Democracia paranoica

La paranoia es un delirio que ve enemigos en todas partes; enemigos que obedecen a una misma causa, y ante los que el paranoico se encuentra indefenso y expuesto. El relato mediático-institucional de nuestros días nos dice que la democracia es una fortaleza asediada, un reducto amenazado por fuerzas oscuras que responden a un sólo nombre: populismo. ¿Democracia paranoica?

En uno de los muchos libros comisionados para fijar doctrina sobre el tema, un equipo de expertos españoles trazaba en 2017 una geografía internacional del populismo. Limitando el análisis a Occidente, los expertos localizaban la epidemia en no menos de 22 países a ambos lados del Atlántico. Se estudiaban los casos del populismo en el poder (Estados Unidos, Rusia, Italia, Austria, Polonia, Grecia, Hungría, Venezuela, Bolivia), los casos de pasadas experiencias populistas (Ecuador, Brasil, Perú, Argentina, México) y los casos en los que, sin estar en el poder, el populismo mantiene una presencia política o institucional de relevancia (Francia, Alemania, Reino Unido, España, Holanda, Suiza, Bélgica, Escandinavia). Se desprende así del libro la imagen de una democracia contraída como la Piel de Zapa de Balzac, con lo que uno llega a la conclusión de que, en las actuales circunstancias, los ciudadanos afectados por el virus populista exceden a los ciudadanos normales.

