UN NUEVO CRONISTA DE INDIAS
| El acabose, o la cruz hecha de hoz y martillo, regalo de Evo Morales a Francisco |
Si al Tribuno Mundial de la Plebe le faltaba echar mano de algún otro
tópico mendaz con el que acrecer su ascendiente sobre las turbas, la
ocasión -previsible y nada calva- la tuvo en su excursión amerindia. No
hace falta abundar en aquellas sus palabras que abonan la tan explotada
dialéctica "indios buenos-españoles malos": las reproducen multitud de medios,
con el regodeo de rigor en casos como éste, en que se alude a la
presunta «conciencia de la falta de libertades, de estar siendo
exprimidos y saqueados» como causal de la independencia de los países
americanos hace doscientos años.
Pero de Francisco sabemos algo de
cierto, y es su desordenada afición a congraciarse con todos y cada cual
mientras esto sirva a encaramarlo: se diría que ante cualquier
auditorio -trátese de los indígenas americanos, de una delegación de la ONU,
de los balseros de Lampedusa o de una asociación de banqueros
israelitas, lo mismo da- él no hace sino oír de boca del mismo, a modo
de anhelosa súplica, aquel versículo de Isaías (XXX, 10): loquimini nobis placentia, «habladnos de lo que nos gusta». Y se dispone a complacerlo sin perder oportunidad.
Algo de esta suprema elasticidad de principios tuvimos que reconocerle aquí, aquí y aquí,
junto con la notoria predilección por el oficio del
flautista-encantador que va engatusando incautos con sus sones.
Recordamos haber leído en otro blogue
una hipótesis sobre el mimetismo de su personalidad, debatiéndose
siempre todos entre la clave plenamente intencional y zorruna de sus
oscilaciones y la interpretación patológica de las mismas. Es posible
que la una no contradiga a la otra, y que el recurso a la lisonja del
oyente, movido por la inicial avidez de poder y gloria mundanos, acabe
por connaturalizarse hasta el trastorno psíquico. Como tampoco cabe
excluir la más que plausible eventualidad de estar actuando de común
acuerdo con los lobbies que crean la opinión pública y orquestan el
inmediato devenir político del mundo.
Hecha abstracción de lo cual, y para sólo ceñirnos al tema «conquista e
independencia de América», nos pareció oportuno y justo trascribir unas
pocas líneas que replican victoriosamente el discurso denigratorio de
Bergoglio. Son de Vicente Sierra (Así se hizo América, Dictio,
Buenos Aires, 1977), y muy aptas para evidenciar en qué estriban las
falencias del rupturismo histórico, tal como lo propició la facción
liberal-iluminista que actuó detrás de la bicentenaria revolución cuyos
mitos siguen siendo servidos en las escuelas -y ya incluso en los
discursos papales. Lo que desconocen los historiadores más o menos
aficionados y más o menos reos del actual clima espiritual de
desarraigo, es que «es imposible considerar al hombre separado de la
profundísima realidad histórica, y ésta se adentra en lo más hondo de la
existencia, en sus mismos fundamentos, para revelar lo más auténtico de
la realidad». Y que por indispensable que sea la heurística, la
compilación de datos, en la conformación del juicio histórico, pues la
historiografía necesita «del documento, de las fuentes, de los datos
[...], quien sólo se atenga a ellos no verá nunca la verdad, esa verdad
que debe vivir en el ser mismo del historiógrafo, mediante la cual se
puede identificar íntimamente con los hechos del pasado por el nexo
indisoluble de la tradición. Por muchos documentos que se pusieran en
manos de un hindú para escribir la historia de la labor de España en el
Nuevo Mundo, no se lograría que comprendiera el sentido espiritual de la
misma». Es lo que ocurre cabalmente con un papa adscrito a las formas
más rudimentarias y bastas del historicismo, cuyo veneno lo ha vuelto
mental y emocionalmente ajeno a la institución que se le ha otorgado
gobernar.
