Carlos V: efemérides de un grande
Carlos V: efemérides de un grande
Este mes de junio se cumple un aniversario más del inicio de la
campaña del Emperador Carlos V a Túnez (1535), capturada diez meses
antes por el pirata y Almirante musulmán Barbarroja, vasallo del sultán
de Turquía, Solimán el Magnífico.
Es oportuno entonces publicar una semblanza del Emperador, del Dr.
Vicente Gonzalo Massot, precedida por una breve descripción de la
campaña hecha por Otto von Habsburg –capítulo LA CRUZADA de su libro Carlos V – Un Emperador para Europa, al que le hemos agregado algunas notas para una mejor comprensión.
LA CRUZADA
La razón inmediata para atacar Túnez fue un grave empeoramiento de la
situación en el Mediterráneo occidental, a causa de lo cual los
intereses españoles y la seguridad de las costas italianas resultaban
amenazadas[1].
De conformidad con el sultán, y en calidad de vasallo del mismo, el
jefe de los piratas, Khair ben Eddin Barbarroja dominaba una gran parte
del norte de África, aceptaba las directrices políticas y militares y
recibía de los turcos armas, pertrechos y, sobre todo, naves. En el
curso de la campaña, el ejército imperial descubrió que los piratas
disponían también de material de guerra francés, que le era
proporcionado en parte directamente y en parte por mediación de los
turcos.
A
sabiendas de su superioridad, Barbarroja había atacado y devastado las
zonas costeras de España, Nápoles y el Estado Pontificio. Había saqueado
puertos y había raptado a toda la población cristiana de los mismos
para venderla en los mercados de esclavos de África y Oriente. Se dice
que perseguía sobre todo a bellas mujeres, que enviaba como tributo al
harén del sultán[2]. El pirata era increíblemente escurridizo, escogía
su objetivo de ataque, se lanzaba al mismo sin precauciones de ninguna
clase y desaparecía de nuevo en pocas horas. Pero sus rivales eran
incapaces de vigilar toda la ribera del Mediterráneo al mismo tiempo.
Sólo les quedaba una solución: un contraataque, que habría de efectuarse
en el centro de las operaciones, es decir, en Túnez[3].
Naves turcas
Revista de tropas en Barcelona
En cuanto se tomó la decisión el Emperador pudo poner en marcha la
empresa guerrera con una relativa rapidez. Y esta vez Roma aligeró su
tarea, concediéndole un apoyo ilimitado[4], ya que los Estados
Pontificios eran también víctimas de los abusos de Barbarroja[5].
Después de que pudo reunir el dinero necesario, la flota de guerra se
concentró en Barcelona, de donde zarpó el 21 de mayo de 1535, mientras
que las tropas de tierra se reunían en Cagliari, en Cerdeña. La flota se
componía de naves españolas y portuguesas, a las que se añadían las
galeras de Andrea Doria, hasta alcanzar la centena de barcos de guerra.
Aunque el Emperador en persona estaba a la cabeza de la expedición, éste cedió el mando en el mar al dogo de Génova[6], y dejó las operaciones terrestres en las experimentadas manos del marqués Del Vasto[7].
Las tropas[8] disponían de trescientos botes para cruzar el estrecho
en Sicilia. El 14 de junio se hicieron a la mar, y, tras una travesía
de veinticuatro horas, la flota fondeó anclas frente a las ruinas de
Cartago, en la entrada de un golfo formado por dos salientes de tierra y
vigilado por el fuerte de La Goleta.
Detalles de tapices de la época
Sin más demora, el fuerte fue sitiado[9], para lo que se disponía de
todos los medios de la época. Bastó un mes para la preparación, y el 14
de julio se dio la orden de ataque[10]. La dirección técnica se confió
al hombre mejor cualificado de aquel tiempo, Álvaro de Bazán. El
Emperador en persona tomó parte en la batalla, alineado con la
artillería. Como su abuelo Maximiliano, tenía una marcada predilección
por las armas. En aquella época la artillería estaba ya muy
desarrollada. Sin embargo, había mantenido la fama de tratarse de un
arte secreto, como su mismo nombre expresa, mucho más que una ciencia
para ingenieros y artificieros que un instrumento de soldados.
