LOS ENGAÑOS DEL SINODO (1)
Primer engaño: «esto
motiva la necesidad de que la Iglesia anuncie sin descanso y con
profunda convicción el “Evangelio de la familia” que le ha sido confiado
con la revelación del amor de Dios en Jesucristo» (v. 4):
no existe el Evangelio de la familia, sino sólo el Evangelio de Jesús.
Dios no ha confiado a la Iglesia ningún Evangelio de la familia, sólo le
ha confiado la Palabra de Dios, que es Jesús.
PRESIONE "MAS INFORMACION" A SU IZQUIERDA PARA LEER EL ARTICULO
Segundo engaño: «Ya
el convenire in unum alrededor del Obispo de Roma es un evento de
gracia, en el cual la colegialidad episcopal se manifiesta en un camino
de discernimiento espiritual y pastoral» (v. 3). El sínodo no
es un evento de gracia, sino de desgracia, por haber sido convocado por
un falso Papa, Bergoglio. Todos hacen unidad alrededor del Obispo de
Roma, que es apóstata de la fe, hereje y cismático. Conclusión: la
colegialidad episcopal se halla sin la luz del Espíritu, marcando un
camino en que no se puede dar ningún discernimiento espiritual ni
pastoral. Nadie busca la verdad, la sola verdad, que es Cristo. Luego,
nadie discierne nada, sino que abren un camino de auténtica mentira para
toda la Iglesia.
Tercer engaño: «Es
necesario partir de la convicción de que el hombre viene de Dios y que,
por lo tanto, una reflexión capaz de proponer las grandes cuestiones
sobre el significado del ser hombres, puede encontrar un terreno fértil
en las expectativas más profundas de la humanidad» (v. 11). Han
anulado el pecado original y el pecado personal de cada hombre. Porque
si se quieren hacer las cosas bien en la Iglesia, es necesario partir
del hecho de que el hombre es pecador por naturaleza, es decir, nace en
pecado original, y comete el pecado en su vida de forma diaria, si no se
ayuda de la gracia, de los sacramentos. Ya no se parte del hecho del
pecado, sino de que el hombre viene de Dios. Por lo tanto, la reflexión
que se hace es totalmente falsa, llena de mentiras y de claras herejías.
El significado del ser hombre no se busca en la humanidad, sino en
Dios: en el plan que Dios puso al hombre en el Paraíso. En el plan que
Cristo puso al hombre en Su Iglesia. Como no se va a la Revelación
Divina, sino que se la niega con bonitas palabras, con la jerga del
lenguaje humano, entonces tenemos un documento que no pertenece a la
Iglesia Católica.
En
este Sínodo están respirando lo mismo que pasó en el Concilio Vaticano
II, pero hay un agravante: no hay un Papa legítimo que sostenga esta
impiedad, este cisma claro, que se da ya con este documento.
Cuarto engaño: «Es
necesario aceptar a las personas con su existencia concreta, saber
sostener la búsqueda, alentar el deseo de Dios y la voluntad de sentirse
plenamente parte de la Iglesia, incluso de quien ha experimentado el
fracaso o se encuentra en las situaciones más desesperadas» (v.
11). Es necesario dar a las personas la doctrina de Cristo, para que
acepten la vida de Cristo. No hay que aceptar la vida de las personas,
con sus existencias, porque todos son pecadoras. Este es el punto que
anulan. Se dedican a lo social, a lo cultural, a dar un gusto a la
gente. Te acepto como homosexual, pero no te obligo a vivir la doctrina
de Cristo, porque es más importante ser homosexual, que ser cristiano,
que ser de Cristo. Si no se les enseña a las personas a buscar la vida
de la gracia, sino que se les anima a seguir en sus existencias humanas,
nunca van a encontrar a Dios. ¿Cómo es posible alentar el deseo de Dios
si no se les alienta en el deseo de que quiten sus pecados? ¿Ven que
con gran facilidad engañan con sus lenguajes humanos? Así es todo el
documento: una bazofia sacada de la mente del demonio. Hay que llevar a
esas personas, a la cuales se les acepta como son, a sentirse Iglesia.
Pero, ¿de qué Iglesia están hablando? De la de ellos, no de la de
Cristo.
Quinto engaño: la herejía de la ley de la gradualidad. Esta ley consiste en decir que todo es por un grado en la Creación. Ya no es por Gracia:
«Desde
el momento en que el orden de la creación es determinado por la
orientación a Cristo, es necesario distinguir sin separar los diversos
grados mediante los cuales Dios comunica a la humanidad la gracia de la
alianza. En razón de la ley de la gradualidad, propia de la pedagogía
divina, se trata de leer en términos de continuidad y novedad la alianza
nupcial, en el orden de la creación y en el de la redención» (v. 13)
¿En
qué parte de la sagrada Escritura está la ley de la gradualidad? En
ninguna parte. Este es el invento de la Jerarquía modernista que quiere
explicar la historia de los hombres, desde Adán hasta nuestros días, con
la graduación, la proporción, la relación.
