No morirá tu nombre
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Se cumple un nuevo aniversario de la muerte de nuestro prócer máximo.
El 17 de agosto de 1850, el gran capitán del glorioso ejército de los
Andes exhalaba su último suspiro. Lejos de su patria, lejos de sus
afectos, lejos de los pueblos libres que galopó tantas veces guiando a
sus aguerridos granaderos, mostrando el temple y la valentía de todo
general que se jacte de lucir el uniforme del ejército patrio.
Hoy siniestras sombras se abaten una vez más sobre nuestro cielo.
Infelices voces supuestamente revisionistas pretenden desmerecer a
nuestros padres fundadores, suplantándolos por falsos ídolos de pies de
barro, funcionales a sus foráneas ideologías.
Pero tan vano esfuerzo está destinado al rotundo fracaso. Como bien
lo dijera don Olegario V. Andrade en el párrafo final de su ofrenda al
Gran Capitán…
¡No morirá tu nombre!
Ni dejará de resonar un día
Tu grito de batalla,
Mientras haya en los Andes una roca
Y un cóndor en su cúspide bravía.
¡Está escrito en la cima y en la playa,
En el monte, en el valle, por doquiera
Que alcanza de Misiones al Estrecho
La sombra colosal de tu bandera!
No soy escritor ni historiador, por lo cual me permito ofrecer como
humilde homenaje al General don José de San Martín, una breve y emotiva
semblanza salida de la pluma del reconocido escritor y diplomático don
Abel Posse quien, seguramente, sabrá disculpar este atrevimiento.
“Hasta hace poco podía ir erguido, con su bastón y su chalina, por la
calle de la iglesia hasta la plaza del municipio. Todavía podía
comprarse algún cigarro bueno si había llegado desde Perú el demorado
giro de su devaluada pensión. El librero, el almacenero, el notario, lo
saludaban con respeto. El Intendente alguna vez les había hecho saber
que era un gran general, que había vencido a regimientos de España que
no había podido derrotar el mismo Napoleón. Le decían le général.”
“Antes cuando todavía podía hacerlo, él mismo iba a encargar carne de
vaca que hacía cortar de una forma extraña. Una vez, el Señor Brunet,
dueño de la Boucherie Chevaline contó que el general había señalado con
el bastón la cabeza de caballo dorada, insignia del negocio, y le había
dicho: “no se deben comer los caballos, señor Brunet”.
“Sería porque en algunas noches sus entresueños se llenan de
caballos. A veces son las mulas firmes y astutas, en el terrible frío y
en los roquedales andinos, otras son los caballos cargando por el llano
con los ojos enrojecidos, la crin al viento, echando espuma. Le parece
oler el noble sudor cuando su asistente le retiraba la silla y el mandil
y los acariciaba.”
“A veces tiene la suerte de ser visitado por lo que es para él la más
noble de las músicas: el retumbar creciente de los cascos cuando su
regimiento azul iba tomando carrera y ya se ordenaba desenvainar sables y
bajar lanzas. Si fuera poeta, si no fuera tan reservado, trataría de
escribir para retener eso que se siente. Trataría de decir que es algo
grande, una exaltación suprema de la vida, como la culminación del amor.
Centauros. Los caballos criollos y los granaderos con sus chaquetas que
él mismo quiso que fueran las más elegantes, pese a la poca plata que
pudo mandarle el abnegado Pueyrredón.”
“Son amigos inolvidables. Los caballos del combate, los de las
infinitas marchas por los despeñaderos, los del triunfo (cuando entró en
Lima y encontró la sonrisa de Rosa) o los callados compañeros que lo
trajeron desde Guayaquil, enfermo, hasta su chacra en Mendoza. “Fue más o
menos cuando murió Remedios. Y seguramente cuando yo empecé a morir”.
“¿Cómo puede haber gente que coma caballos?”
Abel Posse. “La Santa Locura de los Argentinos”. Fragmento pág. 78/9
