pretendamos lo contrario, el populismo tiene mala prensa, arrastra una imagen de demagogia, de caudillos providenciales, de derivas totalitarias. Y los intelectuales – dependientes en el fondo de ese discurso de valores dominante – acusan cierto cansancio en la defensa del populismo. ¿Para qué empeñarse en querellas nominalistas? Se suceden entonces los intentos de repensar el asunto, de dejar caer el lastre, de asumir la defensa de un republicanismo docto y aseado: un correctivo (que no una revolución) frente a los excesos del neoliberalismo.[16]
También hay otras opciones, típicas del mundo universitario. Estas consisten en envolverse en prosopopeya posmoderna e intentar que del galimatías emerja la fórmula salvífica. Algunas de estas críticas coinciden en deplorar los aspectos más “bonapartistas” de Podemos – tales como la estructura vertical y la importancia del líder– así como en reclamar un contenido más antiautoritario y anarca. En esta línea se enmarcan ocurrencias tales como la de un Podemos “anarco-populista, post-hegemónico y anti-verticalista”.[17] Algo que parece la cuadratura del círculo, en cuanto esa pretensión parece incompatible con la “lógica equivalencial” que reclama al líder como “significante vacío”. Este tipo de cogitaciones suele recurrir al prefijo “post” (“post-hegemonía”, “post-política”) y al ensamblaje de frases prefabricadas en los “estudios culturales”; un pensamiento IKEA que, si bien no alumbra grandes ideas, sí permite que el lector curioso amplíe su vocabulario, gracias al despliegue de “recursividades léxicas”, “capilaridades de la estructura discursiva” y un gafapastismo unchained ante el que el mismísimo Laclau habría tenido dificultades para aclararse.  ¿Algún resultado? [18]
Lo que ocurre con estas propuestas es que ya no son populistas. Pertenecen más bien a esa zona de confort liberal-libertaria que, en un texto anterior, llamábamos “izquierda liberasta”.[19] Esa izquierda responde a lo que el filósofo francés Charles Robin denomina la “lógica de horizontalización del liberalismo”, que se plasma en la destitución de las figuras de la autoridad, de lo simbólico, de la “verticalidad”. Todo ello con un beneficiario principal: el capitalismo mercantil. “Desde el momento en que el individuo se encuentra desvinculado de toda instancia trascendente – señala Robin –, desde el momento en que se encuentra aislado de sus semejantes, entonces se encuentra objetivamente en las condiciones morales y psicológicas de permeabilidad a todas las incitaciones mercantiles”.[20] El corpus dogmático de la extrema izquierda sirve a esta lógica, al “liberar” al individuo y dejarlo inerme frente al mercado.
En todo este contexto, Podemos es otro vehículo de des-comunitarización y atomización social, de construcción del individuo aislado y solitario del (neo) liberalismo.
¿Qué futuro para Podemos?
En la medida en que Podemos se aproximó a un verdadero espíritu populista –  la defensa de los más débiles frente a las élites – Podemos triunfó. En la medida en que Podemos acentuó su carácter de izquierda posmoderna, Podemos perdió el tren del populismo.
En su deriva de extrema izquierda, Podemos se estrelló contra una dimensión nacional que, a pesar de todo, continúa inscrita en la psique colectiva de los españoles. También se estrelló contra las realidades de clase. Trump, Le Pen y el Brexit fueron apoyados por la clase obrera de sus países. Los “chalecos amarillos” proceden de las zonas rurales y periféricas de Francia. Podemos obtuvo el apoyo del precariado pequeño-burgués, de los jóvenes titulados y de la gentry globalizada en las grandes ciudades. Por mucho que se empeñen los posmarxistas, la lucha de clases sigue viva y coleando.
El caso de Podemos nos muestra también los límites del constructivismo posmoderno, de esa logorrea de profesores que confunden la realidad con los “juegos de lenguaje”. Las cogitaciones de los “estudios culturales” pueden ser útiles para los virtuosismos de algunos universitarios, pero no para responder a las preocupaciones materiales de los perdedores de la globalización. La política como creatio ex nihilo – el populismo de los politólogos – se estrella contra la historia, contra los pueblos realmente existentes, contra ese núcleo duro de realidades obstinadas…
Que Podemos fracase como partido populista no significa necesariamente que tenga que  fracasar como partido político. Puede que Podemos tenga éxito como partido de extrema izquierda, o como partido de izquierda feminista-vegano-animalista, o como una “izquierda bisagra” que – como Syriza en Grecia – sepa plegarse a la gobernanza europea. O puede que se disuelva en una colección de “marcas” progresistas, a la mayor gloria de “dirigentes-emprendedores” con una visión start-up de la política.
En todos estos casos, ¿cuál es el significado de Podemos?
Podemos es la política de los “tiempos líquidos” del neoliberalismo. Podemos es el pueblo como metáfora y como significante vacío. Podemos es la nación como no-lugar de tránsito, como aglomeración de multitudes, como punto de reunión de las partículas elementales. Podemos es la demostración más rotunda de la tesis de Jean-Claude Michéa sobre la complementariedad estructural entre el liberalismo sociocultural (la izquierda) y el liberalismo económico (la derecha).
El verdadero populismo está en otra parte. El verdadero populismo es el que se enfrenta a los antagonismos transversales que están más allá de la izquierda y la derecha: el anti-mundialismo, la soberanía nacional, el proteccionismo, la desobediencia europea, la rebelión contra la corrección política, la inmigración. En todos esos debates, Podemos ha faltado a la cita.


