ECCE PANIS ANGELORUM: SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI
Nos referíamos días atrás, en un breve paréntesis, a la costumbre aún
vigente en Roma de celebrar la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre
de Nuestro Señor Jesucristo, o más sencillamente Corpus Christi, el jueves siguiente a la fiesta de la Santísima Trinidad. Ese fue, en efecto, el uso adoptado a partir de la bula Transiturus,
del papa Urbano IV, en 1264, en la que ordenó que así se realizara en
adelante. Fue entonces también que este mismo Pontífice encargó la
composición de un oficio litúrgico para la nueva celebración, nada menos
que a Santo Tomás de Aquino, cuyos admirables textos han resistido el
paso del tiempo, y aun hoy se siguen utilizando en la liturgia. Nos
referimos concretamente a la secuencia Lauda Sion y al himno Pange Lingua, además del Adoro te devote,
expresión por excelencia de la devoción eucarística católica, a la vez
que manifestación de la veta mística y poética de aquel gran Doctor de
la Iglesia, tal como lo testimonian los textos en cuestión.
Como sucedió con frecuencia a lo largo de la historia de la Iglesia, también la celebración del Corpus,
tal cual hoy la conocemos, se fue difundiendo poco a poco, si bien ya
el Concilio de Trento, que trató sobre el sacramento de la Eucaristía en
la sesión XIII, alude con estas palabras a una práctica al parecer
bastante extendida a la sazón: “Declara además el santo Concilio, que
la costumbre de celebrar con singular veneración y solemnidad todos los
años, en cierto día señalado y festivo, este sublime y venerable
Sacramento, y la de conducirlo en procesiones honorífica y
reverentemente por las calles y lugares públicos, se introdujo en la
Iglesia de Dios con mucha piedad y religión. Es sin duda muy justo que
haya señalados algunos días de fiesta en que todos los cristianos
testifiquen con singulares y exquisitas demostraciones la gratitud y
memoria de sus ánimos respecto del dueño y Redentor de todos, por tan
inefable, y claramente divino beneficio, en que se representan sus
triunfos, y la victoria que alcanzó de la muerte” (Sesión XIII, capítulo V).
De este modo, la devoción eucarística, que había experimentado un gran
auge en la Edad Media, impulsada sobre todo por San Francisco de Asís,
Santo Tomás de Aquino, Santa Catalina, etc., se incrementó aun más a
partir de la Edad Moderna, constituyendo uno de los pilares de la
reforma católica post-tridentina. El Concilio mismo, en efecto, hizo de
la Eucaristía, como antes lo señalamos, uno de sus temas centrales, en
la medida en que la herejía luterana lo había hecho blanco de sus
ataques, especialmente impugnando el carácter sacrificial de la Misa y
mutilando la doctrina de la presencia real hasta desfigurarla
completamente. De este gran mal, por lo tanto, Dios sacó, una vez más,
un bien todavía más grande, como es el fortalecimiento de la verdadera
fe.
Ahora bien, ¿cuál es, siquiera a grandes rasgos, esta verdadera fe
eucarística de la Iglesia? Como la definen los antiguos catecismos, la
Eucaristía es el sacramento en el que se contienen verdadera, real y
sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma, y la Divinidad de Nuestro
Señor Jesucristo. A la vez, no es solo sacramento la Eucaristía, sino
también sacrificio, a saber, en el que Cristo se ofrece al Padre en
memoria del sacrificio de la Cruz. Finalmente, aquella presencia real,
ordenada de suyo a la comunión, permanece intacta, sin embargo, aún
fuera de la Misa para ser adorada. Sacrificio, comunión y presencia son,
en este sentido, los tres grandes ejes en torno a los cuales gira la
doctrina católica a este respecto.
Con todo, una alusión especial merece el término transubstanciación,
de inspiración tomista, acuñado para significar el “gran misterio”,
vale decir, la admirable conversión del pan y vino en el Cuerpo y Sangre
del Señor. El Concilio de Trento, a propósito, consagra su uso de la
siguiente manera: “Mas por cuanto dijo Jesucristo nuestro Redentor,
que era verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la especie de pan,
ha creído por lo mismo perpetuamente la Iglesia de Dios, y lo mismo
declara ahora de nuevo este mismo santo Concilio, que por la
consagración del pan y del vino, se convierte toda la substancia del pan
en la substancia del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, y toda la
substancia del vino en la substancia de su sangre, cuya conversión ha
llamado oportuna y propiamente Transubstanciación la santa Iglesia
católica” (Ibid., capítulo IV). Bueno es recordarlo, contra los
modernos adversarios de la fe, que en las últimas décadas han propuesto
sustituir la expresión por otras más “modernas”, como transignificación o transfinalización,
que más que arrojar luz sobre el misterio oscurecen su auténtica
realidad. Estos excesos precisamente fueron los que motivaron la
intervención del papa Pablo VI, que dedicó a este asunto su admirable
encíclica Mysterium fidei, del 3 de septiembre de 1965, en que reafirma la verdadera doctrina católica, la misma hoy, que ayer, y para siempre.
En este día de gracia, y conmemorando este año el 80° aniversario del
Congreso Eucarístico Nacional de 1934, renovemos nuestra fe y amor hacia
este Santísimo Sacramento del Altar.
