FRANCISCO ES ANATEMA
El Romano Pontífice, es decir, la persona del Papa, cuando habla ex Cátedra, tiene el don de la infalibilidad.
El
Papa como persona particular, como Obispo de la Iglesia, como Obispo de
Roma, como Patriarca Occidental de la Iglesia es falible; pero el Papa
como Sucesor de San Pedro en el Primado es infalible sobre la Iglesia.
Un
Papa, cuando se dirige a la Iglesia, cuando enseña, cuando la guía en
la Verdad, lo hace como sucesor de Pedro, no como persona particular, no
como Obispo de Roma.
Por
eso, un Papa que se llame Obispo de Roma no es el Papa verdadero.
Francisco le gusta llamarse Obispo de Roma: y eso señala que no es Papa.
El
Papa es el Vicario de Cristo, el que sucede a Pedro, en Su Trono; y por
tanto, no tiene la misión del Obispo en la Iglesia. Su misión es dar a
Cristo; es ser Voz de Cristo; es obrar las mismas obras de Cristo en la
Iglesia.
Un
Papa que no sea otro Cristo no es el Papa verdadero; un Papa que se
dedique a dar declaraciones a los medios y enseñe una doctrina distinta a
la de Cristo, como hace Francisco, no es el Papa verdadero, sino un
impostor, un falso Papa, un usurpador del Papado.
Nunca
un Papa legítimo da su opinión particular en la Iglesia, nunca habla
como persona privada. Nadie, en la Iglesia, conoce la vida privada de un
Papa, sino sólo su vida pública. Y, de su vida pública, los fieles
tienen que atender a sus enseñanzas, a su doctrina, a la manera como
obra entre los hombres, en el mundo.
Un
Papa legítimo está representando a Cristo y, por tanto, a todo el
Cuerpo de Cristo, a la Iglesia. Un Papa legítimo no se representa a sí
mismo, no habla para sí mismo, no busca su propio interés en la Iglesia.
Un Papa legítimo sólo busca la gloria de Dios en la Iglesia, cómo
agradar a Dios, así tenga que ir en contra del mundo y de todos los
hombres.
Un
Papa legítimo guarda la doctrina de la fe, guarda el magisterio
auténtico de la Iglesia, como un tesoro invaluable. Y no lo cambia ni
por nada ni por nadie. No hace política de su gobierno en la Iglesia; no
hace vida social cuando se reúne con las personas del mundo; no vive
para agradar a ningún gobernante del mundo, sino que vive para combatir
todos los errores, que los hombres ponen en sus gobiernos entre los
hombres.
Es
claro que Francisco es lo más opuesto a un Papa legítimo. Por eso, a
Francisco se le conoce como falso Papa porque no guarda la doctrina de
Cristo: propone una fe que no es la de Cristo, que no lleva a Cristo,
que no puede dar las obras de Cristo en la Iglesia.
Francisco
no sigue, en absoluto, lo que ha enseñado la Iglesia durante siglos: su
magisterio es totalmente herético, abominable y cismático. Ahí están
sus escritos, que revelan lo que hay en su alma: una total oscuridad,
una tiniebla del demonio y una obra para condenar a las almas.
Francisco
ha vendido a Cristo por el negocio de sus pobres: un gran negocio en lo
político y en lo económico. En lo político, porque es la misma doctrina
comunista, que la Iglesia ha combatido siempre; en lo económico, porque
se dedica a pedir dinero a todo el mundo con la utopía de una nueva
economía y un nuevo orden mundial.
Francisco
vive para su vida social; no es capaz de vivir la vida eclesial. Nunca
lo ha hecho, tampoco ahora que se ha sentado en donde no debe estar, en
el Trono de Dios, que no le pertenece, porque no es de la Iglesia
Católica. A pesar de que se viste como un Obispo, a pesar de que celebra
una misa todos los días, a pesar de que da discursos a la gente, no es
de los católicos porque no tiene la fe católica. Es un lobo, que se ha
vestido de lo que más le gusta, -porque le trae un beneficio humano muy
importante para su orgullo-, con el fin de destruir la Iglesia y de
condenar las almas al fuego del infierno.
Francisco
no combate el mundo, sino la Iglesia Católica. Lucha contra todas las
almas que quieren ser fieles a la Verdad. La Verdad, para la mente de
Francisco, es una invención de la cabeza de cada uno, es un producto
mental, es algo que se puede vender en el mundo y conseguir aquello para
lo que se vive: la gloria de los hombres.