Ellos
no parten del hecho del pecado original, sino del orden de la creación.
Orden que es orientado a Cristo. Ellos anulan el pecado original y sólo
lo tienen como una fantasía, un cuento; pero no una realidad.
Y
Dios no comunica al hombre la gracia según estos grados. ¿Captan la
herejía? Como no existe el pecado original, ni ningún pecado, hay que
entender los males porque el hombre no ha evolucionado en su vida.
Entonces, en la medida en que va evolucionando, en la medida en que va
de un grado a otro (en lo afectivo, en lo sexual, en lo humano, en lo
natural, en su madurez psicológica, etc), en esa medida Dios va dando la
gracia. Según avance el hombre, Dios da la gracia.
Uno
que se masturba es porque no tiene una madurez psicológica o afectiva
adecuada. Hay que esperar a que alcance ese grado, y entonces Dios le
da la gracia. No tiene que dominar su cuerpo. No tiene que hacer ayunos
ni penitencia. Tiene que seguir masturbándose hasta que alcance el grado
necesario y así pasar a otro.
Esta
herejía de la ley de la gradualidad viene de Kant: todo es un grado en
el Universo, en la vida de los hombres. Los hombres se relacionan con
todo lo demás dependiendo del grado, de la proporción, de la relación
que en sus mentes hay con lo demás. Es una relación mental, no real. Es
un grado mental, ideal, que en la práctica se desarrolla en mucha
facetas humanas.
Es
poner la vida divina de la gracia a la par de la vida humana. Como en
lo humano estás en un grado inferior, entonces no avanzas en la vida
divina. ¿Captan la herejía?
Hay
niños de tres años en el infierno por su pecado sexual. Y eran
inmaduros en todo. Pero se merecían el infierno sólo por su pecado.
Dios no enseña con la ley de la gradualidad: «En razón de la ley de la gradualidad, propia de la pedagogía divina».
Dios enseña con la ley de la gracia, que completa la ley divina, que
nace en la ley natural, inscrita en todo hombre. Y esa ley natural es
independiente de los grados en la vida humana o afectiva o psicológica o
cultural, etc. Independiente. Las dos cosas no se pueden relacionar de
la misma manera, no dependen una de la otra.
La
ley natural, que es la ley eterna en el hombre, obra de manera
independiente de la vida humana o natural de cada hombre. La ley natural
no depende del grado de la vida humana. La ley divina no depende del
grado de la vida del hombre. Y menos la ley de la gracia. Es clara la
herejía de todo el Sínodo, que se han reunido sólo para esto: destruir
la Iglesia con un lenguaje bello, pero totalmente herético.
Con
esta ley de la gradualidad, van a decir sus herejías. Han anulado la
ley de la gracia y cualquier ley en el hombre. Van a poner sus leyes, el
concepto que ellos tienen de toda ley.
«Podemos
distinguir tres etapas fundamentales en el plan divino sobre la
familia: la familia de los orígenes, cuando Dios creador instituyó el
matrimonio primordial entre Adán y Eva, como fundamento sólido de la
familia: hombre y mujer los creó; la familia histórica, herida por el
pecado y la familia redimida por Cristo» (v. 16).
La
maldad de este texto es la siguiente: No existen tres etapas en el
plan divino sobre la familia. Ellos ponen su ley de la gradualidad.
Primer grado: Adán y Eva; segundo grado: el pecado en toda la historia
del hombre; tercer grado: la redención de Cristo. No existen tres
etapas, no existen tres grados de familia. ¿Van comprendiendo qué
quieren transmitir? Se centran sólo en el hombre, pero no en la Gracia.
Se centran en los problemas sociales, culturales, etc.; pero no en la
vida de la gracia de las personas.
¿Qué
pasó con la Gracia en el Paraíso? No lo dicen. Sólo dicen que Dios
instituye un matrimonio primordial que es el fundamento de la familia. Y
eso es una mentira bien dicha, con el lenguaje que a ellos les gusta.
Su lenguaje humano, el propio de gente mentirosa y que engaña con su
palabra humana.
Dios
crea a un hombre y a una mujer y les pone a prueba. No instituye
ningún matrimonio, porque al crearlos, hombre y mujer, en sus
naturalezas humanas está la ley natural, que les empuja a unirse
naturalmente como hombre y como mujer. Y, por eso, Adán exclama, al ver
la mujer: «Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne»:
aquí está el matrimonio entre hombre y mujer. En la ley natural.