Para Carlos, que contaba ya 35 años, esta batalla significó su
bautismo de fuego. Cuando en el fragor de la batalla su caballo recibió
un disparo, y uno de sus pajes cayó al suelo a su lado, el Emperador
mantuvo, según las crónicas de sus contemporáneos, una sangre fría digna
de un veterano. Y lo que es aún más significativo: el Emperador no hace
la más mínima referencia a ello ni en sus cartas ni en sus memorias.
Todo lo que se sabe de sus acciones individuales procede de la
descripción de otros testigos.
La operación fue un gran éxito. Un valioso botín cayó en manos de los
vencedores: ochenta y dos barcos, casi la totalidad de la flota de
Khaird ben Eddin, y un arsenal completo de armas, entre las que se
hallaban algunas de fabricación francesa, reconocibles por la flor de
lis real[11].
Muchos consejeros del Emperador defendían la opinión de que había que
suspender la expedición tras esta victoria, que era suficiente con el
éxito militar y moral conseguido[12]. A pesar de estas propuestas,
Carlos se decidió a proseguir la lucha, aunque evidentemente se
acumulaban dificultades insuperables. Las tropas sufrían sobre todo por
la falta de agua potable, carencia que empeoró desde el momento en que
se avanzó por el interior del país y la flota dejó de ser base de la
retaguardia.
Detalles de tapices
Afortunadamente, el antiguo soberano de Túnez, Muley Hassan,
expulsado del trono por Barbarroja, se unió al Emperador y trajo consigo
trescientos guerreros turcos. Más valiosos que los refuerzos fue el
hecho de que Mulley Hassan les mostrara en el camino que unía La Goleta a
la ciudad una fuente de agua potable. Sin embargo, Khaird ben Eddin
había contado con esta posibilidad y había preparado allí cerca una
emboscada. Tan pronto como las tropas de Carlos comenzaron a aproximarse
a la fuente, Khaird ben Eddin atacó. El golpe de mano tuvo los efectos
deseados, y durante un momento existió el peligro de que el pánico se
apoderara de los cristianos. Solamente el esfuerzo sobrehumano del
estado mayor pudo restablecer el orden. De nuevo el Emperador había
puesto a prueba su frialdad de sangre, su autoridad, su influencia
personal y su valor.
Otra vez dueño de la situación[13], Carlos reinició la marcha hacia
Túnez. Antes de que el ejército cristiano hubiera alcanzado los muros de
la ciudad, el 20 de mayo, se produjo en el interior de la misma un
levantamiento general de los prisioneros y los esclavos cristianos, que
ocuparon la ciudad y facilitaron enormemente el avance el Emperador. En
el último momento, Khaird ben Eddin logró huir milagrosamente y
refugiarse en Argelia. Con esto desaparecía la esperanza de una
pacificación duradera en el norte de África. A pesar de todo, la
victoria trajo consecuencia importantes: por primera vez se había
llevado a cabo una contraofensiva cristiana por tierra y mar y, según
informes de testigos oculares, se liberaron setenta mil prisioneros.
El Emperador entra en Túnez
El poeta Garcilaso de la Vega, y el pintor neerlandés Jan Vermeyen
habían acompañado al Emperador en esta empresa, para inmortalizar las
hazañas de los cruzados. Vermeyen bosquejó los esbozos que sirvieron
como muestra paa los magníficos gobelinos que se pintaron en los Países
Bajos y se pueden admirar aún hoy en día. Sin embargo, el historiador
Brandi señala con razón que los vistosos lienzos idealizan los sucesos
de la guerra; las privaciones no asoman en los mismos: la sed, el calor
desacostumbrado, la carencia de animales de carga que obligó a los
hombres a transportar los cañones a sus espaldas por el desierto.