Un
hombre que ha puesto la referencia de la Iglesia en el mundo; que hace
que la Iglesia salga hacia fuera, mire hacia el exterior, se impregne de
aquello que no es divino, y haga de su vida un continuo gozar de lo
humano. Francisco habla para el hombre, nunca para la vida del alma.
Habla para agradar al hombre, pero no para enseñarle los misterios
divinos al alma.
Para
Francisco, el Evangelio es un mito, un simbolismo, una caricatura del
hombre, una cultura que los hombres pueden desarrollar en sus vidas
humanas. Para Francisco, Cristo es una historia, una vida en la
historia, una serie de acontecimientos humanos que hay que recordarlos
para ponerlos de otra manera en el mundo, según cada cual, en su mente,
lo quiera.
Francisco
hace de la Verdad su negocio en la Iglesia. Es el que compra los dones
de Dios, como Simón el Mago. Y los compra con su inteligencia, con su
filosofía, con su pensamiento que sólo baila al son de lo humano, de lo
natural, de lo material, de lo carnal.
Francisco
es un hombre carnal, no espiritual. No sabe lo que es la vida del
Espíritu. Sólo sabe leer muchos libros y llenarse la cabeza de su
demencia senil. Francisco es un loco de atar. Y los demás le hacen el
juego en esa locura.
Un Papa verdadero habla ex Cátedra, es decir, habla la Cátedra de Pedro; en otras palabras, enseña algo a la Iglesia:
1.
Lo enseña como Maestro de la Verdad, no como discípulo, no dando una
opinión, un juicio propio, un pensamiento humano: enseña la Mente de
Cristo, una Verdad que está en Cristo y que debe ser aceptada por la
mente del hombre.
2.
La enseña con la Autoridad Divina, al tener el Primado de
Jurisdicción; Autoridad que le viene del Espíritu de Pedro, que ha
recibido en su Elección.
3.
Enseña esa Verdad, es Maestro pero, al mismo, tiempo es Pastor: está
guiando a la Iglesia con esa verdad que enseña. No es una verdad que
hay que entender, sino que hay que vivir si el alma quiere salvarse en
la Iglesia. Es guía de las almas en la Verdad que enseña: no sólo enseña
la Verdad sino la forma de vivir esa verdad. Enseña a caminar en esa
Verdad.
4.
Define esa Verdad para creerla, como un dogma de fe: obliga a la
Iglesia a aceptar esa Verdad. Y es una obligación absoluta, no relativa.
El
Papa que habla ex Cátedra es imposible que yerre, porque tiene la
asistencia de Dios. Si el Papa, cuando enseña ex Cátedra, pudiera
equivocarse, entonces el Papa no sería el principio eficaz de unidad en
la Iglesia y la separaría de la Cabeza Invisible, que es Cristo. Nunca
un Papa se equivoca porque da la misma Mente de Cristo, es el mismo
Cristo el que habla por su boca. Nunca un Papa verdadero aparta de
Cristo, sino que une más y más a Cristo. Y, por lo tanto, un Papa
verdadero aleja del mundo, aleja a las almas de las modas del mundo, de
los pensamientos de los hombres, de los proyectos sociales, de los
gobiernos del mundo.
Francisco
aleja siempre de Cristo; nunca atrae hacia el Corazón de Cristo. No
sabe hablar de ese Corazón, sino que sólo habla de su idolatría: en los
pobres está Cristo; la carne de los pobres, las vidas de los hombres,
las obras humanas, son Cristo, son el mismo Cristo, son la misma vida de
Cristo, su misma carne. Esta demencia senil de un hombre, que ya no
puede con su cuerpo, le obliga a vivir para las cosas del mundo,
haciendo todo en la Iglesia para conquistar el mundo, el gobierno del
mundo, la política que se sigue en el mundo.
El
Papa habla ex Cátedra o bien en un Concilio Ecuménico o bien en un
escrito doctrinal en que se define un dogma de fe: la encíclica del Papa
Martín I “Catholicae Ecclesiae universae”, en la cual promulga los
decretos del sínodo de Letrán del año 649, con los cuales se condenan
todas las herejías, y principalmente el Monotelismo, y se rechaza la
Ectesis del Emperador Heraclio y la Estatua del Emperador Constante, es
un documento ex Cátedra.
