ALEJANDRO SOSA LAPRIDA: LAS RECIENTES CANONIZACIONES Y LA IGLESIA CONCILIAR
La iglesia conciliar,
voluntariamente sumisa a los desvaríos modernistas y cada día más
hundida en la pútrida ciénaga del ecumenismo mundialista, ofrece de sí
misma un espectáculo lamentable de traición sistemática y de apostasía
vergonzosa. De allí es que le nace la imperiosa necesidad de legitimarse
ante la opinión pública a través de un alardear incesante sobre los
méritos de un concilio que es equiparado, sin ruborizarse, a un nuevo
“Pentecostés”… Y, para consumar tamaño fraude, no ha encontrado mejor
solución que canonizarse a sí misma, canonizando a uno de
sus principales artífices, Juan XXIII, y a quien terminara de
consolidar la revolución conciliar, Juan Pablo II. A la espera de que
otro tanto ocurra con el segundo artífice de la nefanda asamblea, Pablo
VI, quien será “beatificado” por Francisco en octubre próximo. Y de este
modo, dado que Juan, Pablo y Juan Pablo son
“santos”, con mayor razón lo será también “su” concilio, con todas sus
reformas subversivas y su pseudo-magisterio humanista. Va de suyo que
quien se atreva a poner en entredicho esta perpetua fiesta del
“Pentecostés conciliar” será considerado como un haereticus vitandus,
por cierto el único condenado y perseguido en el aquelarre sincretista
de la neo-religión elucubrada por Vaticano II…De cuyos dos emblemáticos
neo-santos presentamos a continuación unas elocuentes imágenes, reflejo
fiel del heroico ejercicio de sus virtudes teologales, modelo
incontestable de “apertura”, de “diálogo” y de “pluralismo”, destinado a
la correcta programación mental de los incautos cristianos
“conciliares”, atrapados como moscas aturdidas en la viscosa telaraña de
la religión ecuménica…
El cardenal Angelo Roncalli, futuro papa
Juan XXIII, recibiendo de rodillas el capelo cardenalicio de manos de
Vincent Auriol, presidente francés, socialista y francmasón,
anticlerical declarado y laicista acérrimo, el 15 de enero de 1953.
Nuncio apostólico en París, Roncalli prefirió recibirlo de manos de ese
enemigo mortal de la Iglesia, lo que permitía el protocolo, en vez de
desplazarse a Roma para recibirlo de manos de Su Santidad, el papa Pío
XII, que acababa de proclamarlo cardenal en el Consistorio celebrado el
12 de enero. Un gesto revelador de la « santidad » y de la manera de pensar del padre de Vaticano II…
« ¡No os unáis en yunta desigual con
los infieles! ¿Qué relación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué
unión puede haber entre la luz y las tinieblas? ¿Qué armonía
entre Cristo y Belial? ¿Qué participación del fiel con el infiel? ¿Qué
conformidad entre el santuario de Dios y el de los ídolos? Porque
nosotros somos santuario de Dios vivo, como dijo Dios: ‘‘Habitaré en
medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi
pueblo.’’ » (San Pablo, II Corintios 6, 14-16)
Juan Pablo II invitó a las falsas
religiones a « rezar a Dios » para obtener la « paz en el mundo » en la
ciudad de Asís, el 27 de octubre de 1986. Hecho aterrador : ¡ Nada menos
que el « Vicario de Cristo » y el « Sucesor de Pedro » promoviendo los
cultos idolátricos y heréticos, aprobando implícitamente sus creencias y
reconociéndolos por consiguiente como opciones religiosas legítimas
para dirigirse a Dios ! Esto se opone diametralmente tanto a la doctrina
como a la práctica constantes de la Iglesia, desde sus orígenes
apostólicos hasta Vaticano II y constituye una violación manifiesta del
primer mandamiento. He aquí lo que decía Pío XI al respecto : « (…)
invitan a todos los hombres indistintamente, a los infieles de todo
género como a los fieles de Cristo (…) Tales empresas no pueden ser
aprobadas por los católicos de ninguna manera, ya que se basan sobra la
teoría errónea según la cual todas las religiones son todas más o menos
buenas, en el sentido de que todas, aunque de maneras diferentes,
manifiestan y significan el sentimiento natural e innato que nos conduce
a Dios y nos lleva a reconocer con respeto su poder. La verdad es que
los partidarios de esa teoría se extravían en pleno error, pero además,
pervirtiendo la noción de la verdadera religión, la repudian (…) La
conclusión es clara : solidarizarse con los partidarios y los
