La inquisición española (1-4)
La inquisición española
Juan Fernando Segovia
Origen[1]
En 1232 Gregorio IX dirigió un breve al
arzobispo de Tarragona, ordenándole la búsqueda y castigo de los herejes
(albigenses emigrados del sur de Francia). Los primeros tribunales
inquisitoriales se formaron en España el año 1242, en base a lo resuelto
por el Concilio provincial de Tarragona. Los tribunales dependían del
obispo de la diócesis, correspondía al provincial de los dominicos en la
Península nombrar a los inquisidores. Su actuación no ha sido motivo de
censuras –porque en España el problema no era la herejía-, incluso no
actuó en toda España: Castilla no la conoció y operó fundamentalmente en
Aragón.
Con la llegada de los Reyes Católicos al poder[2],
el Santo Oficio fue instituido. En 1478 los reyes consiguen que por una
bula del Papa Sixto IV se autorice la introducción de la Inquisición en
Castilla. Tras lamentar la existencia en España de los falsos
cristianos, el Papa se hacía eco de la petición de los monarcas, a
quienes facultó para designar inquisidores a tres sacerdotes mayores de
cuarenta años, expertos en teología o en derecho canónico, así como para
destituirles y sustituirles libremente[3].
Esto ya nos indica la especificidad de la
Inquisición peninsular: las desviaciones doctrinales o morales
procedieron del orden interno, vinculadas a los judíos. Dice un
historiador judío de los conversos: “muy pronto condenaron abiertamente
la doctrina de la Iglesia y contaminaron con su influencia a toda la
masa de los creyentes” cristianos[4].
Los testimonios podrían reproducirse hasta el hartazgo, pero lo más
notable es que muchos de ellos provienen de los mismos conversos, que
acusan a los judaizantes de traicionar la fe católica que han aceptado[5].
Los testimonios de la época (especialmente Pulgar y Bernáldez) así como
la mayoría de los historiadores coinciden en este punto: el problema
específico que motiva la Inquisición castellana y española fue el de los
falsos conversos, judíos devenidos católicos que conservaban doctrinas y
prácticas judaizantes, y que estaban empinados en importantes
funciones: sabios, canónigos, frailes, abades, letrados, contadores,
secretarios, auxiliares de los reyes y de grandes señores, informa
Bernáldez[6]
Se ha dicho que los Reyes Católicos
introdujeron con la Inquisición una fuente de conflicto en la pacífica
sociedad española, en la que convivirían entonces cristianos, judíos y
moros pacíficamente. Por el contrario, Dumont[7]
y otros han demostrado que la Inquisición española fue una necesidad
del orden público: una decisión por la que los Reyes Católicos cortaron
el sangriento enfrentamiento entre las comunidades de conversos (judíos y
moriscos) y cristianos-viejos, que venía sucediéndose desde comienzos
del siglo XIV. Según la interpretación de Menéndez y Pelayo, la
sociedad española recibió con los brazos abiertos a los conversos[8], pero estos no correspondieron de la misma forma[9]. Veamos este aspecto de la cuestión.
La conversión de los judíos
La conversión de los judíos –forzada o no, es algo que no puede afirmarse de modo general para todos[10]–
se produce en el siglo XIV y, desde entonces, los conversos progresan
en la sociedad y en la administración real, tomando a su cargo –entre
otras tareas importantes- la recaudación de impuestos a comienzos del
siglo XV. Además del comercio y de las profesiones liberales, los
conversos acceden a la administración de justicia, la diplomacia, la
administración municipal e incluso la central. Algunos se ennoblecieron,
otros ingresaron a la Iglesia llegando hasta las altas jerarquías.
En este contexto el dominico valenciano
san Vicente Ferrer, a comienzos del siglo XV, apoyado por Benedicto
XIII, propuso convencer a los judíos sin violencia, pero con presiones
indirectas: se trataba de mantener separados a los rabinos de sus fieles
y de ubicarlos en barrios especiales, vistiendo ropas distintivas, para
que así comprendieran su estado miserable y dieran el paso definitivo
hacia la conversión. Sus predicaciones multitudinarias en Valencia,
Segovia, etc., consiguieron muy buenos frutos entre judíos y moros, como
arrepentimientos entre los cristianos[11].