Los contemporáneos de Carlos V quedaron profundamente impresionados
por el éxito extraordinario de la expedición; llenos de fantasía, lo
adornaban con detalles pintorescos y sobreestimaban el alcance de la
victoria. El mismo Emperador, que había diseñado el plan conjunto y que
había dirigido la expedición, se mostró como un hábil dirigente, con una
visión clara de las cosas, que sabía delegar responsabilidades en sus
colaboradores mejor cualificados. Gracias a la sobresaliente
coordinación y concentración de las tropas, a la acción conjunta por
tierra y por mar, a la planificación estratégica y a su realización
práctica, la batalla de Túnez, tal y como Carlos la había planteado,
fue un ejemplo clásico del arte de la guerra. La personalidad del
monarca había dejado una profunda impresión entre los soldados, en medio
de los cuales combatió; la fama de la nueva cruzada se difundió por
toda Europa. Cuando el Emperador regresó a Sicilia, fue recibido en
medio del entusiasmo general. Messina le dio la bienvenida como a un
verdadero triunfador. Nápoles no lo recibió con menos cordialidad y,
cuando llegó un año después a Roma, los recuerdos del sacco se habían difuminado; los habitantes de la ciudad de los papas lo acogieron como a su Emperador[14].
SEMBLANZA DEL EMPERADOR (por Vicente G. Massot*)
Detalle de Carlos V a caballo en Mühlberg (Tiziano)
Ya se acerca, Señor, o ya es llegada
La Edad dichosa en que promete el cielo
Una grey y un pastor solo en el suelo,
Por suerte a nuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio en tal jornada
Nos muestra el fin de nuestro santo celo,
Y anuncia al mundo para más consuelo
Un Monarca, un imperio y una espada.
Hernando de Acuña
Gante, cuyo “sprit” motivara la célebre frase del emperador: “¡Ay
Gante mío! tienes derecho a envanecerte que el París de Francisco puede
bailar en una sola de tus calles”, es puro ruido de monedas que hacen la
historia de la burguesía y de alegres calafates afrontando las naves de
su empresa económica; de tabernas abiertas al festín y kermeses
despreocupadas del mundo. De Gante, ciudad burguesa de Flandes, donde la
rubia cerveza embriaga la anatomía lábil del comerciante e impulsa la
fuerza bárbara del lansquenete; de Gante, imperio de los Países Bajos,
pródigos en oro y mujeres, ha de llegar a la Pie! de toro, a la España
eterna, el joven Carlos, flamenco por cuna, instrucción y temperamento,
dueño de vidas, haciendas y coronas. Deja aquellas comarcas y, lleno de
señorío y majestad, cruza Francia para sentar sus reales en la ibérica
tierra. Su linaje, regado por la sangre azul de Habsburgos y
Castellanos, era una promesa de gloria, pero gloria consubstanciada
más con la grandeza que con el éxito. Deja la Flandes de su infancia,
de todos conocida, reino hecho a la medida de Rubens, cuyo pincel
feérico la inmortaliza en telas pletóricas de dioses festivos y
concubinas sin sayo, de mozas rubicundas y desnudeces púdicas, a fin de
reinar en la dura Castilla.
Llegar y desconocer su idioma bronco y entraña anárquica fue todo
uno. De Fernando, el católico, había heredado el reino, mas no el
querer. Sólo el tiempo obraría aquel milagro, convirtiendo al pequeño
flamenco en señor de una nación a la cual amaría y serviría hasta su
muerte en las agrestes cumbres extremeñas. De momento, trae consejeros
europeos y costumbres poco caras al pueblo vencedor de Mahoma. Entrado
en años, Francisco Ximénez de Cisneros, el gran cardenal alcalaíno,
sacerdote de Cristo y gobernante sin par, diplomático y guerrero de Doña
Isabel, el de la Biblia políglota, habrá de ser despedido en beneficio
de Guillermo de Croy, burgrave de Chevres. Carlos no entiende a España, y
España, incapaz de soportar el peso de un gobernante extranjero,
malentiende al César. Recién en 1520, cuando se alcen los comuneros,
despertará en Carlos la impronta española.
