EL ENCUENTRO DE ORACION PARA ABRIL EL NUEVO ORDEN MUNDIAL
El
ocho de junio se va a realizar un encuentro de oración por la paz entre
tres personajes que no tienen fe en Cristo: Francisco, Shimon Peres y
Mahmud Abbas.
Tres hombres, tres políticos, tres mentirosos.
Tres hombres, tres ideas, tres obras de destrucción.
Tres hombres unidos en un mismo lenguaje humano, para una falsa paz entre los hombres y en la Iglesia.
Este
encuentro de oración, para conseguir una falsa paz, es el sello del
pecado de orgullo que Francisco ha obrado en su viaje a Jerusalén. Es su
sello; es decir, es el broche de oro como termina su pecado.
Es
de fariseos reunirse a orar sin creer en Cristo. Es de hipócritas hacer
un encuentro, para llamarlo de oración, cuando todos saben que es para
hacer propaganda del falso ecumenismo. Se reúnen para nada. Sólo para
seguir obrando su pecado.
Francisco
se ha querido convertir en el hombre de paz en Jerusalén. A eso ha ido:
para tomarse la foto con los judíos, con los musulmanes, lamentarse del
sufrimiento de los hombres, darse un abrazo fraterno y así aparentar,
ante todos, lo bien que hace las cosas en la Iglesia.
Muchos
no han comprendido la unidad que pide Cristo en Su Iglesia. Muchos
siguen como bobos lo que un hombre sin cultura religiosa, sin vida
espiritual, sin deseos de ser santo, hace en la Silla de Pedro. Y
quieren analizar su gobierno desde la mentira de sus obras. Y, porque no
son capaces, no tienen agallas de llamar a Francisco como un hereje
formal, como el que ha abierto la apostasía formal en la Iglesia,
entonces se dedican a escribir ríos de tinta sobre las maravillas que
Francisco hace en la Iglesia.
Y
esto es señal de que en la Iglesia no hay ninguna santidad. No hay
santos, hoy día, en la Iglesia. Hay mucha gente que habla de los santos y
que piden que se declaren santos, pero –a la hora de la verdad- cuando
es necesario levantar la voz de la santidad contra un hereje, como es
Francisco, todos miran a otro lado, todos cierran sus bocas, todos
buscan una razón que les ayude a seguir obedeciendo a Francisco.
¡Da
pena y asco cómo está toda la Iglesia! Bebiendo de las faldas de uno
que no sabe sentarse en la Silla de Pedro, sino que se acomoda para
darle gusto a la gente que le escucha.
Tres hombres, tres ideas del mal: el comunista Francisco; el judío Peres; el musulmán
Abbas. Ninguno de los tres cree en el Dios católico. Y, entonces, ¿a
quién van a adorar en ese encuentro de oración? ¿Al Dios de los tres? ¿A
los tres dioses respectivos? ¿Al Dios desconocido que está en los tres?
¿Para
qué se van a reunir si no van adorar a Jesucristo? ¿Van a ir a la
capilla, al Sagrario, se van arrodillar y a pedir perdón a Dios por sus
pecados? Por supuesto, que no lo van a hacer. Entonces, ¿qué va a ser
ese encuentro? Un reírse de todo el mundo y de toda la Iglesia. Una
risotada. Una bufonería. Una payasada.
Y no es otra cosa.
«Ante
todo, te ruego que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones
de gracias por todos los hombres, por los emperadores y por todos los
constituidos en dignidad, a fin de que gocemos de vida tranquila y
quieta con toda piedad y honestidad» (1 Tim 2, 1).
San
Pablo enseña las cuatro cosas que toda oración debe tener para que sea
agradable a Dios: hay que pedir a Dios su Voluntad (= ποιεῖσθαι δεήσεις); hay que orar con el corazón (= προσευχάς); hay que suplicar con la Sangre de Cristo (= ἐντεύξεις); hay que dar gracias en la Eucaristía (= εὐχαριστίας).
Por
tanto, todo encuentro de oración debe cumplir con esto. Si a Dios no se
le pide Su Voluntad; si el corazón permanece cerrado por el pecado,
impidiendo orar; si no se unen los sufrimientos de los hombres con el
sufrimiento redentor de Cristo; si no se pone en el Altar esa oración
del corazón; entonces, vana es toda oración, inútil, innecesaria, porque
Dios no escucha la oración del que vive en su pecado y no se ocupa de
quitarlo.
