El que no reza a Cristo le reza al diablo
Deberían recordar lo que dijo Francisco
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| ¡Sin Mí nada podréis hacer! |
La desorientación ha calado tan hondo dentro de las filas católicas, que importantes cuerpos dirigentes se prestan a sembrar la confusión.
Tal es el caso de la iniciativa que acaba de ser
lanzada por la Acción Católica Argentina, la Comisión de paz y Justicia,
etc, quienes llaman a sincronizar los relojes para rezar juntos por la
paz, "cada uno según su propia tradición".
Como si fuera lo mismo rezarle a Jesucristo que rezarle al Demonio;
porque, y mal que les pese a muchos, el mismo Papa Francisco dijo, poco
ha, "quien no le reza al Señor le reza al diablo".
¿De qué servirá, como no sea para confundir, este llamado a orar junto a
los que rechazan a Cristo pública y aún violentamente? ¿Acaso es
posible creer que el Padre oirá una oración común que se basa en dejar
de lado a su Hijo?
La respuesta está en el Evangelio:
"Todo lo que pidáis en mi Nombre, lo haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo" (Jn 14, 13); "Os aseguro que todo lo que pidiereis al Padre os lo dará en mi Nombre" (Jn 16, 23).
"Todo lo que pidamos lo recibimos de Él, porque guardamos sus
mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de Él" (1ª Jn 3, 22).
¿Quién puede creer que es agradable a Dios resistir la Reyecía de su Hijo por dos mil años?
Debería ser recordado aquí aquel grito grabado a fuego en las Sagradas Escrituras: "¿No queremos que éste reine sobre nosotros?", cuyo eco sigue hasta el día de hoy y ha sido contestado por el mismo Cristo:
"En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por Rey, traedlos aquí y matadlos en mi presencia". (Lc 19, 27).
Finalmente, hay un sólo y único Príncipe de la Paz que dijo: "Sin Mí, nada podréis hacer". No habrá, pues, paz verdadera sobre la tierra, si Jesucristo no reina en los corazones de los hombres, en sus familias y en sus naciones; por más que se recen cientos o aún miles de oraciones "interreligiosas" como la que se planea.
La Iglesia no ha sido instituida para enseñar a los hombres que pueden rezar como ellos quieren, sino como el Dios encarnado les mandó. Ni tampoco para certificarlos en sus ritos falsos o caducos, sino para convertirlos al único Nombre que les permitirá entrar en el Cielo.
Recemos para que Dios nos conceda la gracia de mantener la fe en medio de la confusión que se cierne sobre nosotros, y que es incentivada desde lo más alto de la Iglesia, con besos equívocos a quienes reniegan de Jesucristo por más sufrimientos que hayan pasado, con ofrendas indebidas a sus enemigos, y con llamados a rezar, en el corazón del Cristianismo, "según la tradición de cada uno".
Debería ser recordado aquí aquel grito grabado a fuego en las Sagradas Escrituras: "¿No queremos que éste reine sobre nosotros?", cuyo eco sigue hasta el día de hoy y ha sido contestado por el mismo Cristo:
"En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por Rey, traedlos aquí y matadlos en mi presencia". (Lc 19, 27).
Finalmente, hay un sólo y único Príncipe de la Paz que dijo: "Sin Mí, nada podréis hacer". No habrá, pues, paz verdadera sobre la tierra, si Jesucristo no reina en los corazones de los hombres, en sus familias y en sus naciones; por más que se recen cientos o aún miles de oraciones "interreligiosas" como la que se planea.
La Iglesia no ha sido instituida para enseñar a los hombres que pueden rezar como ellos quieren, sino como el Dios encarnado les mandó. Ni tampoco para certificarlos en sus ritos falsos o caducos, sino para convertirlos al único Nombre que les permitirá entrar en el Cielo.
Recemos para que Dios nos conceda la gracia de mantener la fe en medio de la confusión que se cierne sobre nosotros, y que es incentivada desde lo más alto de la Iglesia, con besos equívocos a quienes reniegan de Jesucristo por más sufrimientos que hayan pasado, con ofrendas indebidas a sus enemigos, y con llamados a rezar, en el corazón del Cristianismo, "según la tradición de cada uno".

