La revolución sexual destruye la familia – III
Abolir la familia fue una de las principales metas de Marx y Engels
Veremos a continuación qué es lo que se esconde por detrás de la
ideología de género, así como la concepción evolucionista de los
llamados derechos humanos.
Por detrás de la ideología de género, las aberraciones de Marx
Como se sabe, “abolir la familia” fue una de las principales metas de
Marx y Engels, que el comunismo durante tres cuartos de siglo trató de
imponer a los países que
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subyugó. Hoy se convirtió en el objetivo principal de la izquierda
internacional, en unión con el feminismo radical y con poderosas
organizaciones que pretenden controlar la población (tanto o más que el
nazismo o el comunismo), bajo el disfraz de los derechos humanos y de
la promoción de la mujer.
La ideología de género es una reinterpretación de
las ideas de Marx, según las cuales la historia es una continua lucha de
clases entre “opresores” y “oprimidos”, caracterizada, durante el siglo
XX, por la oposición entre obrero y el patrón y el pobre frente al
rico. Hoy esa aberración fue transpuesta, dado su fracaso mundial, a la
familia, donde el hombre sería el “opresor”, y la mujer o los hijos los
“oprimidos”.
Se busca así, imponer cambios, leyes y medidas coercitivas: aborto
para las mujeres, niños libres de la tutela paterna, “matrimonios”
homosexuales, cuotas idénticas para hombres y mujeres en las empresas,
gobiernos, colegios y universidades. Todo conforme a lo deseado
expresamente por Marx, con vistas a la extinción de las clases y el
triunfo de la utopía igualitaria.
La semejanza entre el marxismo y esta forma de pensar ya era palpable
en el libro El origen de la familia, la propiedad y el Estado, de
Engels: “El primer antagonismo de clases coincide con el desarrollo del
antagonismo entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio monogámico, y
la primera opresión de una clase a la otra, con la del sexo femenino
por el masculino” (Cf. Frederick Engels, The Origin of the Family,
Property and the State, International Publishers, New York, 1972, pp.
65-66).
Karl Marx exigía que los medios de “producción y reproducción” fuesen
arrebatados a los opresores y entregados a los oprimidos. Y afirmaba
que las clases desaparecerían cuando se eliminasen la propiedad privada y
la familia encabezada por un padre; se estableciese el libertinaje
sexual; se facilitase el divorcio unilateral; se aceptase la filiación
ilegítima; se concediese a las mujeres derechos reproductivos que
incluyan el aborto; se forzase su entrada en el mercado del trabajo;
fuesen colectivizadas las tareas domésticas; se colocasen a los niños en
instituciones estatales, libres de la autoridad de los padres; y se
eliminase la religión.
Todo eso trataron de realizarlo las tiranías comunistas. Éstas se
vieron no obstante obligadas a retroceder en los ataques a la familia a
causa del repudio de la población, ciñéndose primordialmente a la
colectivización económica. Y cuando el régimen soviético se deshizo,
tomó fuerza la ideología de género como un marxismo metamorfoseado, que
recogió y lanzó sus más notorias aberraciones, ya no en Oriente, sino en
todo Occidente.
Karl Marx exigía que se forzase la entrada de las mujeres en el mercado del trabajo
A ese respecto, numerosas “feministas de género” acusan hoy a los
líderes de la secta roja en el sentido de que el colapso de la
revolución comunista en Rusia se debió a su fracaso en destruir la
familia, que es la verdadera causa de la opresión psicológica, económica
y política (Cf. Dale O’Leary, artículos en
www.catholic-pages.com/dir/feminisn .asp; ver también Shulamith
Firestone, The Dialectic of Sex, Bantam Books, Nueva York, 1970). Según
ellas, el sexo implica clase, y ésta presupone desigualdad. Para
eliminarla, se elaboró la teoría de que el género no es definido por la
naturaleza, sino que es “una construcción” —es decir, un invento— social
o cultural. O sea, que es inculcado y aprendido; y que por tanto es
posible que sea cambiado, pudiendo una persona del sexo masculino
adoptar un género femenino, y viceversa.
Según esta ideología, no se nace como hombre o como mujer, sino que
se aprende a ser una cosa u otra, como afirma la existencialista
bisexual Simone de Beauvoir. Ella dice también que la atracción
heterosexual es aprendida, y que el instinto materno no existe. Mientras
tales aberraciones recorren el mundo, organismos internacionales de
izquierda imponen a diversos países subdesarrollados su “agenda de
género”, promoviendo el aborto y la homosexualidad. La ayuda financiera
internacional es condicionada al alineamiento de los gobiernos a esas
posiciones. A Uganda la ONU le cortó los subsidios, porque aquel país
africano resolvió incentivar oficialmente, en lugar de los
preservativos, la castidad y la fidelidad conyugal como antídotos contra
el Sida.
Si se demuele de esa forma a la familia y se inunda la sociedad con
la promiscuidad más abyecta, si los peores vicios tienen ciudadanía y la
moral es perseguida, ¿cómo podrán formarse los niños y los jóvenes
dentro de cierta rectitud, para que lleguen a ser adultos útiles a la
sociedad y respetuosos de la moral y de la Ley? Con muy pocas
excepciones, será casi imposible. Será la realización completa de los
designios de Marx.
