CAOS EN LA LÍNEA MEDIA: THE WANDERER: OCTUBRE ROJO
Lo ponemos completo. No tiene desperdicio. Incluso con los comentarios de los lectores…
Octubre Rojo
Original aquí
Muchos buenos amigos están preocupados.
“Estás publicando un post por día”, me dicen. “Y siempre sobre
Francisco”. Algunos creen que se me ha despertado el Trastorno Obsesivo
Compulsivo.
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Otros, en cambio, aseguran que estoy atravesando la etapa
maníaca del Trastorno Bipolar y ya me están acercando algunas dosis de
litio para estabilizarme. No los convenzo cuando le digo que a muchos
blogger les paso algo parecido. Es cuestión de que miren la columna de
la derecha: Rorate Coeli, Mundabor, Secretum meum, Missa in Latino, por
ejemplo, suelen publicar más de una entrada por día. ¿Será una epidemia?
No. Se trata, al menos en mi caso, del
modo que tengo de reaccionar frente a la gravedad de los hechos que
estamos viviendo. Debo escribir y alertar. Algo de eso quise decir
cuando en diciembre del año pasado publicaba la historia de don Gabino sobre los que hacían señas levantando una bandera en la cima del monte caliginoso.
Hoy, 13 de octubre, hemos leído con estupor el documento inicial del sínodo que establece, en bruto,
la base sobre la que la comisión que dábamos cuenta ayer, redactará el
informe final. Se trata de un texto es que mucho peor de lo que podía
esperarse. El Presidente de la Conferencia Episcopal Polaca, Mons.
Gadecki, acaba de declarar
que es “inaceptable”. Me da la impresión que este octubre que estamos
viviendo será similar al octubre de 1917, a partir del cual ya nada fue
igual para el mundo. Fue un octubre rojo.
Muchos pensarán que exagero. El documento
bloquea directamente el parecer de los cardenales y obispos que se
oponían a la opinión sostenida por Francisco e impone una dirección de
“apertura” que se aleja claramente de la postura católica. Asegura que
“el camino colegial de los obispos y la participación del pueblo de Dios
en su totalidad, bajo la acción del Espíritu Santo, nos guían por los
caminos de la verdad y de la misericordia para todos”. Es decir, nos
proponen una teología moral plebiscitaria.
Debido a que la Iglesia “no puede
detenerse en un anuncio meramente teórico desentendido de los problemas
reales de las personas” (n. 28), debe adoptar una “nueva sensibilidad”
que “consiste en acoger la realidad positiva de los matrimonios civiles y
a los que conviven sin casarse” (n. 36). Estas situaciones deben ser
“afrontadas de manera constructiva, buscando de transformar en
oportunidades de camino hacia la plenitud del matrimonio y de la
familia” (n. 39). En nombre de la gradualidad que nos explicaba Mons.
Trucho Fernández, vía libre a los noviecitos que conviven antes de
casarse ya que se están acercando “gradualmente” a la plenitud del
matrimonio… No es cuestión tampoco que lleguen de golpe a él y les dé un
soponcio.
En cuanto a la admisión de los
sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía para los divorciados
vueltos a casar, se plantean que algunos obispos han defendido la
posición tradicional pero “otros se han expresado por una mayor
apertura… para aquellas situaciones que no pueden ser resueltas sin
determinar nuevas situaciones de injusticia y sufrimiento”. Y, contra lo
que había aconsejado en numerosas ocasiones del Papa Benedicto XVI –que
las personas en esta situación se limitaran a la “comunión espiritual”-
los Padres Sinodales se preguntan: “si es posible la comunión
espiritual, ¿por qué no acceder a la comunión sacramental?” (n. 48). La
respuesta a mí me la explicó el hermano marista que me daba catequesis
en cuarto grado.
Y ahora viene la sorpresa que no
esperábamos. El documento afirma que “las personas homosexuales tienen
dotes y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana”. Por favor,
lean nuevamente el texto(y lean este comentario).
Es un disparate que echa por tierra, en dos palabras, la doctrina
secular de la Iglesia sobre la naturaleza humana y la homosexualidad.
