sábado, 14 de junio de 2014

LES ADVERTIMOS SOBRE EL NUEVO ORDEN MUNDIAL


LES ADVERTIMOS SOBRE EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

 El judío se percata de las ilimitadas perspectivas que allí se le brindan para el futuro y, mientras se aprovecha, por un lado, con absoluto conocimiento de los métodos capitalistas de la explotación humana, se aproxima, por el otro a las víctimas de sus manejos, para luego convertirse en el líder de la "lucha contra sí mismo"; es decir, en un sentido figurado, porque el "gran maestro del embuste" sabe presentarse siempre como un inocente, atribuyendo la culpa a otros. Y como, por último, tiene el descaro de guiar él mismo a las masas, éstas no se dan cuenta de que podría tratarse del más infame de los fraudes de todos los tiempos. Mientras así sucedían las cosas, al poco tiempo de surgir la nueva categoría social, aparecida de la transformación económica que se hacía sentir en todas las clases, el judío avistaba, con toda nitidez y claridad, el nuevo itinerario a seguir para su prosperidad siempre en aumento. Antaño, se sirvió de la burguesía como arma contra el Mundo feudal; ahora va a azuzar al obrero contra el burgués. Si, a la sombra de la burguesía, él alcanzó, por los medios más sucios, la conquista de los derechos de ciudadanía, espera ahora encontrar, en la lucha del obrero por sus derechos, el camino para implantar su dominio político.
De ahora en adelante, el destino del trabajador será el de luchar por el futuro del pueblo judío. Sin apercibirse, se pone al servicio de la potencia que piensa combatir. Con la ilusión de atacar al capital, lucha a favor de éste. Vocifera contra el capital internacional, pero lo que está destruyendo en verdad es la economía nacional, pues es ésta la que interesa destruir para que, sobre sus escombros, se pueda edificar triunfalmente la Bolsa Internacional de Valores.Veamos cómo procede el judío en este caso: Se acerca al obrero y, para granjearse la confianza de éste, finge conmiseración hacia él y hasta parece indignarse de su suerte de miseria y de pobreza. Luego pretende preocuparse por las penurias reales o imaginarias de su vida y ayuda a fomentarle el ansia del mejoramiento de sus condiciones. El deseo de justicia social, que en alguna forma existe siempre latente en todo ario, el judío lo aprovecha de un modo infinitamente hábil, alimentando el odio contra los que más poseen, dándole de esta manera un sello ideológico a la lucha contra los males sociales; a esa campaña por la "destrucción de las plagas sociales" le imprime un carácter de universalismo bien definido. Así funda el judío la doctrina marxista.
Presentando esta doctrina como íntimamente ligada a una serie de justas exigencias sociales, favorece la propagación de ésta y provoca, por el contrario, la resistencia de los bien intencionados contra la realización de estas exigencias, por haber sido proclamadas de un modo imposible de ser cumplido. Bajo ese disfraz de "ideas puramente sociales" se esconden intenciones francamente diabólicas. Ellas son presentadas al público con gran petulancia. Pero esa doctrina representa una mezcla de razón y de locura, y de tal forma, que sólo la locura y nunca el lado razonable consigue convertirse en realidad. Por el desprecio categórico de la particularidad y, por consiguiente, de la Nación y de la Raza, destruye las bases elementales de toda civilización humana, que dependen justamente de esos factores?. Ésta es la verdadera esencia de la teoría marxista, si es que se puede dar a ese aborto de un cerebro criminal la denominación de "doctrina". Con la ruina de la personalidad y de la raza, desaparece el mayor reducto de resistencia contra el reino de los mediocres, del cual el judío es el representante más típico.
Esa doctrina debe ser juzgada justamente por sus desvaríos en materia económica y política. Todos los seres inteligentes se negarán a entrar en su séquito, y sólo a quienes les falta suficiente claridad intelectual o preparación económica se harán sus partidarios. Y el judío, dentro de sus propias filas, "sacrifica" algunos de sus elementos inteligentes para sostener el Movimiento, pues incluso semejante "doctrina" no se podrá mantener sin la inteligencia.Así se forma un seudo Movimiento del trabajo, bajo la jefatura de los judíos.
Aparentan tender a la mejora de las condiciones de los trabajadores, teniendo en la mente, sin embargo, y como siempre, la esclavización y el aniquilamiento de todos los pueblos que no son judíos.
La Masonería se encarga, por medio de la prensa hoy en manos de los judíos, de llevar a la burguesía y a las clases populares hacia la idea de que la defensa del país debe consistir en el pacifismo. A esas dos armas demoledoras se asocia, en tercer lugar, la organización de la violencia bruta interna, que es la más temible. Como patrulla de ataque, el marxismo tiene que consumar la obra de destrucción que las otras dos armas le preparan.
Se trata de una acción simultánea, admirablemente conjugada. No debe provocar extrañeza el hecho de que semejante arma pueda destruir instituciones que se complacen en figurar como exponentes de la autoridad suprema, más o menos legendaria. Es en las más altas esferas de la Administración donde el judío, en todas las épocas y con raras excepciones, descubre a los colaboradores más dóciles de su obra de destrucción. Esa clase está caracterizada por la sumisión aduladora cuando trata con superiores, e impertinencia arrogante con los subalternos. Otra característica es una estupidez que clama a los cielos y sólo se ve superada por una presunción fuera de lo común.
Todo eso son defectos que el judío necesita para dominar a nuestras autoridades y que cultiva con esmero. La lucha que entonces se inicia puede ser, a grosso modo, dibujada de la siguiente manera: De acuerdo con los fines que persigue la lucha judía y que no se concretan solamente a la conquista económica del mundo, sino que buscan también la dominación política, el judío divide la organización de su doctrina marxista en dos partes que, separadas aparentemente, son en el fondo un todo indivisible.

Adolf Hitler. Mi Lucha pag 193-194-195