Por más monstruosa que sea tal ideología, ella cuenta con numerosos
adeptos, muchos de ellos bien colocados, que van pasando de contrabando
sus propósitos. En la mayoría de los casos, sin que haya una oposición
clara y organizada. Algunos obispos —uno en el Perú, otro en España, aún
otro en México, además de uno en América Central— la censuraron
fuertemente. Pero la inmensa mayoría de los prelados, como es tan
frecuente en relación a temas graves de moral católica, no se pronunció.
En consecuencia, la mayor parte de los católicos ignora que esa
aberración se está volviendo dominante.
Los “derechos humanos”, al sabor del relativismo
Se suma a lo anteriormente dicho otra cadena de aberraciones
doctrinarias, lanzadas con supuesta base en los llamados “derechos
humanos”. En la mayoría de los ambientes, se habla de ellos sin que
siquiera se sepa cuáles son esos derechos, lo que incluye, cómo deben
ser entendidos y jerarquizados, cuáles de ellos prevalecen cuando entran
en conflicto, y qué limitaciones tienen, en virtud del bien común. Por
ejemplo, ¿por qué no presentan el derecho de propiedad como un derecho
humano? ¿Y el derecho a la vida del bebé por nacer?
Claro está que, bajo el rótulo de “derechos humanos”, la izquierda
incluye todo aquello que sirve a los propósitos y métodos de la
Revolución anti-cristiana, y nada de lo que la contraría, aún cuando se
trate del derecho más básico, universal e indiscutible. O sea, está
vigente un concepto relativista, que proclama hoy como “derechos
humanos” actos que ayer no eran considerados tales, y que mañana tampoco
lo serán. Simplemente porque habrá pasado la hora en que a la
Revolución universal le convenía servirse de ellos, y llegado el momento
de substituirlos por otras fórmulas sofísticas, que serán la bandera de
los nuevos revolucionarios que entren en escena.
Los ideólogos de los “derechos humanos” afirman sin pudor que el
concepto de éstos es evolutivo, dependiendo de la ideología cuyo
predominio ellos mismos desean. Por ejemplo, cuando querían ver
explícitamente implantado el comunismo stalinista, consideraban que los
supuestos derechos del proletariado —o sea, las facultades que los
marxistas atribuían a éste— eran fundamentales, y las víctimas no tenían
derecho alguno. Como ahora desean la explosión de las “diversidades”
para la instauración del caos moral, doctrinario, cultural y legal, lo
que califican de indispensable es el “derecho a la diferencia”.
Hace pocas décadas, a nadie en sana conciencia se le ocurriría pensar
que la homosexualidad y la práctica del aborto podrían algún día ser
considerados “derechos humanos”. Hoy, sin embargo, son relativamente
pocos los que se atreven a negarlo. De modo inverso, durante siglos los
derechos de propiedad privada, de herencia y de libre iniciativa fueron
considerados, de acuerdo con el orden natural y la moral católica, como
absolutamente esenciales a la naturaleza humana. Hoy ellos son negados
de modo ufano y desafiante por demagogos baratos, por politólogos
pedantes, ; por clérigos de avanzada y por feministas frenéticas.
¿Quién enfrenta tal proceso de descristianización del mundo?
“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”
El mundo contemporáneo se sometió al más craso relativismo. ¿Por qué?
Sin duda porque gran parte de aquellos que tienen por obligación
proclamar los principios verdaderos —con validez absoluta y permanente
basada en la voluntad de Dios— raras veces lo hacen. Y cuando lo
hacen, es con tales vacilaciones, timidez y cautelas, que dan la
impresión de que creen muy poco en ellos, y por lo tanto que no los
consideran esenciales. Proceden así porque temen el riesgo de ser
calificados como intransigentes, intolerantes y reaccionarios.
Diversos documentos emanados de la Santa Sede, en los últimos años,
impugnaron el relativismo imperante en el mundo de hoy, muchos de los
cuales firmados por el actual Papa Benedicto XVI cuando dirigía la
Congregación para la Doctrina de la Fe, o ya en la Cátedra de Pedro.
Señálese un sólo pronunciamiento de alguna Conferencia Episcopal en el
mundo que les haya hecho eco de modo categórico hasta el momento…
¿Habrá algún obispo o sacerdote que lo haya hecho para el bien de sus
propios fieles, en especial de aquellos que no tienen acceso fácil a
los documentos pontificios? Es posible, pero después de una cuidadosa
investigación, no encontramos la menor noticia que hable en ese sentido.
O sea, documentos de gran importancia —sea por el contenido, sea por la
eminencia de la autoridad que los emitió— caen simplemente en el vacío,
poniéndose en realce ideologías absurdas y siniestras como las arriba
señaladas.
Después de describir sumariamente el panorama de la destrucción de la
familia, cabe preguntar: ¿dónde están los defensores de la familia
verdadera, que Dios dotó de todos los atributos y derechos, consignado
como está en incontables documentos pontificios a lo largo de 20 siglos?
Son muy escasos, pues la gran mayoría se redujo al silencio, con temor
de enfrentar el virulento proceso de descristianización en curso.
He aquí el principal campo de batalla de los católicos de hoy:
rescatar del silencio esos principios y orientar a los hermanos en la
Fe, para que sean preservados de la saña revolucionaria, recordándoles
que tal saña no se vence con silencios o contemporizaciones, y menos aún
con concesiones, sino con la valiente y completa afirmación de la
verdad católica. Para animarlos y orientarlos, debe prevalecer la máxima
invencible “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech. 5,
29). Siguiendo esta sentencia, Nuestro Señor Jesucristo reinará no sólo
en nosotros, sino también a nuestro alrededor.
Alfredo Mac Hale