En este clima tuvo lugar la célebre Disputa de Tortosa (1413-1414),
una catequesis en la que los más célebres rabinos expondrían sus dudas
ante los teólogos cristianos -entre ellos, el converso Jerónimo de Santa
Fe- para provocar la conversión por vía deductiva. Los resultados
fueron positivos en lo inmediato, aunque no a mediano plazo[12].
Los primeros años del reinado de Enrique
IV, sin señales de actividad represora, constituyen una etapa expansiva
de la vida conversa; incluso su reinado, de 1454 a 1474, puede ser visto
como un tranquilo intervalo entre las turbulencias pasadas y las que
habrían de venir.
Es la conversión de los judíos y las
prácticas judaizantes de algunos de ellos lo que provocará la reacción
de los viejos católicos. Existió un cierto celo por las posiciones que
algunos alcanzaron con los beneficios del poder. En el siglo XV, por
caso, se produjeron tensiones para apartar a los conversos de cargos y
oficios, hasta que el rey Juan II se vio obligado a ordenar, en 1444,
que tales conversos fueran tratados como si hubieran nacido cristianos y
se les reconociera la plenitud de derechos.
Pero el problema central era con los
falsos conversos (judaizantes) que, además, medraban de las
instituciones regias. En Toledo, en el año 1449, un grupo de rebeldes se
levantó contra los judíos y dictó una Sentencia-Estatuto que establecía
una serie de limitaciones legales aplicables a los conversos. La
controversia llegó a Roma, y el papa promulgó tres bulas contrarias a
los rebeldes y al movimiento anti-marrano[13].
Es de notar que en este conflicto siempre
hubo del lado español de los cristianos viejos, defensores de los
marranos, al igual que críticos. Los primeros aducían motivos religiosos
y creían en la veracidad de la conversión, sin que existieran enconos
raciales; los segundos no sólo acusaban a los marranos de ser
judaizantes (no confiaban en una conversión verdadera) sino también por
motivos políticos (hacerse del poder o entregar el poder a un tirano, en
la cuestión de Toledo). Lo ocurrido en Toledo se repitió más tarde en
Ciudad Real, Córdoba y en Segovia, entre otras ciudades en las que hubo
enfrentamientos sangrientos.
A mediados de siglo, después de las
primeros enfrentamientos violentos, ya era prácticamente imposible el
retorno a los métodos de san Vicente Ferrer, porque algunos clérigos
tenían miedo al contagio intelectual y religioso que unos y otros
-judíos y
conversos- podían provocar en la fe.
Sobre todo preocupaba el relativismo moral y religioso de muchos
conversos. Y antes de establecer la Inquisición, entre 1478 y 1480, se
realizó una campaña previa de evangelización pacífica, aunque de
resultados infructuosos[14].
El cronista de los Reyes Católicos,
Fernando del Pulgar (converso y crítico de la Inquisición) da cuenta y
asegura que algunos conversos judaizaban en secreto, es decir, el
problema de los judaizantes era real, afectaba la paz de los reinos. Una
obra compuesta en 1461 por fray Alonso de Espina, Fortalitium fidei,
quien habría de ser años más tarde confesor de Isabel la Católica,
manifestaba las mismas dudas y los mismos problemas. Los testimonios en
el mismo sentido son abundantes[15].
Los Reyes Católicos, en 1478, pidieron al papa Sixto IV el establecimiento de la Inquisición; el Papa dictó la bula Exigit sincerae devotionis, de
1º de noviembre, que implantó finalmente la Inquisición en Castilla,
considerando que los conversos eran un caso de herética pravedad
(deshonestidad)[16].
Por dos años quedó sin aplicación –como las anteriores-, hasta que el
17 de septiembre de 1480 los Reyes Católicos designaron los primeros
inquisidores. Fernando el Católico escribe al papa una carta, de 13 de
mayo de 1482, en la que hace referencia a los “errores o delitos” de los
conversos, habiéndose descubierto “cómo muchos que eran tenidos por
cristianos vivían no sólo no cristianamente, sino que prescindían de
cualquier ley”. Pidió al papa mayores poderes reales para la Inquisición
en Castilla, y el 15 de marzo de 1482, el papa responde a la petición
del monarca con la bula Dum fidei catholicae, que la autoriza con unos inquisidores que para ser nombrados deberían contar con el asentimiento pontificio.
