«¿Y no he de apiadarme yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de
ciento veinte mil personas que no saben distinguir
entre su derecha y su izquierda?»
(Jonás 4,11)
Que la vida del cristiano consiste en una psicomaquia usque ad mortem era cosa sabida al menos desde que san Pablo aleccionó a los Efesios (6, 12) con aquellas imborrables palabras: «nuestra
lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra
las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso...».
Con razón Straubinger, comentando este pasaje, se recostaba en la
microbiología: «el que por primera vez se entera del descubrimiento de
Pasteur sobre los gérmenes infecciosos que pululan por todas partes,
siente como una reacción que lo hace ponerse a la defensiva, movido por
el instinto de conservación. San Pablo, que ya nos enseñó cómo las cosas
de la naturaleza son imágenes de las sobrenaturales (Rm 1,20), nos
revela aquí, en el orden del espíritu, lo mismo que Pasteur en el orden
físico, para que podamos vivir a la defensiva de nuestra salud contra
esos enemigos infernales que, a la manera de los microbios, no por
invisibles son menos reales, y que como ellos nos rondan sin cesar
buscando nuestra muerte».
Lo terrible -y seguramente impensable por todas las generaciones
católicas que nos precedieron- era que un día, en este combate
espiritual sin tregua, el simple fiel habría que habérselas con el
mismísimo Vicario de Cristo devenido al fin agente de corrupción de la
fe y la inteligencia. Que, aunque de la talla intelectual de uno de esos
microbios de Pasteur, lograría -por el menoscabo inferido a su
nobilísimo cargo, y porque la confusión resulta sembrada, a sus
expensas, desde la más empinada de las perspectivas- obrar un daño que
ni vastos ejércitos de enemigos invisibles hubieran aspirado a propinar.
En el breve vídeo que reportamos más arriba, verdadero collage de defecciones de hoy y de ayer, consta un pasaje de la clamoreada entrevista que Francisco concedió días atrás a La Vanguardia,
de Barcelona. Hay para todos los disgustos, ni se podía hablar peor con
tanta concisión. Comienza por las justificaciones que los antisemitas
habrían manoteado en pro de sus tesis, y lo hace con una serenidad de
libre-asociación de veras sorprendente: la "leyenda negra" (¿¿??)
(¿habrá querido decir acaso que se les imputa a los judíos el haber
urdido la "leyenda negra" contra España? ¿O estará sugiriendo la
existencia de una "leyenda negra" antijudaica, desconocida al menos con
esa nomenclatura?); el judío sin patria, vagabundo; el pueblo deicida... Sobre esto último, se despacha con que «el Concilio Vaticano II cortó con eso, y le costó mucho a la Iglesia Católica, por estos grupos más...»
(y deja en suspenso la adjetivación), sin advertir que la acusación de
deicidio, imborrable a instancias de ningún concilio, se sigue
inevitablemente de la unión hipostática (al matar a Jesús, los judíos
estaban matando al mismo Dios), y que si debemos eliminar la figura de
deicidio también debemos hacer lo propio, a fuer de consecuentes, con el
título mariano de Theotókos.
Pero no queremos hurgar en estas trágicas deficiencias teológicas del
obispo de Roma, que lo acreditarían para una vuelta urgente a las aulas,
que no a la Cathedra Petri. Nos baste señalar otro de los ya recurrentes latiguillos del Francisco, que tiempo atrás suscitó una acertada repuesta fundada
en un artículo escrito por Francisco Canals hace más de sesenta años.
Se trata de la cuestión de las "derechas", que con tanta aprensión se ve
Bergoglio urgido a tratar de tiempo en tiempo, ahora con oportunidad
del antisemitismo. «Está muy unido a... en general, ¿no?..., no es
una regla fija, pero muy unido a las derechas, ¿no?Generalmente el
antisemitismo anida mejor en corrientes políticas de derecha que de
izquierda», dijo Francisco en pulcra prosa. Y parece que no dijo
mucho más, aunque resulta obvio que el filoso adagio sirve a pagar el
enésimo tributo de Bergoglio a la corrección política sive prudentia carnis.
Cuanto al antisemitismo o cualquier otra forma de odio racial, suponemos
innecesario recordar que éste no puede contar con la bendición de la
Iglesia. Lo que no obsta para reconocer la insoluble enemistad -fundada
en razones teológicas, que no raciales- entre la Iglesia y la Sinagoga.
