HAY MÁRTIRES Y MÁRTIRES...
– Por Flavio Infante
Si ya los Santos Padres preveían unos tiempos
-los últimos- en que los mártires no serían reconocidos como tales, lo que
quizás no aventuraban era la sustitución de los auténticos mártires por otros
fraguados en quién sabe qué zafio caletre postconciliar. Este vergonzoso
reemplazo, a decir verdad, entra previsiblemente en la más rigurosa lógica
anticrística: si conforme a aquel adagio que presenta al demonio como
"mono de Dios" debemos imaginar a un Anticristo más bien humanitario
y pacifista, que no visiblemente cruel (y así lo entrevió, con gran acierto, un
Soloviev), es comprensible que éste quiera ofrecer al lombricario de sus
adictos el culto de unos santos de tan dudosa integridad religiosa como probado
servicio a la causa del superhombre desligado. Pues era más que plausible que a
la progresiva sustitución de la doctrina católica por otra ajena y prometeica
le hubiera de seguir el cambio en las formas rituales, en la imaginería y, a la
postre, en los ejemplares propuestos a la veneración.
En ese verdadero crisol de fatuidades y de
embustes que ha venido a ser la enseñanza eclesial de hogaño, con efusión de
iscariotismos y agachadas a cuál más ominoso, debía llegar este fatídico año de
2014 para que nos fuera dado presenciar una conjunción insospechada, suficiente
a reclamar enseñanza y lumbre. Pero no: si la recordación de tres hombres de
Iglesia argentinos, notorios por muy distintos títulos pero con la nota común
de haber sido muertos con violencia hace cuarenta años, al tiempo en que el
ministerio petrino es confiado a un su connacional (en inmejorable coincidencia
de coordenadas espacio-temporales entre éste y aquéllos), si esta memoria,
decimos, debía de ofrecer -en condiciones, digamos, normales- pasto para un
magisterio límpido, del todo oportuno, es lo contrario justamente lo que
ocurre, para mayor desazón de los que aún guardan la fe católica, cada vez más
extranjeros en esta aturullada kermesse.
Como glosando con la efemérides la lección
del Apocalipsis (12, 4), en que la cola del dragón «arrastró a la tercera parte
de las estrellas del cielo», sólo dos de los tres muertos a conmemorarse
(precisamente los soterrados por la Jerarquía acomodaticia) pueden ser
justamente llamados mártires, ultimados in
odium fidei, mientras que el restante (el aclamado increíblemente como
"testigo de Cristo" cuando en verdad lo fue de la Revolución mundial
anticristiana), ése es el que nuestros pastores proponen como modelo a imitar.
Ahí
los tenemos a coincidir, el cardenal primado cuyo solo rostro constituye el más
elocuente de los alegatos en su contra, y ese especimen yeguarizo que un
destino asaz generoso puso en la presidencia de nuestra castigada nación. El
uno, reincidiendo en sus átonas farfullas de rigor, se sirvió presentar a la
muerte del padre Carlos Mugica como «un verdadero martirio por la causa de los
pobres». La otra, en el clímax de la insensatez y la irreverencia blasfema,
abundó -sin que ningún clérigo presente en el acto le diera la obligada lección
de cristología- que «no fue casual que el padre Mugica le pusiera a su
parroquia en la villa “Cristo Obrero”. No era solamente porque en la villa
había obreros, sino porque él recordaba que en su época de antiperonista y
cuando estaba enfrentado y dividido el país, se había utilizado la religión para
dividir a los argentinos bajo el lema de “Cristo Rey”. Y Rey, Cristo nunca, Jesucristo nunca se sintió Rey. Jesucristo se
sintió el más humilde, el más pecador».
[Los subrayados son nuestros. Dos muy recomendables artículos que esclarecen lo
relativo al malhadado padre Mugica, pueden consultarse aquí y aquí].
Hasta acá se llegó por esa exclusiva
preocupación pastoral propia del cambio de rumbo que se le impuso a la Nave de
Pedro desde el último concilio, que hizo de nuestros clérigos unos hombres
meramente prácticos... en superfluidades. Cuando no en delitos contra la ley
divina, y otrosí la civil. Curas de metralleta como el padre Mugica acabaron
por servir de eslabón entre el sacerdote adscrito al púlpito y aquel adepto a
la poltrona. Su sacrificio, infructuoso como el de Caín, dejó a los pobres más
empobrecidos, faltos ahora tanto del pan material como del espiritual. Al paso
que los errores más escandalosos iban a terminar por ser aprobados sin la menor
resistencia, y aun propuestos por la Jerarquía hoy al mando (cuyos hombres
resultan peores aún que el propio Mugica), Jordán Bruno Genta, mártir, supo
prescribir poco antes de morir el remedio más eficaz a los males que hoy
padecemos: «lo que necesita un pueblo es Teología y Metafísica, nada más». Es
decir: el Unum necessarium, cuya
penosísima falta ha hecho languidecer a nuestra patria al punto de gloriarse
nada menos que de su postración, y de acabar rindiendo homenaje a quienes la
empujaron al abismo.
Lo supo también Carlos Alberto Sacheri,
mártir, quien, viendo cundir esa «herejía inmanente» del modernismo (ya bajo
Pío XI devenida modernismo moral,
jurídico y social, de lo que bajo san Pío X había sido un modernismo
eminentemente dogmático), y notando la infestación creciente del mismo entre
consagrados, señaló la aparición de un nuevo clericalismo: el de los sacerdotes
que confunden su ministerio con veleidades sociológicas. Y propuso, para salir
del atolladero, que el laicado tomara a su cargo «la misión providencial de
mostrar a los clérigos debilitados en su Fe que la verdad cristiana que el
laicado tiene por misión irradiar en todo el orden temporal es la única
solución para los problemas humanos, naturales y sobrenaturales. Si se logra
esto, son muchos los sacerdotes que retornarán al espíritu de auténtica
fidelidad que nunca debieron abandonar». Esto es: al confesionario, al altar,
que no a la barricada ni a la componenda con el enemigo.
Visto
en: http://in-exspectatione.blogspot.com.ar/
Nota de NCSJB: El agregado de las fotos a continuación es nuestro
Homenajeando
el marxismo terrorista
Nacionalismo Católico San Juan Bautista