Queda así claro a qué causa se debe la
Inquisición española y cuál fue su finalidad. Los Reyes Católicos se
vieron en la necesidad de castigar la herejía judaizante por dos
motivos: para evitar una nueva matanza no sólo de judíos, sino, también,
de los nuevos conversos. Se creía así evitar la expulsión del pueblo
judío, como habían hecho de manera más o menos completa, los musulmanes
en 1066, Inglaterra en 1290, Francia en 1182 y nuevamente en 1306 y
1394, Italia en 1342, los Países Bajos, en 1350, los países germanos
entre 1424 y 1438 (y aun antes en 1348 y 1375); etc.[17]
Propósito
Inicialmente el tribunal fue creado para
frenar la heterodoxia entre los bautizados: las causas más frecuentes
eran las de falsos conversos judíos (marranos) y también los musulmanes
conversos[18].
Pronto, sucedida la Reforma, se añadió el luteranismo (especialmente en
Sevilla y Valladolid); y un movimiento pseudo místico, falsamente
cristiano que se conoce como los alumbrados[19].
Dentro de los delitos contra la fe se
consideraban la blasfemia, que podía ser expresión de herejía; y la
brujería, la magia y otras supersticiones[20].
También se perseguían delitos de carácter moral como la bigamia o el
adulterio. Estos casos, si bien no correspondían exactamente a la
competencia del Santo Oficio, fueron perseguidos en tanto pudieran
traducir algún desvío en materia de fe, y muchas veces, como observa
Dumont, para aliviar los castigos de la justicia civil.
Promediando el siglo XVI se ha probado
que la Inquisición juzgaba principalmente a los luteranos, también a los
moriscos e incluso a viejos cristianos (por el delito de solicitación),
disminuyendo sensiblemente la investigación de los judaizantes[21].
Más específicamente: los protestantes no afincados en la península, que
transitaban como extranjeros, estaban protegidos por acuerdos
internacionales (como el que firmó Felipe III en 1604 con el rey de
Inglaterra). Los protestantes acusados solían ser curas y fieles
católicos que apostataban silenciosamente de la fe[22]
Ya concluyendo el siglo XVIII, bajo los
borbones, la Inquisición cumplió una función más bien política: fue un
instrumento de lucha contra las ideas ilustradas y revolucionarias,
especialmente francesas, y contra los movimientos que las apoyaban, como
la masonería.
En consecuencia, el origen de la Inquisición española, tanto como su finalidad, no ha de hallarse ni en el antisemitismo[23] (porque no tenía jurisdicción sobre los no bautizados[24]),
ni en el afán de enriquecimiento (apoderarse de los bienes de los
conversos), ni en el control ideológico; simplemente, la Inquisición
responde al aseguramiento de la ortodoxia cristiana, amenazada por las
desviaciones de los cristianos nuevos y, consiguientemente, al logro de
la paz en los reinos[25]. Como afirmaba Sixto IV en la bula recapitulatoria de 2 de agosto de 1483, la institución se justificaba porque
“había muchos que, comportándose
aparentemente como cristianos, no habían temido ni temían seguir cada
día los ritos y costumbres de los judíos, y los dogmas y preceptos de la
perfidia y superstición judaica, y abandonar la verdad tanto de la fe
católica y de su culto como la creencia en sus artículos”.
La unidad de la fe era –para Isabel y
Fernando- el fundamento de la comunidad política, de donde deriva la
noción de la monarquía católica, que implica el deber de custodiar la
unidad de la fe frente a las amenazas que la ponen en peligro. Es cierto
que este concepto de la España unida por la religión florece y se
fortalece bajo Felipe II (1556-1598), pero cuando los Reyes Católicos
España ya era católica. No era, como pretendió Américo Castro y hoy
otros, una sociedad multicultural en la que convivían católicos, judíos y
musulmanes. La catolicidad de España le viene de su misma formación
como nación[26]; existían en ella otros pueblos, -especialmente los judíos, con los que los españoles alcanzaron un gran mestizaje[27]– pero no en condición de igualdad ni como expresión de un relativismo religioso o moral.
Que la finalidad era religiosa, pruébase
también por dos actos típicos de la Inquisición: primero, antes de abrir
su actuación en alguna ciudad, se publicaba un edicto de gracia
concediendo plazo (30 a 40 días) para que voluntariamente se acusaran
los herejes de sus delitos contra la fe, recibiendo si lo hacían el
perdón e imponiéndoseles sanciones menores. Además, era habitual que el
Tribunal expidiera edictos de gracia en cualquier momento de su
actuación, cuando se advertía un rebrote de herejía, para evitar a
judaizantes y otros herejes sanciones más graves. Luego, antes que de
rigor, la Inquisición hacía gala de misericordia.
