La devaluación del relato
En
Venezuela muere un presidente y en Argentina decretan tres días de
duelo. En un boliche de Once se calcinan 194 personas, y el mismo país
tiene permiso para acongojarse dos días, no más. En una estación de tren
una formación no se entera de que el recorrido no llega al río y mueren
54 personas: dos días de duelo. Un tipo que se presenta como poeta
palma en México, de viejo, y en Argentina se ordena un duelo de tres
días. El grueso de la gente se pregunta si el que murió es el creador de
la mayonesa, pero el duelo está igual. Nueve personas pierden la vida
en cumplimiento de su deber y se decretan dos días de duelo. Otras
catorce perecen en similares condiciones en Catamarca y nadie manda ni
una corona de flores.
La realidad dice que tipos que laburan por amor al arte -sí, incluso
los que cobran, porque nadie arriesga su vida por un salario de mierda
si no es por amor al arte- murieron aplastados en un lugar en el que no
deberían haber estado si se dedicaran a otra cosa. O sea, murieron por
estar donde les correspondía estar, riesgos que se asumen a la hora de
tomar el empleo.
El relato, en cambio, dice que un perseguido político logró romper
con las cadenas del imperialismo y el pueblo lo llevó en andas a la
presidencia para que la justicia llegue, finalmente, hacia los que menos
tienen. La realidad diría que una revolución socialista está mal parida
si se la denomina con el apellido de uno de los primeros pensadores
liberales que vio sudamérica, pero esos son detalles que pasan a un
segundo plano frente a la realidad de la Patria Grande, ese gran sueño
de Simón Bolívar, del cual se desprende que Bolívar soñaba con el
liberalismo de la racionalización de las duchas y el alargue de la
Navidad por decreto.
El relato vale más que la realidad, está claro. Sólo así se entiende
que gastemos guita en pagar una entrada al cine para divertirnos en ver
cómo se resuelven con onda las mismas situaciones que nos desgastan en
la vida cotidiana. Contar las cosas de otro modo, sirve cuando hay un
compromiso de engaño, un contrato en el que el cineasta y los actores
aceptan mentir aparentando ser quienes no son, y nosostros aceptamos que
nos mientan.
El kirchnerismo funciona de manera similar, solo que a esta altura es
una película clase B en un proyector del centro de jubilados del barrio
El Progreso.
Un montón de pibes que se pintan la barba con corcho quemado encaran
el viaje hacia la Casa Rosada convocados por Presidencia. En el camino
dejaron veinte pesos entre el pasaje del bondi y una gaseosa de 500. Se
bajan en la 9 de julio y caminan las escasas cuadras que les quedan
hasta Balcarce 50 esquivando cartoneros, mendigos de entre 3 y 90 años, y
varios otros ejemplares ganadores de la década que festejan las
políticas de inclusión en un living a cielo abierto que queda entre los
edificios del Indec, el Palacio de Hacienda y la Rosada.
Si no los hubieran castrado ideologicamente, quizás se preguntarían
cómo puede ser que un gobierno que dice ser tan poderoso no puede con un
contador público. Si les hubieran inculcado que el conformismo no tiene
nada de revolucionario, tal vez querrían saber qué diferencia hay entre
inflación y un “reacomodamiento de precios” permanente, o entre una
brutal devaluación y un “deslizamiento monetario”.
En cambio, prefieren manifestarle su apoyo a la Presi cuando dice que
“le pegan mucho porque es mujer”, apelando a la misoginia victimaria en
un país en el que la mujer votaba y ocupaba cargos públicos cuando ella
nació. Si en algo evolucionamos es que no la puteamos por ser mina,
sino por impresentable.
Los
profundos conocimientos macroeconómicos del mejor cuadro político de la
historia universal quedaron demostrados con ejemplos divinos, como
cuando criticó los aumentos en las bolsas de cemento, “porque no tienen
insumos en dólares”. Obviamente, el transporte desde la cementera al
corralón se efectúa por telekinesis, los transportistas trabajan por
amor al arte, los impuestos los cobra el ratón Pérez y no se pagan
salarios a nadie, dado que el cemento flota en el aire y se guarda
solito en bolsas de papel madera que aparecen de la nada.