[1] Ernesto Laclau, La Raison populiste, Éditions du Seuil 2005, pp. 177-178.

[2] Chantal Mouffe, El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical. Paidós 1999, p. 102.

[3] Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Siglo XXI España. 2001, p. 222.

[4] David Brooks, Bobos en el paraíso. Editorial Grijalbo 2001. Richard Florida, The flight of the creative class: the new global competition for talent. Harper Business 2005

[5] Fernando Vallespín y Máriam M. Bascuñán, Populismos. Alianza Editorial 2017, pp. 236-237. 

Diario El Pais, 25 junio 2016: “Podemos es el partido más votado entre las rentas medias y altas” (artículo de Jordi Pérez Colomé). Diario La Información, 15 febrero 2016 “¿Quién vota a Podemos? El partido seduce a empresarios y clases altas” (sobre datos del CIS).

[6] Diario El Pais 24-9-2018: “Lavapiés se hace con el título de barrio más cool del mundo” (www.elpais.com). Diario El Confidencial 2-12-2014: “Malasaña o los pijos que van de perroflautas”.

[7] Esteban Hernández, “Las claves del éxito populista (durante siglo y medio)”. En: El porqué de los populismos. Un análisis del auge populista de derecha e izquierda a ambos lados del océano. Coordinado por Fran Carrillo. Ediciones Deusto 2017, p. 105

[8] Esteban Hernández, Obra citada, p. 110

[9] “Cuando tenemos una sociedad altamente institucionalizada – escribe Laclau – la lógica equivalencial tiene menos terreno para operar y, como resultado, la retórica populista se convierte en mercancía carente de toda profundidad hegemónica”. Citado por José Luis Villacañas en Populismo. La Huerta Grande 2015, p. 56

[10] Ernesto Laclau, La Raison Populiste. Seuil 2005, p. 103.

[11] Señala Jose Luis Villacañas que “el populismo no es nacionalista, pero supone el pensamiento de la nación. Rompe la nación en casta y pueblo, pero el pueblo se eleva a representante de la universalidad de la nación. El pueblo es una sinécdoque de la nación. La parte que representan al todo”. (JL Villacañas, Obra citada, p. 69). Al igual que el pueblo se convierte en metáfora, la nación habrá de “vaciarse” de sus contenidos previos y convertirse en “significante vacío”. Nos movemos en el ámbito del constructivismo, de la ingeniería social y del desprecio a la historia.

[12] Christophe Guilluy, No Society. La fin de la classe moyenne occidentale. Flammarion 2018 pp. 133-134.

[13] Jean-Claude Michéa, Impasse Adam Smith. Brèves remarques sur l´impossibilité de dépasser le capitalisme sur sa gauche. Flammarion 2006, pp. 47 y

[14] La obra de Jean-Claude Michéa es una refutación de este típico relato progresista.  “No es posible disociar liberalismo y economía capitalista. Nunca ha existido, por una parte, una filosofía exclusivamente política encargada de liberar a los individuos de la arbitrariedad del poder, y por otra parte un sistema económico mercantil que organiza la dependencia de los trabajadores ante los detentadores del capital. Lo que hay es un vínculo íntimo y orgánico entre una y otro. El proyecto liberal ha encontrado en el desarrollo de las fuerzas productivas los elementos necesarios para concretar su ideal de lógica de mercado extendida a un máximo de dominios en la vida”. (Michéa l´Inactuel. Une critique de la civilisation libérale. Emmanuel Roux y Mathias Roux. Le Bord de l´Eau 2017, p. 25)

[15] Asumiendo que toda simplificación es injusta, nos hemos referido a la tesis central del libro En defensa del populismo, (Editorial Catarata, 2016) del filósofo Carlos Fernández Liria, obra presentada en su día como aportación fundamental para entender el fenómeno “Podemos”.

[16] En esa línea se inscribe Jose Luis Villacañas, Populismo, La Huerta Grande 2016

[17] Una opción que recibe el poco sugestivo nombre de “populismo marrano”. Alberto Moreiras, “Plomo hegemónico. Consideraciones sobre la hipótesis Podemos”. En ¿El populismo por venir? A partir de un debate en Princeton. Guillermo Escolar 2018, pp. 89-120

[18] “Fórmulas nomádicas” “aparatos biopolíticos”, “modelos diádicos”, “campos de interacción conceptuales”, “repeticiones performativas”, “procesos de subjetivación proteicos”, “agenciamientos entrecruzados”, “multitudes autopoiéticas”, “análisis parergónicos”, “inversiones catécticas”, “perspectivas parrésicas”, “suturas articulantes”, “penes introflexivos”, “catexis de identificación”, “corsés dicotómicos”, “antagonismos demóticos”, “quiasmos”, “problematizaciones”, “heterogeneizaciones”, arrobas de pedantería para una izquierda perdida en su laberinto.

[19] Adriano Erriguel, “¿Rojos o liberastas? Deconstrucción de la izquierda posmoderna”. En ElManifiesto.com.

[20] Charles Robin, La Gauche du capital. Libéralisme culturel et idéologie du marché. Éditions Krisis, pp. 120-121.