Aparte de faltar habitualmente a la verdad, el evolucionimo histórico
incurre en frecuente inconsecuencia al abordar el capítulo americano. En
efecto, ni aun reconociendo que la Conquista permitió a los aborígenes
remontar un abismo cultural de tres mil o más años con el europeo (las
culturas inferiores locales no habían superado el neolítico, y las
superiores desconocían el uso del hierro), ni siquiera constando
acabadamente la superioridad de las instituciones político-sociales a
las que los naturales fueron integrados desde el mismo momento en que
estas tierras pasaron a constituir Reinos incorporados a la Corona de
Castilla, el juicio que todo esto suscita a sus adeptos no deja de ser
paradójicamente negativo. Sigamos a Sierra: «el gran drama de la
Conquista es que el indio carece de conciencia histórica; es un ser
sumido en el destino, pero que no ha salido del estado de naturaleza. La
dificultad con que tropieza el misionero es que el indio carece de
nexos tradicionales que le permitan reconocer las tesis liberadoras que
el evangelizador lleva consigo, y error de casi toda la historiografía
americana es no haber medido la magnitud de esta circunstancia. No
bastaba decir al indio: "tú eres libre; tu libre albedrío te permite
realizar en eta vida tus fines terrenos y eternos"; el indio no podía
entender ese lenguaje, porque el problema de la libertad no existía en
él. Esas palabras expresaban un dinamismo histórico que no podía captar
el indio, carente de conciencia histórica». Situación talmente
reconocida por los capitanes de la Conquista como para suscitar pronto
largas discusiones entre los juristas peninsulares acerca de los justos
títulos de la misma: el hecho de que prevalecieran quienes sostenían el
deber antes que el derecho de conquista expresa a suficiencia
cuánto el acento estuvo puesto antes en el beneficio de los naturales
que en el de la Corona o de los aventureros. De ahí también la absoluta
extemporaneidad en el transponer la monserga libertaria de nuestros
aciagos tiempos post-cristianos a los días previos a Colón. Las "ideas
cristianas que se volvieron locas", ni locas ni cuerdas hubieran tenido
cabida en las mientes de los súbditos de Moctezuma o de Atahualpa.
Estas son, aplicadas al caso americano, algunas de entre las aporías del historicismo en el que han sido formadas, volens nolens,
las cabezas de los últimos pontífices, y que en Francisco encuentra la
más grosera y eruptiva de sus derivas. Frente al repudio hodierno de los
imperialismos, puede comprobarse el voraz apetito imperial de los reyes
aztecas e incas, por el que los pueblos que les estaban sometidos
saludaron con entusiasmo la llegada de los españoles; frente al rechazo
de la esclavitud, su rigurosa vigencia en toda la latitud del Nuevo
Mundo; frente a la hoy tan clamoreada conciencia del derecho de los más
débiles (mujeres y niños), ahí están la poligamia y los sacrificios de
niños al dios Sol, no menos que costumbres terribles como aquellas que
describe el jesuita padre Florián Paucke relativas a los indios mocovíes
del Chaco: «cuando la mujer del indio ha dado a luz y el padre no puede
detenerse en el lugar del alumbramiento, bien sea por carencia de
alimentos o por un próximo largo viaje, ordena a su mujer de matar al
niño, orden que ella observa puntualmente». Las costumbres del infiel
todavía vigentes en la segunda mitad del siglo XIX,
tal como las refiere el Martín Fierro, no dejan de asombrar por su
inhumanidad. No hay nada que exaltar en aquel mundo sumergido en hoscas
tinieblas, deseoso de una redención que al fin llegó, al menos mientras
duró la impregnación católica de América.
«La primera ley de la historia es no atreverse a mentir, la segunda, no temer decir la verdad» es una conocida sentencia de León XIII que su lejano sucesor en nuestros días tiene acaso tan por indescifrable como el contenido mismo de su fe.
| Las Casas debiera escribir hoy una
«Brevísima relación de la destrucción de la fe, no menos que de la verdad histórica» |
«La primera ley de la historia es no atreverse a mentir, la segunda, no temer decir la verdad» es una conocida sentencia de León XIII que su lejano sucesor en nuestros días tiene acaso tan por indescifrable como el contenido mismo de su fe.

