¡QUÉ TIEMPOS AQUÉLLOS!
Por EL ARCA en
El Dios y la Iglesia que alegraron mi juventud
Por Rafael Gambra
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que afrentan caen sobre mí
(…)
Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí. (salmo 68)
Siempre
me admiró la forma como la Iglesia Católica se entrañaba en la vida de
los pueblos y de las familias. Cómo sostenía sus costumbres, haciéndose
carne de ellas, y cómo a la vez las santificaba.
¡Qué
obra de arte, de armonía y de profundidad fue la civilización
cristiana! Las plegarias cotidianas y los toques de oración señalaban
las horas del día. Las fiestas y el año litúrgico marcaban los tiempos,
las faenas y el descanso. Cristianas eran las alegrías y cristianos los
dolores del pueblo cristiano. Santo el nombre de cada humano, y su
fiesta era de un santo. Un sacramento alumbraba la vida que nacía, otro,
la plenitud gozosa del matrimonio; otro consolaba al que se iba de este
mundo.
¿Qué
fácil era el cura de pueblo, desde la dignidad de su sotana, mantener
el respeto reverencial y a la vez el gesto amable y paternal! ¿Qué
figura venerable la del párroco de nuestra juventud! Cómo acudían a él
los niños a besarle la mano, pronunciando el “Ave María Purísima”. Y a
escuchar de sus labios siempre una palabra de padre. Él era
inequívocamente pastor, y a él acudían para consuelo y consejo las
tribulaciones de la juventud y las penas de la vejez. Y aquellas gentes
tenían como la mayor honra de su vida ver a un hijo suyo sacerdote.
¡Qué
grandeza la de los templos que nuestra fe levantó! En cualquiera de
nuestras aldeas su templo parroquial vale más que todo el pueblo junto.
Y
qué dignidad y belleza la del culto divino, aun con los medios más
modestos. El latín, el canto gregoriano, la solemnidad de la Misa “de Angelis”, obras
de una tradición milenaria. Y en el funeral por el que se nos fue, qué
estremecimiento íntimo en el oficio de difuntos, en el “Dies irae”,
en el responso final… Las devociones sinceras de la Virgen del lugar,
Las procesiones de santos, la romería anual… apostolado sencillo,
religión entrañada y de verdad, que nos hizo llegar pujante y
consoladora la fe de nuestros mayores, la del mismo Cristo…
Pero
llegó el post-concilio y con él, el “nuevo cura”. Ya todo terminó. Él
sabe más que veinte siglos de catolicidad. En su inmenso portafolio
lleva un nuevo culto, casi una nueva religión, que aprendió de maestros
holandeses. Y un inmenso desprecio por la fe de aquel lugar.
Ya
no vestirá sotana, vestirá como cualquiera, y con torpe desenvoltura
tratará de hablar y de reír como los demás. Con él viene “la Iglesia de
los pobres”, pero él será el primer párroco con coche (“instrumento de
trabajo” para no estar nunca en el pueblo).
Para
reconocer en él al cura es preciso apelar a nociones abstractas, porque
lo que se ve es la antítesis, su negación misma. ¡Qué afrenta a la fe,
que desprecio al pueblo fiel!.
Ya
no hay unción ni respeto, ni devoción, ni fervor. Solo ruidos,
innovación, petulancia e impiedad. Ya los niños no acuden al paso del
sacerdote. ¿A qué fin? Todo cuanto ha existido debe ser cambiado por
“preconciliar”. Ya no suenan las campanas del Angelus, ni el
pueblo se reúne en la Misa Mayor. Fiestas y procesiones han sido
alteradas o suprimidas sin el menor respeto; incluso el santoral ha
cambiado.
El
culto divino se ha extenuado hasta su extremo. Ya no existe el latín,
ni el gregoriano de la liturgia católica; toda la polifonía clásica ha
sido estirada. Salmos con ritmo protestante y ritmos irreverentes han
ocupado su lugar.
Y
la estridencia, la improvisación constante, el mal gusto. Altavoces por
todas partes con su resonancia metálica, altavoces de feria en el
templo, hasta en los entierros. (Sordo debe ser su Dios, o no los quiere
escuchar). El silencio, el recogimiento, la oración personal, no tienen
ya cabida en el templo.
Y
como sustancia de toda esta siniestra algarabía, la prédica “social”.
¡Que todos la escuchen callados, y que nadie se arrodille al comulgar…!
Violencia a las almas, violencia a las conciencias y a la sensibilidad… todo en nombre de la libertad y del “hombre moderno”.
Mientras
tanto, las costumbres se corrompen en los pueblos, y la fe se pierde en
las almas. ¿Quién enderezará ya todo esto, quién sembrara de nuevo la
fe? ¡Danos, Señor, paciente y fortaleza para tantos males aguantar!
De Tradición Digital
