A fines del 2011, Ricardo Forster publicó su libro titulado El litigio
por la democracia, donde sostuvo que la Argentina vive una disputa entre
dos formas irreconciliables de entender el ideal democrático, en la
cual, como no podía ser de otra manera, el kirchnerismo se presenta como
el intérprete iluminado de la contienda.
Las alcahueterías de Forster son bien conocidas. En efecto, aquél forma
parte de ese círculo de intelectuales orgánicos que han renunciado a la
función esencial de cualquier intelectual honesto –la crítica
independiente–, para abrazar las mieles del poder. Con destacada
precisión conceptual, el filósofo Tomás Abraham, en su libro La lechuza y
el caracol, caracterizó a Forster y a sus amigos de “Carta Abierta”
como los “comisarios culturales” del kirchnerismo. No podría
definírselos mejor.
Pero más que un “litigio por la democracia”, nuestro país está
atravesando un “litigio por el discurso”, en el que el kirchnerismo está
sacando considerable ventaja a una oposición que todavía no puede
comprender la naturaleza de la disputa a la que se enfrenta. Forster ha
dejado muy en claro el ideal democrático-populista (si es que tal cosa
existe) en su libro, cuando afirma que “se trata, pues, de abordar la
democracia como una lucha por la igualdad”, en oposición a “la República
democrática que estableció el capitalismo”. No hay, en rigor de verdad,
ninguna innovación en lo que nos dice el mediático intelectual. La
“democracia como igualdad material” que enfrenta a la “democracia como
libertad”, fue el centro de gravedad de la lucha ideológica que el mundo
entero vivió durante la Guerra Fría. El bloque comunista asfixió la
libertad en nombre de la igualdad, en una historia de opresión y
totalitarismo que
terminó con la vida de más de 100 millones de seres humanos que
padecieron las arbitrariedades de este sistema que, sin embargo, mantuvo
en pie a sus “comisarios culturales” que siguieron asegurando que ésa
era la “verdadera democracia”.
Vivimos un litigio por el discurso y no por la democracia, ya que esta
última, tanto en su teoría como en su práctica, no puede desentenderse
de la libertad. Su fundamento moderno es, de hecho, la libertad. La
mayoría no tiene legitimidad per se, como la fuerza bruta tampoco la
tiene. El número por sí solo nada dice; es una mera manifestación de
fuerza, de linchamiento. La mayoría tiene legitimidad para la democracia
en tanto y en cuanto garantiza libertades políticas. Ya lo hemos
remarcado en otras oportunidades (ver “Las neodictaduras
latinoamericanas” y “Los límites de la democracia y las mayorías”).
Litigio por el discurso y no por la democracia, ya que el poder de la
palabra y la deformación conceptual es lo que está articulando la
disputa que vive la Argentina en estos momentos. Si existen dos formas
irreconciliables de entender la democracia, tal como lo plantea el
propio Forster, esto implica que una de ellas no debe ser verdaderamente
fiel al ideal democrático. Luego, no hay un litigio por la democracia,
sino un litigio por imponer un discurso sobre la democracia, capaz de
redefinir y a la postre destruir los pilares fundamentales sobre los que
se asienta el ideal democrático (libertad individual e igualdad
formal), algo que ya pasó en otras épocas de la historia de los
totalitarismos y sus “comisarios culturales”.
La virtud y la ventaja del kirchnerismo consisten en comprender la
naturaleza de la disputa. No en vano, desde hace al menos cinco años que
el gobierno viene construyendo su discurso populista como un discurso
democratizador. Populismo es, para el kirchnerismo, la expresión de la
democracia latinoamericana, desentendida de su componente republicano
que fija límites al poder, y asentada en la legitimidad carismática de
un caudillo que, por obra y gracia de su pueblo que lo “bendijo”, está
habilitado para comandar los destinos de la nación sin obstáculos ni
molestos límites. Y en tanta medida entiende el kirchnerismo el “litigio
por el discurso”, que se ha ocupado de conformar un ejército
intelectual para darle forma a lo que no tiene cuerpo y para darle
sentido a lo que es contradictorio: esto es, que la democracia no tiene
nada que ver con la libertad que protege todo sistema republicano.