Las
encíclicas del beato Juan Pablo II no son documentos ex cátedra, sino
documentos de la Iglesia, que el Papa ha aprobado, y que enseña a los
fieles, pero no de manera infalible. A estos documentos, se les debe
asentimiento interno y religioso y cierto de la mente. Porque, como dice
Pío XII, en la Encíclica Humani generis: «Y no hay que pensar
que lo que se propone en las Cartas Encíclicas, no exige «per se» el
asentimiento, al no ejercer en estas Encíclicas los Pontífices la
potestad suprema de su Magisterio. Pues éstas Cartas Encíclicas son
enseñadas haciendo uso del Magisterio ordinario, acerca del cual también
tiene valor la frase del Señor en el Evangelio: «El que a vosotros
escucha a Mí me escucha» (Lc 10,16); y las más de las veces lo que se
propone e inculca en las Cartas Encíclicas, ya pertenece de otra parte a
la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices en sus Actas emiten una
sentencia con propósito deliberado acerca de un tema que hasta entonces
ha estado controvertido, todos se dan cuenta con claridad que ese tema,
según la mente y la voluntad de los mismos Pontífices, ya no puede ser
considerado como una cuestión de libre disquisición entre los teólogos» (D 2313).
Una cosa es que el Papa hable ex cátedra y otra que recuerde las enseñanzas de la Cátedra de Pedro,
recuerde los dogmas, las verdades de fe, la doctrina católica. Y,
cuando está recordando lo que una vez se enseñó como infalible, el Papa
no puede errar en lo que escribe, porque no está dando su opinión
teológica sobre un aspecto de la Verdad, sino que está enseñando la
Verdad, que una vez se definió en la Iglesia. Son documentos falibles,
pero no en la sustancia, sino per accidens.
Y,
por eso, el magisterio Papal se circunscribe a lo que los Papas
anteriores han enseñado. Un Papa nunca cambia lo que los anteriores han
hecho en la Iglesia. Un Papa verdadero siempre continúa la labor de los
anteriores.
La Iglesia, los Obispos, los Concilios, los Sínodos, cuando se unen al Papa, cuando obedecen al Papa, son también infalibles.
Un fiel de la Iglesia, un Obispo, un Sínodo que no esté unido al Romano
Pontífice es siempre falible, siempre va a llevar hacia el error en la
doctrina.
Francisco,
al no ser Papa, sus escritos, sus encíclicas, su magisterio no es
papal; y, por tanto, no es infalible. Francisco, al usurpar el Trono de
Pedro, es sólo un Obispo. No tiene la dignidad del Romano Pontífice.
Tiene sólo el nombre, porque se lo han dado otros; pero Dios no lo llama
Papa; Cristo no lo llama Su Vicario.
Francisco,
al ser un Obispo de la Iglesia, tiene el poder de Dios porque el Papa
Benedicto XVI se lo da a todos los Obispos. Pero ese poder es inútil
cuando no se obedece al Papa. Y es claro que Francisco no está bajo el
Papa legítimo, no está bajo Pedro. Luego, su poder no sirve en la
Iglesia. Ese poder divino es obstaculizado por su pecado de rebeldía
contra el verdadero Papa.
Pero
Francisco, no sólo se ha rebelado contra el Papa, sino que está guiando
a la Iglesia como un falso Papa. Y, por tanto, su magisterio –como
Obispo- no sólo es falible, sino herético y cismático. Es falible porque
no obedece al verdadero Papa; es hereje, porque enseña una doctrina
llena de fábulas, de errores doctrinales, que la Iglesia ha combatido;
es cismático, porque ha puesto un nuevo gobierno dentro de la Iglesia,
anulando la verticalidad del gobierno de Pedro.
Por
tanto, Francisco, dentro de la Iglesia, aparta a toda la Iglesia de la
Verdad. No sólo enseña algo falible, sino que guía hacia la mentira,
pone el camino hacia el error.
En
consecuencia, una Iglesia que se pone bajo Francisco, no sólo pierde la
infalibilidad, sino que es falible, herética y cismática.
Unos
Obispos que deciden obedecer a Francisco, pierden, -dentro de la
Iglesia-, su infalibilidad, y hacen de sus vocaciones el instrumento del
demonio. Por la boca de todos esos lobos vestidos de Obispos habla el
demonio para condenar almas, para llevarlas a su reino de maldad.
Un
Sínodo que se reúne en torno a una cabeza herética y cismática, no sólo
es falible, no sólo es incapaz de dar una infalibilidad en los que
haga, sino que es también herético y cismático como su cabeza.
Muchos,
en la Jerarquía están esperando a ver qué pasa en el Sínodo: es el gran
engaño. ¿Por qué esperan un Sínodo que es herético y cismático? De ese
Sínodo no va a salir una doctrina infalible para la Iglesia, porque
todos se reúnen bajo el falso Papa. Automáticamente, pierden la
infalibilidad. Y, no sólo eso, es el camino para comenzar a destrozar
toda la Iglesia.