Todavía no se dice nada de la ley divina, ni de la ley de la gracia.
Está
en la misma naturaleza humana, que Dios ha creado, el matrimonio. Y
aunque el hombre peque, el matrimonio sigue en la naturaleza humana.
¿Ven que no puede darse la ley de la gradualidad en la familia?
Hay
un solo matrimonio. Punto y final. Hay una sola familia. No tres
grados, no tres etapas. No existe ni la familia histórica ni la familia
redimida. No existe la familia del origen. Sólo existe el matrimonio
natural, como hecho natural, como debido a la ley natural.
Ven: se están reinventando la ley de la naturaleza con la ley de la gradualidad. ¿Van viendo la herejía?
Después,
en el matrimonio está la gracia en cada alma; está el pecado en cada
alma. Son dos realidades diferentes: la vida divina de la gracia en cada
alma, que es independiente de la vida del matrimonio, o de la vida
humana o natural o carnal o afectiva o material. Independiente. Dios da
una gracia al alma sin mirar su vida matrimonial. Dios no espera a la
historia de los hombres, ni a sus avances, ni a sus evoluciones, ni nada
de lo que piense u obre el hombre. La Gracia no está condicionada por
ninguna vida del hombre, por ningún pensamiento del hombre, por ninguna
vida de lástima o de peligro que tenga el hombre. Dios no tiene
misericordia de los cuerpos de los hombres, sino de sus almas. Y sólo de
sus almas. Un alma arrepentida de sus pecados, merece la gracia de la
conversión. Pero un alma no arrepentida, aunque pase por momentos graves
económicos, merece el castigo de Dios.
Adán,
en el Paraíso, tenía toda la Gracia para hacer con su mujer lo que Dios
le pedía. Adán en el Paraíso tenía toda la luz infusa para comprender
lo que es la vida humana al detalle. No se le escapaba nada. Era el
hombre perfecto, no sólo en la gracia, sino en lo humano. No necesitaba
leer libros para avanzar en su conocimiento de lo humano, ni de la
Creación. Todo lo sabía. Todo lo podía. No tenía que atender a la
gradación de su vida humana, porque era perfecta en todo. Y, en esa
perfección humana, pecó: no obró la Voluntad de Dios. Y se condenó por
su pecado. Adán, desde lo más alto en su grado de humanidad, desde la
perfección humana, cayó en el pecado. No tienen que ver lo humano para
pecar. No se trata ni de estar arriba ni de estar abajo en la vida
social o humana. No se trata de que se tengan o no se tengan problemas
en la vida. Se trata de que cuando el alma quiere pecar, aunque esté en
lo más alto de su vida de gracia, cae sin más al más profundo de los
abismos. Y cae, no por el grado de su perfección en lo humano, sino por
su malicia en la obra de su pecado: por su voluntad. Es la voluntad del
hombre lo que no admite gradación. La voluntad del hombre no se mide por
la ley de la gradualidad. Ningún hombre quiere porque está más alto en
su vida humana o en su vida de gracia. Todo hombre quiere algo en la
vida porque quiere, por la fuerza sola de su voluntad, así sea un pobre
mendigo, que pasa hambre todo el día, así sea santo o pecador.
Adán
comenzó otra vida con su mujer llena de imperfecciones, de maldades, de
pecados, de impurezas, de miserias. Y lo hizo con su mujer, unida a
ella, en matrimonio. Y es un matrimonio el mismo del Paraíso, pero en
estado de pecado. El mismo matrimonio, la misma mujer, la misma familia,
con más hijos, pero todo lo mismo. El mismo matrimonio que viene por la
ley natural. No hay otro matrimonio. No hay otra familia.
Empezó
desde la nada una nueva vida de pecado en su matrimonio. Y por más que
avanzase en esa vida de pecado o en esa vida humana, Dios no le daba la
gracia. Ya perdió toda la Gracia. Él tenía toda la Gracia para usar de
Ella sólo en la Voluntad de Dios. ¿Iba a darle Dios, iba a retornarle la
gracia sólo porque iba de grado en grado en su vida humana? Nunca. Dios
no atiende a la vida de los hombres para dar una gracia. Dios sólo
atiende a la vida espiritual del alma: es necesario merecer esa gracia. Y
se merece con una vida de oración y de penitencia, que es lo que nadie
en el Sínodo está diciendo. Todo está en la ley de la gradualidad.
Entonces, ellos se preguntan: «En
consideración del principio de gradualidad en el plan salvífico divino,
nos preguntamos ¿Qué posibilidades tienen los cónyuges que viven el
fracaso de su matrimonio? o ¿Cómo es posible ofrecerles a ellos la ayuda
de Cristo por medio del ministerio de la Iglesia?» (v. 17).