Pero cuando uno mira alrededor y no ve más que anormales, podría ser recomendable mirar en el espejo, porque tal vez el anormal sea él.
Deconstruyendo el populismo
Si observamos los análisis que no cesan de producirse sobre el populismo, veremos que la mayoría de ellos comparten tres características: 1) una radical animadversión hacia este fenómeno político; 2) el rechazo a cualquier intento de pensarlo desde dentro; 3) una autocomplaciente defensa del status quo. Más que ante intentos objetivos por explicar el fenómeno nos encontramos, por tanto, ante servicios prestados al poder establecido.
Atendiendo a sus contenidos, las caracterizaciones del populismo suelen agruparse en las siguientes categorías: 1) enfoque “psicologizante”: el populismo es una patología impulsada por el miedo, el resentimiento y la ignorancia; 2) análisis vetero-marxista: el nacional-populismo es una estrategia defensiva del capital, al igual que en su día lo fue el fascismo; 3) argumento de autoridad: el populismo es una “antipolítica”, una simplificación vulgar de realidades complejas; 4) enfoque demonizador: el populismo es anti-pluralista, es anti-liberal y es un peligro para la democracia.
Hay mucho que desembalar en todo esto, e iremos por partes.
Enfoque psicológico: el populismo como patología
Que el populismo es una anomalía es el argumento favorito de los políticos mainstream y sus terminales mediáticas. Es también el argumento menos sutil. Según esta idea, el populismo sería un amasijo de emociones negativas, conducido por el miedo ante una globalización que no se acaba de entender. El populismo derivaría de la falta de discernimiento de todos aquellos que, más allá de sus angustias y prejuicios, no saben ver que las cosas van razonablemente bien en el mejor de los mundos posibles. El populismo es cosa de tontos, ése es el mensaje subliminal. Al promover la ridiculización de los votantes díscolos, no es extraño que este argumento sea el más socorrido entre comunicadores de medio pelo, bufones de palacio y – en el caso español– entre la castiza especie de los intelectuales-tertulianos y los literatos-columnistas, con sus pirotecnias costumbristas y displicencias pimpolludas.
“Hitler y Mussolini eran populistas”, dicen los voceros del establishment. Con tonos apocalípticos, la casta política tradicional recurre a la reductio ad hitlerum para acusar a los disconformes de pretender volver a los años 30. Resulta contradictorio que esa casta política acuse a los populistas de utilizar el miedo cuando son ellos mismos los que no cesan de atizar el pánico ante cualquier alternativa que les incomode. La falacia del doble rasero es –como veremos– una constante de la literatura antipopulista.
Esta estrategia de patologizar el populismo es, en realidad, la más frágil y la que peor funciona. En primer lugar, porque a nadie le gusta que le insulten –por mucho que el insultador lo haga hablando ex catedra y desde un docto arsenal de cifras y datos. En segundo lugar, porque la gente prefiere creer a sus propios ojos antes que a los de los expertos, y cuando está enfadada y angustiada normalmente tiene razones para estarlo. Por eso, intentar tapar los problemas de fondo con cuestiones de psicología social – diciendo a los votantes que son infantiles, que no se enteran o que tienen un problema mental– es una actitud condescendiente que incrementa el cabreo con las elites liberales, esas nuevas aristocracias de peluca empolvada que no cesan de despreciar al pueblo.
Enfoque marxista: el populismo como producto del capitalismo  
Este enfoque se centra en una sola modalidad de populismo: el de derechas. “El nacional-populismo es una reacción defensiva del capital”: ésa es la tesis utilizada por los populistas de izquierdas para postularse como alternativa. Una repetición de la vieja explicación marxista sobre el fascismo. Una reposición del Novecento de Bertolucci. Pero esta es una fórmula anacrónica que no explica nada.
En primer lugar, este argumento hace una amalgama entre el nacional-populismo, el neoliberalismo y el capitalismo, cuando lo cierto es que, contrariamente a lo que se nos dice, el establishment económico global se encuentra mucho más cómodo con la izquierda que con el nacional-populismo. En segundo lugar, se eluden importantes debates de fondo, tales como la inmigración masiva y los problemas identitarios que ésta plantea entre los más humildes. La izquierda rechaza admitir que esto sea un problema real, y no una epidemia de xenofobia entre las clases populares. En tercer lugar, se elude cualquier esbozo de autocrítica sobre la coproducción, por parte de la izquierda, de las políticas multiculturalistas y globalizadoras del neoliberalismo. No es extraño por tanto que los obreros –los que deberían ser el público natural de la izquierdas– opten por la opción contraria.
Atrincherada en su bunker dogmático, la extrema izquierda se condena a no comprender nada, abocándose a jeremíacas admoniciones sobre el auge de la extrema derecha y el fascismo.
Argumento de autoridad: el populismo como antipolítica