Pero detengámonos en la cuestión de las "derechas", tan cara a
Francisco. Y recordemos la lección de José Antonio Primo de Rivera
(mente genuinamente católica entre las que se aplicaron a las
turbulencias de la política), que rechazaba las categorías de
«izquierda» y «derecha», dimanadas irreparablemente de la Revolución,
para sostener que «los partidos políticos nacen el día en que se pierde
el sentido de que existe sobre los hombres una verdad bajo cuyo signo
los pueblos y los hombres cumplen su misión en la vida», y que «la
Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible» que no
puede someterse al dialecticismo compulsivo dimanado de la Revolución.

Canals lo señaló con gran agudeza en El "derechismo" y su inevitable deriva izquierdista: «la
derecha vino a ser aquel sector político que, en el ambiente del
constitucionalismo liberal, quería salvaguardar el orden y la autoridad»
siendo el orden que se trataba de defender «precisamente el nacido de
la Revolución». De aquí la inconsecuencia, el tironeo inevitable en la
conciencia de los exponentes de la derecha: «mientras la izquierda
proclamaba que nada le parecería demasiado revolucionario, la derecha se
esforzaba siempre por poner de relieve lo “moderado” y “prudente” de su
actitud antirrevolucionaria, y se gloriaba por ello de poder mostrar,
como testimonio de su amor a la libertad y al progreso, que no dejaba de
ser considerada ella misma como revolucionaria por los “extremistas de
la derecha”, por los “reaccionarios”. El resultado necesario de esta
situación fue el constante desplazamiento hacia la izquierda, no sólo de
la opinión y de los partidos, sino de la norma de valoración con que se
juzgaba del derechismo y del izquierdismo». Para confirmación de lo
dicho, vemos hoy cómo los partidos conservadores que veinte años atrás
se oponían a la legislación del aborto, propia de las plataformas
políticas de izquierda, han terminado por aceptarla mansamente -entre
otras proclamas que corrieron idéntico albur. La homologación a
siniestra, aceptadas las premisas revolucionarias, parece irresistible.
«El “conservadurismo cultural” queda, pues, sumergido en una dialéctica
“evolucionista” y “progresista”. ¿No consiste acaso su defensa en
proclamar también que “somos nosotros” –los conservadores- los
verdaderos “innovadores”, y que en resumen “la verdadera revolución
–también en el orden de la cultura y del pensamiento- la hacemos
nosotros”?».
De aquí la obligada y terminante distinción entre "conservadores" y
"tradicionalistas", no siempre bien reconocida en el mareo habitual de
los términos. Si aquéllos insisten en asumir a la política como el "arte
de lo posible", cabe a los hombres de la Tradición recordar las
prerrogativas irrenunciables de la Verdad, que hacen de la política, en
todo caso, "el arte de hacer posible lo necesario". Lo que no supone
buscar febrilmente una ilusoria equidistancia entre las dos alas
políticas de la Revolución. Concluye Canals: «¿acaso defendemos como
actitud adecuada la de neutralidad entre la derecha y la izquierda? De
ningún modo. Creemos que conviene precisamente denunciar en el
“conservadurismo” su inversión de valores y su fidelidad a los
principios revolucionarios. Pero si alguien entiende por “derechismo” el
auténtico espíritu de defensa del orden cristiano contra la Revolución
anticristiana –y así lo entienden muchos que al atacar a la derecha
defienden en el fondo el espíritu revolucionario-, entonces creo que no
habría que hacer otra cosa sino proclamarse “ultraderechista”».
Suponemos que en esto estriba, en el fondo, el sentido del declamado y
recurrente rechazo de Francisco a la "derecha", tic propicio a una
mentalidad que disuena fatalmente con la grave responsabilidad que le
fuera encomendada. Hay un orden social cristiano que supone la primacía
de Roma sobre todos los reinos de la tierra, siendo inalienable la
triple misión de la Iglesia de enseñar, santificar y gobernar. Es obvio
que esto supone la inmutabilidad de la doctrina y la recusación enérgica
de todo fermento revolucionario. Depuesto este principio, no queda sino
musitar lastimosamente la letra impuesta por el progresismo, siquiera
para salvar el cuero. No, Francisco no nos engaña: Francisco es de
derecha, de esa derecha asustadiza que nota el ímpetu energuménico de la
izquierda más exaltada, de los enemigos más encarnizados de la Iglesia
que ansían tomarla por asalto, y opta entonces por la mimesis,
comenzando por el lenguaje. Habrá que situarse, como Canals, en la ultraderecha, es
decir, mucho más allá de la derecha, al abrigo de una lumbre estelar
que nos permita contemplar la gusanera de la modernidad tardía sin estas
indecorosas contaminaciones.