Muchas
naciones están en guerra, y los hombres se matan sin piedad unos a
otros, porque los hombres han arrojado a Dios de las naciones y de los
pueblos, de las familias y de los corazones. Y, por eso, en el mundo se
termina una guerra y se comienza otra, porque donde hay injusticias y
desorden espiritual, tiene que brotar, de forma necesaria, la discordia y
las luchas que no cesan.
Tres
hombres que no creen en el Dios verdadero, no creen que Dios es el que
da la paz. Si lo creyeran, entonces no estarían donde están: estarían,
cada uno, expiando sus pecados y preparándose para morir en la Presencia
de Dios.
Pero
son tres hombres que ya no creen en Dios, sino que hablan cosas de Dios
para engañar a todos los hombres. Usan su lenguaje humano para poder
unir tres ideas en una sola: comunismo (= el bien común regido por unos y para sólo unos pocos), sinoismo (= máximo poder, fascismo, dictadura) y la idea musulmana (= la vida conquistada por la fuerza, la destrucción y la muerte).
Es
necesario poner el fundamento de un nuevo orden mundial: una
globalización, un bien común, una comunidad de hombres, regidos por una
mano de hierro, que lo destruya todo, que lleve hacia la muerte, que
tenga el sello de la mentira.
Estos
tres hombres, que no son capaces de creer en Dios, sino que sólo creen
en su lenguaje humano: la fraternidad, la tolerancia, el diálogo para
encontrar la idea que valga, que triunfe, el encuentro con las culturas
de los hombres para dominarlos en sus vidas; y que sólo por un motivo
político, humano, material, se van a reunir para una oración al demonio.
Estos
tres hombres han construido un mundo pagano, cuyo dios ha conquistado
una gran parte de la humanidad y de la Iglesia. Ese dios los dirige y
gobierna, los seduce y los enloquece. Tres hombres desobedientes a Dios y
a Su Santa Ley. Tres hombres que viven en sus pecados: de soberbia, de
orgullo, de prepotencia y de lujuria. Tres hombres, seducidos por el
mal, para seducir al mal. Hablan para engañarse a sí mismos y a los
otros. Hablan para desearse el mal con bonitas palabras. Hablan para dar
un consuelo humano apuñalando el corazón.
Tres
hombres que creen que todo está bien y, por tanto, ignoran la raíz de
todo mal en el mundo: el pecado. E ignorando esta raíz, no son capaces
de ver al autor del pecado, su acción en medio de los hombres: el
demonio.
Pobres
hombres, que hacen un encuentro para una oración de la paz, y no hay
manera de que alguien los pueda salvar de la Ira Divina, porque no
quieren quitar sus pecados de la vista de Dios.
Ellos
se reúnen para tender sus manos al otro, para abrazar el pecado del
otro, para guiar al otro hacia el pecado. Y no se reúnen para ayudarse
uno al otro a dejar sus pecados, a mirar sus pecados, a llamar al pecado
con el nombre de pecado, a arrepentirse de sus pecados. Ellos se
tienden las manos, y ¿quiénes les tenderá a ellos las manos para
salvarlos, cuando ellos han hundido tantas manos en el abismo, en el
infierno? ¡Cuántos corazones se están perdiendo a causa de estos tres
hombres, por el pecado de estas tres mentes diabólicas!
¡No hay derecho a ese encuentro de oración! Es una bofetada a la Santidad de la Iglesia.
Ese
encuentro de oración es el resultado de las desviaciones en la fe, de
Francisco y de toda la Jerarquía infiltrada. No es la Voluntad de Dios,
porque ese encuentro no busca el bien divino, sino sólo el bien de los
hombres, de unos pocos hombres que se atreven, en su prepotencia, a
hablar en nombre de todos.
Quien en su vida acepta la mentira, hace estragos en los hombres y en el mundo.
En
un mundo dominado por pasiones turbulentas, frutos del pecado, ¿con qué
clase de lenguaje humano sobre la paz se va a quitar esa turbulencia de
las pasiones? ¿Con qué palabrería barata y blasfema sobre la paz se va
anular la guerra que cada hombre siente en su interior por sus pecados?