Un grado superior de sofisticación tiene el argumento de que el populismo es una forma de “antipolítica”, lo que significaría: un rechazo de la política y de los políticos como culpables de todos los males habidos y por haber. El populismo sería –según este argumento– una forma de eludir la responsabilidad propia, endosándola a los políticos como chivo expiatorio. El populismo como simplificación de problemas complejos.  
Este argumento es más sutil de lo que parece, porque de forma sibilina desliza una definición de la política que se ajusta al patrón del liberalismo. Los liberales identifican la política con los procesos de deliberación y discusión pública, a los que fetichizan como fines en sí mismos. Es una concepción reduccionista de la política, a la que se equipara con una mera confrontación de opiniones de la que se evacúa, por completo, la noción aristotélica de “bien común”. Lo que ocurre es que los liberales no consideran que el bien común exista –no al menos como realidad objetiva–, o piensan que si existe es imposible que podamos conocerlo. En su lugar entronizan la noción relativista de “tolerancia”, y consideran que lo más cercano al bien común es la negociación de intereses entre grupos y facciones de la “sociedad civil”. A ese chalaneo de intereses particulares lo denominan “política”, cuyo supremo objetivo es lograr el “consenso” como conciliación de intereses. Es el modelo del mercado aplicado a la política. Por el contrario, los populistas todavía creen que hay un bien común por encima de los intereses particulares, todavía creen que hay un pueblo por encima de la sociedad civil, y todavía creen en la Política con mayúsculas, por encima de la política como negociación, gobernanza y management.
No hay antipolítica en el populismo, sino todo lo contrario. Hay es una vuelta de la Política, y por la puerta grande.
No hay antipolítica en el populismo, sino todo lo contrario. Lo que hay es una vuelta de la Política, y por la puerta grande. El populismo responde al sentimiento de que los partidos de derechas hacen políticas de izquierda, y de que los partidos de izquierda hacen políticas de derechas, y de que unos y otros hacen políticas intercambiables entre sí, y de que unos y otros se han aislado del pueblo. La política del (neo) liberalismo es una post-política, es el ideal tecnocrático del fin de la historia. Por el contrario, el populismo es la aspiración a un bien común objetivo, es la vuelta de la pasión y los afectos, es la confrontación agonista entre auténticas alternativas. Lejos de ser la simplificación de una realidad compleja, el populismo reintroduce esa dimensión conflictual (Carl Schmitt) que constituye la esencia de lo Político, y que el liberalismo había evacuado de la vida pública. El populismo podrá gustar o no gustar, pero nadie podrá acusarle seriamente de ser una “antipolítica”.
Enfoque demonizador: el populismo como amenaza a la democracia
Nos encontramos aquí con la artillería pesada de la argumentación antipopulista: el populismo se basa en mitos y representaciones ficticias, tiene una visión moralizante de la política y promueve regímenes contrarios al pluralismo. El populismo es una forma de totalitarismo. La expresión más acabada de este argumento es, quizá, la del politólogo alemán Jan-Werner Müller, en un texto comúnmente aceptado como doctrina estándar sobre el tema.[1]
En su análisis Müller rechaza (de forma inteligente) explicar el populismo como una patología. Para él, la “lógica del populismo” consiste en una “imaginación moralista de la política”, en la idea de “un pueblo único, homogéneo y auténtico”, en una “contraposición entre un pueblo moralmente puro y plenamente unificado (que es una ficción) y unas élites consideradas como corruptas o moralmente inferiores”. De esto se desprende, según Müller, que los populistas “son siempre antipluralistas, porque aseguran que ellos y sólo ellos representan al pueblo, (…) y cuando están en el gobierno no reconocen que pueda existir una oposición legítima”. El populismo sería “una forma de holismo: la noción de que la ciudad no debería estar escindida, y la idea de que es posible que el pueblo sea uno, y que todos sus componentes tengan un solo representante”.[2]
En estas líneas –que condensan los argumentos más comunes contra el populismo– Müller incurre en dos falacias. La primera de ellas es lo que en lógica informal se denomina “falacia del testaferro” o “del espantapájaros”, que consiste en convertir al partidario de la tesis que se critica o a la tesis misma en un mero testaferro o en una figura o versión caricaturizada, débil y simplista.[3] Müller atribuye a los populistas la defensa de un pueblo “moralmente puro” (lo que ya levanta feas connotaciones), “unificado” y “homogéneo”. Pero esas aserciones no se desprenden necesariamente del discurso y la práctica populista. La invocación de los populistas al “pueblo” no presupone que éste sea “puro” u “homogéneo”, sino que éste tiene un cierto grado de homogeneidad y/o similitud, sin el cual ningún pueblo sería posible. No es lo mismo y la distinción es importante. Aquí se inserta el debate sobre el multiculturalismo.