Una
Jerarquía despierta en la fe, que viva la vida espiritual, que sepa lo
que es la Iglesia, lo que son las almas, tiene que oponerse, desde ya, a
ese Sínodo. No asistir, no esperar de eso algo bueno, algo santo, algo
infalible. La Jerarquía que está esperando al Sínodo para arreglar las
cosas, se va a llevar una gran sorpresa. De por sí, es un Sínodo del
demonio. Dios no lo quiere. Nada bueno viene de ese Sínodo para la
Iglesia. Viene mucho mal.
Por
tanto, los fieles de la Iglesia Católica, si quieren ser infalibles, si
no quieren perder la infalibilidad que como Iglesia tienen, deben estar
unidos a la verdadera Cabeza, que es el Papa Benedicto XVI. No pueden
unirse a un falso Papa, porque enseguida caen en el error, en la
mentira.
Es lo que le pasa a mucha Jerarquía: están atados al error porque obedecen a un usurpador del Papado.
No
se puede dar asentimiento de la mente a ningún escrito de Francisco.
Hay que despreciarlos todos, aunque parezcan verdaderos. Son sólo la
apariencia de las palabras, del lenguaje humano lo que los hace
verdaderos. Pero si el alma quita las bellas palabras, entonces se queda
viendo el error, la mentira.
Francisco
no puede dar ningún escrito infalible en la Iglesia. En su calidad de
Obispo es sólo un hereje y un cismático. No es Papa; luego es imposible
que hable, algún día, como Papa. Todo cuanto hace en la Iglesia es nulo.
NULO. No vale para nada. Para los Católicos es un cero
a la izquierda. Es sólo la vanidad de su pensamiento humano. Es sólo el
vacío de sus ideas humanas. Es sólo el viento de su gloria mundana.
Francisco
no sirve en la Iglesia Católica. No sirve para nada. Y, por eso, los
Católicos sólo tienen que vivir en la Iglesia sin hacer caso a lo que
diga Francisco ni a lo que diga la Jerarquía. Hay que vivir guardando la
Verdad de siempre. Y que nadie ose quitar esa Verdad. Por eso, cuanto
menos se lea a Francisco, cuanto menos se le haga caso, más pronto el
Señor lo quita de en medio.
Los Católicos están para defender su fe de Francisco, porque “Tradidi quod et acceppi”: «Os he dado lo que he recibido»
(1 Cor. 15,13). La fe es un don que se transmite por la Jerarquía que
obedece a Cristo, que se somete a la Mente de Cristo. Y quien no crea en
Cristo, no transmite a los demás la misma fe, sino sólo su pensamiento
humano. Hay que defenderse de la mente de Francisco, que está llena de
errores y que le lleva a predicar sus fábulas, y como dice San Pablo: “Si
llegara a suceder que nosotros mismos o un ángel venido del cielo os
enseñara otra cosa distinta de lo que yo os he enseñado, que sea
anatema” (Gal.1, 8).
Francisco
es anatema. Y así de claro hay que decirlo. Y no hay que tener pelos en
la lengua, porque está en juego la salvación de las almas, y “Non sequeris turbam ad faciendum malum”: «No imitarás a la mayoría en el mal obrar»
(Ex 23, 2). Si la masa de gente quiere condenarse siguiendo a un
usurpador, allá ellos. La fe no es de la masa, la fe no pertenece a la
Jerarquía de la Iglesia, la fe no se la inventa la cabeza de Francisco.
La fe no es una opinión de la mayoría en la Iglesia. No es lo que piensa
el pueblo, es lo que piensa Cristo.
La
fe viene de la escucha de la Palabra de Dios. Y aquel que no hable las
Palabras del Evangelio, sino que se dedique a hacer un evangelio para el
pueblo, para conquistar amigos en el mundo, desligándose de la verdad
del pasado, entonces hay que enseñarle la verdad: “La Iglesia
(…) no tiene que desligarse de lo pasado, antes le basta anudar, con el
concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los
organismos rotos por la revolución, y adaptarlos, con el mismo espíritu
cristiano de que estuvieron animados, al nuevo medio creado por la
evolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos
amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino
tradicionalistas” [S.S. San Pío X, Papa].
Los
que aman al pueblo son los tradicionalistas, no los libres pensadores
modernistas que con su teología de la liberación quieren imponer a todos
su comunismo en la Iglesia.
De
Francisco viene el comunismo, la revolución de los pobres, la
innovación de un nuevo orden mundial. Y hay que combatirle con la
Tradición, con todos los santos, con toda la Verdad para seguir siendo
la Iglesia Católica.