Sólo
la Gracia, que Cristo ha conquistado en la Cruz, pone al hombre en la
paz. Pero los hombres, cuando hablan de paz, inician una guerra.
¡Siempre! En un mundo donde Dios no tiene cabida, hablar de paz es obrar
la guerra.
Y,
entonces, ¿por qué la Iglesia quiere engañarse con ese encuentro de
oración? Porque sigue a un mentiroso, a uno que engaña, a un
falsificador de Cristo y de Su Iglesia.
Pero,
¿todavía no habéis comprendido lo que es Francisco? ¿No veis sus obras?
¿No veis que está destruyendo la Tradición, que no se sujeta al
Magisterio de la Iglesia, ni a lo que los Papas han enseñado? Se
desmarca de todos los Papas. Y nombra a los Papas que le conviene para
apoyar su mentira en la Iglesia. ¿No veis que, en su orgullo, se pone
por encima de la autoridad divina para afirmar el pecado, para valorar
el pecado, para que todos digan que el pecado es un bien, una virtud, un
camino en la Iglesia?
Toda
la Iglesia está con una venda en los ojos. Y eso es un castigo divino:
no habéis querido a un Papa legítimo. Habéis trabajado, durante 50 años
para oponeros al Papa, para desobedecerlo en muchas maneras, y habéis
visto el camino para apartarlo de su gobierno; pues, ahora, toda la
Iglesia tiene lo que ha buscado: a un hombre que les entretenga y que
los lleve, riendo, hacia el infierno.
Esto
es Francisco: un bufón de la Corte, que enseña a vivir la vida, por
encima de la toda ley divina. Una enseñanza para un infierno eterno,
para una condenación.
Y,
muchos, no acaban de verlo. Y sólo por su soberbia: como hoy dice una
herejía, pero mañana dice lo contrario, entonces Francisco no es hereje
formal. Y, en su soberbia, no ven que el lenguaje humano, que usa
Francisco, es la herejía formal. No caen en la cuenta de eso, porque no
entienden lo que significa ser pertinaz en la herejía.
Hoy
los herejes defienden sus herejías dando vueltas y vueltas a sus
palabras, para que nadie atienda a la herejía. Para que esas palabras
parezcan bellas y, sin embargo, sean totalmente heréticas.
La
herejía actual se hace hablando a la mente, no defendiendo la herejía;
es decir, diciendo al hombre lo que quiere escuchar. Y se habla de todo:
del pecado, de Cristo, de la cruz, de la penitencia, del demonio, etc.
Pero se dice lo contrario, se dicen barbaridades, mentiras, errores. Y
todos pueden ver esos errores. Pero, como se habla a la mente, como se
habla para persuadir al otro que es conveniente hacer una cosa, entonces
todos quedan cogidos en el lenguaje humano totalmente herético. Hoy el
hereje es pertinaz en su lenguaje humano. No defiende una clara herejía
sino que defiende su lenguaje humano, su forma de expresar su herejía
formal. Si Francisco no fuera hereje formal, entonces hablaría la
verdad, sin poner una mentira. Y, sin embargo, no hay homilía, no hay
discurso, no hay encíclica, no hay documento que tenga una verdad clara,
sencilla. No existe. Todo es una mezcla de verdades y de mentiras. Aquí
está su herejía formal, en su lenguaje humano, que lleva a la apostasía
formal: todo el mundo copiando ese lenguaje.
Por
eso, muchos hacen publicidad a los dichos de Francisco, y están
cometiendo la apostasía. ¡Qué pocos saben oponerse a Francisco! Tienen
miedo de decir: Francisco no es Papa. No pueden. Por lo mismo. Por el
lenguaje humano. De eso viven en la Iglesia: su fe inventada; su Papa
inventado; su estructura de obediencia inventada.
No
hay gente en la Iglesia sin pelos en la lengua. No la hay, ni tampoco
la va a ver, porque todos se han tragado el anzuelo de la masonería. Y
todos siguiendo a un bufón sin saber que es bufón. Le da importancia de
un Papa. Y Francisco, de Papa, no tiene ni un pelo.