Müller señala que la diversidad de los ciudadanos es un bien irrenunciable. Pero no aclara donde estarían los límites para la multiplicación de etnias, costumbres, valores y creencias dentro de un mismo suelo, o si sería necesario algún límite para mantener un conjunto mínimamente coherente. En actitud típicamente liberal, la evocación de principios abstractos (el pluralismo, la diversidad) le permite eludir la cuestión. Lo que ocurre es que Müller no cree en el pueblo, sino en los individuos y en la gestión de conflictos entre ellos. Es la concepción –expresada por Habermas– de que “el pueblo” sólo puede pronunciarse en plural (la gente). Los populistas, por el contrario, sí creen en la existencia de un pueblo como algo más que la mera suma de las partes.
Tolerancia intolerante
“El populismo es antipluralista y es un peligro para la democracia”. “El populismo cree en un pueblo ‘auténtico’ del que se arroga la representación en exclusiva”. Eso afirma el politólogo Jan-Werner Müller ante el aplauso de los expertos oficiales
Seguimos con la cuestión del anti-pluralismo. Ningún populista serio puede negar la diversidad de opiniones, formas de vida e intereses particulares a la que llamamos pluralismo; una realidad que es evidente y a la que sería estúpido enfrentarse. Pero como ya hemos visto, los populistas sí consideran que hay un “bien común” que está por encima de los intereses particulares. ¿Hay que suprimir por ello la diversidad de opiniones? ¿Hay que erradicar el pluralismo? No es esa la práctica populista, no al menos la del populismo de derecha. Tampoco es cierto que los populistas pretendan ser los únicos representantes del pueblo. Lo que sí aseguran es que ellos son los que mejor conocen – los que mejor interpretan – el bien común del pueblo. Y piensan que, a través de los métodos democráticos de deliberación, pueden llegar a cambiar la opinión de los discrepantes. Lo que no tiene nada de extraordinario. ¿Acaso los partidos convencionales no hacen lo mismo? ¿Cuál es entonces la diferencia entre unos y otros?       
La diferencia estriba en la coherencia entre lo que unos y otros dicen y hacen. Mientras que los populistas afirman sin reparos defender el bien común, los liberales afirman defender una “pluralismo” que, de facto, se restringe al reparto de poder entre las familias políticas habituales. Pero ante los que no pertenecen a esas familias, los defensores de la tolerancia exhiben una notoria intolerancia. Al igual que los populistas, los liberales se arrogan la mejor representación de los intereses generales, pero lo hacen fomentando la polarización social y negando la legitimidad moral a sus adversarios. Los liberales (de izquierda y derecha) son pluralistas entre ellos mismos y anti-pluralistas frente a los demás. Un “partido único” políticamente correcto: ése es el enemigo del populismo, no el pluralismo o la democracia. Son las elites liberales las que restringen el pluralismo, al conformar una estrecha franja de consenso fuera del cual – así nos lo aseguran – no hay más que fascismo y estalinismo, totalitarismo y barbarie.
Señalábamos arriba que Müller comete una segunda falacia, que es la (ya conocida) del “doble rasero”. Müller recrimina al populismo una visión moralizante de la política, pero lo hace precisamente para defender a uno de los sistemas más moralistas y moralizantes de todos los tiempos: el “Imperio del Bien”, que decía Philippe Muray.[4] En nombre de una moral universalista – los famosos “valores” de la sociedad abierta – las elites liberales se atribuyen el monopolio de la palabra legítima, silencian al discrepante y trazan los límites de lo moralmente admisible. ¿Qué es la “corrección política”, sino la destilación de hábitos de autocensura ante pensamientos pecaminosos? En nombre de la moral se condena al populismo como indeseable, se le excluye con cordones sanitarios y se le deniega cualquier atisbo de legitimidad política.
En realidad, lo que a Müller le molesta no es la moralización de la política, sino que los populistas tengan una moral diferente a la suya. Dicho de otra forma, lo que le molesta es que los populistas piensen que ellos están en lo cierto y que los liberales están equivocados. Como si al revés no fuera el caso.
La voluntad del pueblo
Los liberales creen que el “pueblo” es una ficción y un mito. Por eso no pueden creer que del pueblo emane una “voluntad general”. Y acusan a los populistas de totalitarios por pretender encarnarla. ¿Existe la “voluntad general” del pueblo?
Cuando el populismo defiende la voluntad general –escribe Jan-Werner Müller– hay algo de Rousseau en esa actitud.  Con la diferencia – añade–  de que Rousseau era un demócrata, porque preveía la participación de los ciudadanos en la “formación” de esa voluntad general. Por el contrario, los populistas (siempre según Müller) pretenden conocer directamente esa voluntad, a través de los cauces místicos del Volksgeist y como representantes del pueblo “auténtico”. Ahí estaría la esencia totalitaria del populismo.
En su alusión a Rousseau, Müller se equivoca de lleno.[5] El filósofo de Ginebra nunca dijo que la voluntad general sea “formada” por el pueblo. En su pensamiento, la voluntad general es un Bien objetivo que no depende de las decisiones de la mayoría. Rousseau no era exactamente un demócrata, no al menos en el sentido liberal del término. La voluntad general no se crea, sino que se descubre. “La teoría de la voluntad general –escribe Alain de Benoist– excede la idea de la mayoría que se expresa en el sufragio universal. Centrada en torno a la noción de interés común, implica la existencia y el mantenimiento de una identidad colectiva”.[6]  La idea de que una parte del pueblo pueda encarnar la voluntad general – aún sin contar con la mayoría – es mantenida por Rousseau y también por los populistas. Algo que a Müller no le gusta, porque eso hace que los populistas se sientan legitimados para ignorar la opinión pública e imponer su propia visión de las cosas. Con lo que volvemos a la falacia del “doble rasero”. ¿Acaso los liberales no hacen lo mismo?  