Respuesta: No hay ninguna posibilidad para los cónyuges que viven un
fracaso en su matrimonio. Ninguna. Sólo si se arrepienten de sus
pecados, si hacen penitencia, entonces por la ley de la gracia, hay
posibilidad. No se les puede ofrecer la ayuda de Cristo, porque esta
ayuda es de la ley de la gracia, no de la ley de la gradualidad.
Ellos
caminan en el lenguaje de la herejía. Y este lenguaje está en todo el
documento. Tengan cuidado al leerlo, porque ellos saben hablar bien,
escondiendo la verdad en múltiples palabras afectivas, bellas, que
gustan a la gente de hoy día. Ellos van a poner su clave hermenéutica y,
por eso, cogen el Concilio Vaticano II y le dan la vuelta, porque no
han comprendido de lo que trata el Concilio cuando habla de que en el
mundo hay elementos de santificación, de verdad, positivos.
Como no comprenden la Gracia que Cristo da en el Bautismo, entonces hacen más daño con sus interpretaciones del Concilio.
Tengan
en cuenta que desde Adán hasta Jesús no hay Gracia: no existe la ley de
la gracia. Desde Jesús, esa ley se da en todos los bautizados, aunque
reciban el bautismo fuera de la Iglesia Católica. Por eso, hay elementos
de santificación en almas que tienen el Bautismo, el mismo que la
Iglesia da, pero que no pertenecen a la Iglesia, sino a otra religión.
Si
esa persona, que ha recibido la gracia por ese bautismo, es fiel a esa
gracia, entonces se va acercando a la verdad, que es Cristo. Necesita,
esa persona, los demás sacramentos para poder subir en la vida
espiritual, para avanzar en la vida de la gracia. Y, por eso, si esa
persona es fiel a esa gracia, el Espíritu le llevará a la verdadera
Iglesia, para que entre en Ella y pueda recibir los demás Sacramentos.
Por
la ley de la gracia, esa persona, tiene la posibilidad de levantarse
cuando peca, por el acto de contrición perfecta que la misma gracia da.
Esa persona no necesita, en ese estado, el Sacramento de la Penitencia,
que está en la Iglesia Católica. Y, por eso, puede volver a la gracia
sin necesidad de ese Sacramento. No le obliga el confesar porque todavía
no está en la Iglesia. Si es fiel a la gracia, entonces esa persona
está en camino de santidad, pero fuera de la Iglesia. Y, por eso,
existen elementos de santificación, que son los mismos que están en la
Iglesia Católica. No son distintos. No es que en la Iglesia Católica
falte un elemento de santificación que se da, entonces, fuera de Ella.
No. La santidad que vive esa persona, es la misma que se vive en la
Iglesia, pero de una manera imperfecta, por no tener los demás
Sacramentos.
Ellos
dicen: no. Esos elementos no son de la Iglesia Católica, sino formas
nuevas que hay que acoger en la Iglesia. Mal interpretan todo el
Concilio Vaticano II, no sólo en cuanto al matrimonio, sino a cuanto a
las demás religiones.
Hay
que saber bien leer e interpretar el Concilio a la luz de la fe, de los
otros documentos de la Iglesia Católica. Si no, hacen como estos
herejes: hacen un dogma de las palabras del Concilio.
«Se
hace por lo tanto necesario un discernimiento espiritual, acerca de las
convivencias y de los matrimonios civiles y los divorciados vueltos a
casar, compete a la Iglesia reconocer estas semillas del Verbo dispersas
más allá de sus confines visibles y sacramentales. Siguiendo la amplia
mirada de Cristo, cuya luz ilumina a todo hombre, la Iglesia se dirige
con respeto a aquellos que participan en su vida de modo incompleto e
imperfecto, apreciando más los valores positivos que custodian, en vez
de los límites y las faltas» (v. 20).
No
hay que discernir nada. Porque el matrimonio civil entre dos bautizados
es un pecado. Y punto. Que salgan de su pecado, para poder recibir la
gracia. Los malcasados, lo mismo: que salgan de su pecado. No hay que
reconocer las semillas del Verbo en ellos porque no existe. ¿Ven el
lenguaje humano tan agradable a los hombres? No hay que dirigirse con
respeto a aquellos que están malcasados y en un matrimonio por civil,
para apreciar lo positivo y callar sus pecados. No; no es eso. Hay que
dirigirse a ellos para que vean sus pecados y lo quiten de la vista de
Dios, porque a Dios no le agrada el alma que peca, sino que la aborrece.
Esto es lo que no enseñan en ese Sínodo del demonio.
Se
está dando culto sólo al hombre en este documento. Pero no se da culto a
Cristo. No es Cristo el norte del Sínodo, sino que es sólo los hombres y
sus ideas maravillosas.
Continuaremos analizando lo que queda del documento.