Padilla no fue —cual se ha sostenido sin fundamento— el primer
separatista. Fue, si se quiere, el primer nacionalista. Como quiera que
sea, lo uno o lo otro, quien antes de morir afirma: “Señor Juan Bravo,
ayer era día de pelear como caballeros y hoy lo es de morir como
cristianos”, no puede sino ser un hidalgo. Los vencidos en Villalar
pecaron por estrechos. Las once flechas del yugo real, tensas, en
vigilia, con vocación de combes, marcaban otros tantos derroteros al
imperial destino hispánico. Las comunidades pretendían serenar su ímpetu
y tenerlas prestas para defenderse del enemigo. Querían una nación y un
rey. Carlos, en cambio, anhelaba rematar su obra ciñendo la corona de
Carlomagno. Quería ser César de un imperio católico y defender una
religión ecuménica contra el fraile de Wittenberg, cuyo martillazo
estampando las 95 tesis impías todavía resonaba en los oídos de Europa.
Nada de reino, ¡Imperio!; nada de secta, ¡Religión! No en balde era
Carlos de Austria, rey de España y Nápoles, Sicilia y los Países Bajos,
de Alemania y las recientes tierras de la hispanidad americana.
La fijación nacional del bravo Padilla cayó hecha pedazos ante la
empresa universal de España. Pues España es esto: unidad de fe y unidad
de destino, unidad de mando y de misión, es decir, unidad imperial.
España y el César se han unido y ya no se abandonarán hasta Septiembre
de 1558. Nunca como entonces, al vencer en Villalar y encaminarse hacia
el Septentrión, cobraba vigencia el “Plus Ultra”. Porque, entendido a
derechas, el Plus Ultra que exclamara Carlos V, emperador católico de
Occidente, defensor del libre albedrío y de! sentido sacramenta! de la
Cruz, no se reduce a lo geográfico. Es, sí, la confirmación del nuevo
mundo, pero es mucho más que eso. Para aquella España, impulsada por el
alma de su destino, no existen valladores capaces de tronchar una
empresa que le viene dada desde lo alto. La exclamación del César resume
su voluntad de dar alas a una de las más grandes misiones de la
historia y, a la vez, una de las de mayor fundamento.
Blanqueando razas y civilizando a! indio llegarán los conquistadores.
La espada y la cruz. Aquélla prevaleciendo en el combate del cuerpo,
ésta en el combate del alma. España ha venido trayendo la más sublime
respuesta que se le haya dado a pregunta ninguna en el decurso del
tiempo. Tupá, ¿qué eres?, demandaban, frente a las fuerzas de la
naturaleza, de suyo hostiles, los nativos rioplatenses. “Soy el que
soy”, responde, seguro, la voz del fraile en el latín universal,
lenguaje romano, lenguaje ecuménico.
No quiere el inglés sino el botín de sus colonias; el galo pretende
la gloria. Carlos V, convencido por Francisco de Vitoria sobre la
necesidad de la colonización americana, sueña con ver aplicadas “Las
leyes de Indias”. Sus dominios son reinos; sus vasallos, hombres hechos a
imagen y semejanza del Señor Nuestro Dios Todopoderoso. Por asumir
tamaña posición le ha denostado hasta el hartazgo el anglosajón. Sombrío
se le ha dicho, confundiendo la natural reserva del rey español con una
fementida tetricidad que el protestante Schiller le estampó en un
arranque
de furia.
Carlos se empeña en salvar a Europa. Defiende “la unidad metafísica
del orbe” contra Lutero y los príncipes alemanes. Es el alma de
Occidente lo que se halla en trance de desaparecer y, en defensa de esa
alma, Carlos convoca a somatén. Allá va hacia las nebulosas tierras de
Odin, a escuchar en la Dieta de Worms a Martín Lutero. Su tranquila
respuesta, hela aquí: “Un solo fraile, fiándose de su solo juicio, se ha
opuesto a la fe que los cristianos profesan hace más de mil años. . .
Estoy dispuesto a defender esta causa con mis dominios, mis amigos, mi
cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma”. Son las únicas palabras que,
huyendo de la retórica empalagosa, salen de su boca, ni bien pone punto
final a su diatriba el agitado reformador. Se levanta y, sin más gestos,
se prepara a luchar contra los príncipes contestatarios.
Su vida será una guerra continua. Desde Viena, último bastión de la
Cristiandad en armas, hasta las costas africanas. De Italia a la rebelde
Germania. Frente al Vaticano y al traidor Francisco, frente a Solimán y
el pirata Barbarroja. Un hombre, una Nación, una fiel infantería
salvando el honor de la catolicidad toda. Carlos V, España y los
tercios, en estrecha comunión de armas e ideas.