propagadores de tales doctrinas es alejarse completamente de la religión
divinamente revelada. » (Encíclica Mortalium Animos, 1928)
Oración solemne del Viernes Santo por la conversión de los cismáticos y heréticos : « Oremus
pro haereticis et schismaticis ut Deus et Dominus noster eruat eos ab
erroribus universis et ad Sanctam Matrem Ecclesiam catholicam atque
Apostolicam revocare dignetur. »
Oración solemne del Viernes Santo por la conversión de los infieles : « Oremus
et pro paganis ut Deus omnipotens auferat iniquitatem a cordibus eorum
ut, relictis idolis suis, convertantur ad Deum vivum et verum et unicum
Filium ejus, Jesum Christum Deum et Dominum nostrum. »
« En el Budismo, según sus varias
formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se
enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado,
pueden adquirir ya el estado de perfecta liberación, ya la suprema
iluminación, por sus propios esfuerzos, o bien apoyados en el auxilio
que viene de lo alto. » (Nostra Aetate n°2)
« La Iglesia mira también con aprecio
a los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistente,
misericordioso y todo poderoso, Creador del cielo y de la tierra, que
habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con
toda el alma como se sometió a Dios Abraham. (…) Aprecian el día del
juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por lo
tanto, valoran la vida moral y honran a Dios sobre todo con la oración,
las limosnas y el ayuno. Si en el transcurso de los siglos
surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y
musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que olviden el pasado,
y procuren y promuevan unidos la justicia social y los bienes morales,
la paz y la libertad para todos los hombres. » (Nostra Aetate n° 3)
Oración solemne del Viernes Santo por la conversión de los judíos : « Oremus
et pro perfidis Judaeis ut Deus et Dominus noster auferat velamen de
cordibus eorum ut et ipsi agnoscant Jesum Christum Dominum nostrum. » Es particularmente instructivo cotejar la enseñanza católica que expresa sobriamente esta oración litúrgica con la novedosa doctrina conciliar de Nostra Aetate, perfectamente expuesta por el cardenal Willebrands en el siguiente texto oficial del Vaticano: http://www.es.catholic.net/ecumenismoydialogointerreligioso/790/2609/articulo.php?id=25919 (cf. también este excelente artículo : http://www.traditioninaction.org/HotTopics/a028htJPII_VisitToSynagogue1986.htm )
Esas oraciones solemnes del Viernes Santo
expresan perfectamente la fe católica. Y condenan sin atenuantes tanto
la empresa ecuménica de Vaticano II como las múltiples jornadas
interreligiosas de Asís que de ella se inspiran. Es por ese motivo que
fueron modificadas durante el concilio, como lo explica Annibale Bugnini
en el Osservatore Romano del 19 de marzo de 1965 : « En el clima ecuménico del segundo Concilio del Vaticano varios nos han hecho notar que algunas expresiones de las Orationes Sollemnes
del Viernes Santo suenan bastante mal a los oídos de hoy (…) Por
ese motivo se nos ha pedido insistentemente si no era posible cuando
menos atenuar ciertas frases (…) Hemos considerado necesario llevar a
cabo ese trabajo, a los efectos que la oración de la Iglesia no
constituya una razón de malestar espiritual para nadie. » (http://www.sacrosanctum-concilium.org/textes/dc/1965/603/603.php)
Ahora bien, esto es extremadamente problemático, ya que, según reza el
adagio del siglo quinto atribuido al papa San Celestino I : lex orandi, lex credendi, la ley de la oración determina la del creer…
« En el Hinduismo los hombres
escrutan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable
fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía,
y buscan la liberación de las angustias de nuestra condición mediante
las modalidades de la vida ascética, a través de la meditación profunda,
o bien buscando refugio en Dios con amor y confianza. » (Nostra Aetate n° 2)
« Hay algunos que os perturban y que pretenden pervertir el Evangelio de Cristo. Pero si nosotros o un ángel del cielo os anunciase un evangelio distinto del que habéis recibido, que sea anatema. » (San Pablo, Epístola a los Gálatas 1, 7-8)