Reconozco que me enamora la idea de ver a un camporita volver a casa
con una bandera de Quebracho enterrada en el fondo del recto. Sin
embargo, tras la fantasía me sobreviene la realidad de que los planes de
Cristina son para ver si se arregla algo de algún modo milagroso, como
tocar todos los botones del control remoto, rezar mientras se cae el
avión o sacar agua del bote con la mano.
Ella y su entorno piden que no compremos lo que aumentó. Estamos en
eso, sólo nos falta aprender a alimentarnos a 220, vestirnos con gas y
aprender a viajar a través de las cañerías de agua corriente. Y mudarnos
a un barrio subsidiado con luz, gas y agua corriente, claro.
Nos la vendieron como estadista y resultó estar a la altura de Lita
de Lázari. Eso nos pasa por no caminar a la hora de comprar un
Presidente. De arquitecta egipcia, capitana de la Libertad, abogada
exitosa y Papisa, pasamos a animadora de asaltos estudiantiles en la
Casa Rosada.
Podrán acusarme de mal pensado, pero no me imagino al cocinero de
Olivos preparando sopa de carcaza y guiso ranchero de menudos de pollo
para la cena presidencial. Tampoco veo a los funcionarios llegando a los
ministerios en monopatín porque aumentaron todos los combustibles.
Obviamente, el sacrificio es para los otros.
Los productores agropecuarios que no quieren liquidar cosechas son
todos unos garcas, con la clara excepción de la familia Capitanich. Los
que ahorran son una manga de avaros, con la clara excepción de -otra
vez- Capitanich. Los que compran dólares son unos especuladores que
empujan a la inflación, sin contar los 2 palos verdes al contado que
adquirió Néstor un día antes de que subiera la divisa.
El criterio es generalizado y parece no reconocer límites que dejen
un changüí para el chiste: los que mueren en un choque de trenes son
unos ansiosos que se acercan al primer vagón para llegar antes al
laburo. Y ni que hablar de la insistencia de ir a trabajar en días de
semana.
Con estos parámetros es obvio que pretendan hacernos creer que lo de
Boudou y Ciccone fue un invento de los esbirros de la corpo mediática,
cuando la única prueba que faltó aportar fue una foto de Amado
recortando los billetes de Evita mientras Vandenbroele los pintaba con
crayones de cera.
Por lo pronto festejan que en el país hay paritarias -como si fuera
festejable que tengamos que pelear todos los años para correr la coneja
atrás de la inflación- y se emocionan gracias a un aumento pedorro del
11% a las jubilaciones que alcanza solo para cubrir la inflación de
diciembre y enero. La alegría ni les permite dimensionar qué tiene de
fantástico que después de once años de éxito arrollador haga falta un
plan de asistencia social para comprar los útiles del colegio.
De
salir al balcón hacia una Plaza de Mayo repleta, a atender a la
militancia en un patio interno de la Rosada. La devaluación,
evidentemente, se percibe hasta en la cantidad de la monada, aunque el
nivel sigue siendo el mismo y podemos disfrutar de pibes agitando la
bandera del PC al festejar que la Presi tira “cuando estás muy a la
izquierda, salís del otro lado porque la Tierra es redonda.”
Más allá de lo que afecte a nivel bolsillo, lo que más me jode es la
falta de acción. ¿Creen que los supermercadistas son todos garcas?
¿Afirman que la City está llena de especuladores? ¿Sostienen que los
agrogarcas atentan contra la economía? Que pongan huevos y estaticen
hasta los changuitos del chino de Lugano, que abran una unidad básica de
La Cámpora en cada cueva y que sancionen la reforma agraria. Pero que
no nos rompan más las tarlipes con el mariconeo de que la culpa es de
cualquiera y que tenemos que salir a buchonear.
Si realmente creen en lo que dicen, que actúen en consecuencia. Y si
no lo hacen, que quede claro, para no tener que escucharlos mañana decir
que el país se fue a la banquina porque “el pueblo no se animó”. Esa es
la más fácil, esa es la que hacen y aplican.
Hoy los triunfos revolucionarios se reducen a haber logrado que
Tinelli -al que llamaron- abandone Futbol para Todos para que sea la
misma garompa con 1.700 millones de presupuesto, y la participación
popular quedó limitada al control del precio del Cif aroma Flor de
Naranjo de 475cm3. ¿Los planes a futuro? Llegar a marzo, el resto se
verá más adelante.
Viernes. Lo único que nunca se devalúa es el poder de daño de los políticos.