[1] http://isabelespan.blogspot.com.ar/2015/06/la-inquisicion-espanola.html. Véase José Antonio Escudero, “Los Reyes Católicos y el establecimiento de la Inquisición”, en Anuario de Estudios Atlánticos, n° 50 (2004), pp. 357-393; Llorca, Historia de la Inquisición en España, cap. III, pp. 61 y ss.
[2]
Fernando era rey de Aragón y lo fue hasta su muerte (1479-1516). Isabel
era reina de Castilla y León, y lo fue hasta su muerte (1474-1504).
Casaron en el año 1469 y desde el fin de la guerra de sucesión
castellana (1479) consolidaron la monarquía española: expulsaron a los
moros y conquistaron el reino de Granada, conquistaron el reino de
Navarra, expandieron el poderío español a suelo italiano (Nápoles),
recuperaron el Rosellón y Cerdeña, se establecieron en el norte de
áfrica, descubrieron y conquistaron América
[3]
En el año 1484 se reinstala la Inquisición en Aragón y más tarde se
extiende a América. Será definitivamente suprimida en 1834, muerto ya
Fernando VII.
[4] Cecil Royh, A history of the marranos, Philadelphia, 1959, cit. en Dumont, Proceso contradictorio a la Inquisición española, p. 13.
[5] Dumont, Proceso contradictorio a la Inquisición española, pp. 153-155.
[6] Cit. en Juan Manuel Ortí y Lara, La Inquisición (1877), Ed. E. P. C., S. A., Barcelona, 1932, pp. 142-143.
[7] Dumont, Proceso contradictorio a la Inquisición española,
pp. 222-235. Para el contexto histórico del establecimiento de la
Inquisición, véase el resumen de Cristián Rodrigo Iturralde, La Inquisición. Un tribunal de misericordia, Vórtice, Buenos Aires, 2011, pp. 144 y ss.
[8]
La recepción pacífica de oleadas de conversos se constata en las
crónicas, que no registran incidentes entre cristianos viejos y nuevos
hasta el s. XIV.
[9]
Para la leyenda negra los padecimientos de España se deben a su
oscurantismo que tiene su máxima expresión en la Inquisición. Con grave
ironía escribió Menéndez y Pelayo: “¿Por qué no había industria en
España? Por la Inquisición. ¿Por qué somos holgazanes los españoles? Por
la Inquisición. ¿Por qué duermen los españoles la siesta? Por la
Inquisición.” Marcelino Menéndez y Pelayo, La ciencia española, ed. 1953, p. 102.
[10]
Los conversos fueron principalmente judíos que por las persecuciones
religiosas se hicieron cristianos, dudándose de la autenticidad del
acto, pues muchos de ellos solicitaron el bautismo para continuar
practicando en secreto los ritos judaicos.
[11] Dumont, Proceso contradictorio a la Inquisición española, pp. 210-211.
[12] Por ejemplo: 13 de los 14 rabinos que intervinieron en la disputa se convirtieron al catolicismo. Dumont, Proceso contradictorio a la Inquisición española, p. 150.
[13]
Alcanzado un acuerdo entre ambos bandos que trajo la reconciliación
política, los rebeldes toledanos pidieron que el papa cancelara las
bulas de 1449, lo que se consiguió con otras dos bulas que Nicolás V en
1451. El papa promulgó el mismo día a petición de Juan II una
tercera bula, el 20 de noviembre, introduciendo la Inquisición no sólo
en Toledo sino en todo el reino de Castilla. La reacción de los
conversos fue rápida, pues el 29 de noviembre, el mismo papa promulgará
otra bula más (Considerantes ab intimis), reiterando la doctrina tradicional respecto a la igualdad de conversos y cristianos viejos.
[14] Dumont, Proceso contradictorio a la Inquisición española, pp. 59-60.
[15]
No puede menos que leerse la historia de duplicidad conversa de la
familia Arias Dávila. Uno de ellos, Juan, llegó a ser obispo de Segovia,
abandonando la sede y refugiándose en Roma luego de manifestarse
abiertamente judaizante. Dumont, Proceso contradictorio a la Inquisición española, pp. 209-221.