Detalle de un tapiz sobre la batalla de Túnez
Carlos V informa al Papa sobre la conquista de Túnez
Vence el emperador en Mühlberg y Pavía, junto al fiel Antonio de
Leiva y el magnífico Andrea Doria, no sin mencionar a Jacobo Függer,
banquero de la dinastía Ausburgo. Hace prisioneros a Francisco I y a los
cabecillas protestantes Felipe, Landgrave de Hesse, y Juan Federico,
elector de Sajonia. Les hospeda, les sirve —que servir es virtud de
reyes— y, finalmente, contra la palabra empeñada les deja en libertad.
Se rebelarán una vez más e incendiarán el alma de Europa. Carlos V ha
fracasado. Detiene a las tropas del infiel en Austria y al pirata lo
hace trastabillar y
volver grupas en África, pero la unidad metafísica se ha roto para
siempre. Trento será la postrera oportunidad… y en Trento se salvará la
libertad del hombre y se perderá la unidad religiosa.
El emperador deja los campos de Marte y las coronaciones y se vuelve a
sus queridos Países Bajos. Resigna en favor de Felipe su parte del
Imperio y, bebiendo vientos, marcha hacia Yuste, al convento de los
Jerónimos.
La ceremonia de abdicación (25-X-1555) revistió gran solemnidad y
tuvo lugar en el mismo salón donde 40 años antes había sido Carlos
proclamado mayor de edad. Después de dar sabios consejos a su hijo, que
escuchaba de rodillas, con lagrimas en sus ojos resumió su labor en las
siguientes palabras: “He estado nueve veces en Alemania, seis en España,
siete en Italia y diez en Flandes; en paz y en guerra, cuatro veces en
Francia, dos en Inglaterra y dos en África; total cuarenta expediciones,
sin contar los viajes para visitar mis reinos; ocho veces he atravesado
el Mediterráneo y tres el Océano; estoy en paz con todos y a todos pido
perdón, si he ofendido a alguien.”
Consigo, en la mochila, lleva dos libros que serán de cabecera y que revelan el espíritu del emperador: Los comentarios de César y las meditaciones de
Agustín. En Yuste asiste a los actos religiosos con puntualidad,
escuchando, miércoles y viernes, el sermón de alguno de los
predicadores. Este hombre, sobre cuyas sienes había descansado la corona
de Carlomagno, se desentiende del poder para prepararse a bien morir.
Confiesa sus pecados a Fray Juan Regla y aprende matemáticas junto a su
amigo y compañero de armas, Francisco de Borja, que fuera Duque de
Gandía y virrey de Cataluña, fundador de misiones en Florida, Méjico y
Perú, ahora humilde jesuita y más tarde -—ya en la gloria de Dios— santo
de la cristiandad.
Sus últimos años habrán de transcurrir en medio de un recogimiento
recoleto, entre su colección de relojes que arma y compone con paciencia
sin par y los mapas del Nuevo Mundo, que no se cansa de estudiar. ¡Plus
Ultra! Sus tiempos de experto jinete han pasado. Su armadura de
caballero, con la cual lo inmortalizara Ticiano, no ha de vestirla más,
como preanunciando que una época terminaba. Felipe II, su hijo, dirigirá
el Imperio desde el Escorial, sin acercarse a los campos de batalla.
Carlos V era, todavía, un hombre de la caballería; Felipe II será un
caballero de gabinete.
Cuando llega su hora, el 21 de Septiembre de 1558, en una casa junto
al convento, en las montañas de Extremadura, espera la muerte en paz.
Uno de sus últimos recuerdos es para un niño de once años, al que se
conoce por el nombre de Jerónimo. Es el hijo bastardo de Carlos y
Bárbara Blomberg de Ratisbona, Juan de Austria.
Al morir, Francisco de Borja pronunciará el sermón fúnebre de quien
alguna vez había sido coronado rey en Roma y emperador en
Aix-la-Chapelle y que ahora, tras una vida llena de nobleza y
distinción, marchaba al cielo.