Como comentaba un lector, “los homosexuales”, como categoría análoga a
“los ciegos” o “los esquimales”, o a cualquier otra categoría debida a
la naturaleza o la cultura que legítimamente determina a la persona,
simplemente no existe. Como no existen como categoría legítima “los
alcohólicos” o “los drogadictos” o “los jugadores compulsivos”. Existen
personas que experimentan tendencias homosexuales, y de ellas algunas
que las siguen. Además, las “dotes y cualidades” de esas personas se
deben a su carácter de seres humanos, no a sus tendencias homosexuales,
ni mucho menos a las conductas aberrantes que pueden practicar si siguen
esas tendencias.
Y, a continuación, los Padres se
preguntan si nuestras comunidades “son capaces de recibir a estas
personas, garantizándoles un espacio de fraternidad” (n. 50). Y, si bien
aseguran que las uniones que las uniones entre personas del mismo sexo
no pueden ser equiparadas al matrimonio entre un hombre y una mujer,
consideran que “hay casos en los que el sostenimiento mutuo hasta el
sacrificio constituye un apoyo preciosos para la vida de los
convivientes” (n. 52). Hemos pasado de considerar, con toda la tradición
de la Iglesia, que el acto homosexual es un pecado nefando que clama al
cielo, a verlo como un “apoyo precioso” si quienes lo practican viven
en pareja. ¿Alguien podía imaginar cinco años atrás que llegaríamos a
esto?
Por lo que yo puedo ver, aquí la cuestión
de fondo es otra, y mucho más grave y satánica que lo que estamos
viendo. Hace tiempo que le vengo dando vuelta, Socci la expone
claramente en su libro y ayer coincidía con un amigo que es mucho más
sabio que yo. Por eso, y más allá de lo exagerada que pueda parecer, la
comento a los lectores del blog:
La cuestión de permitir que los que viven
en adulterio puedan recibir la Eucaristía, o que se “valoren” como
integrantes valiosos de nuestras comunidades a los que fornican según o
contra natura habitualmente y sin arrepentirse, es secundaria. Lo que se
está buscando es que ya no sea necesario estar en gracia de Dios para
recibir los sacramentos y que no sea necesaria la gracia para ser un
buen cristiano y avanzar por el camino de la salvación. Esto lo ha
dicho, casi palabra por palabra, el Papa Francisco en el Ángelus de ayer:
“La bondad de Dios no tiene fronteras y no discrimina a nadie: por
ello el banquete de los dones del Señor es universal. ¡Es universal para
todos! (…) nadie tiene el derecho de sentirse privilegiado o de
reivindicar la exclusividad. (…) Esto no se debe hacer: nosotros
debemos abrirnos a las periferias, reconociendo que también quien está
en los márgenes, (…). Sólo hay una condición: ponerse el traje de
fiesta. Es decir testimoniar la caridad concreta a Dios y al prójimo”.
Puesto
en palabras simples: el “banquete de la Eucaristía” debe ser universal,
es decir, para todos y todas, y no solamente para los privilegiados que
están en gracias de Dios, porque la condición ya no es estar en gracia
sino testimoniar la caridad.
Francisco y sus secuaces quieren acabar
con el concepto de “estado de gracia” como opuesto al “estado de
pecado”, distinción que ven como discriminadora y elitista. Pero si la
gracia no existe, tampoco existe el pecado. Es así de simple. No hay un tertium quid. O se está en gracias, o se está pecado.
Suena exagerado, pero estoy convencido
que la cuestión va por este lado: la intención pontificia es abolir la
noción de pecado, lo cual ya hizo Freud en sede psicológica hace más de
un siglo. Para Bergoglio, la distinción entre santos y pecadores, es
discriminadora y atenta contra la audacia de la misericordia. No hay
exclusividades; no hay privilegiados; el banquete del Reino es
universal: para todos los hombres.
El problema está en que si no existe el
pecado, fue vana la Redención, y si la Redención fue vana, no existió un
Redentor, y si no existió un Redentor, la Segunda Persona de la
Santísima Trinidad no se encarnó en las entrañas virginales de María. En
definitiva, si no existe el pecado, Jesús no es Dios, y se acabó el
cristianismo.
Me dirán que estoy afiebrado y deliro. También yo pensé lo mismo hace un tiempo. Ahora ya no lo pienso más.
Motus in fine velocior; el movimiento es más veloz cuando se acerca al fin.