El amplio y diverso arco de la oposición al kirchnerismo, dependiendo el
caso, o no termina de entender “el litigio por el discurso”, o en el
fondo coincide en la deformación populista de la democracia que
defienden los “socialistas del siglo XXI”. Sobre estos últimos, no tiene
mayor sentido ningún análisis. Sobre los primeros, en cambio, debe
subrayarse que padecen una llamativa desorientación respecto de la
conformación de un discurso con fuerza contrahegemónica que, para lograr
tal cosa, debe estar enmarcado en una lucha de carácter ideológico, que
es la dimensión en la que se ha edificado el discurso kirchnerista
pretendidamente hegemónico.
Pero la oposición sigue actuando como si corrieran los tiempos del mal
llamado “fin de las ideologías”, que caracterizó a la década del ’90 y
al triunfo del discurso técnico. Pensemos, por ejemplo, en la disputa
por la pomposa “democratización de la justicia”, cuyo rótulo impuesto a
fuerza de propaganda y repetición ya es de por sí una manifestación del
poder discursivo del kirchnerismo. Lo cierto es que la oposición se
preocupó más por describir en términos técnicos por qué la reforma
judicial atentaba contra la Constitución y contra el sistema
republicano, en lugar de hacer una defensa ideológica del
constitucionalismo y del republicanismo como mecanismos sin los cuales
no podría sobrevivir ninguna democracia moderna. A la postre, quedó
instalada la idea de que se enfrentaban “los defensores de la república”
por un lado, contra “los defensores de la democracia” por el otro, lo
cual redundó en beneficio del
kirchnerismo, puesto que el vocablo “democracia” guarda en nuestros
tiempos mayor fuerza política y emotiva para el grueso de la gente que
el vocablo “república”, nos guste o no.
En este orden de ideas, el litigio por la democracia de Forster no es
tal, porque la oposición no ha logrado articular un discurso que, en
defensa de la República, termine siendo una defensa explícita de la
democracia. ¿Cuál es el punto en el que se toca una cosa con la otra? La
conexión está en sus propios fundamentos (tanto de la democracia cuanto
de la República) ligados a la realización de la libertad. Quien mejor
comprendía esto era Lilita Carrió, que no dudó en designar como
“dictadura” y “antidemocrático” a un gobierno que se ponía como objetivo
la destrucción de la República. Carrió, de esta forma, se ponía en las
antípodas ideológicas del kirchnerismo que, por boca de Diana Conti,
esgrimía que “en la democracia la mayoría gobierna en los tres poderes”.
Es de lamentar la alianza de la republicana Carrió con el chavista Pino
Solanas, quien se encuentra en esa parte de la oposición que no puede
construir un
discurso ideológicamente distinto al kirchnerismo porque sus
disidencias con el gobierno no se dan en ese plano.
Al problema del discurso técnico que no logra hacerse ideológico,
debemos adicionar el discurso de carácter moral –cristalizado
especialmente a partir de los informes de Lanata– que tampoco logra
articularse como discurso ideológico. La insuficiencia del discurso
moralista se evidencia en una excusa que espetan cada vez con mayor
frecuencia los militantes del kirchnerismo: “Por algunos casos de
corrupción, no pueden atacar todo un modelo. Critiquen al modelo y a las
ideas, no a las personas”. (El diputado kirchnerista Dante Gullo hace
poco espetó: “¿El Gobierno favorece a los amigos? Chocolate por la
noticia”). Y en cierta forma, quienes así argumentan, algo de razón
tienen: la denuncia de carácter moral debe incidir sobre los pilares
ideológicos para que sea verdaderamente efectiva. ¿Cómo? Pues explicando
de qué forma la semilla de la corrupción está en el sistema estatista
mismo (tal como lo hizo Nicolás Márquez en una
nota de reciente publicación titulada “La corrupción es un sistema
político antes que un tema moral”), y proponer modelos de libertad
económica y fuertes controles republicanos que siguen aquéllos países en
los que la corrupción es prácticamente nula (Nueva Zelanda, Singapur,
Chile, Alemania, Barbados, Suiza). Sólo de esta forma el discurso moral
puede ser un discurso anti-sistema y, por lo tanto, gozar de fuerza
ideológica.
El litigio por el discurso es una batalla político-ideológica que el
kirchnerismo empezó a combatir desde hace por lo menos cinco años. La
oposición, por el contrario, sigue dormida en lógicas discursivas sin
fuerza ideológica. ¿Qué estarán esperando para reaccionar?
(*) Es autor del libro Los Mitos Setentistas, y director del Centro de
Estudios LIBRE. En agosto publicará nuevo libro sobre el kirchnerismo,
en coautoría con Nicolás Márquez.
agustin_laje@hotmail.com | www.agustinlaje.com.ar | @agustinlaje