Amparándose en el recurso cuasi-teológico a los “derechos humanos”, los gobiernos liberales no cesan de sustraer a la deliberación ciudadana decisiones sobre la inmigración, el multiculturalismo, la “diversidad”, la globalización, la pena de muerte, las políticas familiares y otras cuestiones de ingeniería social. La judicialización de la política opera en ese sentido, de forma que la figura del juez imparcial ha sustituido a la del plebiscito popular como símbolo del modelo occidental.[7] Por otra parte, a medida en que el pueblo resulta cada vez menos “fiable” (referéndums europeos, victorias populistas, Bréxit) se abre el debate sobre la necesaria limitación de la democracia, con el argumento de que los “valores liberales” deben quedar a salvo de la opinión “poco informada” de los votantes. El Estado liberal –señala el politólogo norteamericano Patrick J. Deneen– “se ha expandido hasta controlar prácticamente cada aspecto de la vida ordinaria, mientras los ciudadanos miran a sus gobiernos como a un poder distante y sin control, e incrementan su sensación de impotencia al verle promover sin descanso el proyecto de globalización”.[8] En esa tesitura los liberales se dedican a añadir adjetivos a la democracia – “democracia cosmopolita”, “democracia constitucional”, “democracia militante”– en un intento de reconfigurarla a su conveniencia.
Avanzamos a velocidad de crucero hacia la post-democracia. Para imponer los “valores” que ellos consideran justos, los liberales pasan por encima de la opinión pública. ¿Por qué critican entonces que los populistas traten de imponer el “bien común” que ellos consideran justo? Lo que ocurre es que, como hemos visto, los liberales no creen que el bien común exista. Como tampoco creen que la voluntad general exista y tampoco creen que el pueblo exista. Para ellos sólo los intereses particulares cuentan. Ésa es la diferencia.
¡Aquí se juega! ¡Qué escándalo! (Casablanca)
“El populismo es el mote a través del cual las democracias pervertidas disimulan virtuosamente su desprecio por el pluralismo”
CHANTAL DELSOL
Todo discurso oficial es una cámara de eco donde una casta endogámica se escucha a sí misma. La crítica del populismo funciona por una reverberación de argumentos, retomados una y otra vez por comunicadores políticos, Think Tanks, intelectuales de guardia y académicos de servicio. Todos esos argumentos se pueden retornar, corregidos y aumentados, contra sus emisores.
Se le reprocha a los populistas que aticen los antagonismos, que recurran a la emoción, que propaguen simplificaciones, que estimulen el miedo, que impongan su propio marco mental, que ataquen el pluralismo, que utilicen el dramatismo, que empleen la demagogia, que tengan líderes carismáticos, que incurran en el clientelismo, que caigan en la corrupción, incluso que traten de sacar adelante sus programas políticos (¡!). Como si los partidos que se alternan en el poder desde hace más de medio siglo no incurrieran en todas y cada una de esas faltas. Como si ellos no reaccionaran con demagogia, con emocionalidad, con simplificaciones, con dramatismo y con intolerancia ante todos aquellos que vienen a arrebatarles su (hasta ahora) indisputada hegemonía. Como si ellos no envolvieran sus mensajes en castings de carismáticos candidatos. Autoproclamados como baluartes de la moderación, de la tolerancia y del pluralismo, todos estos partidos conforman en realidad un gran partido de “extremo centro” en el que –como señala el filósofo Alain Deneault– “el extremismo se traduce por la intolerancia a todo lo que no se ajuste al justo medio por ellos arbitrariamente definido”.[9]
Abonados al coro falsamente polifónico del pensamiento único, expertos en la manipulación neurológica a escala masiva, los partidos del viejo sistema reaccionan con histeria ante su pérdida del monopolio en la fabricación de fake news. Con tintes apocalípticos nos previenen de la vuelta de Hitler, de Mussolini y de Stalin a lomos del caballo de Atila. La denigración sistemática e incondicional de cualquier movimiento político, de cualquier corriente de opinión, de cualquier atisbo de pensamiento que no esté alineado con el orden (neo) liberal: ésa es su concepción del pluralismo.
En sus virtuosas condenas del populismo, los intelectuales del sistema recuerdan a aquél crapuloso Capitán Renault de la película Casablanca, que fingía escándalo porque se jugara en el garito que él, hasta hacía poco tiempo, había estado regentando. Si el cinismo puede a veces resultar simpático, no deja de ser también un frecuente recurso de perdedores. La saña y el encono contra el populismo tienen un cierto aire de fin de época. O como cuando de repente se abren las ventanas, en la atmósfera recargada de un burdel.  