———–
*Artículo publicado en la Revista Mikael, Año 11 nº 31, Primer cuatrimestre de 1983, Pg. 59.
[1]Cuando el rey de Aragón Fernando el Católico murió en 1516 poco
menos se paralizó la expansión ibérica en el norte de África, entre
Trípoli y Orán, circunstancia aprovechada por el pirata Barbarroja para
tomar Argel. La costa mediterránea de la península tuvo entonces que
soportar frecuentes ataques y devastaciones, no sólo en sus costas sino
en algunos casos bien tierra adentro, con la peor de las consecuencias:
el cautiverio de hombres, mujeres y niños. Si bien se intentaron algunas
operaciones militares para terminar con Barbarroja y recuperar Argel,
todas fracasaron, comenzando por la de Hugo de Moncada en 1518. Tanta
fue la audacia de Barbarroja que llegaron hasta saquear algunas
poblaciones catalanas cerca de Barcelona en 1519, estando Carlos V en la
ciudad. La situación se agravó a partir de 1529, cuando Carlos hace su
viaje para pacificar Italia: naves que lo llevaron, al regresar fueron
capturadas por un lugarteniente del corsario, Cachidiablo (el mote
puesto por el pueblo español lo dice todo), perdiéndose también por esa
época el Peñón de Argel. Pero en 1534 Barbarroja, ascendido ya a
Almirante de la armada turca, toma Túnez el 2 de agosto deponiendo al
Rey Muley Hassan, vasallo de Carlos V. Ello después de saquear una villa
napolitana, Fondi, y llevarse cautivos.
[2] Según refieren cronistas contemporáneos (Fray Prudencio de
Sandoval y Gustavo de Illescas), el saqueo de Fondi tuvo por objetivo
principal raptar a la bella viuda Julia Gonzaga, para ofrecerla como
regalo a Solimán para su harén. A duras penas y medio desnuda pudo
escapar en la noche. Según Reston mató a quién la había salvado “porque
había visto demasiado” (Defenders of the Faith, James Reston, Penguin
Books, USA, 2010).
[3] Túnez no era precisamente una aldea: su población civil no bajaba
de los sesenta mil habitantes. Algo menos que Sevilla por entonces. Y
como Cartago, distante pocos kilómetros, su ubicación estratégica era
clave.
[4] El apoyo más importante no fue material (si bien el Papa aportó
varias galeras), sino político, presionando a Francisco I de Francia
para que no emprendiera ninguna acción contra los dominios de Carlos en
España e Italia.
[5]Para tener una idea de la importancia de la presión otomana sobre
Italia vale recordar que menos de veinte años atrás los turcos llegaron
por el Adriático hasta muy cerca de donde estaba cazando el Papa León X,
quien tuvo que huir a uña de caballo, y que el mismo Clemente VII pocos
años antes no descartaba dejar Roma e instalarse en Avignon llegado el
caso de que avanzase el turco.
[6] El Gran Almirante Andrea Doria.
[7]“Díjose también que preguntaron al Emperador quién había de ser
capitán general en esta guerra, porque como había tantos señores,
reinaba entre ellos presunción, y que Su Majestad, estando armado y
descubierta la cabeza, les mostró un crucifijo levantado en alto,
diciendo: «Aquel cuyo alférez yo soy.»
Palabras por cierto en que el César mostró el amor, reverencia y fe viva
que siempre tuvo a Cristo crucificado. Con estas palabras, y con tener
los ojos arrasados, hizo derramar muchas lágrimas de devoción a los que
allí estaban, suplicando a Dios diese vitoria al príncipe.” (Fray
Prudencio de Sandoval, Historia de la Vida y Hechos del Emperador Carlos
V, T. IV, pg 195).
