El
pueblo griego, mayoritariamente, votó por no aceptar el ajuste
propuesto por la Unión Europea. Pretende que el resto de los países
socios (mejor dicho, los contribuyentes de esos países) siga financiando
al Estado en su política económica de gastar por encima de lo que su
economía genera. El Estado griego está en una virtual quiebra desde hace
tres años; no tiene euros para pagar los servicios de su inmensa deuda
con Europa, ni para hacer frente al gasto público interno.
Si la sangre
no ha llegado al río todavía es porque los europeos (fundamentalmente,
los alemanes) rescataron sucesivamente a los helenos con 240.000
millones de euros frescos a cambio de que hicieran los deberes. Esto es
recortar el gasto público a niveles compatibles con su realidad
económica. No se puede tener el estándar de vida de un alemán promedio
con la productividad de un griego promedio, así de simple. No se trata
de justicia social, ni de derechos humanos sino de simple aritmética.
Los alemanes no gozan de un mejor pasar por casualidad sino porque hacen
las cosas mejor que otros. Es cierto que Europa -como dicen los que
están en contra del ajuste- tiene parte de culpa en la crisis griega por
prestarles más dinero del que podían devolver; pero, más
responsabilidad la tienen los griegos, quienes solicitaron, recibieron y
despilfarraron el dinero.
La comunidad europea se enfrenta a dos alternativas que son de
hierro. Una, despedirse del dinero que les debe Grecia expulsándola del
Mercado Común Europeo; la otra, seguir depositando dinero en ese barril
sin fondo. Por su parte, el gobierno de Tsipras y el resultado del
referéndum quieren más dinero, seguir en el euro y no hacer ningún
ajuste sino todo lo contrario (el chancho, la chancha y la máquina de
hacer chorizos). El ajuste que debe hacer Grecia, como el que hace aquel
que recorta sus gastos porque merman sus ingresos o no encuentra quien
le financie su tren de vida, más que una disquisición de científicos de
la economía es una cuestión elemental para el almacenero de la esquina.
Asumir su realidad económica y no financiar el bienestar público
parasitando a otros es el único camino para salir de la crisis. El
Estado griego debe gastar menos y bajar la carga impositiva para que ese
dinero fluya naturalmente a los individuos que son los que crean la
riqueza. El principal responsable de la pobreza en cualquier lugar del
mundo es el Estado. Veamos un ejemplo cercano. La empresa estatal
Aerolíneas Argentinas (léase, los contribuyentes) pierde dos millones de
dólares diarios que se intenta justificar con el cuento de que
“Aerolíneas es nuestra”. Ahora bien, vaya uno a viajar sin pagar el
pasaje y a ver cómo le va. Los únicos que viajan gratis en avión son los
políticos. Cristina, incluso, fleta un avión a Río Gallegos sólo para
que le lleve los periódicos. LAN Chile es el ejemplo contrario. Una
empresa privada que presta un mejor servicio, que tiene superávit y,
además, contribuye al fisco. En la Argentina, los sojeros, los
albañiles, los peluqueros, los taxistas y todos los que generan riqueza
real solventan el despilfarro que hace el kirchnerismo para comprar
votos y decir que es el mejor gobierno de la historia. En Grecia, en
cambio, la gallina de los huevos de oro helénica hace rato que dejó la
sala de terapia intensiva y cambió la guitarra por el arpa. En tales
circunstancias, el referéndum a favor del “no”, convocado y ganado por
el gobierno de Tsipras, constituye una clásica huida hacia adelante. Un
cínico y desesperado intento de “correr con la vaina” que se parece
mucho al vergonzoso festejo con el que el Congreso de la Nación recibió
el anuncio de la suspensión del pago de la deuda pública, o las
baladronadas contra el juez Griesa. A semejantes conductas hay quienes
las califican como actos de “dignidad nacional” cuando no son otra cosa
que chantajes y desfalcos. Dicen que la mentira tiene patas cortas. No
es así. El éxito de los políticos populistas refuta acabadamente tal
dicho popular. Dicen, también, que “el crimen no paga”. Tengo mis serias
dudas al respecto; las que se despejarán después de octubre.