[1] Jan-Werner Müller, What is Populism? Penguin 2017.

[2] Jan-Werner Müller, Obra citada, pp. 3 y 19-20.

[3] Definición de Montserrat Bordes Solanas en: Las trampas de Circe: falacias lógicas y argumentación informal. Cátedra 2017, pp. 190-191.

[4] Rodrigo Agulló, “Philippe Muray y la demolición del progresismo”, en www.elmanifiesto.com

[5] Un error puesto de manifiesto por el ensayista norteamericano Greg Johnson, en su excelente crítica del libro de Jan-Werner Müller. Greg Johnson, “What Populism Isn't”, en www.counter-currents.com

[6] Alain de Benoist, “Relire Rousseau”, en Critiques, Théoriques, L´Age D´Homme 2002, p. 326.

La idea de Rousseau sobre la “voluntad general” es mucho más compleja de lo que vulgarmente se piensa. En palabras del politólogo británico David Thomson, para Rousseau “la voluntad general no se confunde con la suma de las voluntades individuales, ni con la decisión de la mayoría. Sólo es plenamente “voluntad general”, en su sentido ideal, cuando se orienta al bien común y cuando es mantenida por todos los ciudadanos de buena voluntad (…) cuyas conciencias les dicen que su decisión redunda en bien de la comunidad. En otras palabras, es una idea moral, cualitativa, que a lo que más se parece es al despertar de la conciencia patriótica en una época de crisis. (…) Algo distinto es lo que Rousseau llama “voluntades parciales” – los intereses de grupo y los proyectos de las diversas secciones que forman los miembros de un partido político o una asociación comercial–  o también la mera suma de los fines particulares a la que da el nombre de “voluntad de todos” (…) La soberanía es indivisible, pues refleja la unidad de la voluntad general. Es también, por definición, infalible, ya que si las cosas fueran mal ello solamente querrá decir que el pueblo se equivocó a la hora de considerar cuál era la voluntad general”. David Thomson, Las Ideas Políticas. Editorial Labor SA 1977, p. 100.

[7] Faared Zakaria, The future of Freedom: Illiberal democracy at Home and Abroad. Citado en Peter Mair, Ruling the Void. The Hollowing of Western Democracy. Verso 2013, p.11. 

[8] Patrick J. Deenen, Why liberalism failed. Yale University Press 2018, p. 3.

[9] Alain Deneault, La Médiocratie. Avec Politique de l´extrême centre et “Gouvernance”. Lux Éditeur 2016, Canada, p. 25.