[8] “Era cosa notable ver un ejército de tantas y tan diferentes
gentes, y tan conformes, que no hubo desmán ni pendencia de
consideración entre ellos. Hallábanse en campo imperial veinte y seis
mil soldados de paga, según la lista de los capitanes: dos mil hombres
de armas, y caballos ligeros españoles, italianos, y muchos hidalgos
caballeros portugueses que compraron caballos y sirvieron a su costa en
esta guerra. No se supo el número de los aventureros de a pie. Los que
más sabían de guerra decían que, sin los que llevaban paga, se podían
sacar diez y seis mil hombres bastantes para tomar armas. De los
mercaderes y tratantes era grande el número. Había, además de éstos,
muchos hombres de mar, que a necesidad se podían armar, más de diez mil
buenos para tierra y diestros en el agua. Por manera que eran más de
cincuenta y cuatro mil hombres los que el Emperador tuvo sobre Túnez,
contando los que usaron las armas y los que podían a necesidad pelear, y
todos tan conformes, como digo.” (ïdem, pg 212). Entre los mercenarios
había también alemanes e italianos.
[9] Durante las semanas previas a la toma de La Goleta se sucedieron
innúmeras batallas y escaramuzas. En una de ellas cundió tanto desánimo
que estuvieron a punto de ser batidos, retrocediendo en desbande hacia
el campamento. Sandoval cuenta la reacción del Emperador: “Aquí dicen
que hizo el Emperador lo que el cónsul Mario y Paulo Emilio en la de
Macedonia, y Epaminondas, capitán y príncipe tebano, que por salvar los
suyos no temieron la muerte. Detuvo Carlos los que huían, concertólos,
rehízolos y peleó junto con ellos, de manera que ya no era escaramuza,
sino batalla: la artillería y arcabucería de los enemigos, disparaban
muy espeso; con la confusión y polvareda no se veía el daño que hacían.
El Emperador peleaba con tanto peligro de su persona, que Hernando de
Alarcón le suplicó que se retirase, porque en su persona no sucediese
alguna desgracia que fuese perdición de todos. No hizo caso el Emperador
de estos ruegos, sino diciendo con voz alta: «Santiago», su lanza en
ristre, arremetió contra los turcos: viéndole sus caballeros y soldados,
hicieron lo mesmo. Que es poderosa la presencia del príncipe, para
hacer, en tales ocasiones, de los hombres leones. Como tales pelearon
los cristianos, y apretaron a los enemigos, de suerte, que,
desbaratados, huyeron.” (Ibídem, pg 226)
[10]“Sosegado el mar y segura la tierra de la tempestad que los
embarazó, como dije, tres días, para no poder dar el combate ni por mar
ni por tierra; pues esta noche, antes de la batalla, el Emperador en
persona, acompañándolo su cuñado el infante don Luis de Portugal, visitó
todos los reparos y bestiones, las trincheas, la artillería, exhortando
con dulces palabras los capitanes y soldados con rostro alegre y
semblante animoso, diciéndoles que en esta jornada tan santa y pía, y
tan necesaria a ellos y a toda la Cristiandad, quisiesen mostrar su
valor, porque vencida y espugnada la Goleta, ni a Túnez ni a todo el
resto de Berbería quedara reparo; y que en esta victoria ganaban nombre y
riquezas que durarían para siempre. Que mirasen las victorias que
habían ganado en Italia, de los franceses y de otros príncipes
poderosos, las ciudades y castillos que habían conquistado no estando él
con ellos, sino muy lejos en España, que agora que le tenían consigo no
debían ser menos. Que no perdiesen la honra que habían ganado en
Alemaña, pues con sólo su nombre habían espantado al Turco, y héchole
retirar sin verles la cara, trayendo quinientos mil combatientes. Que
mirasen que estaba él allí como su capitán, y como un particular soldado
de ellos. Que acometiesen con ánimo, que él prometía de hacer mercedes
satisfaciendo, según los méritos, a cada uno. Con esta exhortación, tan
digna de memoria, que el César hizo a sus soldados, lunes a catorce de
julio, ya que quería abrir el alba, habiendo el Emperador oído misa y
comulgado con los de su corte, se pusieron en escuadrones todos con gran
concierto, tocaron las trompetas y descubrieron los tiros de los
bestiones, que estaban cubiertos con fajina.” (Sandoval, pg 255)
[11]También se recuperaron banderas, armas y equipos de guerra
capturados a San Luis Rey de Francia, quien enfermó y murió allí 265
años antes, durante el sitio a Túnez, que terminó en fracaso.