[16]
La bula pontifica hace referencia a la aparición de muchos que,
“regenerados en Cristo por el sagrado baño del bautismo… y adoptando
apariencia de cristianos, no han temido hasta ahora pasar o volver a los
ritos y usos de los judíos”.
[17] Los datos están aportados en casi todas las historias de la Inquisición. Véase por caso Cristián Rodrigo Iturralde, La Inquisición. Un tribunal de misericordia, Vórtice, Buenos Aires, 2011, pp. 126-27.
[18] Dice el P. Juan de Mariana, Historia de España,
libro XXIV, cap. XVII, que “por ver que la causa de la grande libertad
de los años pasados, y por andar moros y judíos mezclados con los
cristianos en todo género de conversación y trato, muchas cosas andaban
en el reino estragadas. Era forzoso, con aquella libertad, que algunos
cristianos quedasen inficionados: muchos más, dejada la Religión
Cristiana, que de su voluntad abrazaran convertidos del judaísmo, de
nuevo apostataban y se tornaban a su antigua superstición”. Las
acusaciones más corrientes en los procesos inquisitoriales era
precisamente que esos que se llamaban cristianos, no lo eran, porque
trabajaban en domingo y descansaban en sábado; no comían la carne de los
mataderos de los pueblos, porque ellos la querían matar a su manera;
que asistían a las reuniones de las sinagogas y no iban a la Iglesia
parroquial, etc.
[19] J. C. Nieto, «L’hérésie des Alumbrados», en Revue d’Histoire et de Philosophie Religieuses, nº 66 (1986), pp. 403-418.
[20]
La brujería no alarmó tanto a la Iglesia como la herejía. El concilio
de Valence de 1248, que se ocupa de los brujos y de los sacrílegos, no
los trata de heréticos y los coloca ante el obispo, que no los
condena, aunque impenitentes, más que a
la prisión o a otra pena más ligera. Pero la brujería ofrece muchas
formas más o menos graves: la adivinación, la magia, el sortilegio, la
alquimia y sobre todo el culto a los demonios y los pactos demoníacos
que se realizan en el sabbat. La bula de Alejandro IV en 1264, Quod super nonnullus formula
la distinción fundamental entre los sortilegios simples y los
sortilegios con “sabor herético”: los primeros permanecen bajo la
competencia de las curias diocesanas; pero las prácticas que
manifestaban sabor de herejía pasan a la competencia de la Inquisición.
Nicolás V resolvió en el año 1451 que los adivinos serían en adelante
competencia de la Inquisición, aunque ellos no se dijeran herejes. Los
quirománticos, los astrólogos y los simples adivinos fueron desde
entonces asimilados a los demoníacos. La bula de Inocencio VIII, de
1484, Summis desiderantes fue el punto de partida de los
tratados doctrinales para la investigación y el castigo de los
demoníacos. Por otro lado, en la Inquisición española casi no hubo
represión de la brujería, porque no la hubo hasta entradas las noticias y
libros de Europa; en todo caso, considerada una enfermedad del
espíritu, se la trató con indulgencia y predicación. Dumont, Proceso contradictorio a la Inquisición española, pp. 231-232.
[21] Iturralde, La Inquisición. Un tribunal de misericordia, pp. 113-114.
[22] Iturralde, La Inquisición. Un tribunal de misericordia, p. 239.
[23] Como lo ha pretendido el libro Los orígenes de la Inquisición en la España del siglo XV de
Benzion Netanyahu (Crítica, Barcelona, 2000, 1269 pp.), en el que
afirma que la institución se creó como un instrumento de política
racista, que pretendía una «solución genocida»: el exterminio de los
conversos. Véase la crítica de José Antonio Escudero, “Netanyahu y los
orígenes de la Inquisición española”, en Revista de la Inquisición, n° 7 (1998), pp. 9-46.
[24] Dumont, Proceso contradictorio a la Inquisición española, p. 33.
[25] José Antonio Escudero, “La Inquisición en España”, en Historia 16, nº 48 (1996).
[26] Ver José Fermín Garralda Arizcún, “En torno a las raíces judías de España: España y Sefarad”, en Verbo, n° 299-300 (1991), pp. 1351-1378.
[27] Dumont, Proceso contradictorio a la Inquisición española, pp. 151-152.