[12]“Estos y otros inconvenientes que muchos decían, llegaron a oídos
del César, el cual, maravillado de tan nueva alteración, que en su
pensamiento no había caído, mandó venir ante sí todos los caballeros,
capitanes y hombres de cargo, a los cuales, con palabras modestas y
graciosas, y de majestad, a 17 de julio les dijo: Que pareciéndoles
tener ya conocida su virtud y valor, jamás había pensado, si bien se lo
habían dicho, que tanta bajeza de ánimo pudiese caber en corazones de
gente tan generosa, y que en el colmo de sus vitorias quisiesen
desamparar aquella empresa, teniéndola casi vencida, faltando en lo que a
Dios debían, a sus honras, a la obligación de quienes eran, a su fe y
al juramento de caballeros. Que viesen si se debía estimar más la
reputación que la salud, que antes de salir de España, donde se pudiera
estar holgando, se le habían representado aquellos trabajos y otros
peligros mayores, pero que todos los había pospuesto con determinado
corazón de servir a Dios; que si la ganancia de la Goleta, o el temor de
nuevos trabajos, o de mayores peligros, los tenía tan deseosos de
volver a sus patrias, desde luego daba licencia a todos los que se
quisiesen ir. Que él, con los que por amor de Jesucristo y por el de sus
honras, quedasen en su compañía, o darían glorioso fin a la jornada, o
sería de él y de ellos lo que Dios tenía ordenado; pero que les hacía
saber: que él vio había pasado de España en Berbería con tanto aparato
de guerra para sólo ganar la Goleta y el armada de los turcos, sino para
echar de Túnez un ladrón enemigo del nombre cristiano y poner en
posesión de aquel reino a Muley Hazem, como se lo tenía prometido. Que
no tenía olvidados más de veinte mil hombres cristianos que estaban
cautivos con miserable servidumbre dentro en Túnez, esperando que los
sacasen de aquella esclavonía, por lo cual estaba determinado, o de quedar muerto en Africa o vencedor enteramente entrar en Túnez.” (Sandoval, pg 265)
[13]“Ordenado, pues, el campo imperial, puesto el César en la
vanguardia les dijo: Que ya veían el punto en que estaban delante al
enemigo con su gran multitud. Que el acometerlos estaba en su mano, y el
vencerlos en la de Dios. Que, pues era causa suya, y para ensalzamiento
de su santo nombre, fiados en El acometiesen con ánimo. Que la victoria
no estaba en ser muchos ni pocos, sino en la justificación y causa
sobre que se peleaba. Que allí le tenían, que era su Emperador, y el
primero que había de quedar en aquellos arenales o vencer. Que valiese
esto para que la honra de España, Italia y Alemaña no se perdiese en
Africa, donde tantas veces habían, siendo menos, vencido y destrozado a
tantos. Pidióles el sufrimiento de la sed y trabajo del calor, la
obediencia y orden con el pelear. Que sus hechos serían honrados y
gratificados por él. Finalmente, en breves razones, el César armó sus
gentes de brío, ánimo y coraje, de tal arte que ya les parecían pocos
los enemigos y largo el tiempo que se detenían en acometerlos. No tuvo
lugar el César de ser más largo en su plática, y púsose delante de los
caballos con los gentileshombres de su cámara.”(Sandoval, pg 271)
[14]Desafortunadamente Túnez volvió a manos turcas. Y por una de esas
paradojas de la historia, en el siempre cáustico imaginario popular
quedó como responsable el vencedor de Lepanto. El historiador francés
Joseph Pérez (Carlos V, Emperador de dos mundos, Italia, 1998) lo relata
en estos términos: “La ciudad volvería a ser tomada por los turcos el
13 de diciembre de 1974. Esta derrota fue atribuida a don Juan de
Austria y al cardenal Granvela, quienes en aquella época se hallaban en
Sicilia, uno ocupado en jugar a la pelota con pala y el otro en cortejar
a las damas, de ahí que las malas lenguas en Madrid pusieron de moda el
adagio: “Don Juan y Granvela, el uno por la pala y el otro por la
bragueta, han perdido La Goleta”.
